«Dedo de novia» y el amor propio

Entrevista con Giselle Elías Karam  

La mirada de Giselle Elías Karam se posa sobre su propia historia familiar. Todo parece comenzar como un registro en video de la vida cotidiana de sus padres, una pareja libanesa–mexicana: los años compartidos, los gestos vueltos costumbre. Pero a medida que las imágenes se acumulan ese aparente orden empieza a deshacerse.

Fotograma de Dedo de novia.

Lo doméstico revela entonces sus propias reglas: modelos afectivos, roles heredados, dinámicas que persisten. De ahí surge una pregunta sobre la posibilidad —o no— de apartarse de aquello que nos precede. En torno a ella se construye Dedo de novia, su ópera prima documental.

A propósito de su reciente llegada a plataformas de Video on Demand compartimos la entrevista con la directora, quien habló sobre el proceso creativo de la película.

—Tomando en cuenta que la materia prima de tu documental son videos caseros y fotografías familiares, ¿en qué momento regresaste a ese material? ¿Cómo lo viste a la distancia y qué encontraste ahí para decidir que debía convertirse en la estructura de la película?
—Todo partió de un cuestionamiento muy personal: ¿qué es el amor? Yo me casé y, de alguna manera, repetí la historia familiar. En mi caso, ya vivía con mi pareja, pero al casarnos parecía que todo adquiría una especie de legitimidad social, como si entonces sí fuera aceptado. Pero después de tres años me separé y comencé a buscar nuevas conexiones, y no lograba encontrarlas, porque tenía muy presente el modelo de mis papás: un matrimonio duradero, de varias décadas.

Fotograma de Dedo de novia.

Durante el confinamiento por la pandemia, con todo el tiempo libre que tenía, empecé a revisar el material que había grabado de mis papás a lo largo de quince años y que tenía guardado. Lo había hecho como una especie de investigación para un proyecto de ficción llamado Sangre libanesa, pero también como un gesto de cariño: quería tenerlos registrados y conservar ese tiempo.

Después de ver horas y horas de videos me pregunté hacia dónde me estaban llevando esas imágenes y qué era lo que quería entender de ellas. Fue entonces cuando decidí escribir un guion para darles una estructura e intentar responder qué había aprendido desde chiquita sobre las relaciones al ver lo que pasaba en mi familia y qué quería para mi propia vida.

Fotograma de Dedo de novia.

A partir de ahí el documental empezó a tomar forma, pero también aparecieron otros cuestionamientos, sobre todo en torno a la comunidad a la cual pertenezco y a los roles de género: cómo son vistas las mujeres dentro de esta comunidad, cuál es la importancia de la familia, qué cosas son posibles para los hombres y no necesariamente para las mujeres, etcétera. Comprendí entonces que la historia no se quedaba en lo íntimo.

—Ligado a lo anterior, los archivos familiares parecieran funcionar como un dispositivo, no sólo en tu película, sino también en la experiencia de cualquiera: permiten construir una historia alterna que no necesariamente coincide con la realidad. Por ejemplo, en el documental escuchamos a tu mamá afirmar que ella no canta, que no sabe hacerlo, sólo para verla en la siguiente escena, en un video, donde está cantando de manera muy extrovertida en medio de alguna reunión. Nuestros recuerdos son maleables. ¿Qué opinas al respecto?
—Me fascina lo que dices, porque en la edición eso fue justamente lo que intenté trabajar: que el espectador escuchara algo que se dice en el presente y, al mismo tiempo, viera que el video muestra una cosa distinta. Por ejemplo, cuando mi tía dice: “La época más hermosa de mi vida fue cuando vivía con mis padres”, y vemos la escena donde aparece en una reunión familiar completamente aburrida, adormilada, desconectada. Pero ése es el recuerdo que conserva. Entonces me interesaba ese juego entre memoria, relato e imagen.

Giselle Elías Karam. Cortesía Piano.

Además, a mí me gusta el material antiguo. Tiene algo especial: es espontáneo y visualmente muy potente. De hecho, me quedé con muchísimas ganas de incluir más cosas del pasado. Pero los derechos musicales se volvieron todo un problema. Es impresionante el dinero que se necesita para poder usar la música. Por ejemplo, algo tan simple como “Las mañanitas”… había un video del cumpleaños de uno de mis hermanos cuando era niño y se escuchaba la canción, y todo ese material se tuvo que quitar. Había mucho más archivo de reuniones y celebraciones familiares, pero como en casi todos esos videos había música, lamentablemente tuvimos que descartarlos.

—Hablando del montaje, además de su trabajo como productora, Fernanda de la Peza se integró contigo al proceso de edición de la película. ¿Cómo se dio esa colaboración?
—Busqué a Fernanda porque en 2007 habíamos hecho juntas un cortometraje en Nueva York llamado Desperate Waters. En ese momento ella estaba estudiando dirección y yo actuación, y se nos ocurrió hacer una docuficción acerca de una aspirante a actriz que desea conocer a John Waters y trabajar con él. Fue una experiencia muy divertida.

Después, Fer empezó a desarrollar, ya como productora, proyectos mucho más cercanos al cine de arte, y hace algunos años fundó, junto con Joaquín del Paso, Cárcava Cine, donde ha trabajado con directores muy reconocidos como Amat Escalante o Natalia López Gallardo. Durante ese tiempo siempre mantuvimos contacto, aunque de manera intermitente. Cuando ya tenía un primer corte del documental, todavía en pandemia, decidí escribirle y le dije: “Fer, quiero que veas esto que hice”. Lo vio y me preguntó: “¿Qué quieres hacer con esto?” Y yo le respondí: “Que no se quede en la computadora”. Entonces me dijo: “Perfecto, yo, como productora, voy a empezar a buscar recursos”. A partir de ahí nos sentamos juntas a platicar, a volver a editar muchas cosas y a pensar cómo sacar adelante el proyecto. Con la ayuda de Daniela Maung empezamos a moverlo y a buscar fondos, y así fuimos consiguiendo distintos apoyos, entre ellos Procine y MestizoLab, que nos permitieron avanzar con la postproducción. Eso hizo posible que poco a poco el documental se concretara. Fueron varios años de trabajo y gracias a Piano, nuestra distribuidora, la película finalmente pudo llegar al público.

—“Heredamos historias, elegimos vivirlas” es el slogan de la película. Sin embargo, romper esas narrativas —marcadas por tradiciones, presiones sociales o la educación que recibimos— no parece sencillo. En tu caso, ¿cómo fue enfrentarte a esas ideas?
—No, claro que no es nada sencillo. Pero creo que verlo en una pantalla cambia muchísimo las cosas. Es un poco como hacer una constelación familiar en el cine. A mí me encanta hacerlas, porque cuando puedes ver todo desde fuera, con cierta distancia, es más fácil entender lo que está pasando con uno. Obviamente, cada historia es personal y cada uno tiene sus propios procesos que trabajar, pero para mí el mensaje más claro de Dedo de novia es la importancia del amor propio. Si tú estás bien contigo mismo y sabes qué es lo que realmente quieres, eso termina siendo la base de todo.

Un documental de Giselle Elías Karam.

Siento que hoy en día eso ya está empezando a cambiar. Cuando le pregunto a mi mamá: “¿Por qué me educaste diciéndome que el matrimonio era lo más importante del mundo, cuando ni siquiera tú estabas completamente segura de casarte?”, la reflexión va por ahí: en lugar de repetir, cambiar. Es un proceso lento. No se puede cambiar todo de manera radical de un día para otro, pero sí podemos empezar a preguntarnos qué cosas hacemos por nosotros mismos y cuáles hacemos por lo que nos inculcan o esperan los demás: la sociedad, nuestros padres, incluso nuestros amigos. ®

Compartir:

Publicado en: Cine

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.