El infierno de la Biblioteca

Eros en secreto

La Biblioteca Nacional de Francia (BNF) decidió mostrar, por primera vez, parte de su inmensa colección de libros, estampas y grabados eróticos cuyo acceso permaneció cerrado al público desde su fundación, hace ciento setenta años.

Una de las ilustraciones expuestas

La exhibición recorre todo el amplio abanico de posibilidades artísticas, de Sade a Bataille, mostrando cómo el hombre usó cada avance tecnológico —de la imprenta en adelante— para ilustrar las fantasías de su libido: las reliquias más viejas se remontan al siglo XVI y las más recientes incluyen a Onán (1979), el aguafuerte que Salvador Dalí dibujó con la mano izquierda mientras usaba la derecha para inspirarse —como hace notar él mismo a pie de página.

“La colección fue iniciada a mediados del siglo XVIII por los bibliotecarios reales”, explica Raymond-Josué Seckel, uno de los dos curadores de la exposición. “Creían que una biblioteca nacional tiene el deber de coleccionar todo lo que pueda ser de interés cultural o histórico para los especialistas del futuro”. En esa época, los libros “peligrosos” eran guardados en comisarías, tribunales y ministerios, donde solían desaparecer, víctimas del trafico clandestino y la desidia de los funcionarios encargados de protegerla.

Para solucionar el problema, en 1830 se creó una sección especial dentro de la biblioteca destinada a los materiales de sexo explícito bautizada “el Infierno” (L’Enfer) cuyo acceso sería rigurosamente controlado por las autoridades. Paradójicamente, la palabra —que hacía referencia tanto al destino de sus lectores como al fuego purificador predicado por la censura— terminó convirtiéndose en el santo y seña de los libreros que la usaron para marcar los libros prohibidos e indicar su ubicación dentro de la BNF.

Para solucionar el problema, en 1830 se creó una sección especial dentro de la biblioteca destinada a los materiales de sexo explícito bautizada “el Infierno” (L’Enfer) cuyo acceso sería rigurosamente controlado por las autoridades.

Una serie de bucólicas escenas pastorales que bajo luz directa descubren ardientes parejas teniendo sexo muestra cómo los propietarios lograban mantener sutilmente disimulados sus tesoros ante las visitas policiales. La mayor parte del material se produjo en secreto para una clientela rica y culta como León Gambetta, primer ministro francés del siglo XIX, cuyos paneles eróticos aparecen en la exposición. La costumbre de coleccionar material erótico se mantuvo vigente: en 1948 Gore Vidal visitó a Andre Gidé y éste le mostró un grueso manuscrito que le había regalado “un párroco que vive en la campiña inglesa”. El libro reproducía “escenas exquisitas de colegiales desnudos entregados a todo tipo de actos sexuales”. “Analicé los dibujos con gusto”, añade Vidal en sus memorias.

Desde su fundación sólo se permitió el acceso al “Infierno” a académicos que pudieran demostrar que necesitaban consultar el material para sus investigaciones. Incluso hoy los interesados tienen que justificar sus pedidos por escrito ante un comité de expertos. Marie-Françoise Quignard, segunda curadora de la muestra, reconoce que “El contenido de L’Enfer ha sido objeto de mitos y fantasías durante años. Muchas personas, por ejemplo periodistas, nos importunaban todo el tiempo para que las dejáramos echar una ojeada. Las actitudes hacia la sexualidad y el erotismo han cambiado. Hay gran interés por las conexiones entre la literatura, el arte y la pornografía. La biblioteca decidió que una exhibición sería aceptable y tendría éxito comercial”.

La exposición recoge 300 de los 1,700 materiales originales. Lo primero que encuentra el visitante es una definición del Infierno tomada del Gran Diccionario Universal del siglo XIX (1870), que encaja perfectamente con la intención de sus creadores: “Sitio cerrado de una biblioteca donde se ponen los libros cuya lectura es considerada peligrosa”. Pantallas situadas en las diversas salas muestran adaptaciones cinematográficas de clásicos del erotismo como Historia de O mientras altavoces difunden fragmentos de las obras expuestas.

Aunque gran parte del material es de origen francés, hay curiosidades como la sección destinada a las “novelas de flagelación”, descritas en el catálogo como “una especialidad inglesa” importada a Francia en el siglo XIX o los explícitos grabados japoneses.

“No impusimos ninguna censura; por fortuna, en la colección hay poco material que sea, por ejemplo, pedofílico”, explica Marie-Françoise Quignard. “Lo que uno descubre al recorrerla es lo repetitivos que son nuestra imaginación y nuestros intereses sexuales. Se encuentran los mismos temas e imágenes, la misma fijación con los genitales masculinos y femeninos, el mismo interés por formas poco comunes de realizar actos sexuales. Al final, uno se queda abotagado o simplemente ríe […] Por otro lado, ésta es una biblioteca y, a final de cuentas, una exhibición literaria. Es fascinante ver cuántos escritores, entre ellos algunos muy conocidos de obras convencionales, como Georges Bataille, Guillaume Apollinaire, Pierre Louÿs, adoptaron distintas formas de abordar la escritura erótica, algunos con desesperada seriedad, otros de manera muy humorística”.

Desde su fundación sólo se permitió el acceso al “Infierno” a académicos que pudieran demostrar que necesitaban consultar el material para sus investigaciones. Incluso hoy los interesados tienen que justificar sus pedidos por escrito ante un comité de expertos.

La exhibición revela las variaciones del deseo erótico a lo largo de los siglos: desde el material centrado en el placer de la carne a la celebración del dolor del marqués de Sade. Ordenada cronológicamente en tres partes, en la primera destacan las novelas del siglo XVII y XVIII firmadas con seudónimo porque los autores podían ser encarcelados por violación a las buenas costumbres; la segunda, en pleno siglo XIX, muestra el surgimiento y auge de los editores clandestinos que, incentivados por la gran demanda pero perseguidos por la censura, fueron obligados a exiliarse en Bélgica (entre ellos Auguste Poulet-Masis, el editor de los poemas de Baudelaire condenados por la justicia francesa). La tercera parte abre con Apollinaire y muestra autores reconocidos que firman con su nombre como Georges Bataille y Jean Genet.

La muestra cierra con Au jour dit, de Pierre Bourgeade, ilustrado por Joel Leick, impreso en 2000, aunque la aparición de libros eróticos no se detuvo: en el 2001 Catherine Millet, una reconocida crítica de arte, publicó un ensayo autobiográfico, La vida sexual de Catherine M., donde contaba sus aventuras con varios hombres en bares, clubes y la parte trasera de una camioneta que encabezó durante varias semanas la lista de best-sellers y causó horror entre los especialistas que conocían a la autora: una mujer de la que nunca habían esperado semejantes confesiones.

Francia, como se ve, sigue siendo el lugar más adecuado para este tipo de actos “culturales” donde se cruza el voyeurismo con el arte: como escribió Gore Vidal: “Por suerte para Gide, Francia poseía cierto grado de civilización y pudo sobrevivir en el mundo literario; por desgracia para mí, nunca tuvo una civilización, de modo que la supervivencia no es tan fácil si se va a contracorriente de una tierra tan supersticiosa”. ®

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Publicado en: Destacados, Erotismo y pornografía, Febrero 2011


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