El efecto de “fuego cruzado”

Izquierdas y derechas se muerden la cola

El “efecto de fuego cruzado” es resultado de posturas autoritarias, de intentos de las “izquierdas” y “derechas” por controlar y uniformar las ideas políticas, pero sobre todo del miedo a perder su monopolio.

Acuñado por el filósofo materialista y anticlerical francés Destutt de Tracy, hacia finales del siglo XVIII, con la intención de que pudiera devenir en ciencia, el concepto de ideología no tardaría mucho en adquirir una fuerte carga negativa.

Dado que durante el Directorio, Tracy y sus seguidores desempeñaron un papel político preeminente, se identificó a los “ideólogos” con los defensores del liberalismo laico republicano, y contra ellos se alzarían las voces tanto de Napoleón como de los conservadores reaccionarios De Bonard y Chateaubriand, quienes darían al término una coloración peyorativa. Napoleón llamaba despectivamente “ideólogos” a los intelectuales republicanos, que en contraste con los hombres de acción carecían de sentidos prácticos, y consideraba a la “ideología” una doctrina abstracta y especulativa divorciada de las realidades del poder político [Antonio Ariño, Sociología de la cultura. La constitución simbólica de la sociedad, Barcelona: Ariel, 2000, p. 106].

Término que continuará empleándose de manera despectiva durante casi todo el siglo XIX, tanto por conservadores, que la utilizaban para referirse a los “revolucionarios”, como por la “izquierda”. Por ejemplo Marx y Engels, a pesar de que conocían la propuesta de Tracy, utilizaron el término de “ideólogo”, en el mismo sentido despectivo en que lo hacía Napoleón, para referirse a Bauer, Feuerbach (representantes de la izquierda hegeliana), al anarquista Pierre Joseph Proudhon y a Max Stirner. Aunque hay que destacar que, como afirma Antonio Ariño, la presencia del término en la obra de Marx y Engels no puede restringirse a este uso polémico.

En la actualidad el concepto de “ideología” ya no es usado en sentido peyorativo, aunque los procedimientos para clasificar las distintas formas de teoría y práctica política no han dejado de ser menos reduccionistas, ya que generalmente se les encasilla en una “izquierda” o una “derecha” poca claras. Maniqueísmo que impide discernir el amplísimo abanico de ideas políticas que se despliega entre estos dos extremos. “Izquierdas” y “derechas” que, por muy distantes que parezcan en sus formas radicales, en una suerte de víbora que se muerde la cola pueden llegar a alcanzarse y ser tan parecidas como dos gotas de agua.

También, esta reducida idea de que la política únicamente se mueve entre dos corrientes ha llegado a generar lo que podría denominarse “efecto de fuego cruzado”, es decir, que es imposible mantener una posición crítica o discrepar de la “izquierda” sin ser señalado, por consecuencia, de “derecha”, y viceversa.

En la actualidad el concepto de “ideología” ya no es usado en sentido peyorativo, aunque los procedimientos para clasificar las distintas formas de teoría y práctica política no han dejado de ser menos reduccionistas, ya que generalmente se les encasilla en una “izquierda” o una “derecha” poca claras. Maniqueísmo que impide discernir el amplísimo abanico de ideas políticas que se despliega entre estos dos extremos.

En México, en abril de 2005, el famoso proceso de desafuero de André Manuel López Obrador terminó por polarizar profundamente a la sociedad mexicana (aunque de manera más acentuada en la capital del país, donde éste era jefe de Gobierno). Durante esa coyuntura política era prácticamente imposible mantener distancia y verter una opinión crítica sobre López Obrador sin ser acusado de simpatizar con la derecha: o se estaba con él o se estaba en contra.

En España los partidos de izquierda, en una actitud desesperada para no ser vinculados a la corrupción que anega la política del país, llegaron a asegurar que las recientes protestas del movimiento del M-15 le estaban “siguiendo el juego a la derecha”, afirmación imposible de sostener, puesto que la espontaneidad y horizontalidad organizativa dentro del movimiento fueron evidentes.

El chavismo es otro ejemplo de cómo se desarrolla el “efecto de fuego cruzado”. Hacer crítica o discrepar de este movimiento “socialista” —que comenzó a cobrar forma en febrero de 1992 cuando Hugo Chávez Frías, entonces teniente coronel, fue apresado por encabezar un fallido golpe de Estado en contra del presidente Carlos Andrés Pérez—, tanto dentro como fuera de las fronteras venezolanas —curiosamente en el extranjero los más apasionados defensores del “verbo bolivariano” suelen ser latinoamericanos que, cómodamente asentados en países europeos, no tienen que padecer este tipo de regímenes—, es convertirse, como consecuencia ineludible, en “escuálido” imperialista, latifundista, pro-yanqui, burgués, capitalista; los entusiastas apologistas del chavismo niegan la posibilidad de que exista una “izquierda” distinta a la que ciega y estúpidamente proclaman y pregonan.

El “efecto de fuego cruzado” es resultado de posturas autoritarias, de intentos de las “izquierdas” y “derechas” por controlar y uniformar las ideas políticas, pero sobre todo del miedo a perder su monopolio; de allí que la divergencia, y hasta el más ingenuo de los cuestionamientos, despierte la imputación, el odio y la persecución por parte de sus líderes, pero sobre todo, y muchas veces de manera más enconada, de sus siervos seguidores. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Política y sociedad

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