Santidad, asesinato y arte

Stockausen y el arte-terrorismo

Karlheinz Stockhausen afirmó que el ataque terrorista a las Torres Gemelas del 11 de septiembre era la “mayor obra de arte existente en todo el cosmos” y entró, según él, en una crisis creativa.

I wanted to give this whole son-of-a-bitchin’ country
something to remember me by!
Bloody Sunday.
Nobody’s innocent in this shit.
Body of lies.

¿Qué hacer después de eso? Pues, para llamar la atención, repetir el acto, el performance. ¿Por qué llamó Stockhausen arte al asesinato de miles de personas? Por un lado, porque se puede llamar arte a lo que sea, hasta a un genocidio como ése, pero por otro porque parte de su éxito radicó en la magnitud del atentado que atrapó a todos los medios de información. Hoy, que el arte aspira a ser mediático, que el escándalo vende más que el talento, una puesta en escena como ésa, inconcebible en los alcances del arte actual, es la apoteosis del éxito. El 11-S puso en la paranoia colectiva a un grupo que antes de eso apenas y era conocido en los medios, se hizo famoso y nunca, hasta ahora, ha pagado por ese atentado.

© Eko

El terrorista realiza el performance por excelencia, un acto irrepetible que asesina a personas desarmadas y vulnerables para demostrar con esto el poder de su dogma. Si el crimen tiene la repercusión en los medios cumple su fin, porque actúa como un castigo ejemplar. El terrorista y su grupo ideológico se autodesignan verdugos de aquéllos con quienes no comparten ideas, y los castigan con un crimen que no se puede perseguir, porque el culpable tiene la cobardía de suicidarse o se oculta y lo comete con una bomba a distancia. La autodestrucción del terrorista responde a la obvia irresponsabilidad de los actos, su cuerpo es un medio para destruir sin vivir la condena social de su crimen.

¿Por qué llamó Stockhausen arte al asesinato de miles de personas? Por un lado, porque se puede llamar arte a lo que sea, hasta a un genocidio como ése, pero por otro porque parte de su éxito radicó en la magnitud del atentado que atrapó a todos los medios de información.

En el performance el cuerpo es la representación de ese castigo social, pero en escala hormiga. El performancero se tortura, mutila, maltrata para demostrar con ese sufrimiento que tiene fe en su obra, y su intensidad debe motivar nuestra creencia en su verdad. Entonces hace uso de efectismos evidentes y elementales: se unta sangre en el cuerpo, se flagela o golpea a otro; la tortura debe llamar la atención, el suplicio debe involucrar. El espacio simbólico del cuerpo, siempre ejemplar, puede ser humillado o admirado. El que asesina humilla, encuentra despreciable la vida del otro. El performance hace de ese espacio simbólico una autohumillación que se pretende admirable. Para el terrorista y el performancero su cuerpo es el vehículo para legitimarse como héroe y santo uno, y como artista en el otro.

Santidad, asesinato y arte. Con sus debidas distancias, los dos hacen lo mismo, la diferencia está en las consecuencias. El exhibicionismo de la brutalidad tiene sentido como trascendencia, aunque del autor de un suicidio terrorista no quedan más que trozos de piel y huesos, lo que permanece es el sentido del acto: la cicatriz imborrable de que una idolología es capaz de asesinar, es decir, el miedo del otro. Para el performance, el sentido del acto es dejar una huella del atrevimiento, que sin embargo se queda en la medianía de las referencias sociales más superficiales. Entonces no llega a permanecer porque en la memoria colectiva tenemos cientos de ejemplos de castigos públicos: desde la Inquisición, la guillotina en el Terror en Francia, las mujeres lapidadas en los países islamistas, los colgados en Irán por homosexualidad, los descabezados de los narcotraficantes. El sacrificio social es demasiado potente, cruel y desproporcionado para que el hecho de ver a alguien que se dé golpes contra la pared de la galería nos impresione.

© Eko

El terrorismo conoce a su público, es un acto pensado no sólo para asesinar, está diseñado como pieza de propaganda, para dar a conocer la capacidad de una ideología. Para eso el terrorista es lo de menos, de ése no van a quedar sino pedazos, él es un objeto igual que el explosivo, algo que se desecha, que sirve en ese instante. El exhibicionismo es la esencia de estos actos, como lo es del performance, la ideología se exhibe asesinando y el performance centrado en actos de evidente sufrimiento se desnuda para encarnar el dogma. Los dos se hacen cuerpo de una verdad, de una ideología, de una idea. La utilización del cuerpo como arma va mucho más allá de las limitadísimas implicaciones del performance, podríamos decir que aunque utilizan los mismos medios y lenguajes, uno sí es irreversible, impactante y único y el otro es una caricatura de la obsesión monoteísta de hacer del cuerpo el receptáculo de las enfermedades sociales. El arte no se alcanza a través del crimen, Stockhausen hizo una afirmación frívola e irresponsable de enaltecimiento al terrorismo y como tal debe ser condenada. El martirio público no es materia del arte. Desde el sufrimiento gratuito hasta el asesinato hacen de la denigración humana, de la explotación de sus peores instintos la exaltación de la ideología. Los hombres pasan, pero las ideologías permanecen, dejarse utilizar no hace héroes, cultiva alienados. ®

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Publicado en: Destacados, marzo 2011, Terrorismo

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