En homenaje a Gutenberg

El libro de los placeres prohibidos, de Federico Andahazi

Las ensoñaciones de Johannes Gutenberg se recubren de verosimilitud y nos ofrecen un atisbo a lo que pudo haber sido la vida del primer impresor.

Lectura entretenida.

Lectura entretenida.

Haberme creado la fama de lector de libros eróticos ocasiona que me envíen obras que a alguien le parece que podrían contener material de esa catadura; así leí hace unos meses Haz el amor y no la cama, opúsculo del que sólo guardo el recuerdo del buen manejo del lenguaje que tiene su autor —y poco más. Y el texto que esta vez sí me ha venido en gana reseñar: El libro de los placeres prohibidos [Planeta, 2013] de Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963).

Pese a la portada, la promesa de los editores —y del propio autor— de entreverar la trama con los avatares de un “lujurioso burdel”, no es un libro erótico, aunque posee un par de buenos momentos —pero nada que me impida, por ejemplo, recomendárselo a mi señora madre—, y en él Federico Andahazi ficciona la vida de Gutenberg y su invento.

Aparentemente Andahazi ha atinado a una fórmula interesante: recrear la vida de un personaje real, sus andanzas, y amarrar la historia a un filón erótico; en aquella ocasión al “descubrimiento” del clítoris y en este caso a un burdel.

No he leído El anatomista, del mismo autor, pero aparentemente Andahazi ha atinado a una fórmula interesante: recrear la vida de un personaje real, sus andanzas, y amarrar la historia a un filón erótico; en aquella ocasión al “descubrimiento” del clítoris y en este caso a un burdel. La trama de El libro de los placeres prohibidos transcurre en 1455 ante un tribunal, donde Gutenberg y sus socios son acusados de crímenes nefandos, en tanto en el Monasterio de las Adoratrices de la Sagrada Canasta ocurre una serie de asesinatos.

La imprenta de Gutenberg.

La imprenta de Gutenberg.

Para quienes conocemos la evolución de la imprenta, la recreación que describe Andahazi sobre los esfuerzos de Gutenberg por perfeccionar el proceso de impresión es muy disfrutable. Las memorias que evoca Johannes Gutenberg comienzan con sus visitas a la Casa de Moneda, donde su padre había sido regente y se había encargado de perfeccionar el arte de acuñar moneda; continúan con la vida de Gutenberg, su aprendizaje como grabador y un sinfín de avatares que le llevarían, poco a poco, a ir reuniendo los elementos que al final desembocarían en la edición de libros “idénticos”; en aquel momento satánicas reproducciones, sólo imaginables merced al uso de la magia y que lo harán merecedor del odio de los copistas y presunto hereje.

El texto es llano, sencillo, no así las ensoñaciones de Gutenberg que se recubren de verosimilitud y ofrecen un atisbo a lo que pudo haber sido la vida del primer editor de imprenta. Bien documentado y enjaezando aquí y allá detalles históricos, Andahazi consigue ficcionar la vida y el esfuerzo que rindieron su primer fruto en la Biblia de 42 líneas.

Andahazi convierte el burdel, y a sus pupilas, en herederas y depositarias del culto y conocimiento de las meretrices sagradas de la diosa Ishtar; de las hieródulas griegas así como de las prostitutas sagradas egipcias, hindúes y judías.

Paralelamente, los asesinatos. Aquí es donde el libro debería despertar mi mayor curiosidad pues las víctimas son las prostitutas del peculiarísimo burdel que imagina Andahazi: el Monasterio de las Adoratrices de la Sagrada Canasta, nombrado así por la calle donde se encuentra y en el que se supone se llevan a cabo los encuentros carnales más sicalípticos. Andahazi convierte el burdel, y a sus pupilas, en herederas y depositarias del culto y conocimiento de las meretrices sagradas de la diosa Ishtar; de las hieródulas griegas así como de las prostitutas sagradas egipcias, hindúes y judías. Y traza entre ellas una línea que las hermana y que, a través del tiempo, permite que se continúen las liturgias a la Diosa madre y su complemento: Príapo. Nos recuerda que la prostitución ha sido vilipendiada, protegida, prohijada, perseguida, permitida y tolerada alternativamente a través de los tiempos y las civilizaciones pero que siempre ha estado presente. Imagina ceremonias plenas de carnalidad primigenia, tanto como enseñanzas acunadas a través de los siglos que conducen a los hombres a la contemplación del rostro de la divinidad por medio del goce. Aunque sea poco lo que de ellos nos cuente, ya que tristemente existe un asesino que se ha ensañado con las vestales del Monasterio y que induce un funesto ambiente a la entrañable casa.

Pese a esta idea de libro escrito con cartabón —que me ronda— la lectura me resultó plácida, ya fuera por el interés en los esfuerzos de Gutenberg o por la gana de descubrir al asesino. Es una novela que se deja leer y no pide demasiado de su lector, en esa medida buena golosina cultural para descansar de profundos ensayos y novelas psicológicas. Un thriller ameno que no dejará huella en la literatura universal pero que bien puede suscitar especial interés a editores, impresores y fauna —aún— inclinada por los misterios de la impresión en papel. ®

Publicado en: Libros y autores, Octubre 2013

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