El sueño del idealista

Una trampa hecha de arena

Hace 170 años nació el doctor Louis Hubert Farabeuf, quien nunca imaginó que su prestigio como cirujano y sus trabajos sobre la precisa amputación de miembros inspiraran el erotismo más oscuro de la literatura mexicana en el siglo XX. Éste no es un ensayo sobre un texto que no es una novela; esto es cirugía a palabra abierta: copulación de ideas.

Imagen de la portada original de Farabeuf

Me despierto en medio de un sopor confuso, causante de una incapacidad para percibir la temporalidad nocturna. ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cerré ese libro? Quizá el pensamiento más inquietante sea: ¿A dónde se ha ido todo lo que he soñado durante este tiempo imperceptible? Me miro en un espejo oscuro y no logro reconocerme por un instante, la escasa luz del cuarto apenas alcanza la superficie pulida, luego la memoria de quién soy toma la forma acostumbrada. Siempre he temido a un espejo en la noche, pues su esencia queda nulificada.

Quizá mis sueños se hayan ido a una realidad lejana e inalcanzable; sí imaginable, pues ya existe en uno de los tres tiempos canónicamente establecidos por el pensamiento materialista. Sin embargo, el sueño del idealista se almacena en un orden diferente y obliga a replantearse la existencia como un solipsismo constante y perturbador. Imagino que si yo sueño a un hombre, éste existe del otro lado del mundo; el hombre, a su vez, debe estar imaginándome soñar. A través de esas imaginaciones, una en las antípodas de la otra, el tiempo se construye ciegamente y un suceso aparentemente baladí tiene su trascendencia en un espacio infinitamente lejano.

Todo intento por detener ese flujo constante nacerá y morirá en un instante. Lo digo cabalmente: el instante no puede alcanzarse en su totalidad, pues se esfuma rápidamente y al tratar de asirlo escapa como una nube hecha de sombras. En este mismo instante trato de enunciar un instante, acaso varios de ellos. Redacto algunas palabras, las escojo, las acomodo con un determinado sentido y forma; estoy edificando un instante, que ha servido como un espacio de pensamiento sobre el mismo instante. Ahora —y reverbera la palabra— un instante se encadena a otro, usan la memoria y las palabras para encontrarse y escapar juntos hacia un espacio incomprensible para mí, quizá una mente ajena que lee esto en perfecta soledad o en un maremágnum público.

En todo caso, el instante se escapa a su enunciación y el tratar de reconstruirlo es una tarea ardua e innecesaria, como tratar de “construir una cuerda de arena”, decía un argentino cuyo pensamiento estaba obsedido por la representación de la voluntad de Schopenhauer.

El instante toma la forma de la memoria o la de un castillo de arena construido por un pequeño niño rubio que juega, quizá, a ser un emperador chino construyendo la eternidad. Junto al niño pasa una pareja que se dirige al farallón más cercano de la playa. Una mujer enlutada, seguida de cerca por un pequeño caniche o french poodle, mira caminar a la pareja e, instantáneamente, encadena una infausta memoria personal. Todos esos instantes ya han sido articulados en una memoria relativamente lejana, literaria, en un tiempo al que hemos cuantificado falsamente como 1965, cifra que no tiene un sentido absoluto, sólo en las mentes de quienes la viven, recuerdan o imaginan.

Imagino que si yo sueño a un hombre, éste existe del otro lado del mundo; el hombre, a su vez, debe estar imaginándome soñar. A través de esas imaginaciones, una en las antípodas de la otra, el tiempo se construye ciegamente y un suceso aparentemente baladí tiene su trascendencia en un espacio infinitamente lejano.

Los detalles de la narración han sido expuestos por la minuciosa personalidad de un cirujano, así, su maletín de instrumentos es un pretexto verosímil perfecto para que, a través de sus hábiles manos, una mujer recuerde un instante acaso ilusorio. El autor de ese texto ocultó bajo candado una serie de instantes concatenados, luego tomó la llave y la guardó bajo los instantes más oscuros del mismo texto para que su lectura fuera tortuosa y erótica a la vez, pues, ¿qué es el erotismo sino un juego con la materia —palabra— viva y ajena?

El estilo de ese texto es esencialmente barroco, pues encadena la mirada curiosa si ésta se posa un instante sobre la forma. Es una trampa edificada y colocada con la más pura malicia de un artesano, cuya nacionalidad se desconoce o se descree, pues los ojos curiosos son un fruto universal, que se cosecha tanto en lugares urbanos como en aquellos que se consideran exóticos por antonomasia; todos los instantes se repliegan en uno solo, pero en diferentes e infinitos espacios.

Esas palabras me han torturado ya dos veces en tan sólo una centena de días y siguen siendo cada vez más oscuras e intangibles. Lo que empezó como un misterio se convirtió en abismo o en remolino de cuervos. Desde un primer capítulo el autor dispuso cada palabra para crear el vértigo y la confusión.

Salvador Elizondo

El hilo narrativo fue yugulado por un bisturí con suma precisión y los instantes desbordaron como la sangre —casi— coagulada de una incisión; el lector fue puesto en un laberinto oscuro para que caminara lentamente. Sus ojos palparon cada palabra y sintieron una profunda náusea que pronto se convirtió en dolor punzante. Pronto se vio sumergido en una oscuridad absoluta. Una tabla ouija siseaba como una serpiente bajo sus pies. El ruido metálico de unas monedas lo atraía en la lejanía —quizá la cercanía—. Tomó ese ruido como brújula para darse cuenta que el hexagrama convenido era el 32, y su significado era la duración, lo perenne de la existencia. Lo que en un primer capítulo prometía esclarecimiento se convirtió en patrón continuo: el lector de ese texto se dio cuenta que reviviría esa oscuridad una y otra vez, ad infinitum.

He guardado la náusea, el asco, el dolor y, en última instancia, un sentimiento íntimo. Sé que ese sentimiento es un camino inútil, pues no existe una salida final de ese laberinto edificado en palabras, como un monumento irreal a cuyo espacio total nadie tiene acceso. El laberinto tiene varios nombres, uno de ellos es Instante: el otro le fue proporcionado por una pluma Mont Blanc, como la rúbrica final para una obsesión maliciosa.

He guardado también —y me jacto de ello, dándole la espalda a un espejo— un pensamiento por largo rato, hasta el punto de desbordarse lento en estas palabras. He encontrado un par de salidas, o esperanzas de salida, debería decir. Confesaré el secreto a la mirada ajena: aquella escena de playa tiene un significado crucial para comprender el Instante y proporciona un par de ideas acerca de la memoria y la identidad. A continuación una breve explicación de ese asombro:

1. La idea de que la Otra, ese personaje escurridizo e impreciso que empapa la narración de eselibro obsesivo, sea la misma identidad de aquella otra mujer desconocida y entregada a un sacrificio artesanal llamado Leng Tch’e, no es una ocurrencia gratuita, incluso existe la posibilidad de emparentar esas identidades con la de otra mujer vestida de blanco tocada con una cofia de enfermera. Las pruebas, aunque pueden ser refutables, prometen una lectura simbólica. La transfiguración de la mujer en la Otra corresponde a la caminata por la playa, cuando él —un hombre del que no puedo precisar identidad alguna— y ella caminan de ida, junto a la mujer enlutada y el niño que construye un sueño infantil en arena; de vuelta, después de que él toma una foto de la mujer, captando un instante irrepetible y acaso revelador, el niño ya no está en la arena; del castillo sólo quedan restos difusos. Luego, la mujer corre repentinamente; al detener su marcha y voltear la cara hacia el camino recorrido el hombre no logra reconocerla: se ha convertido en la Otra y su identidad ha sido transfigurada en un instante difuso. La última imagen de la mujer es la de la fotografía, después de ese instante ya no será la misma. El castillo de arena es un elemento simbólico que hace tangible la transfiguración femenina. El castillo se derrumba simbólicamente por la marea. La arena edificada puede representar al pasado, pues es inmóvil y se construye con la memoria; el agua es el futuro, pues se mueve hacia un punto dotado de gravedad suficiente para atraerlo. Se trata del presente, ese tiempo en donde el pasado y el futuro copulan y engendran una criatura frágil y tibia llamada Instante.

2. Sin embargo, también existe una segunda simbología a partir de la arena que hace volar el pensamiento hasta los cielos imprecisos de la identidad humana. De la arena nace también una criatura casi tan frágil como el Instante: el vidrio, y de éste, después de un proceso técnico y artesanal a la vez, tan cruel como bondadoso, se crea la superficie del espejo, donde la luz se proyectará incesantemente. El delirio de la proyección se encontrará en el perturbador reconocimiento del rostro humano: ¿Quién se reflejó por primera vez en esa superficie pulida? ¿Qué profundo terror lo invadió al encontrarse frente a un sosias preciso e inmutable? La arena también transfigura la identidad y convierte a la mujer en Otra. El reflejo se derrumba dentro del castillo que la marea se lleva y la identidad de la mujer se pierde abruptamente. La pérdida de la identidad da lugar a la pregunta esencial —y ancestral— que perdurará durante todo el texto. El cuestionamiento tiene varios matices, pero una misma esencia: ¿quién es? Las respuestas pueden ser: la imagen de alguien más reflejada en un espejo en medio de la oscuridad, o el deseo profundo de un idealista soñador que la piensa en un ritual secreto, al que el lector asiste como participante y cuyo éxtasis se alcanza en el séptimo capítulo de un teatro instantáneo, dispuesto milimétricamente para el goce doloroso y absoluto: erótico.

La vindicación de este par de ideas se puede encontrar en las páginas del tercer capítulo, a través de una imprecisa voz narrativa y a la cual remito por medio de una cita precisa —si acaso se puede precisar algo en este momento—, tal como lo requieren los cánones, a veces risibles, del comentario:

“así como el espectáculo, por muchos conceptos significativo, de un niño rubio que construía, durante el trayecto de ida del hombre y la mujer, un castillo de arena que ya habría sido arrasado por la marea durante su trayecto de regreso”.1

Lo que en un primer capítulo prometía esclarecimiento se convirtió en patrón continuo: el lector de ese texto se dio cuenta que reviviría esa oscuridad una y otra vez, ad infinitum.

La despersonalización remite ineludiblemente a la pregunta esencial de eselibro fetiche. Implanta la duda para que el lector busque su respuesta en las palabras; pero las palabras no son más que sofismas que falsean la realidad de la solución. Algunos piensan que no existe la solución a esa pregunta; sin embargo, existe la solución, pero cuando alguien la alcanza, inmediatamente olvida qué planteaba el acertijo inicial. Yo me atrevo a enunciar otro nombre del Instante buscado: Muerte.

Me encuentro, pues, en un instante de búsqueda, en la búsqueda del Instante, pero el Instante al ser esencialmente temporal, no puede asirse, escapa hasta de las mismas palabras; quizá en esto estribe lo intangible de ese laberinto de palabras elaborado por un autor perverso. Su mirada primero buscó un punto de apoyo; luego, inquirió en la estructura, la pensó y dirigió como un arquitecto, tomó el agua del Leteo para construir los cimientos de su obra; por último, vio adentro del laberinto llamado Instante y se cercioró de conectar la salida con el centro cabal. Alguien ensayó una fotografía de un suplicio final, ese instante se ha prolongado y extendido hasta otro instante del cual trato de salir. Me mantengo en ese camino que intuyo, pero no me lleva a ninguna parte, lo palpo, lo sigo y después lo reconozco con un sueño; todo es inútil, pues el Instante está vivo y no puede expresarse con unas pobres palabras.

El materialista se ha creado una realidad comprobable, como una telaraña espacial y temporal determinista; un idealista curioso ha caído más de una vez en la trampa hecha de arena. El uno sueña al otro; el otro sueña al primero, pero nunca logran coincidir en un instante mutuo. ®

Nota

1 Salvador Elizondo, Narrativa completa, México: Alfaguara, 1999, p. 122.

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Publicado en: Ensayo, Febrero 2011


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  • clau

    :)

  • Jazz

    Exelente trabajo…creo que estas dos palabras expresan mas que cualquier comentario extenso.