Con López Obrador

El CEO empírico

AMLO es una pieza importante en la consolidación de un movimiento contestatario en México, cuya mayor cualidad ha sido la de plantear en la plaza pública la terrible forma estructural de la nación mexicana: la insostenible brecha entre la opulencia y la miseria; entre el frívolo dispendio y la carencia consuetudinaria.

Introducción: Con López Obrador, a pesar de López Obrador

En una entrevista que diera a finales del 2011, como parte de su renovada presencia en la vida política del país (en una especie de preludio bombástico de su final personal), Carlos Fuentes expresó que a él le hubiera gustado una izquierda liderada por Marcelo Ebrard para el actual proceso electoral, puesto que veía en él las cualidades para encabezar un estilo socialdemócrata de gobierno que ha funcionado muy bien en países como Brasil. Dijo entonces que no se pudo, que ni modo, que iríamos con López Obrador, a pesar de López Obrador.1

Con la agudeza que le caracterizaba, Fuentes fue certero en su aserto. Andrés Manuel López Obrador es una pieza importante en la consolidación de un movimiento contestatario en México, cuya mayor cualidad ha sido la de plantear en la plaza pública la terrible forma estructural de la nación mexicana: la insostenible brecha entre la opulencia y la miseria; entre el frívolo dispendio y la carencia consuetudinaria. La afirmación de la inmovilidad social por una capa cupular que no comprende que, a la larga, ellos también serán perjudicados por su necia reticencia a participar en un proyecto de nación con una mayor justicia en la repartición de la riqueza. Dígase lo que se diga sobre su persona, su trayectoria y sus intenciones políticas, López Obrador ha pasado ya a la historia como el gran vocero de esta realidad; nadie como él lo ha gritado a los cuatro vientos: México es un país insostenible tal y como ha sido configurado en los últimos cien años (él, incluso, ha ido más lejos: en los últimos quinientos años).

Sin embargo, su vocación contestataria es autolimitativa. No tiene todas las cualidades de un estadista y se queda corto en los detalles y pormenores de la estructura societal alternativa a aquella que con toda justeza se ha dedicado a denunciar a lo largo y ancho del país. Asimismo, muestra una importante carencia didáctica para exponer de manera simple y contundente aquello que con pertinencia arenga: sí, por supuesto que en México hay una estructura social piramidal: ¿en qué consiste?; sí, sin duda, las instituciones están amañadas: ¿cuáles son las causas y consecuencias de ello?; sí, qué duda cabe, la pobreza creciente y endémica favorece la desintegración estatal: ¿cómo y por qué? Él no se detiene a responder pormenorizadamente estas preguntas. Le basta y le sobra con decir a voz en cuello, en un lenguaje popular e incluso folclórico, los fenómenos más vistosos que las acompañan. Es, digámoslo así, un orador de la punta de los icebergs.

Esto es así porque no conoce maneras alternativas de comunicación, por más que en un acto de solidez estratégica sus allegados, encabezados por Marcelo Ebrard, le hayan recomendado suavizar y matizar su discurso para la actual contienda electoral. López Obrador no es un rijoso, como las campañas sucias de ayer y de hoy han querido hacer creer,2 incluso su propia fe cristiana es algo que le impediría la promoción de un estallido social con todas las de la ley; simplemente su esencia es ser un líder popular dedicado a despertar conciencias a grito pelado. Es allí donde se siente realmente cómodo, allí es donde se explaya y regodea, donde sabe que algo de lo que dice queda en la mente de su audiencia.3 Es, ante todo, un luchador social, que por azares de la maltrecha izquierda mexicana ha llegado incluso a gobernar la ciudad más grande la república y una de las más grandes del continente.

Su impronta es claramente de centro izquierda con el atractivo de un discurso denunciatorio de lo que ya no puede ser más: la forma arcaica, estamental y piramidal de un país que pretende ser un jugador global en un mundo funcional, veloz, horizontalizado e híperconectado.

Sin embargo, y contrario a lo que se pudiera pensar, posee una cualidad invaluable para el político que aspira a un cargo de mando de elección popular: sabe rodearse de gente notable que solventen las carencias de su propio estilo de autoridad, y sabe aprender de sus errores en la elección de sus colaboradores. En este sentido, y en las palabras precisas de Fernando Turner, es un “CEO empírico”,4 quien sin poseer los instrumentos científicos de los administradores de empresas de altos vuelos, tiene una amplia capacidad para reconocer algo muy importante en un directivo: las áreas en las que él no es competente y tiene, en consecuencia, que apoyarse en profesionales que sí lo son. Esto lo aprendió por la vía dura de haber tenido, durante su gobierno de la Ciudad de México, los casos de alta corrupción de algunos de sus colaboradores cercanos, quienes rindieron cuentas ante las autoridades correspondientes y fueron juzgados por los tribunales competentes. Por eso ahora su gabinete propuesto importa y mucho. Es el único candidato que lo ha dado a conocer y eso abona al escrutinio público de quienes serían los ciudadanos clave para la gestión de las políticas públicas de México; es lo menos que se esperaría de quienes aspiran a gobernar: que pusieran a la luz pública a su equipo de gobierno; lo contrario es propio de estilos opacos, autoritarios y antidemocráticos de hacer política. El gabinete propuesto por López Obrador revela un término medio entre las tendencias dominantes en el mundo globalizado y la retoma de los principios sociales del viejo Estado de Bienestar.5 Su impronta es claramente de centro izquierda con el atractivo de un discurso denunciatorio de lo que ya no puede ser más: la forma arcaica, estamental y piramidal de un país que pretende ser un jugador global en un mundo funcional, veloz, horizontalizado e híperconectado.

En suma, la adhesión al proyecto político de la izquierda unida, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, debe ser vista más allá de su persona. Él ha sido una pieza clave de esa izquierda y ha sido invaluable como despertador de conciencias de clase y como formador de cuadros de apoyo político para el proyecto centro-izquierdista nacional, especialmente entre las clases populares urbanas y rurales y, como ahora es del todo evidente, entre aquellos que forman su criterio juvenil profesionalmente. Pero el proyecto de nación que él ha expuesto6 (en ocasiones incluso pálidamente, en especial ante los grandes medios masivos de comunicación), va mucho más allá de los principios que le ha asignado y cuyos ejes principales de combate a la corrupción, elevación generalizada del nivel educativo y mejora sustancial de la redistribución de la plusvalía vía los mecanismos del Estado, constituyen únicamente la declaración de principios inicial para la consecución de una nación que pueda mutar de manera acelerada a la actual forma del mundo occidental: provisional, cambiante, epistémica y con plena libertad de elección. Y, a pesar de los muchos que le han regateado esta virtud, el PRD, Andrés Manuel López Obrador y los partidos y movimientos a él asociados, son los únicos que han puesto sobre la mesa estos temas ineludibles para la vida nacional. Así, revisaré a continuación en breve tres aspectos cardinales de la propuesta de la Izquierda Unida: la cuestión política, la cuestión social y la cuestión económica.

1. Política y angelología

Sin duda la izquierda mexicana es imperfecta, posee casi nula herencia marxista y neomarxista académica, muy tarde se dio cuenta de que en el resto del mundo los movimientos progresistas no combatían de frente al neoliberalismo, sino que aprovechaban su inevitabilidad globalizada para incrustar en él políticas públicas redistributivas eficaces; en muchas ocasiones se ha mimetizado con las formas arcaicas del ejercicio del poder en México y echa mano con frecuencia de los cuadros formados en la era del que fuera, en la práctica, el partido único de México: el autoritario, corporativista y corrupto Partido Revolucionario Institucional que gobernó al país durante casi siete décadas. Debido a esta circunstancia México sigue aún en el periodo de transición del autoritarismo a la plena democratización de todos los ámbitos de la vida. Ésa es la razón fundamental de que incluso los cuadros progresistas y contrarios al que fuera el partido único sean escisiones de él. La oposición real a éste funcionó históricamente como disidencia (y el ejemplo del movimiento democratizador de 1988 es claro en este sentido), cosa que no hace sino poner de manifiesto la operación monolítica del poder bajo el autoritarismo, cuya usurpación de la vida política produjo una cultura de mando difícil de desterrar y que aún hoy se encuentra lastrada por prácticas del viejo régimen, como el clientelismo, las prebendas y el peso excesivo de las personalidades carismáticas, lo mismo en los políticos de izquierda que en los de derecha.

Algunos críticos no han sabido leer esta circunstancia y lanzan ataques constantes contra las personalidades individuales, asimiladas a los partidos opuestos a la herencia del autoritarismo, que en su momento se formaron y trabajaron dentro de él. Eso es no comprender la capacidad que tuvo el antiguo régimen para permear la totalidad de la acción política de la nación durante casi un siglo entero. Nos encontramos en un periodo transitorio en el que las personalidades políticas determinantes siguen siendo, de manera notable, bifurcaciones del añejo status quo. Al respecto, consideremos el siguiente esquema:

Forma histórica del poder político en México

Lo que la imagen pone de manifiesto es el núcleo político omniabarcante que se construyó en el país durante prácticamente todo el siglo XX. A partir de éste puede comprenderse todo lo demás. Todo tipo de pensamiento crítico, disidencia y oposición política se ejerció bajo su impronta. Incluso la actividad guerrillera, constante durante décadas en el país, con su alta marginalidad y radicalización contrasistémica, tuvo ligas con el monolito priista, en la medida que muchos de sus cuadros dirigentes fueron formados en las universidades públicas del país, especialmente dentro del marxismo ortodoxo del siglo pasado.

Por ello uno de los errores más comunes en las opiniones, análisis y reyertas mediáticas en torno a la política, es calibrarla desde un punto de vista moralizante, cuando no moralino y, al hacerlo, perder de vista el cariz estructural de ésta. En cambio, los actores políticos activos en la izquierda al uso, han comprendido estar circunstancia y se han decantado, quizá de manera puramente intuitiva, por una de las características esenciales de la política funcional de la modernidad tardía: el pragmatismo.7 Observemos, entonces, lo siguiente:

Conformación general del sistema político contemporáneo.

El pragmatismo político incluye la rehabilitación de actores que en su momento fueron adversarios con miras a cumplir objetivos urgentes, siendo el mayor de ellos la obtención del poder. Por eso están desencaminados los llamados moralistas acerca de si éste o aquel personaje político es moralmente bueno o malo, puesto que lo que importa es la función que ejerce en las circunstancias actuales de un partido, un movimiento o una campaña política (en la actualidad, el blanco favorito de los moralistas es Manuel Bartlett y su apoyo explícito a López Obrador, pero también han incluido a Manuel Camacho Solís y al propio Marcelo Ebrard). En esta medida, la aspiración de la Izquierda Unida, y del propio López Obrador, es que los personajes que vienen directamente del priismo se adhieran a los postulados de su programa de trabajo y que cumplan con la función estratégica que se les ha asignado. Esto tendrá que filtrarse, por supuesto, por los controles a la corrupción cupular que el movimiento izquierdista ha consignado como uno de sus pilares para el desempeño político, mediado por un seguimiento puntual del desempeño de los políticos importados del antiguo régimen. Con todo esto en mente, puede afirmarse que los desgarramientos de vestiduras políticos, analíticos y periodísticos son, en suma, productos tanto de la forma antigua del sistema político como de la magra tradición democrática mexicana, justo como lo expresó en su momento Enrique Krauze: “En un país donde los políticos tienen poca experiencia parlamentaria y se concentran en la ideología, cualquier cooperación con un opositor genera a menudo acusaciones de traición”.8

2. El controvertido luchador social y el lema “El Estado somos todos”

Desde la esquina de Avenida Juárez, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y hasta el cruce con el Anillo Periférico, a la altura de la Fuente de Petróleos, Paseo de la Reforma es una romería. Carpas gigantes, gente que va y viene, niños jugando, adolescentes romanceando; pancartas, carteles, bocinas, megáfonos, consignas, comida casera, el pasear de los reporteros; los bailongos, los juegos de ajedrez, los grupos de ancianos tomando café, las turbas de políticos, organizaciones sociales y comunidades de interés que se apersonan día tras día en el mayor plantón jamás visto en la Ciudad de México y, para el caso, en el país entero. Estamos en el verano del 2006.

El tristemente célebre evento de resistencia civil pacífica, comandado por Andrés Manuel López Obrador tras la resolución del Tribunal Federal Electoral para no realizar un recuento voto por voto de los resultados de la elección presidencial que llevó al poder a Felipe Calderón Hinojosa por un muy estrecho margen, fue visto siempre, por tirios y troyanos, bajo la óptica estrecha del aburguesamiento nacional (esto incluye a la real burguesía y a los numerosos aspirantes clasemedieros a ella). Para que esa percepción prevaleciera entonces como ahora, un factor determinante fue el propio López Obrador, quien nunca supo o nunca quiso explicar con todas sus letras la verdadera razón de ser de ese evento socio-político masivo: la contención de un estallido social de consecuencias imprevisibles.9 No lo hizo por la sencilla razón de que, admitirlo, era admitir que estaba en la cresta de la ola de un movimiento social que lo rebasaba como líder. Pero eso era algo que se pudo haber aprovechado políticamente, puesto que la alienación multitudinaria que padece la sociedad mexicana y su concomitante halo de violencia social contenida es algo que, en puridad, ningún político es capaz de solventar en el corto plazo.

Diversos hechos que en su momento fueron registrados sustentan esta circunstancia problemática: hubo alteraciones de actas, pérdida de boletas ya votadas y amagos de cierres de casillas en diversos municipios de Hidalgo, Veracruz, Guerrero, Chiapas y Tabasco. En señal de protesta por este tipo de eventos se realizó una quema de credenciales de elector en Atenco. Boletas en la basura que habían sido favorables a su candidatura fueron encontradas en Milpa Alta o en el Bordo de Xochiaca, en Neza, y en la propia Ciudad de México, como en los distritos 17 y 10 de Álvaro Obregón y Miguel Hidalgo, donde también se encontraron urnas violentadas.10 Todo esto, junto con el cerradísimo resultado de la elección, fue generando un clima de descontento generalizado entre los numerosos seguidores de López Obrador que veían en él a un verdadero regenerador de la vida nacional; alguien que, por los menos, afirmaba su existencia, en tanto que comunidad excluida de las grandes decisiones nacionales, como problema político a resolver. Éste detonó con el megamitin del 16 de julio en el Zócalo de la Ciudad de México:

Los millones que han ido al Zócalo [en el verano del 2006] o que hacen guardias en los 300 consejos distritales traen en sus mochilas muchas demandas que, hasta ahora, han sido sistemáticamente ignoradas por los gobiernos neoliberales. Demandas contra el desempleo, los bajos salarios, la pobreza, el deterioro de los servicios sociales populares, el desastre del campo, la creciente pobreza de las mayorías. Han encontrado en AMLO su vocero y depositado en él su confianza, como hace mucho no lo habían hecho con ningún otro dirigente.11

A los pocos días de iniciado un proceso de movilización que ya no tenía marcha atrás y ante la expectativa de la resolución institucional para llevar a efecto o no el recuento de todos y cada uno de los votos de la elección, una consigna sonaba cada vez con más frecuencia entre los ciudadanos que se sentían agraviados: “Si no hay solución, habrá revolución”. Algo que algunos sectores importantes de la gente en torno a la Coalición por el Bien de Todos comenzó a tomar muy seriamente. En este ambiente social enrarecido dio comienzo el macrobloqueo el día 31 de julio.

Ya con el bloqueo de una de las principales avenidas del país en marcha los dirigentes de la Coalición comenzaron a identificar los principales focos rojos de violencia contenida dentro del plantón: los campamentos de Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Tabasco hablaban cada vez más de toma de carreteras, sabotaje a pozos petroleros, paralización del aeropuerto internacional de la Ciudad de México, lucha directa al fin. Gente como Los Macheteros de San Salvador Atenco, la Coalición de Organizaciones Democráticas Urbanas y Campesinas, maestros de Oaxaca y Frente Popular Revolucionario, estaban a muy poco de, en verdad, levantarse en armas.12 Andrés Manuel López Obrador lo sabía y su astucia de movilizador social dio una salida psicológica a la presión que se vivía en torno a su movimiento: les dijo que se quedarían indefinidamente en las calles de la Ciudad de México, al tiempo que publicaba su versión diplomática de las cosas en el New York Times.13

En efecto, el Estado somos todos, como dice uno de los eslóganes programáticos de la Izquierda Unida.18 Pero López Obrador ni entonces ni ahora ha sabido explicar esto con contundencia;19 se limita a decir que las instituciones son de los poderosos y que no sirven al pueblo.

En efecto, toda la situación en torno al plantón de Reforma, y el largo silencio en relación con los verdaderos motivos de éste, puso de manifiesto una de los defectos más acusados y acuciantes de López Obrador: su tendencia a la afirmación rápida, contundente, sin contexto, ligada a la ocultación de los engranajes decisorios que lo han llevado a actuar de maneras específicas a lo largo de su trayectoria como líder popular. Esto le ha traído muchos malentendidos, ha encendido iras y, sobre todo, ha sido utilizado en su contra para magnificar la fantasía derechista en torno a su persona, que lo tacha como el revoltoso número uno de la nación, como no ha habido uno igual desde los tiempos de Francisco Villa. Sin duda esto fue mucho más grave en la campaña del 2006 que en la actual, pero esta inclinación perniciosa para su imagen permanece. Basta recordar su famosa invectiva, en relación con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, tras la resolución en contra de hacer un recuento masivo de los votos que hicieron que perdiera la Presidencia de la República ante Felipe Calderón: “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!” A lo que sólo añadió el escueto contexto: “Hacer a un lado todas las instituciones caducas, corruptas chatarras, que no sirven para nada, a fin de ser el pueblo quien gobierne”. Desde entonces un sector importante de la opinión pública no ha dejado de machacar con que esto es prueba firme de su mesianismo, de su populismo y de su desprecio por la vida institucional. Así, por ejemplo, Enrique Krauze ha dicho que “El populismo es una adulteración de la democracia. Lo que el populista busca —al menos esa ha sido la experiencia latinoamericana— es establecer un vínculo directo con el pueblo, por encima, al margen o en contra de las instituciones, las libertades y las leyes”.14

Pero no. El caso es que el entonces candidato de la Alianza por el Bien de Todos tenía razón. El único problema con su dicho es que carecía de contexto y de argumentos explícitos que lo sustentaran. Pero una realidad estudiada de tiempo atrás por los teóricos de la política es, justamente, el estatus social de las instituciones en un tiempo y un lugar determinados. En las condiciones de la política moderna, en la que desde la Revolución francesa se afirma que la soberanía radica en el Pueblo, se faculta a éste para que modifique las instituciones sociales de acuerdo con sus necesidades: las constituciones más importantes establecen que éste puede cambiar la forma de su gobierno, ya sea por medios pacíficos o violentos. El cambio como constitutivo de lo político fue, de hecho, la gran mutación social que introdujo el republicanismo francés de hace poco más de doscientos años en todo el mundo occidental.15 En términos de la política de la modernidad consolidada, esto se expresa en términos de la capacidad de inclusión que el sistema político tiene para todas las demandas de la ciudadanía, sin distinción cualitativa entre aquellos que se ostentan como ciudadanos. Consideremos la siguiente figura:

Condiciones estructurales de la inclusión política.

Bajo las circunstancias cambiantes, de aumento sostenido de presupuestos sociales y de exigencia de plena funcionalidad política, el sistema político se encuentra bajo la fuerte presión de procesar a la velocidad requerida los motivos, problemas y procesos que se hayan en su entorno; es decir, de dar cabida a las necesidades imperiosas del resto del sistema social. Una de ellas, urgente, es la descomposición de las amarras sociales tradicionales en torno al trabajo, la convivencia pacífica y la estabilidad de la vida cotidiana. Al encontrarse en un entorno financiero caótico, con una estructura socio-política anquilosada y con altos niveles de negligencia y corrupción gubernamental, cada vez más, sectores muy numerosos de la población mexicana se encuentran fuera de los beneficios del sistema social; hay un gradiente creciente de exclusión y marginalidad social. Esto es contundente en la vida económica, donde la economía informal y la economía criminal ganan terreno a pasos acelerados a la economía regimentada. Pero también lo es en materia política, puesto que muchas de las instituciones representativas del Estado han sido rebasadas por las demandas ciudadanas, debido a que su estructura, básicamente formada bajo la égida del régimen piramidal del partido único, no tiene la capacidad de adaptarse con la rapidez necesaria para llevar a efecto una inclusión medianamente aceptable de los requerimientos ciudadanos. Esto es lo que se ha llamado “inadecuación de la representatividad”:

La idea de Transición Democrática que impulsó la dinámica social e institucional mexicana de los últimos 25 años se basó en que la estructura social se complejizó de tal manera que fue necesario reformular la estructura política que organiza nuestra sociedad. Es, en principio, un claro problema de inadecuación de la representatividad respecto de una nueva constitución de la estructura social; pero al mismo tiempo, se convirtió en un problema constitutivo, es decir, que esta necesaria reformulación de la representación, fue también una reorganización de los espacios constituyentes de la sociedad.16

Esto es, las instituciones no son, o no deben ser, monolíticas; son cambiantes, mutables, deben estar hechas para servir a la ciudadanía, para lograr la inclusión del mayor número posible de demandas ciudadanas. No son, como en el paradigma medieval, monolitos puestos en la Tierra por la divinidad y, sí, si no sirven, si han caducado, si sólo operan de manera reiterativa o, peor aún, para el beneficio de una minoría irrisoria, en efecto, se deben ir al demonio… para construir nuevas instituciones, plenamente funcionales, eficaces, inclusivas, adecuadas a los requerimientos acuciantes de una sociedad en descomposición y de un Estado con numerosos focos rojos entrópicos que pudieran incluso llevarlo al lindero de su quebranto histórico definitivo.17 Porque, en efecto, el Estado somos todos, como dice uno de los eslóganes programáticos de la Izquierda Unida.18 Pero López Obrador ni entonces ni ahora ha sabido explicar esto con contundencia;19 se limita a decir que las instituciones son de los poderosos y que no sirven al pueblo. Esto es pasto seco para la incineración pública de su persona al grito de “ahí viene el destructor de la patria”.

3. Las definiciones de gobierno en la ruta de la tercera vía económica

Es curioso cómo en amplios conjuntos de la población mexicana sigue vigente una idea lanzada al vuelo en 2006 que prendió como fuego en hojarasca, a pesar de que siempre fue una de esas equiparaciones gratuitas, pero vistosas, que suelen hacerse en materia de propaganda negra política: que un gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador sería como el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela. Sin contexto, sin argumentos, sin un real conocimiento de la realidad venezolana, pero con la firme idea mediática y desinformada de que Chávez es algo así como un reyezuelo comunista costeño, muchas personas afirmaron entonces y afirman ahora que eso ocurriría en México con López Obrador en la presidencia.20 No obstante, más curioso aún es que en ciertos círculos postmarxistas, postguerrilleros y postradicales de tiempos afortunadamente idos, se le ve, simple y sencillamente, como un neoliberal; como la rama populista de un programa de gobierno y una ideología política heredera de los designios políticos e ideológicos del expresidente Carlos Salinas de Gortari.

En verdad, no es ni lo uno ni lo otro, aunque ciertamente su propuesta tiene claros vínculos con estrategias económicas ineludibles en la realidad contemporánea, que a continuación comentaremos. Antes de entrar en materia, conviene aclarar que, una vez más, su falta de contundencia y su recurrente cuidado retórico ante sus audiencias cautivas ha llevado a que las clases medias, azuzadas por un cúmulo de campañas oficiales y no oficiales tendenciosas y que explícitamente buscan desinformar, se hayan formado la imagen de que lo que supuestamente propone AMLO es un gobierno comunista, contrario a la propiedad privada, enemistado con Estados Unidos y ajeno a los programas contemporáneos de integración económica. Ven en López Obrador a una especie de guerrillero de los setenta, cuando en realidad es un centro-izquierdista pragmático del nuevo milenio. Veamos la siguiente ilustración.

La estrategia discursiva de AMLO y su adecuación con la realidad de gobierno.

Su paso como gobernante de la Ciudad de México refuerza esta apreciación. Al mismo tiempo que impulsó programas de asistencia social como la ayuda para la despensa de los ancianos, la creación de una nueva red de universidades y preparatorias públicas y la instauración de un programa permanente de becas para estudiantes de educación básica de bajos recursos, entre otros programas de apoyo a la economía popular como la congelación de las tarifas del Sistema de Transporte Colectivo, Metro (algo que siempre ha estado en vilo desde que el Distrito Federal ganó autonomía administrativa respecto de la Federación), y de la red de autobuses urbanos, RTP, en los que, además, el pasaje es gratuito para los ancianos. Esto, que quizá pudiera parecer magro y que sin duda se tiene que perfeccionar con el tiempo, era algo inédito en la Ciudad de México hasta antes de su Administración. Fue parte de una política que, con los apretados recursos disponibles (hay que recordar que aunque la Ciudad de México es una de las tres entidades que más recursos aporta a la Federación, no se le asignan recursos en la misma medida),21 sentó las bases de un modelo de inclusión social, sostenido y expansivo; algo que ha sido continuado con éxito por el sucesor de López Obrador, Marcelo Ebrard Casaubón.

Los elementos de la inclusión social experimentada en la capital de la república se apegan a los términos tradicionales del bienestar social durante el siglo XX, y así lo ha expresado el colaborador de López, Juan Ramón de la Fuente, propuesto por él para encabezar la Secretaría de Educación Pública, en caso de ganar: “Progresismo significa ampliar espacios para la participación ciudadana en el diseño y la ejecución de las políticas públicas”.22 Éste es el flanco “socialista” del estilo de gobierno de López Obrador. El otro es el flanco “neoliberal”, que ha incluido la promoción de una intensa participación del sector empresarial en desarrollos urbanos de gran envergadura, cuyos ejemplos más vistosos fueron la construcción de vías automovilísticas elevadas, o “segundos pisos”, en algunas de las avenidas clave de la capital, así como la remodelación, limpieza, reconstrucción y relanzamiento público del Centro Histórico de la Ciudad. Esta combinación de políticas públicas en la que, con una administración eficaz de los recursos disponibles, se cubren algunas de las demandas participativas de todo el espectro social (apoyos económicos directos para las clases depauperadas, mejoras urbanísticas para las clases medias y participación financiera para los potentados), ha resultado ser benéfica a lo largo de la historia reciente del mundo y, por más que sus adversarios de derecha tienda a descalificarla, es el mejor modelo posible dentro del capitalismo global: la llamada tercera vía.23 Con esta visión es como López Obrador ha construido su propuesta económica de campaña, liderada por el destacado economista de la Universidad de Cambridge, Rogelio Ramírez de la O, y secundada por el contador egresado del Tecnológico de Monterrey, Fernando Turner, quien además tiene una maestría en administración pública por la Universidad de Harvard.

El plan que han diseñado para detonar el crecimiento económico del país parte de un principio que en el fondo es muy simple: realizar una mejor administración de los recursos disponibles para hacer una distribución más eficiente de éstos. Es muy importante destacar que la propuesta no implica aumento de deuda pública y sí, en cambio, una reconfiguración radical de lo que con toda justeza López Obrador ha llamado “un gobierno faraónico”: concretar instrumentos recaudatorios eficaces, que incluyen la cancelación de excepciones fiscales millonarias y, un punto esencial ampliamente estudiado por los teóricos como factor clave del crecimiento económico en un mundo globalizado: el combate a la corrupción de acuerdo con una prioridad piramidal;24 es decir, de la punta a la base. Observemos, entonces, el siguiente esquema.

Síntesis del programa económico global de la Izquierda Unida.

Es de suma importancia dejar claros los números. Desde el día del último debate organizado por el IFE se desencadenó la polémica por las cifras específicas del ahorro propuesto en materia de gobierno austero. Hay varias imprecisiones en los números que ofrecen los miembros del PAN (que incluyen a la candidata Josefina Vázquez Mota y, en claro desacato de la Ley Electoral, al presidente Felipe Calderón y al secretario de Hacienda, José Antonio Meade): la principal es que, con la plena intención de desinformar, hacen un cálculo sobre el sueldo nominal de funcionarios, cuando todo el que ha trabajado para la administración pública sabe que existe lo que se llama “compensación” al salario que es aproximadamente el 60% del sueldo real que se percibe mes con mes. Asimismo, hacen el sesgo de directores de área en adelante, cuando el ajuste deberá hacerse de gerentes para arriba.25 Finalmente, se estima que 21% del presupuesto federal de México se va en prácticas de corrupción,26 por lo que en los números del equipo económico de López Obrador el cálculo de lo que se estima se puede ahorrar con combate a la corrupción es moderado y bien podría integrarse lo restante como una variable más en el ahorro de un gobierno mesurado. Podría resumirse así el proyecto económico de la Izquierda Unida:

1) La base es construir un Estado austero, teniendo como objetivo primordial concretar una reducción de 50% a los salarios de altos funcionarios gubernamentales, incluyendo al propio presidente, para generar así un ahorro importante dentro del presupuesto federal, reutilizable en programas de beneficio público.

2) Asimismo, impulsar una Ley antimonopolios mucho más eficaz y expedita, con la finalidad de evitar la recurrencia de este tipo de prácticas en el marco de ley, con el axioma mundialmente aceptado de que la intensa competencia entre capitalistas es lo que promueve la competitividad productiva y financiera de las naciones.

3) En relación con el polémico asunto de Pemex, la estrategia de crecimiento global se replica en lo particular: eficientar la administración de la paraestatal, combatir el pozo sin fondo de su corrupción endémica y terminar con la rapacidad sindical, que se ha convertido en una verdadera sangría de recursos mal utilizados.

4) La eficientización del sector petrolero permitiría aumentar progresivamente el subsidio a los energéticos al retail; esto ha sido muy criticado, pero la propuesta es buena y económicamente tradicional: si se logra el ahorro en dispendio burocrático, corruptivo y sindical, y esto se traslada a ese subsidio, sencillamente el gobierno estaría utilizando los mismos recursos de que ya dispone de una manera más inteligente.

5) En cadena, al bajar los energéticos (que, se entiende, es una reducción mesurada y escalonada y no dramática y en bloque, como han malinformado críticos maliciosos), las familias dispondrían de cierto excedente en el ingreso, por una parte; por otra, habría un estímulo real para mantener estables precios de bienes y servicios en general y, eventualmente, reducirlos, vía promociones y ofertas recurrentes. Esto propiciaría una economía regular en constante movimiento, impactando de manera positiva en el consumo y en la productividad del país.

Otro de los factores clave de la propuesta es la creación de infraestructura, algo que AMLO practicó con éxito durante su mandato en el Distrito Federal: en una primera fase, detonar una cascada de empleos temporales por medio de la creación bipartita (pública y privada) de grandes obras con la finalidad de bajar los índices de desempleo, acelerar el consumo y reactivar la economía. En una segunda fase, se genera un cúmulo de empleos permanentes ligados a las obras realizadas; ése es el sentido, por ejemplo, de la intención de rehacer de manera moderna y con amplia participación de capitales privados, nacionales y extranjeros el transporte ferroviario en diversas regiones del país. Todo lo anterior va acompañado con una estrategia de expansión educativa y plena inclusión tecnocientífica en el ambiente productivo nacional, con los siguientes parámetros: una inversión meta de 2% del PIB para ciencia y tecnología, así como la institucionalización de la consecución de fondos nacionales e internacionales por medio de una agencia exclusivamente dedicada a ello, fomentando vínculos claros con desarrollos alternativos y con el sector productivo.

Fernando Turner observa así a Andrés Manuel López Obrador, y esto ha sido la base para su convencimiento con el proyecto de nación por él propuesto: “Lo veo como un CEO asertivo que está tomando una empresa muy problemática: no puedes llegar diciendo que todo está bien y haciendo las cosas como antes… Es un hombre que sabe delegar, escoger gente y dejarlos trabajar, algo muy importante en un CEO”. Y, qué duda cabe, ningún empresario egresado de las aulas de la Universidad de Harvard podría decir ni la mitad de eso de alguien como Hugo Chávez. ®

Notas
1 Las declaraciones de Carlos Fuentes pueden verse aquí, a partir del 09:17; la frase exacta que usó fue “La única posibilidad de una renovación, a pesar del candidato, es con la izquierda”.

2 Sobre esto tenemos el ejemplo más reciente a cargo del PAN: con un video amañado, editan un discurso de López en el que dijo que respeta a los que han tomado las armas para modificar a la sociedad, pero que él y su movimiento siempre optarán por la vía pacífica e institucional; el video tramposo es tan malo que movería a la carcajada franca de no ser porque miles de personas desinformadas lo tomarán a pie juntillas; puede verse aquí. Y aquí la respuesta con el fragmento correctamente contextualizado.

3 Justo esto señala en un texto notable la periodista Cynthia Ramírez: “Andrés Manuel López Obrador, la movilización permanente” en Letras Libres 162, junio del 2012, pp. 26-31.

4 El dicho de Turner puede verse en las declaraciones videograbadas que hizo para CNN.

5 Los integrantes propuestos para el gabinete de AMLO, con sus respectivas fichas curriculares.

6 La síntesis de éste puede verse aquí.

7 Para un análisis pormenorizado del sistema político de la modernidad tardía o posmodernidad véanse las obras fundamentales sobre ello de Niklas Luhmann, ¿Cómo es posible el orden social?, México: UIA-Herder, 2009; La política como sistema, México: UIA, 2009; “Políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política” en Nexos núm. 216, marzo de 1996; Teoría política en el Estado de Bienestar, Madrid: Alianza, 1994.

8 Enrique Krauze, “Los nuevos peligros de la democracia”, Proceso núm. 1524, 15 de enero del 2006, pp. 12-14.

9 Sólo hasta ahora es que López Obrador ha hecho una escueta precisión publica al respecto.

10 Véase “Nuevas trampas” de Jesusa Cervantes y Jenaro Villamil en Proceso núm. 1549, 9 de julio de 2006.

11 Véase Enrique Semo, “Movimiento en gestación” en Proceso núm. 1551, 23 de julio de 2006, pp. 66-68.

12 Al respecto, véase Gloria Leticia Díaz y Rosalía Vergara, “El repudio” en Proceso núm. 1553, 6 de agosto de 2006, 12-15; en el mismo número, véase “Crispación lopezobradorista” de Leticia Díaz y Daniel Lizárraga, pp. 18-22.

13 “Recounting Our Way to Democracy”, en la traducción de Rogelio Ramírez de la O, hoy propuesto para ser el secretario de Hacienda en caso de ganar la presidencia: “Our tribunals —unlike those in the United States— have been traditionally subordinated to political power. Mexico has a history of corrupt elections where the will of the people has been subverted by the wealthy and powerful. Grievances have now accumulated in the national consciousness, and this time we are not walking away from the problem. The citizens gathered with me in peaceful protest in the Zócalo, the capital’s grand central plaza, speak loudly and clearly: Enough is enough…”. El artículo fue originalmente publicado en la edición del 11 de agosto de 2006 y puede verse en esta liga.

14 Véase su ensayo “Populismo en México”, publicado en Letras Libres en el mes de abril. Por supuesto, Krauze es un crítico fino de AMLO (aunque, en mi opinión, equivocado), pero hay otros más obvios y viscerales; aquí unas muestras: Javier Sicilia; Leo Zuckerman(artículo, además, sesgado y parcial; los subsidios, como se explicará más abajo no se solventarán con deuda pública, sino con ahorro y redistribución del gasto gubernamental); Gilberto Guevara Niebla, y, por supuesto, Pablo Hiriart.

15 Para un análisis pormenorizado de este cambio de paradigma político véase Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, México: Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 2005.

16 Confróntese Rodolfo Uribe Iniesta, Dimensiones para la democracia. Espacios y criterios, México: UNAM, 2006, p. 21.

17 Al respecto véase el ya clásico artículo de Sam Quinones, “State of War” en Foreign Policy núm. 171, marzo/abril de 2009, donde plantea con todas sus letras que México está al borde de ser un Estado fallido. Puede verse la versión electrónica del mismo en esta liga.

18 Algo que, por lo demás, se ha estudiado desde hace mucho tiempo, especialmente a partir del trabajo seminal de Hermann Heller, Teoría del Estado, original de 1934, México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

19 Un ejemplo que, si todo hay que decirlo, fue incluso bochornoso de esta parálisis escénica para explicar con firmeza sus polémicos dichos cuando está fuera de su elemento multitudinario, lo pudimos ver en su participación en el programa Tercer Grado de Televisa el pasado 6 de junio: desde que comenzó el programa se vio terriblemente tenso y, una vez más, sólo insistió en que las instituciones no sirven al pueblo como deberían hacerlo. Por supuesto, ¿pero por qué es esto así, señor López? El programa completo se puede ver aquí.

20 Entre otras cosas, Chávez viene del poder militar que en Venezuela tiene una larga historia antidemocrática, él mismo es un teniente coronel, el país tiene una riqueza petrolera muy superior a la de México, no colinda con Estados Unidos, etcétera; pero sobre todo, Andrés Manuel López Obrador jamás contaría con el respaldo militar, social y político para una intentona relectoral (y ya ni decir con que no contaría con el respaldo del gobierno estadounidense). Eso no está en el horizonte de su proyecto político. Aquellos que con frivolidad o con mala intención han comparado a López con Chávez simplemente han reditado el cuento del “coco” para las mentes infantilizadas de la población teledirigida de México.

21 Sobre esto puede verse la siguiente liga al sitio de la ALDF.

22 La definición la hizo en el marco de la presentación de su propuesta educativa; se puede ver en la esta liga.

23 Un panorama detallado sobre esta opción de gobierno se puede ver en el ya clásico ensayo del sociólogo inglés Anthony Giddens, La tercera vía, Madrid: Taurus, 1999.

24 Dentro de la amplia bibliografía al respecto puede verse los siguientes análisis: Frank Anechiarico, “La corrupción y el control de la corrupción como impedimentos para la competitividad económica” en Gestión y Política Pública, vol. XIX, núm. 2, II semestre del 2010, pp. 239-261; Guillermo Cejudo, Gilberto Sánchez y Dionisio Zabaleta, “El (casi inesistente) debate conceptual sobre la calidad del gobierno” en Política y gobierno, vol. XVI, núm. 1, I semestre del 2009, pp. 115-156; John Gerring, Peter Kingstone, et al., “Democracy, History, and Economic Performance” en World Development, vol. 39, núm. 10, 2011, pp. 1735-1748; Stephan Haggard y Lydia Tiede, “The Rule of Law and Economic Growth: Where are We?” en World Development, vol. 39, núm. 5, pp. 673-685.

25 Además, por supuesto, de una serie de gastos que no se integran en los presupuestos oficiales, puesto que están en otras partidas o en las “cajas chicas” de las instituciones públicas como son premios de puntualidad o de desempeño, bonos de productividad, ayuda para transporte, servicios médicos particulares, gasolina, vales de despensa, viajes con altos viáticos, renta de vehículos y aeronaves, publicidad personal, pago de asesores, consultorías, edecanes, comidas “de negocios”, “invitados especiales” a las giras internacionales, etcétera.

26 Anechiarico, obra citada, dice: “La corrupción equivale a un ‘impuesto’ a la inversión extranjera directa, de modo que la cantidad creciente de corrupción equivale a un impuesto de 21 por ciento a la inversión en México”, p. 243.

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Publicado en: Destacados, Elecciones y democracia, Junio 2012

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