Por una poesía no sobria

El vino del diablo

Uno de los principales requisitos para entender la poesía en edad adulta es no estar sobrio. Tampoco demasiado achispado, porque entonces te conviertes en poeta, zarandeo emocional no apto para todos. Pero sí hay que andar lo suficientemente “sublimado” como para poder captar ese torrente de grandiosa lucidez irracional que es la poesía.

© Alfred Eisenstaedt

La poesía, como toda utopía, nos deja entrever la oportunidad de que podemos tener un mundo mejor al que estamos padeciendo. ¿Es algo inalcanzable? No, si un buen whisky está al alcance de nuestra mano (de preferencia en vaso grande).

El poeta quiere hacerle entender al mundo que ha venido a la Tierra no a encontrar la verdad, sino a gozar o sufrir, o gozar sufriendo. Aunque esto no siempre sucede, por ejemplo:

El ascensor descendía siempre hasta perder aliento
y la escalera subía siempre,
Esta dama no entiende lo que se habla… es postiza…

Son versos del fundador del surrealismo, Louis Aragon (del poema “Carlitos Místico”), y a menos que no abramos un ron caribeño de barrica ahumada y aventemos su tapa lo más lejos posible sabremos que se trata de una simple efervescencia por encima de la realidad. Otro ejemplo:

De qué somos
que tocarnos nos gusta tanto…

de Ricardo Castillo. Razón suficiente para entender por qué San Agustín decía que la poesía era “el vino del diablo”.

En la antigüedad el poeta, cuya etimología significa vaticinador (de ahí vate), era considerado signo de entendimiento sobrehumano: un loco clarividente. Para Hipócrates la locura se trataba de una inspiración de los dioses. Platón en su República quería correr a palos a los poetas por mentirosos:

La poesía —Platón dice a Glaucón (muchacho poco espabilado)— nos hace viciosos y desgraciados a causa de la fuerza que da a estas pasiones sobre nuestra alma, en vez de mantenernos a raya y en completa dependencia, para asegurar nuestra virtud y nuestra felicidad.

Más tarde este filósofo griego de cabeza colosal y nariz de boxeador recapacita y acepta que tanto la poesía como sus transmisores son de admirar: el poeta, dice, es el único que tiene la capacidad para exponer pensamientos sin necesidad de argumentos racionales o lógicos.

El poeta quiere hacerle entender al mundo que ha venido a la Tierra no a encontrar la verdad, sino a gozar o sufrir, o gozar sufriendo. Aunque esto no siempre sucede.

A esa increíble habilidad Platón le da el nombre sagrado de inspiración. Pero se trata de un don otorgado por los dioses: el fuego de la sublimación se halla afuera del poeta, y mientras éste sea dueño de su razón no merece la inspiración: ¡qué mejor manera de no ser dueño de nuestra razón que poniéndonos a merced de un vodka con vaina de pasto estepario adentro (aventando nuevamente el corcho lo más lejos posible)!

Pero nada, el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa (Hölderlin).

A la deliciosa lucidez irracional que alcanza la poesía se llega por medio de la embriaguez, en el sentido de éxtasis, exaltación. La imprescindible María Zambrano reflexiona mejor este sentir:

Es la palabra al servicio de la embriaguez. Y en la embriaguez el hombre es ya otra cosa que hombre; alguien viene a habitar su cuerpo; alguien posee su mente y mueve su lengua; alguien le tiraniza. En la embriaguez el hombre duerme, ha cesado perezosamente en su desvelo y ya no se afana en su esperanza racional. […] Traiciona a la razón usando su vehículo: la palabra, para dejar que por ella hablen las sombras, para hacer de ella la forma del delirio. El poeta no quiere salvarse; vive en la condenación y todavía más, la extiende, la ensancha, la ahonda. La poesía es realmente, el infierno.

El gran problema de la poesía —aparte de adentrarse en ella seco— es que los poetas siguen escribiendo para los poetas.

Por alguna razón esta casta de imaginativos disconformes rehúsa a tomar en cuenta que quitarle el guarache al verso hoy en día es tan necesario como un canario bailarín de tap (las probabilidades de éxito del canario danzante son muchos más grandes que las del poeta).

Encontrar un equilibrio donde la poesía, en realidad un arte hermético y elitista, compense al lector común y corriente es cada vez más difícil. Pero el bardo sigue creyendo a puntas ciegas, como el coleccionador de sellos postales, que su trabajo es de una repercusión social trascendental. Esto los embarga en una alta misión que, a decir verdad, nadie les pidió (la exclusividad no compensada). Por lo mismo se convierten en ministros de un vacío esnob:

Lo que cansa de la poesía —dice un irritado Witold Gombrowicz— es el exceso de poesía. El exceso de palabras poéticas, de metáforas poéticas, el exceso de sublimación, el exceso, en suma, de la condensación y de la depuración de todo elemento antipoético, lo cual hace que los versos se parezcan a un producto químicamente puro.

Mi sugerencia sigue siendo una: para adentrarse a la lírica en esta edad donde uno se siente dolorosamente joven lo mejor es abrir un Rioja disfrazado de Tempranillo y despedirlo con ¡olés! elegiacos (y tener el segundo en fila india), o abrir una flemática ginebra escanciada en vaso bocón ya sin hielos, o de plano acudir a la bravura de un mezcal minero que acuda al ruego de elevar nuestro entendimiento prosaico para entender esa santa expresión llamada Verbo, porque sólo así el

estrechamiento se vuelve más Estrecho, la Belleza más Bella, la Profundidad cada vez más Profunda, la Nobleza cada vez más Noble y la Pureza cada vez más Pura [Gombrowicz].

De otra manera (sobrio), auguro una velada poética sumamente aburrida. ®

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Publicado en: Ensayo, Junio 2011


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