La calma que da la distancia

El Nevermind de Nirvana veinte años después

Nirvana fue posible por la dinámica mercadológica echada a andar de manera plena en la década inmediata anterior a su éxito masivo. Cuando la moda del glam metal estaba dando de sí, cuando el efectismo sonoro no pudo sostener más la banalidad lírica y el recargamiento visual comenzó a rayar en el mal gusto, el mercado encontró el giro preciso para retroalimentar su incesante ciclo productivo. Fue entonces cuando el grupo de Cobain fue llamado a escena.

El número de agosto de la revista Spin dedica su portada y la parte central de sus artículos a los veinte años de la aparición del disco Nevermind, de Nirvana, bajo la aseveración de que fue “The album that changed everything”. Acontecimiento noventero por antonomasia, la placa y el grupo han sido crónicamente sobrevaluados desde su aparición hace una generación. Lo que no quiere decir que su aportación al mundo del rock haya sido baladí. Simplemente, Nirvana fue importante porque perteneció sin mácula al mercado global de la música de masas. Su razón de ser, la clave de su imagen, de su éxito y el barullo en torno suyo dependieron —y siguen haciéndolo— de su posición clave en ese mercado, de la manera particular en que su especificidad, en tanto que banda de rock, se insertó en él. El acontecimiento de Nirvana puso de relieve los mecanismos estandarizados de dinamización del marketing musical, comandado en el nivel mundial por Estados Unidos e Inglaterra.

Dice el crítico Anthony DeCurtis, en su semblaza sobre Kurt Cobain para Rolling Stone (no. 683, junio de 1994), tras su suicidio por arma de fuego, que “Nirvana transformó los ochenta en los noventa”. Ese es el mantra que se ha repetido desde hace dos décadas. De manera cierta, hay una parte de verdad en ello. Nirvana y la movida grunge con base en la ciudad de Seattle fueron los sepultureros de uno de los movimientos más recalcitrantes de los noventa: el glam metal que dominó los videos, la radio, las audiencias masivas y el gusto de cientos de miles de jóvenes durante prácticamente una década completa (si bien su pico de popularidad puede ubicarse en el trienio 85-88).

¿Cuál es, pues, el significado real del glam metal?, aquella corriente que supuestamente Nirvana refutó. Más allá de haber sido el triunfo simbólico del lumpen blanco estadounidense, que con base en un montón de suerte, y ciertamente con tesón y buen olfato creativo para lo comercial, pudo consumar el cliché más grande en torno a la música rock: sexo, drogas y alcohol en una fiesta infinita con todos los gastos pagados. Los miembros de Mötley Crüe fueron quizá la más acabada encarnación de ese cliché. Basta con leer sus desplantes, declaraciones, devaneos, presunciones y dislates (Nikki Sixx diciendo que se le antojaba tener “una piscina con forma de vagina”, por ejemplo) que fueron plasmados puntualmente por David Handelman en su estupenda crónica de la gira de apoyo al Girls, Girls, Girls, de 1987, aparecida en un número especial de Rolling Stone dedicado al “Heavy Metal”[1];1 es decir, a lo que en ese tiempo pasaba por tal para las grandes masas: el glam metal.

Pero, en un sentido más amplio, la movida de aquel hard rock aderezado con buenos riffs y una poderosa pegada rítmica, repleto de ganchos corales y letras desechables, más una imagen estrambótica, andrógina y recalcitrante, fue la consumación de un movimiento mercadológico y financiero mayor: la uniformización de la música rock como producto ciento por cien consumible y desechable para las grandes masas juveniles del mundo entero. Así, el glam metal fue el remache de un ciclo mercantil del rock que solidificó en la década de los ochenta.

Nirvana y la movida grunge con base en la ciudad de Seattle fueron los sepultureros de uno de los movimientos más recalcitrantes de los noventa: el glam metal que dominó los videos, la radio, las audiencias masivas y el gusto de cientos de miles de jóvenes durante prácticamente una década completa (si bien su pico de popularidad puede ubicarse en el trienio 85-88).

Al inicio de esa década la explosión pop de los new romantics, la new wave y el synthpop marcaron el devenir musical del ámbito roquero entero, haciendo época. Ninguno de los ejecutantes de valía, vigentes en ese entonces y algunos todavía hoy, escapó a ese movimiento mutagénico mayor: de Yes a U2, pasando por Genesis y Marillion, todos fueron atrapados por las urgencias mediáticas y comerciales del pop de los ochenta. El último movimiento en caer, tradicionalmente reservado para una base especial de fans y visto (sin fundamento) por el gran público como un escalón arriba de la rebeldía permitida, fue el heavy metal. La consolidación del glam rock de ese entonces fue así el cerrojazo del ciclo de ventas que irrumpió vigoroso hace un cuarto de siglo.

Este movimiento en el mercado de la música rock implicó, como ocurre en todas y cada una de las dinámicas comerciales del capitalismo tardío, un proceso de salida espectacular al mercado, consolidación del producto (su pico productivo) y acelerada caída en desuso para ser restituido por una versión mejorada, renovada o innovadora del producto. En pocas palabras, la generación de una moda efímera. Salvo movimientos recalcitrantes (como fue el heavy metal underground inicial), nadie ha estado exento de esta dinámica, si bien hay claros grados diferenciales entre las diversas subramas del rock.

Al inicio de su pico productivo, para continuar con el ejemplo de Mötley Crüe, esta banda angelina ofreció al público en el año de 1985 el álbum Theatre of Pain, grabación que significó su presentación masiva al mercado del pop de los ochenta. Con un cambio de imagen notable, plenamente glam (es decir, vestimentas feminizadas, exceso de maquillaje y grandes cantidades de espray en el pelo), una producción pulcra y efectista a cargo de Tom Werman y una clara intencionalidad radial, el disco presentó un rock de calidad dentro de los límites del género. Roquero, competente, ciertamente con letras banales, pero plagado de hooks y buenas melodías, ejecutado con un desempeño rocanrolero ejemplar, que se manifestaba con todo vigor en el mega espectáculo que la banda ofrecía en vivo en aquel entonces. El disco fue cuádruple platino tan sólo en Estados Unidos y llegó al número seis de las listas de popularidad de ese país. Fue tocado incesantemente durante todo ese año lo mismo en MTV que en la totalidad de la radio comercial del mundo entero.

El lugar común en el mundillo del rock, entonces, afirma que Nirvana y su pieza maestra, Nevermind, se opuso de manera frontal a todo esto. Que la generación de Kurt Cobain estaba hastiada de la comercialización de los ochenta y que necesitaban algo más a ras de pasto, libre de parafernalia y exotismos visuales. Que lo que le importaba a los que fuimos jóvenes a principios de los noventa era el sentido profundo de la música y no la marca de maquillaje utilizada o la cantidad de pirotecnia quemada en un estadio durante un concierto. Que Nirvana retrotrajo el rock a sus raíces, que le devolvió su esencia contestataria.

Pero la verdad es que no. Nirvana fue posible por la dinámica mercadológica echada a andar de manera plena en la década inmediata anterior a su éxito masivo (recordemos que, en última instancia, Nirvana también fue una banda ochentera: comenzó su periplo a finales del 87). Cuando la moda del glam metal estaba dando de sí, cuando el efectismo sonoro no pudo sostener más la banalidad lírica y el recargamiento visual comenzó a rayar en el mal gusto, el mercado encontró el giro preciso para retroalimentar su incesante ciclo productivo: lo totalmente otro de lo que estaba a punto de caducar. Fue entonces cuando el grupo de Cobain fue llamado a escena.

Lo que hizo, y lo hizo muy bien, fue poner en la palestra de los mass media al viejo punk rock, desbastando su carácter casero al tamizarlo con armonías clásicas del hard rock perenne desde finales de los sesenta. Poco se ha hablado del trabajo de David Grohl en este sentido, pero el baterista fue pieza fundamental para que Nirvana tuviera un fundamento rítmico más rico y más amplio que el supuesto punk que Kurt Cobain decía reivindicar. (Lo que ha hecho en todos estos años con su grupo Foo Fighters pone de manifiesto justamente esto: Grohl poseía un bagaje y una intencionalidad diferentes a la que la mercadotecnia había establecido para la banda.)

Así las cosas, de la mano del productor Butch Vig, el grupo produjo el álbum más comercial de este nuevo giro del mercado del rock: el Nevermind de 1991, que en tan sólo tres semanas llegó al número uno del Top Ten estadounidense, vendió tres millones de piezas en cuatro meses y los convirtió en la primera banda de rock punk (oficialmente ése era el epíteto del grupo) de la historia del rock norteamericano en ser triple platino. Al mismo tiempo, como comentó Michael Azzerrad en su reportaje sobre Nirvana para Rolling Stone (en cuya portada aparece Kurt Cobain vistiendo una playera que reza “Corporate Magazines Still Suck”), al día siguiente del éxito masivo del Nevermind: “Vig supo que algo estaba sucediendo cuando toda clase de gente comenzó a pedirle los masters del disco por adelantado; ahora, es asediado con ofertas para producir bandas y hacerlas que suenen como Nirvana”.[2]Al ver estos datos uno no puede más que preguntarse dónde está la supuesta oposición a la comercialidad del glam metal que el grupo, sus seguidores y la mayoría de los medios predicaron hasta el hartazgo en su momento, y muchos de ellos siguen afirmado al día de hoy, como la revista Spin.

Es suficiente con escuchar atentamente el disco para saber la clave de su éxito. Su hit por excelencia, “Smells like teen spirit”, posee un fundamento melódico preciso, así como un estribillo repetible con facilidad, por más que el rifeo sea ruidoso y Cobain se desgañite con la boca del estómago. Ni qué decir del segundo sencillo del disco, “Come as you are”, equivalente grunchero de las power ballads que plagaron la era de máximo esplendor de Mötley Crüe. El resto del disco se torna entre aburrido y repetitivo y, de no ser por la destacada labor de Grohl que logra pasajes rítmicos notables en piezas como “Territorial pissings” y “Stay away”, hubiera sido de esos álbumes con sólo dos hits y el resto para olvidar.

Más allá de esto, todo lo demás que rodeó a la banda, comenzando por el quebranto mental de su líder, fue simplemente la reiteración de los consabidos clichés del rock. El hombre que enfrenta con dificultad su destino, el roquero honesto que no sabe cómo lidiar con la fama, el grito de oposición al sistema, pretendiendo no ser parte de él, etcétera, que algunos críticos benevolentes, como Rob Sheffield de Rolling Stone, han calificado como una “ternura torturada”. Quizá la refutación más elocuente de todas estas contradicciones haya sido la espontaneidad doliente de una recientemente viuda Courtney Love, cuando en el memorial con los fans que se le hizo a Cobain al poco de su suicidio dijo rabiosa ante su fotografía: “Well, Kurt, so fucking what? Then don’t be a rock star!”

Más allá de esto, todo lo demás que rodeó a la banda, comenzando por el quebranto mental de su líder, fue simplemente la reiteración de los consabidos clichés del rock. El hombre que enfrenta con dificultad su destino, el roquero honesto que no sabe cómo lidiar con la fama, el grito de oposición al sistema, pretendiendo no ser parte de él, etcétera, que algunos críticos benevolentes, como Rob Sheffield de Rolling Stone, han calificado como una “ternura torturada”.

En el nivel simbólico, la diferencia que sí es notoria entre lo que representó Mötley Crüe y lo que significó Nirvana radica en la aproximación de sentido que hicieron a su arte popular. Compartiendo un núcleo de comercialidad común, y pertenecientes ambos de manera innegable al star-system global, los primeros trazaron su historia en clave de comedia, en tanto que los segundos en clave de tragedia, siendo ambos absorbidos justamente por la síntesis del simulacro del mercado del rock donde todo se funde en una tragicomedia pasajera con un fin financiero mayor. Que podamos apreciar en su justa medida la propuesta de cada uno como eminentes representantes de sendas épocas restringidas del mundo del rock no obsta para dejar de subrayar el carácter condicionado de cada una de sus aproximaciones.

Tal es el verdadero sentido del movimiento que lideró Nirvana, en general, y del Nevermind en particular. Haber fungido como un pulcro engranaje de la industria musical del último cuarto de siglo. Quien quiera ver ahí un más allá sonoro o cultural sencillamente no lo encontrará; ni siquiera en un disco más honesto, ríspido y disfrutable como lo fue el In Utero, aparecido dos años después, que recoge lo mejor de la intencionalidad hardcore previa a la aparición del Nevermind.

Nirvana, en suma, planteó de manera cierta parte del rock de los noventa. Lo que hizo en su etapa más comercial, que ha sido su época más celebrada, en su contexto es de interés y de valía y mantiene vigencia como el signo de una época. Sin embargo, los motivos que propiciaron el surgimiento de su música y de su imagen no son otros que los dictados por la maquinaria financiera de la música globalizada. Pretender algo más que eso es caer en una trampa ideológica simplona que hace del rock star un campeón de la alienación y convierte a la toxicomanía subjetiva en el martirologio de nuestros tiempos, algo que desde los tiempos del Flower Power ha rondado la conciencia popular azuzada por los mass media. Una visión de este tipo no resiste el paso del tiempo ni el peso de los hechos. Justo como ocurrió con los oriundos de Seattle. Que el proyecto de Cobain haya sido autolimitativo y no haya generado escuela habla por sí mismo de su carácter acotado: Nirvana se refiere al producto Nirvana, y nada más. ®

[1] “Money for Nothing and the Chicks for Free: On the Road with Mötley Crüe”, RS nº 506 del 13 de agosto de 1987.

[2] “Inside the Heart and Mind of Kurt Cobain”, RS nº 628, del 16 de abril 16 1992.

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Publicado en: Agosto 2011, Música

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  1. Federico Aguilera

    Lei tu articulo y la verdad es que todo lo que dices se ha dicho ya no encontre nada nuevo mas que tu punto de vista y eso no es malo , lo que me parece fuera de tono , es que lo escribes como si descubrieras el hilo negro , como si abrieras los ojos al mundo con respecto al nevermind , tambien hay partes en que suenas bastante inocente cuando hablas de la maquinaria atras de nirvana y todo este discurso, mucho texto para decir lo mismo , tu analisis se pudo haber resumido y hubiese sido mas conciso y directo , pero le das mil vueltas a lo mismo , no me gusto, suenas pretencioso y redundante.

    Federico

  2. Creo rotundamente que a nivel mediatico¨las ideas viejas con envoltura nueva¨suenan a $$$$ para algunos empresarios y vividores que como lobos buscan el esperado¨Nuevo rumbo musical¨.Y a la vez tambien creo que las buenas intenciónes y espiritu pueden ser facilmente ensuciadas-confundidas-re-dirigidas,etc.Tu comparación por momentos esta mal enfocada(Reduces a los dos grupos en simples productos de la manipulación corporativa-mediatica)entre Nirvana y los Crue Entonces no habria honestidad??? de unos por gustarles el desmadres y las viejas y otros por sentirce miserables y desadaptados el problemas es cual de esto valores tiene mas merito??? hay falsedad en la poesia y tambien vida y magia en una barra de jabon?? o es al reves Creo que los de sub pop si creian en lo que hacian tenian una imagen utopica de como debian de ser las cosas los que eran niños en los 70´s por un segudo asi lo creyeron¡¡¡¡sobra decir que lo que hacian no era nuevo y mucho menos original pero si los sueñas no te hubiera salido tan bien como en realida sucedio una realidad imperfecta-deforme-cativadora no por nada cada año te vendan algo más¡¡¡y muy en contra las contribuciones de los Foo Fighters son minimas tanto en los creativo como en lo monetario mas bien el talento de David Grohl esta mas cerca del oportunista que quiere estar en el rock de por vida muy a pesar de las canciones,discos y la imagen del siempre joven…. Nirvana aun que duele se cuece aparte junto con los Sex Pistols,el Velvet,el WIRE, Slint,Fugazi,Robert Johnson y un gran etc.

  3. Muy bueno.
    Se puede ahondar más en el papel de MTV y la forma de ver la música que impuso.
    Y Spin apesta desde finales de los 90.

  4. mmmm no sé, un rockstar es justo eso, un campeón de la alienación y el público, el mainstream y toda la industria del entretenimiento es lo que lo convierten justo en eso. Hay figuras “de culto” y destacables como frontmen en la escena del rock sin que necesariamente se conviertan en rockstars pero sin tampoco dejar de estar dentro de la industria por más independientes que puedan ser hoy día. Y lo que sucedió con el nevermind es lo que ha sucedido desde mucho antes de los ochentas, sólo hay que recordar a Elvis Presley por ejemplo o canciones de los Rolling Stones etc, etc, que se han convertido en parte del repertorio popular, que algunos llamaran “clásicos”. Como siempre habrá “clasicos” que valen la pena y otros que sólo se quedaron en la memoria colectiva y son populares sin necesariamente ser buenos. El rock casi desde sus inicios es parte de la cultura pop que no quiere decir que debemos meterlo en el mismo saco que a Lady Gaga y tal, pero el rock siempre a tenido su mercado.

  5. Mmm, te concedo muchos puntos en tu análisis, pero me parece que confundes el contexto artificioso en el cual surgió Nirvana, con el disco Nevermind. Sí, casi todo lo que hubo alrededor en esos años podríamos calificarlo como tácticas de mercadeo (igual que en otras épocas anteriores y posteriores y lo mismo con otras bandas que van desde The Beatles hasta Arcade Fire, no hay nada nuevo bajo el sol). Pero, una cosa es la obra en sí y otra muy distinta el impacto que llega a tener en sus contemporáneos. Si se infla o se pierde en el anonimato un disco, eso es lo de menos, al final es la música lo que importa, no las condiciones adversas o favorables donde se dio a conocer el trabajo.

    Los discursos antisistemicos del rock, la mayoria han sido pura rancia contracultura, pero si yo sigo oyendo a Nirvana hasta el día de hoy, no es por nostalgia, ni porque me lleve a los años de la secundaria o sea un quedado o tenga un significado extra de “rebeldia”, los sigo escuchando (junto con muchas otras propuestas) porque me parece buen rock y me gusta, y eso, también al final es una apreciación como algunos parrafos de tu texto: “El resto del disco se torna entre aburrido y repetitivo y, de no ser por la destacada labor de Grohl que logra pasajes rítmicos notables en piezas como “Territorial pissings” y “Stay away”, hubiera sido de esos álbumes con sólo dos hits y el resto para olvidar.”

    Lo más probable es que no haya leído bien tu texto, lo volveré a hacer con mayor detenimiento, pero creo que todo esto se resume en una cuestión de gustos.

    P.D: Disculpa si fui poco claro con mi “argumento” pero ando un poco de prisas jeje y como dice el chapulin “bueno, la idea es esa”

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