La caza del tiburón

Parte 3: ¡Fogwill!

Después de perseguir a Piglia y Saer buscando destellos de la literatura misma, abandonado por la Universidad Nacional de Córdoba, el autor encara la madurez con resignación y se cruza con un benefactor inesperado: R. E. Fogwill.

Fogwill

Tratando de parar la caída libre que había sido mi vida me resigné a una forma tibia de fracaso, la docencia secundaria. Corría el 2001 y, sin una pizca del talento sádico de los docentes para administrar el orden arbitrario de las clases, empezaba a arrastrarme por ese doble grotesco de la vida que son los colegios, ese mundo de medias blancas embutidas en zapatos marrones, saturado del olor insufrible del café mal hecho, poblado por chicos que podían atrapar moscas con el gel que tenían en la cabeza. Un día de ese 2001 lo vi a Fogwill en la Vélez Sarsfield: una epifanía de la libertad que significaba la literatura para mí. ¿Cómo hacía ese tipo para escribir incestos, escenas de vampirismo erótico y fantasías infantiles necrófilas, para hablar de lo que no se podía hablar en público y mantener una guerra deportiva con el sentido común y, al mismo tiempo, sostener esas profesiones caretas que se le achacaban: creativo publicitario, director de marketing, sociólogo?

Considerando que trabajaba en el marketing de Arcor, estaba vestido como si viniera de un centro de asistencia para víctimas de catástrofes: tenía unos jeans viejísimos, el pelo revuelto y una campera lila de esa tela que pasó de moda, que se usaba en los noventa en los conjuntos de gimnasia y que está asociada en mi cabeza a Gabriela Sabattini. Me le acerqué furtivamente y me presenté mientras caminaba a su lado. La Vélez Sarsfield estaba semiconvulsionada: los estudiantes habían tomado media calzada. Fogwill me pidió que lo acompañara a comprar cigarrillos y aproveché para hacerle una pregunta boluda y fuera de contexto: ¿Cómo podía trabajar en Arcor y escribir que una banda de brasileros salvajes sodomiza a Borges en un prostíbulo? Fogwill puso cara de asco y yo le pedí disculpas: no quería quedar como un tarado enviado por una revista literaria provinciana. “Pero parecés miembro fundador de El boludo ilustrado”, me respondió. No sé qué cara puse porque inmediatamente ablandó el gesto y me pidió que me quedara tranquilo: todos sabíamos que el boludo ilustrado era Tomás Abraham. “Además”, agregó, “lo único que ven los tipos para los que trabajo es que salgo en la tapa de un suplemento de Clarín; no tienen idea de lo que hago”. Después lo acompañé hasta que tomó su puesto de orador en la cabecera de la protesta estudiantil: les dijo a los estudiantes, entre otras cosas, que no fueran sumisos y cobardes y tomaran la calle completa, y que tuvieran el tino de vestirse mejor, porque nadie iba a escuchar con atención a gente tan mal vestida.

Un par de años más tarde, intentando zafar de la escuela, empecé a escribir una tesis sobre la relación entre su figura de autor y su obra, y me choqué con un obstáculo: su autobiografía había sido publicada como introducción a Cantos de Marineros en las Pampas, un libro que la crisis había retenido al otro lado del Atlántico. Conseguí su dirección de correo y le pregunté cómo podía hacerme con el material, pero él se ofreció a mandarme todo escaneado: a mí, a un desconocido cordobés al que había visto una vez durante una jornada de protesta. Pensaba en eso (y me lo imaginaba con el pelo revuelto en un departamento desordenado, la luz espectral del escáner blanqueándole la cara) cuando me llegó un mail en que me pedía que me abriera una cuenta decente, porque mi “correo para pobres” no tenía capacidad para recibir el archivo. Me tragué el orgullo (no me gustaba mucho ser pobre en ese tiempo, y trataba de disimularlo sin resultados) abrí un correo para medio pelos (la agresividad de Fogwill no pudo dejar pasar el mal chiste: era un correo “para medio pelotudos”), recibí finalmente el archivo y aproveché para mandarle un cuento mío larguísimo, a las dos de la mañana, que Fogwill contestó a las cuatro con anotaciones puntuales e hirientes, con una exacta conjetura sobre mi edad y con una evaluación indulgente de mi estilo: “A tu edad, yo escribía mucho peor”.

Fogwill me pidió que lo acompañara a comprar cigarrillos y aproveché para hacerle una pregunta boluda y fuera de contexto: ¿Cómo podía trabajar en Arcor y escribir que una banda de brasileros salvajes sodomiza a Borges en un prostíbulo?

Un tiempo después le sumé a la docencia la resignación literaria de escribir reseñas, oficio mal pagado y que garantiza la enemistad gratuita con gente ingeniosa y armada de blogs. Pero a Fogwill le gustó una de mis reseñas, y la noticia me hizo sentir el aleteo de la literatura de cerca. Unos meses después nos llegó (a mí, a Carlos Schilling y a Silvio Mattoni) la invitación del viejo Rodolfo Enrique para asistir al primer Encuentro de crítica y medios de comunicación en el subsuelo fantasmal del teatro Colón, que estaba en obras. Así que el gobierno de Macri nos pagó el avión y en Aeroparque Fogwill nos esperó con un auto y un chofer con pinta de sindicalista que nos llevó al Centro Cultural Recoleta. Él mismo nos mostró el lugar (una casa vertical con departamentos refrigerados, con cable, cómodos y decorados con esa fineza escuálida que la gente llama buen gusto) y nos enseñó el uso de las instalaciones. Cuando llegamos a la cocina, Fogwill empezó a abrir alacenas y heladeras. “A ver, cordobeses”, dijo imitando muy mal la tonada, “les compré: café instantáneo, un salamín que es una maravilla, galletas de agua, queso, leche entera y en polvo… Ah, y tres tipos diferentes de granola”. Era casi confuso ver a Fogwill abriendo las bolsas del supermercado que él mismo había comprado para nosotros, haciendo el papel de una cruza entre Sandrini, Sade y el doctor Emmet Brown de Volver al futuro. De todos modos, para mi asombro, se las ingenió para sostener, a lo largo de la semana, todos sus matices. Mientras ese delirio que fingía ser un congreso sucedía (sin progreso, sin desarrollo, sin público y sin rédito para su atribulado responsable oficial, un ex rugbier reclutado por el PRO), Fogwill ponía una energía caudalosa y espontánea en mantener el dualismo entre la bestia y el abuelo: se acostaba temprano, se cuidaba de una enfermedad que yo desconocía, nos daba consejos de una prudencia estrafalaria y, al mismo tiempo, gritaba a voz en cuello que cortarse el prepucio era contraproducente para el sexo anal, un exabrupto destinado exclusivamente a herir la susceptibilidad de Nora Catelli. Fueron días únicos, que otros han relatado mejor (vg. el cuento de Alejandro Zambra en Vagón fumador). Cuando estaban terminando, Fogwill se me acercó y me dijo que me quería regalar Los libros de la guerra, en cuya portadilla había estampado su firma de megalómano y una dedicatoria incomprensible.

Volví a Córdoba, el sueño infantil de la literatura se disipó y un día, en el intento ya casi estéril de zafar de mi vida, le escribí a Fogwill pidiéndole un aval para una beca. Como esperaba, se tomó unas líneas para insultarme. Me dijo que mi carta era ridícula y nada protocolar, que escribir en Times New Roman era para los boludos que quieren ser escritores, pero que me firmaba el aval. La beca salió, y le agradecí recordándole que quedaba en deuda con él, a lo que respondió que le debía un dólar de plata. “En Córdoba se consiguen”, decía la última línea de su correo. Solamente cinco días más tarde estalló la noticia un poco inverosímil de su muerte, y esa candente mañana de agosto en que el mundo empezaba a ignorar su desaparición me senté con Los libros de la guerra y me asaltó una idea demasiado literaria, que para Fogwill hubiera sido una mersada: que el dólar de plata que me había pedido estaba destinado a pagarle a él (ese salvaje que para mí había sido un tío manso y generoso) un último viaje. ®

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Publicado en: Ensayo, Febrero 2011


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