El ocaso del imperio financiero estadounidense

Para entender la crisis de los Estados Unidos

En el corto plazo, lo que se vislumbra es una decisión presidencial unilateral para lograr la meta del techo de deuda originalmente propuesto. Esto dará un respiro temporal a los mercados, a los especuladores financieros y a los acreedores legítimos del Estado. En el mediano plazo, lo que el horizonte ofrece es el verdadero declive de Estados Unidos como la potencia económica universal que fue.

Imagen tomada de www.empresate.org

Las alarmas no se encendieron cuando debió haber sido por última vez (es decir, después de eso, ya era muy tarde): en el verano de 1989, cuando Toyota introdujo la submarca de lujo Lexus al mercado estadounidense. Aquel acontecimiento fue una demostración de fuerza. La automotora japonesa no se detendría ante nada para tomar por asalto el mercado vehicular estadounidense, y así lo hizo. Desplazó a los tres grandes de Detroit, posicionándose como el máximo vendedor de automóviles en Estados Unidos y dando la puntilla a la debacle que llevaría a la quiebra de sus competidoras domésticas.

La pérdida del monopolio automovilístico por parte de Estados Unidos en su propio territorio fue un síntoma de la transición que se estaba dando en su tradicionalmente poderosa economía productiva. La industria automotriz no era ni la única ni quizá la más poderosa de las industrias estadounidenses que comenzaban un periodo de crisis sostenida hace una generación (puesto que la aeronáutica, la petroquímica, la cibernética, la microelectrónica y aun la armamentística convencional, entre muchas más, tenían cada vez más y mejores competidores a nivel global), pero sí que era la más emblemática.1

El inicio de la pérdida del liderazgo nacional y global de los tres reyes de Detroit reflejaba la mutación mayor que se generaba aceleradamente en la economía norteamericana: ésta pasaba de tener un fundamento tangible (la productividad) con un abigarrado mundo intangible (las finanzas) a justamente lo contrario. El mismo año que cayera el Muro de Berlín, y en la víspera del triunfo ideológico, político, militar, pero sobre todo económico, sobre el bloque comunista, los Estados Unidos de América daban el cerrojazo a la que fue su última etapa de bonanza y liderazgo económico en el mundo. El crecimiento real sostenido de la posguerra había llegado a su fin.2

Los errores que se cometieron fueron varios, pero uno capital fue, simple y llanamente, el exceso de confianza. Los estadounidenses pensaron que realmente había llegado al súmmum de sus capacidades nacionales en todos los terrenos, comenzando por el vasto territorio económico y financiero. Al respecto, dice el economista Thomas L. Friedman en su columna del New York Times:

Nuestro lento declive es el producto de dos problemas interrelacionados. En primer lugar, desde el fin de la Guerra Fría hemos dejado erosionar nuestros cinco pilares básicos del crecimiento; éstos son: educación, infraestructura, la inmigración de brillantes innovadores y emprendedores, reglas para incentivar la toma de riesgos y la fundación de empresas, y la investigación con financiamiento estatal para acicatear la ciencia y la tecnología … Para mantener el sueño americano se requiere estudiar más duro, invertir con más sabiduría, innovar con mayor velocidad, poner al día nuestra infraestructura con más rapidez, y trabajar de manera más inteligente.3

Ese error de miopía se ha pagado muy caro en las dos décadas que han transcurrido desde entonces, hasta llegar a la gran debacle del sistema financiero mundial en 2008 y la actual crisis de la deuda estatal. En los años que siguieron a 1989 la dinámica económica estadounidense estuvo basada en una serie recurrente de inyecciones de créditos. Para sostener un ambiente de prosperidad ciudadana y bonanza económica sostenida, el Estado norteamericano promovió la acción crediticia al menudeo por parte de las empresas privadas y de sus propios mecanismos públicos de asistencia financiera, por una parte, y, por otra, al descuidar los factores clave que menciona Friedman para obtener una verdadera base económico-productiva se dedico él mismo a endeudarse con actores públicos y privados, nacionales e internacionales. Fueron los aparentemente buenos tiempos del gobierno de Clinton, que terminaron abruptamente con el estallamiento de la burbuja de las punto com a la vuelta del milenio.

La industria automotriz no era ni la única ni quizá la más poderosa de las industrias estadounidenses que comenzaban un periodo de crisis sostenida hace una generación (puesto que la aeronáutica, la petroquímica, la cibernética, la microelectrónica y aun la armamentística convencional, entre muchas más, tenían cada vez más y mejores competidores a nivel global), pero sí que era la más emblemática.

El endeudamiento desaforado de Estados Unidos tenía como fundamento su prestigio internacional. ¿Quién no querría prestarle a la unipotencia mundial? El pago estaba garantizado y además con intereses de por medio. Para el Estado norteamericano la deuda tenía pleno sentido, dadas las circunstancias de su estancamiento productivo real. Su moneda es la referencia financiera global y su intervención pone en marcha la productividad de un amplio conjunto de conglomerados transnacionales que inciden de manera decisiva en la economía mundializada, la mayoría de ellos ya no en los sectores económicos duros, sino en los especulativos: consorcios de manejo, producción y reproducción de capitales electrónicos con base en la usura financiera. No importando la viabilidad a largo plazo de estas supuestas fortalezas económicas, el Estado promovió una laxa política económica que acicateó la desmesura de este tipo de empresas.

En su papel de promotor y mediador económico, aprovechó durante casi una década (del inicio al final de la administración de Bush) el espaldarazo ficticio de la economía mundial fundamentada en la especulación financiera. Muchos han criticado (ciertamente con pertinencia) la demencia administrativa de los particulares implicados en la gran quiebra de 2008, pero pocos han enfatizado la irresponsabilidad del Estado en la promoción de ésta, ya que, después de todo, quien pone en circulación la dinámica financiera y productiva de un país es el Estado.4

Dentro de los elementos con que éste cuenta en su papel de mediador e interventor de la economía capitalista, se haya el manejo de la deuda pública, que ha funcionado de manera eficaz, aunque riesgosa, para generar expansiones y deflaciones económicas nacionales y, en el caso de una potencia como Estados Unidos, también internacionales. Es importante notar que la administración de la deuda estatal parte de un principio intangible peculiar: en la medida en que es la administración del futuro económico de una nación, es al mismo tiempo la administración de lo inexistente.

El Estado maneja la deuda con un horizonte productivo determinado que le permite hacer una serie de predicciones económicas, ceteris paribus. El instrumento financiero tradicional para hacerlo son los títulos de deuda pública, que en Estados Unidos se llaman “securities”, nombre muy apegado a lo que de manera real representan: la seguridad de que en el futuro las finanzas del Estado serán viables, que podrá cumplir el compromiso que el “security” implica. El título de deuda es lanzado al mercado con diferentes denominaciones, un determinado tiempo de caducidad y a un interés establecido, que puede ser fijo o adecuable a la inflación temporal. Quien lo compra, lo que hace es prestar dinero al Estado. La lógica básica es, en el fondo, muy sencilla: cuando alguien compra, digamos, un bono del Tesoro por cien mil dólares, en ese momento transfiere esa liquidez al Estado, y la conveniencia del comprador radica en que el Estado le dice: “En diez años te pagaré esos cien mil más otros, digamos, treinta mil”, pensando en una tasa anual de interés del tres por ciento. Esta manera de operar es uno de los principios de control de la inflación: el Estado se hace con el circulante excedente y lo encauza a sus arcas.

También puede ocurrir lo contrario: puede comprar los títulos de deuda ya poseídos por terceros, respetando los intereses pactados, e inyectar dinero a la economía. O también existe una tercera aunque tramposa opción: el Banco Central puede comprar esos títulos y, al hacerlo, lo que en realidad hace es imprimir más circulante (con el pretexto de tener la liquidez para pagar los títulos). En cualesquiera de estas circunstancias es claro que entre mayor sea el volumen de deuda que se pueda manejar, mejor será la capacidad de movimiento económico del Estado, ya sea para blindar sus arcas, ya bien para utilizarlo en gasto corriente o en programas gubernamentales ineludibles, como la asistencia social o la defensa. La capacidad de jugar con una cantidad determinada de deuda es lo que se conoce como el techo de endeudamiento posible.

Al paso de los años, el Estado norteamericano ha buscado una serie de salidas equivocadas para su pérdida de competitividad internacional. Durante los largos años del gobierno de Bush la intentona predilecta fue la de poner a circular con celeridad la industria de guerra y el control mundial de la producción y del precio del petróleo. Los resultados han sido desastrosos y, en cambio, se descuidó la puntual regulación de los mercados especulativos dentro y fuera del país. Pero la industria estadounidense, si bien ya no a la vanguardia en prácticamente ningún terreno (quizá con la excepción del mercado de los espectáculos), continúa produciendo al por mayor y tiene una fuerte presencia en diversas partes del mundo, principalmente en América Latina y Europa. De igual manera, su capacidad armamentística y logística en el terreno militar continúa sosteniéndolo como el país más importante en la política exterior del mundo entero. Por ello Friedman, a diferencia de otros críticos catastrofistas, habla de un “lento declive” de la superioridad estadounidense en el ámbito global. Con el remanente de su capacidad productiva más la inercia de su poderío militar y político, Estados Unidos ha podido mantener una economía con base en el endeudamiento masivo de una manera más o menos estable. Cada vez más ha ido ensanchando el umbral del techo de deuda para solventar la movilidad tanto del Estado como de la dinámica productiva nacional que, de manera cierta, ha observado enormes gastos imprudentes en prácticamente todas las áreas de intervención estatal, de los rescates financieros a las guerras transoceánicas, pasando por esfuerzos frívolos como el programa espacial. Esto, que en otros países hubiera sido desde hace tiempo una catástrofe mayor (piénsese en la crisis de la deuda latinoamericana en los ochenta), para el coloso norteamericano había sido la manera de permanecer a flote como una potencia económica mundial. Hasta que el destino ha comenzado a alcanzarlo.

Al paso de los años, el Estado norteamericano ha buscado una serie de salidas equivocadas para su pérdida de competitividad internacional. Durante los largos años del gobierno de Bush la intentona predilecta fue la de poner a circular con celeridad la industria de guerra y el control mundial de la producción y del precio del petróleo. Los resultados han sido desastrosos y, en cambio, se descuidó la puntual regulación de los mercados especulativos dentro y fuera del país.

El gobierno de Estados Unidos siempre ha contado con poseer una excelente calificación como deudor. Por ello, cuando el presidente actual pidió un techo de deuda anual de 14.4 billones de dólares, parecía que iba a ser cosa de simple papeleo en el Congreso (instancia que debe autorizar los techos de deuda en aquel país). Pero se encontró con el chantaje político de la oposición que, en pocas palabras, condicionó la aprobación del techo a sus peticiones de reducción del gasto público (incluyendo la puesta en marcha del seguro médico popular) y la no elevación de impuestos en sectores productivos clave, como la industria petrolera; a cambio, cedería la reducción del gasto en materia de seguridad. El debate se empantanó y venció la fecha para dar a conocer el monto autorizado, poniendo a temblar a la economía del mundo entero.

Debido a esta dilación y a otros factores económicos reales como la sostenida pérdida de competitividad global, por primera vez en su historia Estados Unidos no fue calificado como excelente sino simplemente como buen deudor, debido a la reclasificación en la materia a cargo de la consultora de Wall Street, Standard & Poor’s (agencia de calificación del riesgo financiero a nivel global). En pocas palabras, se puso en cuestión la pertinencia del endeudamiento estadounidense.

La acción generó reacciones en los mercados financieros, que en su mayoría fueron a la baja (es decir, decreció el número de movimientos financieros en un jornada), nerviosismo de los inversionistas y presiones sobre el resto de economías del mundo, producidas por las dudas sobre la viabilidad de los acuerdos financieros con el país del norte. Es decir, existe la posibilidad real de que Estados Unidos no pueda pagar a algunos de sus acreedores. Por ello China, el país con las mayores reservas de dólares en el mundo (con la friolera de 22 billones de dólares), en su mayoría como el máximo tenedor de títulos de deuda estadounidense en el planeta (es decir, el mayor acreedor de Estados Unidos), hizo fuertes declaraciones en contra de la actual administración gubernamental estadounidense, afirmando en breve que se pongan a trabajar en impulsar la productividad del país y que dejen de vivir de prestado.

En el corto plazo, lo que se vislumbra es una decisión presidencial unilateral para lograr la meta del techo de deuda originalmente propuesto. Al parecer la Constitución estadounidense lo permite en casos graves, y algunos analistas (especialmente los afines a la actual administración que ya comparan al egresado de Harvard con Roosevelt y Lincoln, dejando en claro que el besamanos es la cosa mejor repartida en la política mundial) dicen que “incluso aunque la Constitución no lo permita”. Esto dará un respiro temporal a los mercados, a los especuladores financieros y a los acreedores legítimos del Estado estadounidense. En el mediano plazo, lo que el horizonte ofrece es el verdadero declive de Estados Unidos como la potencia económica universal que fue. Como dice Gideon Rachman en su análisis sobre el particular para el número especial de Foreign Policy (no. 184, enero-febrero de 2011) dedicado al “American Decline”: “Los estadounidenses pueden ser perdonados cuando alegremente hablan del reto que representa China como una más de las llamadas del niño que dijo ‘ahí viene el lobo’, como lo fueron en su momento la Unión Soviética y Japón. No obstante, un hecho frecuentemente pasado por alto de esta fábula, es que al final, efectivamente, sí vino el lobo. Y China es el lobo”. ®

Notas

1 Vale la pena citar en extenso la opinión que sobre la debacle automotriz estadounidense tienen lo expertos en administración de empresas, Philip Kotler y John Caslione, quienes en su libro Caótica: Administración y marketing en tiempos de caos (Bogotá: Norma, 2010), afirman: “La incapacidad de una compañía para sortear exitosamente su camino a través de un punto de inflexión estratégico hace que el negocio decline. Uno de los ejemplos más claros de una compañía —o tal vez de toda una industria— incapaz de pasar a través de un punto de inflexión estratégico es la situación actual de los tres grandes fabricantes de automóviles de los Estados Unidos —GM, Ford y Chrysler—, cuyos puntos de inflexión estratégicos individuales y colectivos pasaron ya hace tiempo sin que ninguno de los tres se transformara en nuevos modelos empresariales. Meramente han luchado por sobrevivir. Todos estos fabricantes de automotores están en el negocio de producir vehículos para mover pasajeros y para embarcar carga —hoy y mañana. Esto ha sido bastante claro durante décadas. “Los Tres Grandes” no están en el mero negocio de producir y desarrollar motores de combustión interna basados en combustibles derivados del petróleo. Mucho antes de la brusca alza de los precios del petróleo que lo llevó hasta 150 dólares el barril en julio del 2008, los indicios eran visibles: tenían que hacer algunos cambios dramáticos en sus tecnologías y ciertamente en sus propios modelos empresariales. Como mínimo, si no podían verlo ellos mismos, sí podían darse cuenta de las incursiones que desde hacía varios años estaban haciendo los fabricantes extranjeros en automóviles híbridos y vehículos de combustibles alternativos. Después de todo, ésos eran precisamente los mismos fabricantes extranjeros de automóviles que habían interrumpido el largo dominio del mercado por parte de los tres grandes. La industria automovilística estadounidense había mostrado múltiples puntos de inflexión estratégicos, mucho antes de que sus directores ejecutivos se encontraran sentados frente al Congreso de Estados Unidos en noviembre del 2008, con sus manos extendidas pidiendo dinero para mantener a flote sus compañías. Fueron incapaces de reconocer que sus modelos empresariales seguían decayendo más y más” (pp. 95-96).

2 Immanuel Wallerstein cuenta la historia de este ascenso y caída del poderío estadounidense global en el ensayo “La trayectoria del poder estadounidense”, en Este País 187, octubre de 2006. En relación con la era de la gran bonanza, dice ahí: “En 1945 Estados Unidos salió de la guerra como la única gran potencia que había mantenido intactas sus instalaciones industriales, de hecho muy fortalecidas por la propia expansión bélica. Esto permitió que, durante los siguientes quince o veinte años, Estados Unidos pudiera producir todas las mercancías clave con una eficiencia tan superior a la de otros países industriales que podía competir con ventaja con los productores extranjeros en sus propios mercados nacionales. Además, la destrucción física en Europa y Asia fue tan grande que muchos de esos países sufrieron después de la guerra una gran escasez de alimentos, inestabilidad en sus monedas y graves problemas en la balanza de pagos. Necesitaban ayuda urgente de muchos tipos y pidieron a Estados Unidos que se la proporcionara.

”Para Estados Unidos fue fácil transformar su absoluto dominio económico en primacía política. Por primera vez en su historia se convirtió también en el perno crucial de la geocultura, mientras Nueva York sustituyó a París como capital del arte mundial en todas sus formas. El sistema universitario estadounidense fue dominando el mundo académico en prácticamente todos los campos…”.

3 “Win Together or Lose Together” del 6 de agosto del 2011, disponible en www.nytimes.com. La traducción es mía.

4 El aserto tradicional que afirma que una economía capitalista se fundamenta con el liberalismo del mercado, el “dejar ser y hacer” a la dinámica productiva, es una quimera. Por lo contrario, una verdadera economía capitalista, por lo menos tal y como se verifica en el sistema-mundo vigente, forzosamente tiene que poseer una vigorosa intervención estatal. Así lo ha destacado Immanuel Wallerstein, quien afirma: “Los Estados tienen principalmente tres mecanismos que transforman las transacciones económicas del mercado. La fuerza de la ley. La creación de monopolios. El mantenimiento del orden social”. Véase su Conocer el mundo, saber el mundo, México: Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 2007, p. 67 y ss.

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Publicado en: Agosto 2011, Política y sociedad

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