La tecnología moderna y el nuevo Prometeo

Shelley y Crichton, de Frankenstein a Parque Jurásico

Si la alta Modernidad tuvo por excelencia su novela de denuncia de las malas prácticas científicas individuales en Frankenstein, la posmodernidad ha reeditado el Mito de Prometeo con una novela de igual o más éxito comercial: Parque Jurásico es la novela de crítica científica por excelencia de la posmodernidad.

I

Al consolidarse la ciencia y la tecnología de la alta Modernidad se sentaron las bases de lo que en el siglo XX, tras un acelerado ciclo evolutivo en los siglos XVIII y XIX, será conocido como el “mundo tecnológico”, que a decir del profesor e investigador mexicano Jorge Linares, posee las siguientes características:

El entorno en el que vivimos ahora es, por primera vez, un mundo tecnológico; ya no vivimos en definitiva dentro de la naturaleza, sino en una tecnoesfera rodeada de la biosfera. Este factum histórico es el resultado de la expansión del poder tecnológico y de los alcances extraordinarios del ser humano de acción.1

Prometeo lleva el fuego a la humanidad, Heinrich Fueger

Ese poder tecnológico que la Modernidad desencadenó ha sido motivo de diversos debates, horrores metafísicos, reflexiones intelectuales y preocupaciones filosóficas de la más variada especie; todas con el elemento común de ponernos en alerta sobre las insospechadas posibilidades que nuestras jóvenes habilidades científicas y tecnológicas pueden engendrar (jóvenes en el marco del tiempo de vida del hombre en la Tierra, se entiende). Esa cualidad ha reavivado en la mente moderna y posmoderna las claves centrales del Mito de Prometeo.

Platón, en su personalísima versión del Mito lo narra así: En los albores de los tiempos, los dioses decidieron hacer la naturaleza y todo lo que en ella se aloja. Zeus, el dios mayor, encargó a Epimeteo, dios menor, esta labor, y así se puso Epimeteo a dotar a todo cuanto existe en la naturaleza con sus cualidades conocidas: “Ahora bien, como Epimeteo no era del todo sabio, se le escapó que había acabado con todas las capacidades en los seres carentes de razón; pero le quedaba aún sin preparar la especie humana, y estaba en un apuro de qué hacer. Estando en apuros llega a él Prometeo para examinar el reparto, y ve a todos los demás seres vivos cuidadosamente provistos de todo, pero al hombre desnudo, sin zapatos, al descubierto y sin armas… Así pues, sin saber qué salvación podía encontrar para el hombre, Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría artesanal junto con el fuego, pues era imposible que sin el fuego esa sabiduría pudiera adquirirse o ser útil a alguien, y de tal suerte la regala al hombre. De ese modo, el hombre obtuvo la sabiduría para sobrevivir… y obtiene el bienestar de la vida, pero a Prometeo, lo alcanzó más tarde el castigo por el robo”.2

En la tradición occidental, que ha interpretado el mito desde épocas remotas, se ha establecido que el fuego robado por Prometeo y devuelto a los hombres significa la sabiduría divina que llega a manos de los mortales; una esencia de vida y protección que estaba bajo el resguardo del gran dios y que es sustraída, en un acto de rebeldía, para ser otorgada a las más imperfecta de sus creaturas. La Modernidad vio prontamente el paralelismo entre el mito prometeico y las posibilidades que la ciencia y la tecnológica poscartesianas y posgalileanas traían consigo.

Así, en el cruce entre siglos de finales del XVIII y principios del XIX las posibilidades de la ciencia y la tecnología comenzaron a resultar inquietantes. Había pasado sólo un cuarto de siglo del inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra y su rápida expansión por el resto de Europa se había comprendido ya como irreversible. El sistema social experimentó modificaciones en cascada, muchas de las cuales no eran nada halagüeñas, como en su momento lo tematizó Karl Marx.

Ese poder tecnológico que la Modernidad desencadenó ha sido motivo de diversos debates, horrores metafísicos, reflexiones intelectuales y preocupaciones filosóficas de la más variada especie; todas con el elemento común de ponernos en alerta sobre las insospechadas posibilidades que nuestras jóvenes habilidades científicas y tecnológicas pueden engendrar. Esa cualidad ha reavivado en la mente moderna y posmoderna las claves centrales del Mito de Prometeo.

Al mismo tiempo, el entorno científico vivía una creciente fascinación por la vida; vida que, por cierto, comenzó a ser pensada más allá de un entramado caracterológico visible y taxonómico para dar paso a un concepto de organización biológica que enfatizaría no sólo las características visibles de los seres vivos, sino sus potencias ocultas, invisibles en primera instancia. El análisis de las “invisibilidades” de la vida dio pie a la imaginería que buscaba penetrar en sus secretos hasta llegar al acto de creación vital misma, por medio de estas fuerzas en principio ocultas al ojo no científico. En consecuencia, numerosos investigadores se sumergieron en las variaciones energéticas de la entonces recién descubierta fuerza eléctrica y no tardaron en descubrir que buena parte de la energía biológica era energía eléctrica. Lo que a nuestros ojos posmodernos puede parecernos incomprensión de la verdadera manera de actuar de la realidad natural, en aquel tiempo era considerada una posibilidad de lo más real: generar vida orgánica por medio de la electricidad. O, por lo menos, reavivar lo orgánico fenecido por medio de ondas eléctricas. Parte del pensamiento teórico-experimental de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se halló inmiscuido en este oscuro, profundo y añejo anhelo del hombre: ocupar el lugar del meta-alfarero del Génesis (Sloterdijk). Se pensó que los elementos para lograrlo ya estaban presentes y que sólo cabría ponerlos en el orden correcto para echar a andar el máximo mecanismo que el ser humano puede concebir: dar vida por medios extra naturales, es decir, tecnológicos.

II

Este entorno científico especulativo y experimental permeó con prontitud en la opinión pública de la época que no tardó en reinventar crítica y artísticamente el Mito de Prometeo. Dado el estado de la ciencia de entonces, con sus supuestos ideológicos sobre la capacidad obtenida para producir prodigios, resultaba más apremiante que nunca capturar estéticamente el trance tecnológico y científico por el que transitaba la humanidad europea de la alta Modernidad, ya que las representaciones estéticas, especialmente las de valía artística, siempre han recogido puntualmente el estado del pensamiento de una civilización; sus inquietudes, anhelos y temores.

En este ambiente cultural surgió el gran libro recreador del mito prometeico; fábula gótica y romántica de excelente factura, que desafortunadamente desde su primera publicación dio lugar, en la recepción popular, a numerosos malentendidos, tergiversaciones diversas y francos sinsentidos que sólo hasta hace poco tiempo se han aclarado para destacar su importancia estética como obra representativa de toda una época del pensamiento moderno: Frankenstein, o el moderno Prometeo, de la escritora inglesa Mary W. Shelley, publicado en 1818.3

La historia narra las inquietudes del joven científico alemán Víctor Frankenstein por generar vida; no cualquier tipo de vida, sino aquella que lo iguale con Iahvé: traer a la vida a un ser humano por medios tecnológicos. Con base en los principios electromagnéticos de la época y juntando —suturando y embonando— piezas de cadáveres humanos diversos, logra su objetivo haciendo vivir a un humanoide de gran tamaño y grotesca apariencia cuya fealdad será su condena: desde su nacimiento será repudiado por su hacedor quien prontamente lo califica de monstruo. Impedido para darle muerte, el doctor Frankenstein simplemente lo libera, esperando que su destino sea perecer a manos de los ciudadanos que lo encuentren a su paso. El monstruo vagará solo y así se iniciarán sus correrías y sus penurias por el mundo, ya que, pese a todo, posee inteligencia, capacidad de habla y conciencia de sí. El final y el grueso de la trama serán fatídicos para la mayoría de los involucrados (incluyendo al doctor Frankenstein), pero no para el monstruo, ya que al cierre de la novela continuará con vida, si bien exiliado en la helada tierra del Polo Norte.

Más allá de las curiosidades que sobre la recepción y la cultura popular puedan sacarse a luz, esto nos remite a algunas consecuencias filosóficas de sumo interés: “El verdadero alter-ego del monstruo no es Víctor Frankenstein: la identidad de ambos se confunde de hecho a lo largo de la novela, como, sabiamente quizás, ha recogido la tradición popular que, desde el principio, llamó al monstruo sin nombre por el de su creador”.

Diversos elementos de importancia hay que destacar en esta obra que con toda justeza los estudiosos contemporáneos han catalogado como el primer alegato cultural en contra de las posibilidades insensatas de la ciencia moderna. El primero y más notable ha sido que a pesar de que en la obra el monstruo claramente no tiene nombre y que el científico ensoberbecido es el doctor Víctor Frankenstein y, en consecuencia, se llama a su creación “el monstruo de Frankenstein”, abreviación de la descripción “el monstruo creado por el doctor Víctor Frankenstein en su laboratorio”, la popularización del mito del moderno Prometeo, desde los primeros meses de su publicación, mimetizó semánticamente uno y otro hasta sedimentar el apellido del doctor en el nombre propio del monstruo. Más allá de las curiosidades que sobre la recepción y la cultura popular puedan sacarse a luz, esto nos remite a algunas consecuencias filosóficas de sumo interés: “El verdadero alter-ego del monstruo no es Víctor Frankenstein: la identidad de ambos se confunde de hecho a lo largo de la novela, como, sabiamente quizás, ha recogido la tradición popular que, desde el principio, llamó al monstruo sin nombre por el de su creador”.4

La indistinguibilidad entre Víctor Frankenstein y el monstruo, vía nominal, remite sin duda a las etapas de la autoconciencia que Hegel afirmó como características de la culminación del pensamiento racional de la Modernidad. El primer movimiento de la autoconciencia (el segundo será la autoconciencia reconocida en otra autoconciencia) requiere que lo supuesto como ajeno, como externo, como lo inmediatamente empírico y natural, se asuma como parte integrante de la conciencia que lo percibe, lo analiza y lo manipula: los elementos del mundo que el hombre científico y tecnológico, desde el siglo XVII, ha comenzado a escudriñar, comprender y utilizar con creciente soltura y placer hasta llegar a la desmesura de los últimos sesenta años.

El mito de Frankenstein presenta dos facetas críticas de importancia: la condena moral de las acciones del científico y la crítica al pensamiento cientificista de la Modernidad. En lo relativo a la condena moral, encontramos que

La novela de Mary Shelley expone la desventura de un héroe existencial megalómano y problemático, adscrito al tema fantástico del “aprendiz de brujo”, alentado por un proyecto científico “progresista”, pero atrapado a la postre entre su fe en la ciencia y el fracaso de la razón instrumental.5

Asimismo,

La fuente del terror en Frankenstein surge, decididamente, de un mundo racional y moderno en el que reina el hombre con su conciencia y con los sueños de su razón. En ese mundo, los hombres y las mujeres se enfrentan fundamentalmente a sus propios abismos y encuentran el horror en sí mismos.6

Recordemos que el tránsito histórico en el que la novela es concebida marca la oposición consciente entre los desarrollos intelectuales de la Modernidad y todo lo que la precede. Es la época inmediatamente posterior a la Ilustración que Kant exaltó como la época de la “mayoría de edad” de la humanidad, porque dio el gran paso de atreverse a saber por sí misma. Pero saber por los propios medios de la racionalidad humana implica también un ejercicio extremo de la libertad y, como el propio Kant asentara en sus escritos sobre la esencia de la libertad, ésta siempre deberá ser comprendida dentro de ciertos límites racionales. En efecto, “libertad” no significa hacer todo lo que se puede, sino hacer todo lo que se debe.

La gran diferencia con los siglos de pensamiento previos a la Modernidad radica en que el máximo tribunal que juzgará el correcto o incorrecto ejercicio de la libertad radica en el hombre mismo y no en Dios como en tiempos previos a la conquista de la madurez de la razón. Es la razón misma, vuelta sobre los actos que posibilita, la que determinará si ésta o aquella acción ha sido hecha en orden al libre ejercicio de la razón cuyo límite máximo es, de acuerdo con Kant, el conjunto de juicios morales que ella misma elabora.

Así, la manera de obrar de Víctor Frankenstein a todas luces se aparta del imperativo de la razón, al ejercer el científico su libertad no de manera sabia y racional, sino libertina e irracional. Las acciones que llevarán a la catástrofe personal, familiar y científica de Víctor Frankenstein están signadas por la irresponsabilidad grandilocuente del individuo moderno que se cree capaz de transgredirlo todo, reinventarlo todo y dominarlo todo; en este sentido, la fórmula “Frankenstein contra las leyes de Dios”, señalada por Roman Gubern, es adecuada como una alegoría de la sustitución caótica del orden natural, ejercida y dirigida por el hombre cientificista ensoberbecido, que la humanidad intentó por primera vez, para no detenerse nunca más, justo en el cruce generacional del surgimiento de la novela.

En este punto, la crítica a la moral del científico autoexaltado y megalómano se cruza con la crítica a las posibilidades justamente monstruosas de la gran ciencia y su avatar tecnológico de la alta Modernidad. El naciente siglo XIX lo tuvo claro por primera vez. Las posibilidades que el conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas abrían eran verdaderas y contundentes. Como no había ocurrido nunca antes, la fisonomía social, humana, natural y política podía ser transformada de manera radical y permanente; ya no eran los alegatos filosóficos radicales y rebeldes en contra del modo escolástico de pensar puestos en marcha por Descartes, tampoco la confrontación con la dogmática eclesiástica a través de la práctica experimental de Galileo, ni siquiera la celebración de la adquisición de la libertad racional por parte de Kant. No, el siglo XIX se halló mucho más cercano a la mirada de Marx: lo que comenzaba a cambiar ya no era sólo el mundo de las ideas filosóficas e intelectuales, sino el mundo de la vida mismo. El traslado veloz y dramático del campo a la ciudad, la nueva funcionalidad humana en medio de la funcionalidad maquinista, la domesticación de poderosas fuerzas naturales como la electricidad y el vapor para hacerlas obedecer los designios humanos, etcétera. La Modernidad liberaba por fin fuerzas naturales por medios científicos como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad. Por primera vez en el largo periplo que había llevado al hombre de los refugios en las cavernas y el descubrimiento del fuego a los barcos de vapor y las primeras bobinas eléctricas, parecía que la humanidad iba finalmente a estar un paso adelante de la naturaleza; el hombre moderno dejaba de ser su esclavo para ser su amo.

Justo este sesgo es el que da una caracterología ambivalente al trabajo de Víctor Frankenstein, ya que para el pensamiento de la época la ciencia en sí misma no era mala o diabólica; por lo contrario, era el máximo logro del pensamiento humano y el vehículo que llevaría a la raza humana hacia un futuro de bienestar pleno y prístino conocimiento. Por más que se temieran las posibilidades que la ciencia y la tecnología hubiera en determinado momento de engendrar, el siglo de Mary Shelley sigue siendo la edad del progreso.

Más bien, a lo que se temía en aquella Modernidad en consolidación era a las posibilidades negativas de la ciencia en malas manos. La crítica decimonónica al moderno Prometeo salva a la ciencia y transfiere sus posibles males a la figura del científico desquiciado, quien sólo puede adquirir consciencia de sí a través de la oposición que le plantea la exterioridad de su monstruosa creación; monstruo que nace de sus propias debilidades, ambiciones y carencias como científico, que son las mismas que hacen de él alguien que ha traicionado el ideal científico de progreso y bienestar.

Por ello, el doctor y el monstruo comparten apellido en la tradición crítica y popular que ha seguido a la aparición de la novela: hay un responsable perfectamente identificable de las abominaciones que ha producido al manipular el método científico; para el lector de ayer y de hoy es claro que la ciencia y sus engendros, tal y como eran concebidos en el siglo XIX, sigue siendo un asunto entre un eficaz y benéfico sistema (el sistema científico) y los individuos que lo manipulan, los que, como toda persona, son susceptibles de ser héroes o mezquinos, encomiables o miserables. Frankenstein, o el moderno Prometeo es, pues, una crítica cultural a los malos usos de la ciencia en un mundo moderno que ha abierto posibilidades insospechadas para ese tipo de pensamiento especulativo, experimental e instrumental. En esta medida, mantiene claramente a salvo a la ciencia en cuanto tal y condena con energía a uno de sus espíritus traidores: el doctor Frankenstein, que morirá al cabo a manos de su aberrante creación.

III

Los desarrollos científicos y tecnológicos durante el siglo siguiente (es decir, el siglo XX) terminarán por fusionarse hasta configurar el sistema tecnocientífico. En éste, la clara diferenciación que aún podía hacer Mary Shelley se ha disuelto. No es que haya la ciencia, como esfera del conocimiento pura, desinteresada y encomiable (si bien con sus riesgos inherentes), por un lado, y, por el otro, científicos que la manipulan, los cuales pueden subjetivamente perseguir fines encomiables o abominables. En el siglo XX, comenzando con el Proyecto Manhattan que dio luz a la primera bomba atómica de la historia del planeta, la tecnociencia opera en bloque y no puede separarse sus fines de los intereses que los sistemas con los que se relaciona generan e inoculan en su razón de ser.

Así, la imbricación con el sistema financiero, el sistema político y el sistema militar, en diversos niveles, es indisociable y es parte del modo de ser del quehacer científico y tecnológico de la posmodernidad. Igualmente, la tecnociencia es un sistema especializado que se divide en una pluralidad de subsistemas particulares que funcionan como una totalidad interconectada y funcional.

La sistematicidad del sistema tecnológico refuerza tanto la necesidad de expansión como el autodesarrollo. Los sistemas técnicos, por simples que sean —en apariencia— están conectados e intercomunicados con una gran red global formada por todos los macrosistemas tecnológicos alrededor del mundo entero (principalmente de energía, transporte, producción manufacturera y comunicación). Es en esta gran escala tecnológica en donde podemos observar los mayores y más problemáticos efectos para la naturaleza y la sociedad.7

De manera que si la alta Modernidad tuvo por excelencia su novela de denuncia de las malas prácticas científicas individuales en Frankenstein, la posmodernidad ha reeditado el Mito de Prometeo con una novela de igual o más éxito comercial que la de Mary Shelley y que plantea, justamente, el aspecto crítico desplazándolo de la subjetividad científica a las corporaciones científicas que funcionan, en realidad, como corporaciones tecnocientíficas, macrosujetos inescrupulosos que son los que ordenan y mandan hoy por hoy en la mayor parte de los avances tecnocientíficos del mundo entero. Parque Jurásico, de Michael Crichton, es la novela de crítica científica por excelencia de la posmodernidad. Libro publicado por primera vez en inglés en el año de 1990 y en español al año siguiente, 1991. Tomando como punto de partida los efectos de una de las ramas más progresivas, escandalosas y diversificadas de la tecnociencia contemporánea, la ingeniería genética, quien fuera oriundo de la ciudad de Chicago establece el centro narrativo de la trama: la posibilidad de generar vida ahora sí en serio, por medio de un complejo aparato científico y tecnológico que funcionaría como una virtual máquina del tiempo trayendo al mundo actual formas de vida extinguidas hace miles de millones de años.

El sesgo crítico de la novela queda planteado desde el inicio mismo, en la Introducción a la obra, en la que haciendo una mezcla de ficción con realidad y bordando sobre los rasgos de la novela-ensayo, Crichton afirma que:

La revolución biotecnológica difiere de las transformaciones científicas anteriores en tres aspectos importantes:

Primero, está muy difundida. Estados Unidos entró a la Era Atómica a través del trabajo de una sola institución investigadora, en Los Álamos. Entró en la Era de las Computadoras a través de los esfuerzos de alrededor de una docena de compañías. Pero hoy las investigaciones biotecnológicas se llevan a cabo en más de dos mil laboratorios sólo en ese país. Quinientas compañías de gran importancia gastan cinco mil millones de dólares anuales en esta tecnología.

Segundo, muchas de las investigaciones son irreflexivas o frívolas. Los esfuerzos por producir truchas más pálidas para que sean más visibles en el río, árboles cuadrados para que sea más fácil cortarlos en tablones y células aromáticas inyectables para que una persona tenga siempre el olor de su perfume favorito pueden parecer una broma, pero no lo son. En verdad, el hecho de que se pueda aplicar la biotecnología a las industrias tradicionalmente sujetas a los vaivenes de la moda, como las de los cosméticos y el tiempo libre, hace que crezca la preocupación por el uso caprichoso de esta tecnología nueva.

Tercero, no hay control sobre las investigaciones. Nadie las supervisa. No hay legislación federal que las regule. No hay una política estatal coherente en Estados Unidos ni en parte alguna del mundo. Y, dado que los productos de la biotecnología van desde medicinas hasta nieve artificial, pasando por cultivos mejorados, resulta difícil instrumentar una política inteligente.

Pero más perturbador es el hecho de que no se encuentren voces de alerta entre los científicos mismos. Resulta notable que casi todos los que se dedican a la investigación genética también comercian con la biotecnología. No hay observadores imparciales. Todos tienen intereses en juego.8

Los tres puntos iniciales de Parque Jurásico fijan la postura y la clave de lectura del texto para que no se preste a equívocos: el autor ha ficcionalizado un alegato ético en contra del estado de cosas contemporáneo en materia tecnocientífica. El énfasis puesto en la frivolidad, la dispersión y la cooptación que ese sistema hace entre el mundo científico marca de manera puntual los pilares sobre los que descansa esta nueva manera de investigar, descubrir e intervenir en el mundo por medios científicos y tecnológicos.9

No hay control sobre las investigaciones. Nadie las supervisa. No hay legislación federal que las regule. No hay una política estatal coherente en Estados Unidos ni en parte alguna del mundo. Y, dado que los productos de la biotecnología van desde medicinas hasta nieve artificial, pasando por cultivos mejorados, resulta difícil instrumentar una política inteligente.

El libro narra los esfuerzos de la corporación InGen™ para realizar una clonación exitosa con base en la paleogenética. Tras numerosos esfuerzos realizados en la década de los ochenta y con una fuerte inversión de compañías japonesas, su vehemencia biotecnológica rinde al cabo frutos al encontrar el método, los medios, la materia prima y la tecnología apropiada para traer a la vida a una multiplicidad de seres prehistóricos, con base en muestras genéticas fósiles encontradas en la sangre que chupaban los mosquitos a los dinosaurios y que han quedado selladas, por azares de la naturaleza, en ámbar. El socio mayoritario de la corporación, el viejo John Hammond, decide entonces erigir toda una zona comercial con base en los productos genéticos fabricados por su empresa: emplaza un parque de diversiones zootecnológico en una isla del Océano Atlántico comprada a Costa Rica: Isla Nublar. En cuanto comienzan las labores para los preparativos finales antes de la gran inauguración, el infierno se desata.

La decantación de información científica —en particular sobre ingeniería genética—, con el buen manejo del atractivo plástico de una de las ramas matemáticas más inquietantes del último cuarto de siglo, la Teoría del Caos, así como las posibilidades hasta hace poco inimaginables de las teorías científicas fundidas con la tecnología de vanguardia, da carne y sangre al cuerpo del texto de ficción. En cuanto al tejido de la trama, lo más electrizante de Parque jurásico está en su capacidad para ordenar de manera atractiva, crítica, misteriosa y prolija los avatares de una sociedad que el sociólogo estadounidense Daniel Bell ha llamado “postindustrial”, cuyas características son: 1) El capitalismo ha entrado en la era de la primacía del conocimiento y los servicios; 2) la tecnología se dirige a un nivel máximo de autorreferencialidad, al tiempo que se fusiona con el sistema científico, y 3) la inminente urbanización total volverá obsoletos a los sectores primario y secundario en la productividad de las naciones.

En este entorno enrarecido la ciencia ha dejado de concebirse como un medio para llegar a la libertad a través de la verdad, como ocurrió en la época de su emancipación como arte del pensamiento en los siglos XVII y XVIII, sino como un instrumento más de producción de capital; el viejo dictum de Ignacio de Loyola, “La verdad nos hará libres”, que los científicos pioneros creyeron aplicable a su arte, ha mutado con la muerte del dios metafísico para ceder sus plegarias al más terrenal dios de nuestro tiempo: el dinero; así, la confianza en la posibilidades del conocimiento de la primera Modernidad recibe una modificación sustancial en nuestros tiempos, ya que ahora se afirma sin escrúpulos: “La verdad (científica) nos hará ricos”. No a todos, por supuesto. Solamente a aquellos que hacen ciencia de verdad, o lo que la posmodernidad entiende por ciencia de verdad: ciencia corporativa, tecnologizada, aplicable, transformadora, reificadora; producción masiva de los resultados de laboratorio, índices de eficacia en libros contables.10

Pero esta ciencia desbocada, ciencia sin límites, al servicio de las grandes corporaciones y del gran capital, no inspira seguridad sino temor; sus creaciones han perdido para siempre ese aura de progreso, bienestar prometido y catapultación de la humanidad hacia un futuro promisorio que todavía gozaron hasta poco después de la primera mitad del siglo XX. Por lo contrario, los productos tecnocientíficos posmodernos pueden alcanzar altos niveles de incoherencia, espanto o frivolidad:

Hammond [el dueño de la compañía de biotecnología InGen™ y del Parque Jurásico™] era aparatoso, un histrión nato y, en 1983, tenía un elefante que llevaba consigo en una jaulita. El elefante tenía veintitrés centímetros de alto y treinta de largo y estaba perfectamente formado, salvo por los colmillos que estaban atrofiados […] A los inversores potenciales … les ocultaba el hecho de que la conducta del elefante había cambiado de modo esencial en el proceso de reducción del tamaño al de una miniatura: el pequeño ser podía parecer un elefante, pero se comportaba como si fuera un roedor violento, de rápidos movimientos y pésimo carácter.11

En Parque jurásico la asombrosa facticidad de lo improbable revela la paradójica fragilidad de una súperciencia tecnologizada; porque al tiempo que el posmoderno Prometeo corporativo ha cumplido a cabalidad el sueño demiúrgico de la humanidad, el logro largamente anhelado de la metacerámica primordial, pone al descubierto que las fuerzas bióticas liberadas rebasan de sobremanera las capacidades de comprensión y control que la tecnociencia posee.

Las capacidades potenciadas de transformación del entorno ambiental que la tecnociencia ha insuflado en el modo de ser de la humanidad contemporánea son al mismo tiempo una realidad y un espejismo. Son una realidad porque su facticidad es abrumadora, avanza con celeridad y sigue los mandatos de su propio y autogenerado “imperativo científico”. Es un espejismo porque desde su concepción, por más que ideológicamente se afirme lo contrario, el sistema tecnocientífico sabe que no puede controlar todas las variables que entran en juego en su devenir, en su creatividad y en su productividad. Existe, entonces, un punto crítico, un momento de no retorno en el que inexorablemente las invenciones generadas por el sistema tecnocientífico tenderán a revertir contra el propio sistema y contra el sistema social en general, y entre más sofisticación exista, mayor será el grado de peligro posible. Éste es un elemento cada vez más difundido culturalmente, en especial por la machacona intervención de intelectuales críticos, organizaciones no gubernamentales y movimientos izquierdistas del mundo entero: entre más avances, desarrollos y logros obtenga el genio científico, mayor será el grado de riesgo latente. Tanto en la realidad como en la imaginería del siglo XX y principios del XXI, esto es válido lo mismo para la exploración espacial que para la energía atómica; para la manipulación genética que para la generación de armas químicas. En este sentido, la novela de Crichton recoge el espíritu de una época.

En Parque jurásico la asombrosa facticidad de lo improbable revela la paradójica fragilidad de una súperciencia tecnologizada; porque al tiempo que el posmoderno Prometeo corporativo ha cumplido a cabalidad el sueño demiúrgico de la humanidad, el logro largamente anhelado de la metacerámica primordial, pone al descubierto que las fuerzas bióticas liberadas rebasan de sobremanera las capacidades de comprensión y control que la tecnociencia posee.

El Parque Jurásico™, esa isla high-tech en la que su dueño John Hammond soñó que la filosa tecnología de nuestra época podía controlar a un conjunto de seres de otro tiempo, un tiempo sin humanos, se convierte en el amargo reflejo de una realidad largamente ignorada. Ni las cercas electrificadas, las escopetas con balas expansivas o las zanjas de cinco metros, ni el absoluto control lógico de los sistemas cibernéticos que automatizan por completo al parque, puede detener lo inevitable: el imperio del caos. Porque los sistemas biológicos no se someten a nuestras necesidades racionales se abren paso siguiendo una lógica compleja y paradójica en la que la estabilidad está ligada a lo aleatorio. Ciertamente puede describirse en ella un orden, que incluso es posible interpretar matemáticamente. Pero esta interpretación, como ocurriera a los teólogos medievales cuando descubrieron que a Dios apenas se le podía nombrar para decir algo significativo acerca de él, sólo muestra que al pie de nuestro pretendido poderío teórico y pragmático se encuentra un infinito abismo (biológico, cósmico y temporal) al que sólo podemos admirar y temer.

IV

Las dos grandes novelas epocales que han reinventado el Mito de Prometeo, respectivamente para la Modernidad y para la Posmodernidad, Frankenstein, o el moderno Prometeo y Parque Jurásico, realizan, a través de sus poderosos medios estéticos críticos, el cuneo entre una época y la siguiente, señalando puntualmente las afinidades, pero sobre todo las diferencias que median entre una y otra, y, asimismo, subrayan cómo una es elemento indispensable para el desarrollo de la otra: sin la apertura científico-ideológica de la alta Modernidad la tecnociencia de nuestra era posmoderna, con toda su desmesura, no habría sido posible. El paso de la ciencia modernista a la tecnociencia posmodernista trajo consigo modificaciones de gran relevancia que afectan ciertamente para bien, pero sobre todo para mal, a la totalidad del sistema social global:

El mundo tecnológico del que depende ahora la humanidad entera se ha convertido en una mediación universal y en el horizonte de las relaciones cognoscitivas y pragmáticas entre el ser humano y la naturaleza; es, pues, un sistema-mundo que domina la vida social, una matriz cognitiva y pragmática a partir de la cual nos relacionamos con todo”.12

Mientras sigamos en esa matriz, la viviremos como el ambiente único de seguridad y sentido del mundo de la vida (lo que Peter Sloterdijk llama “esfera de inmunidad”), por más que tenga, metafóricamente hablando, numerosas fugas de líquido amniótico vital. El gran reto de nuestra era será forjar la siguiente esfera que sigue a la inevitable ruptura de toda matriz; una que tendrá que dotarnos de los elementos psico-culturales necesarios para desmantelar todo aquello que ha puesto a nuestra civilización al borde del colapso y rescatar aquello que nos ha iluminado para afirmarnos como los paradójicos prodigios de la naturaleza que sin duda somos. ®

Notas

1 Véase su obra Ética y mundo tecnológico, México: UNAM-FCE, 2008, p. 366.

2 Confróntese Protágoras, México: UNAM, 1994, 321c-d.

3 En el prólogo, escrito por Pierce B. Shelley, esposo de la escritora, éste manifiesta desde la primera página las inquietudes de un siglo que vio alcanzar el espesor de una “nueva era” de la humanidad: “El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin [Erasmus, abuelo de Charles] y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible”; Madrid: Cátedra, 2007, p. 123.

4 Estudio introductorio de Isabel Burdiel en obra citada, p. 87.

5 Véase Roman Gubern, Máscaras de la ficción, Barcelona: Anagrama, 2002, p. 36.

6 Burdiel, op. cit., p. 60.

7 Linares, obra citada, p. 387.

8 Véase Parque Jurásico, Barcelona: Plaza y Janés, 1991, pp. 9-10.

9 El doctor Jorge Linares resume con precisión este hecho: “Las innovaciones tecnocientíficas se difunden cada vez con mayor rapidez y por todo el orbe: no existen ya limitaciones culturales ni geográficas para su expansión. Se han creado los medios materiales para la difusión del saber científico y el quehacer tecnocientífico (Internet como entorno virtual globalizado y el empleo de la informática como lingua franca tecnocientífica). El progreso tecnológico es un rasgo distintivo de la tecnociencia que parece ya no depender de la voluntad social, sino de un impulso autónomo de autocrecimiento…”, obra citada, p. 386.

10 “La eficacia tiende a manifestarse en lo que se ha denominado ‘imperativo tecnológico’: hágase todo lo que sea tecnológicamente posible. Los agentes tecnocientíficos confían en que lo que hoy no es factible se realizará en el futuro gracias al progreso tecnológico. Este ‘imperativo tecnológico’ implica que todo lo que puede realizarse técnicamente está justificado por los fines y beneficios pragmáticos inmediatos, independientemente de los riesgos inherentes”, Linares, obra citada, p. 382.

11 Parque Jurásico, pp. 79-80.

12 Linares, op. cit., p. 365.

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Publicado en: Agosto 2011, Ensayo

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