Bajo la cúpula gris

Cuando el aire se convierte en emergencia cotidiana

La contaminación atmosférica en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) ha transitado de episodios extraordinarios a un fenómeno recurrente con impactos medibles en salud pública, productividad económica y planeación urbana.

El Valle de México. Fotografía de Facebook.
La contaminación no sólo ensucia el aire y el agua, también ensucia nuestro futuro.
—Anónimo

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce en su artículo 4o., párrafo quinto, el derecho humano al medio ambiente sano para el desarrollo y el bienestar, disposición jurídica que a la letra señala lo siguiente: “Toda persona tiene derecho a un medio ambiente sano para su desarrollo y bienestar”.

Nuestra ciudad, desafortunadamente, a lo largo de las últimas décadas ha visto fenómenos urbanos que han atentado contra el medio ambiente, entre ellos la ilegal deforestación y ocupación de sus bosques, barrancas y montañas, así como el ahogamiento de los escasos cuerpos de agua por parte de invasores y desarrolladores formalmente constituidos, quienes, tolerados por los gobiernos de la ciudad en las décadas de los setenta noventa, actuaron en detrimento del patrimonio ambiental así como de la calidad de vida de sus habitantes, incluidos los mismos infractores, al despojar y despojarse insensatamente de áreas verdes y de esparcimiento común, vitales para el ser humano y para la vida vegetal y animal en general.

Hasta hace muy poco tiempo, declarar una contingencia ambiental por contaminación del aire en la Ciudad de México era un hecho inusual. Hoy estos eventos ya no son excepcionales, en 2024 se declararon varias contingencias con hasta 16 días consecutivos de aire peligrosamente contaminado, y en 2026 ya se han registrado múltiples activaciones de la Fase 1 por altos niveles de ozono en el Valle de México.

La contaminación atmosférica en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) ha transitado de episodios extraordinarios a un fenómeno recurrente con impactos medibles en salud pública, productividad económica y planeación urbana. El incremento en la frecuencia de activaciones de contingencia ambiental por ozono y partículas finas refleja límites estructurales del modelo actual de movilidad, control industrial y ordenamiento territorial.

La ZMVM —que integra a la Ciudad de México y municipios conurbados del Estado de México— concentra más de 20 millones de habitantes y uno de los parques vehiculares más grandes del país.

El incremento en la frecuencia de activaciones de contingencia ambiental por ozono y partículas finas refleja límites estructurales del modelo actual de movilidad, control industrial y ordenamiento territorial.

Durante la última década se ha observado un incremento en episodios de alta concentración de ozono (O₃) durante la temporada seca–cálida —de febrero a junio—, así como persistencia de PM2.5 y PM10 asociada a transporte de carga, combustión industrial, construcción y condiciones atmosféricas adversas.

Aunque la ciudad mostró mejoras significativas con respecto a los niveles críticos de los años noventa, la reducción se ha desacelerado. La combinación de crecimiento urbano, expansión periférica y motorización sostenida ha neutralizado parte de los avances tecnológicos en combustibles y verificación vehicular.

Diversos estudios epidemiológicos nacionales e internacionales coinciden en que la exposición crónica a PM2.5 y ozono incrementa la morbilidad y la mortalidad prematura.

Las partículas finas (≤2.5 micras) penetran en el sistema alveolar, generando inflamación sistémica y estrés oxidativo. Se ha documentado asociación entre incrementos diarios de PM2.5 y mayores tasas de hospitalización por eventos isquémicos.

El ozono, como contaminante secundario, exacerba enfermedades respiratorias crónicas, especialmente asma y EPOC. En términos poblacionales, incluso aumentos marginales en concentración media anual tienen efectos acumulativos relevantes en millones de habitantes.

Es importante resaltar que la contaminación atmosférica genera, entre otras circunstancias, incrementos en consultas de urgencias durante episodios críticos, mayor gasto público en atención hospitalaria y pérdidas por ausentismo laboral.

Organismos internacionales estiman que el costo sanitario de la contaminación urbana puede representar entre 2% y 4% del PIB en economías emergentes cuando se consideran muertes prematuras, pérdida de productividad y gasto médico indirecto.

Otro factor que ha incidido es el crecimiento del parque automotor ha sido superior al crecimiento poblacional en la última década. Solamente la ZMVM concentra aproximadamente 10 millones de vehículos registrados.

Si bien es cierto que el programa “Hoy no circula” ha sido una herramienta relevante desde los años noventa, también lo es que su impacto estructural es limitado frente al volumen total de unidades. Generar sustitución intertemporal —uso intensivo en días permitidos— al tiempo que incentiva en ciertos segmentos la adquisición de un segundo vehículo. Y no debemos dejar de lado que la reducción temporal de circulación ayuda a mitigar picos, pero no transforma la dependencia sistémica al automóvil privado.

La transición hacia transporte eléctrico masivo enfrenta tres desafíos: infraestructura de carga suficiente, sustitución acelerada de unidades de combustión interna y coordinación metropolitana interestatal.

Aunque la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México ha impulsado renovación de flotas y ampliación de corredores eléctricos, la demanda supera la capacidad en horas pico. La transición hacia transporte eléctrico masivo enfrenta tres desafíos: infraestructura de carga suficiente, sustitución acelerada de unidades de combustión interna y coordinación metropolitana interestatal.

Si bien el transporte es un emisor dominante de precursores de ozono (NOx y compuestos orgánicos volátiles), existen otras fuentes relevantes: transporte de carga interurbano, procesos industriales y emisiones evaporativas.

Respecto del control de emisiones industriales, se requiere inspección sistemática, monitoreo continuo y transparencia de datos.

La crisis ambiental se agrava si consideramos que las contingencias ambientales generan impactos medibles en productividad laboral (ausentismo y reducción de jornadas); logística urbana y cadenas de suministro en sectores dependientes de movilidad diaria (servicios, comercio, transporte privado).

Además, la incertidumbre recurrente reduce la previsibilidad operativa para empresas que dependen de distribución metropolitana.

Existen variables estructurales que agravan el problema, como la expansión urbana periférica que provoca mayor distancia hogar–trabajo, agravando la desigualdad territorial: zonas con menor acceso a transporte masivo y agudizando la fragmentación metropolitana.

El costo económico no es sólo inmediato, pues afecta la competitividad regional y el atractivo de inversión en el mediano plazo.

Por otra parte, existen variables estructurales que agravan el problema, como la expansión urbana periférica que provoca mayor distancia hogar–trabajo, agravando la desigualdad territorial: zonas con menor acceso a transporte masivo y agudizando la fragmentación metropolitana, múltiples jurisdicciones con coordinación limitada.

Un gran problema es el cambio climático, ya que temperaturas más altas favorecen la formación de ozono, y es un problema muy serio que la interacción entre contaminación local y cambio climático amplifica los riesgos sanitarios.

Para poder evitar contingencias se requiere de un enfoque estructural que contemple al menos la electrificación acelerada del transporte público y de carga, fortalecimiento del monitoreo en tiempo real y datos abiertos, así como la regulación más estricta de precursores de ozono, y, aunque a muchos no les guste, establecer incentivos fiscales para movilidad no motorizada. La transición exige inversión sostenida, pero el costo de inacción es superior en términos sanitarios y económicos. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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