Viaje esférico

El prolongado periplo del “socialismo” de Estado a la reconversión capitalista

La mayoría de los leninistas han acomodado el cuerpo y descargan los rayos de su crítica sobre el “burocratismo” como el responsable de todos los males y en tanto demiurgo del apabullante fracaso del socialismo. Pero lo realmente curioso es que ninguno haya tenido la ocurrencia de situar el origen más remoto del asunto en el modelo leninista de partido-Estado.

El papel objetivo de las sectas consiste en falsificar la historia, ocultar la realidad, desviar la atención de los verdaderos problemas, sabotear la reflexión sobre las causas del triunfo capitalista, bloquear la formulación de tácticas de lucha adecuadas, impedir, en fin, el rearme teórico de los oprimidos.
—Miguel Amorós

Muro de Berlín

Suele decirse, equivocadamente, que el 9 de noviembre de 1989 se produjo la “caída” del Muro de Berlín, como si aquel ominoso monumento a la estupidez autoritaria se hubiera derrumbado por la erosión, la inercia o la propia voluntad; como si todo se hubiera reducido exclusivamente a la acción del tiempo y a la baja resistencia de los materiales en cuestión. Se sabe, sin embargo, que comenzó a derribarse, minuto a minuto, martillazo tras martillazo y piedra tras piedra, por la ira y la euforia combinadas y largamente contenidas de una marea humana. Pero ese muro emblemático al que los dirigentes de la República Democrática Alemana llamaron eufemísticamente “Muro de contención antifascista”, sin perjuicio de su espectacular y vertiginosa demolición, no funciona en términos históricos más que como una oportuna condensación simbólica de procesos más densos y significativos que comenzaron antes y continuaron después de su desaparición física. Más importante y perdurable que esta demolición fue, por cierto, la implosión del bloque soviético; de aquello que en su momento se conoció bajo la engreída y orwelliana denominación de “socialismo realmente existente”. Un rápido y para muchos sorpresivo dominó echó por tierra no sólo a las “democracias populares” de Europa Oriental en aquel año de 1989, sino también, un par de almanaques más tarde, a lo que parecía un bastión inquebrantable de la construcción de un “mundo nuevo” y la materialización por excelencia de cierta y fantasiosa legalidad histórica: la hoy extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Pero las cosas ni siquiera se quedarían allí. En el mismo año de 1991 comienza la disgregación de Yugoslavia y en el inmediato 1992 la convocatoria a elecciones abiertas en Albania terminaría con el predominio de su partido comunista, acabando así también con los dos hijos más problemáticos y más independientes de la inmediata esfera de influencia soviética. Con el paso del tiempo, en el primer semestre de 2008, la Eslovenia que alguna vez perteneciera a Yugoslavia ocuparía la presidencia rotativa de la Unión Europea1 mientras que Albania esperaba tranquilamente junto a Croacia su turno de ingreso en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); un camino que no sería extraño que siguieran Ucrania y Georgia. El Pacto de Varsovia, luego de su desmembramiento gradual, consideró la imposibilidad de cumplir con su misión histórica defensiva en el plano bélico y selló sin pena ni gloria su inevitable y perturbada autodisolución en la reunión celebrada en Praga el 1 de julio de 1991.2 Apenas tres días antes, el 28 de junio, el camino de la desaparición había sido ya escrupulosamente señalado por el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o Comecon), equivalente más amplio del susodicho pacto militar, pero ahora en el campo de los intercambios económicos de los países de la órbita soviética más allá de mares y montañas. Desde un cierto y previsible punto de vista la historia parecía volverse reversible, pero desde un ángulo diferente también pudo sostenerse, con la misma ausencia de tino y fortuna, que sólo se dirigía en otra dirección igualmente inexorable y teleológica; nada de lo cual asume el comportamiento real de la flecha del tiempo ni acoge sus “caprichos”. Sea como sea —sin perjuicio de una discusión teórica y quizás también filosófica en la que no es posible incursionar ahora—, lo cierto es que aquellos años constituyeron una bisagra presentada casi cual terremoto: el mundo cambió de un plumazo su trama de relaciones interestatales de poder e impuso en forma apremiante una reflexión a fondo sobre tan cuantiosa novedad.

La situación fue distinta pero complementaria en el oriente asiático, aunque tampoco allí era posible encontrar demasiadas razones para mantener las perspectivas optimistas de antaño. En 1993 Camboya recuperaría su viejo estatuto monárquico mientras Laos —relajada ya la tutela vietnamita— acentuaba tanto el papel de las empresas privadas como su reincorporación amistosa con los países circundantes hasta llegar, en 1997, al ingreso en la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). El propio Vietnam comenzaría la introducción de reformas de “libre mercado” en 1986 y arribaría en el 2007 incluso a la firma en condiciones humillantes de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. En la República Popular de Mongolia —albergue en su momento de infinidad de bases militares soviéticas— el partido de estirpe leninista pierde el control del gobierno en 1990 y el país mismo se transforma en República de Mongolia a secas, luego de haber aprobado una nueva constitución en el año 1992. Mientras tanto, como es ampliamente conocido, China anticipó su proceso de reconversión capitalista a través de una política de privatizaciones, de admisión de la inversión extranjera y de apertura comercial cuyos esbozos se remontan a finales de los años setenta del siglo XX: desde entonces no ha hecho otra cosa que profundizar en ese derrotero transformándose, por obra y gracia de su portentoso crecimiento, en una potencia mucho más que regional y también, ahora gracias a una paradigmática aunque no siempre reconocida sobre-explotación de los asalariados, en un taller de económicas manufacturas para el mundo entero. Corea del Norte, por su parte, no se embarcó en el mismo proceso de reformas que sus vecinos “socialistas” y su aterrizaje ideológico se limitó a dar por evolucionado el leninismo en la forma de la ideología juche; un rapto de inspiración de su largo liderazgo unipersonal con fuertes componentes místicos, nacionalistas y militaristas.3

Suele decirse, equivocadamente, que el 9 de noviembre de 1989 se produjo la “caída” del Muro de Berlín, como si aquel ominoso monumento a la estupidez autoritaria se hubiera derrumbado por la erosión, la inercia o la propia voluntad; como si todo se hubiera reducido exclusivamente a la acción del tiempo y a la baja resistencia de los materiales en cuestión.

El “socialismo” estatista no mostraría mejores desempeños en latitudes distintas, incorporadas al campo correspondiente luego de haber detonado procesos propios. Muy a pesar de montañas de papel y mares de tinta consumidos en sentido contrario, también Cuba reorientaría sus pasos —previa reforma constitucional en 1992— mixturando el clásico modelo tecno-burocrático de gestión económica y control político con hospitalarios recibimientos al capital extranjero como forma de revitalización parcial de la extenuación y el marasmo en que la sumió la desaparición “desigual y combinada” del subsidio soviético y del Comecon, y, para colmo, sin que nada de ello haya producido hasta ahora resultados apreciables en la satisfacción de algunas necesidades básicas de una población cada vez más alejada de los proverbiales entusiasmo y exitismo oficiales. En Etiopía, una vez desvanecido el apoyo de la URSS y no habiendo prórrogas posibles al respaldo militar cubano, el Partido de los Trabajadores de Haile Mengistu Mariam es depuesto sin mayores lamentaciones en 1991, dando lugar así, por derivación, a la separación de Eritrea. En Angola, tras las idas y vueltas de una guerra civil interminable, se da paso finalmente, en los años más próximos, a un “gobierno de unidad nacional” que reúne a las distintas fracciones beligerantes. En Zimbabwe, el partido de Robert Mugabe abandona sus veleidades leninistas en 1991 sin por ello dejar de comportarse hasta el día de hoy como el depositario del poder por derecho divino en un país en crisis permanente. En Mozambique sí que el resultado debe entenderse como más auspicioso para la prolongada hegemonía del partido leninista local; el que, una vez transformado el país en una democracia multipartidista en 1990, ha renovado sin alternancias la confianza “ciudadana”. En otra más de tantas y tan concentradas coincidencias se interrumpe el derrotero de construcción “socialista” en Yemen del Sur, una vez producida la fusión con Yemen del Norte, también en 1990. La situación de Afganistán fue ciertamente más dramática, deslizándose luego del retiro de las tropas soviéticas en beligerancias fratricidas que condujeron —con asesoría de la CIA— al gobierno teocrático de los talibanes para acabar siendo más tarde la primera víctima de la bochornosa “guerra contra el terrorismo” desatada por Estados Unidos luego de los atentados del 11 de setiembre de 2001.

En algunos casos, entonces, nos encontramos con drásticas mutaciones en el semblante y en la configuración política de los viejos Estados “socialistas” y en otros, allí donde consiguió mantenerse del modo que fuera la hegemonía de los partidos “comunistas” respectivos, lo que se produjo fue una reorientación radical en aquel modelo económico vuelto tradicional y que compaginó estatización y planificación centralizada con obstinación digna de mejor causa. Todo esto no puede menos que revelarnos el ocaso definitivo de las eventualidades gubernamentales que distinguieron al “socialismo real”; incluso a pesar de resistencias a ultranza cada vez más aisladas y cada vez más próximas al inexorable reconocimiento de su rotundo y estrepitoso fracaso. Mientras tanto, los “partidos comunistas occidentales” —manteniendo o no hasta último momento su nostálgica lealtad hacia un referente soviético en vías de extinción, afirmando o no la opción “eurocomunista” forjada desde algunos años antes— comenzaron a la velocidad del sonido un forzado reciclaje, y cuando no lo hicieron así o su cosmética no resultó demasiado convincente vieron esfumarse los electorados que había costado décadas acumular y mantener. Un maquillaje ocasionalmente exitoso fue, por ejemplo, el del Partido Comunista Italiano, que tras un largo recorrido de acercamiento a las posiciones socialdemócratas se disuelve formalmente como tal el 3 de febrero de 1991 y se transforma en el Partido Democrático de la Izquierda que, algunas mutaciones y reconversiones después, conseguirá formar parte de un gobierno de coalición. El Partido Comunista de España ya había abandonado su definición marxista-leninista a principios de los años ochenta limitando su identidad original al “marxismo revolucionario” y emprende luego un proceso de fraccionamiento y decadencia que lo ha llevado a perder en las últimas elecciones peninsulares incluso aquella representación parlamentaria que fuera vigorosa alguna vez. El mismo desgaste y desfibramiento afectó también al antaño poderoso Partido Comunista Francés y, del otro lado del océano Atlántico, provocó escisiones y giros de tuerca en los Partidos Comunistas chileno y uruguayo; las dos formaciones marxista-leninistas históricamente más influyentes de toda América Latina con la excepción de Cuba.

Fue precisamente en las décadas de los cincuenta sesenta y setenta del siglo XX cuando todas las experiencias políticas mencionadas tuvieron una rúbrica intelectual de ascendente prestigio; sin que importe demasiado en este momento precisar las infinitas divergencias entre tales rúbricas y tampoco distinguir las elaboraciones de cierta calidad de aquellas que jamás habrían trascendido el status de los panfletos más disparatados si no hubieran contado con el sólido respaldo de una poderosísima maquinaria de amplificación y derivación ad infinitum. Desde la pionera Academia de Ciencias de la URSS en adelante se pontificó de modo incontestable a propósito de todo lo existente en textos tan celebrados como lo fueran en su momento el Manual de Economía Política o, ya en un nivel capaz de cubrir con abundancia prácticamente la historia del universo y sus inmediaciones, el Diccionario Filosófico de Mark Moisevich Rosental y Pavel Fedorovich Iudin. No quedó terreno sin abarcar y tampoco campo que no fuera barnizado con una pátina de sofisticación desde los más respetables púlpitos académicos: la sociología, la antropología, la psicología, la economía, la ciencia política, la filosofía y todo lo habido y por haber habían sido finalmente bendecidas por una ciencia omnicomprensiva e irrefutable; una ciencia capaz de dar cuenta no sólo de la naturaleza, del hombre, del pensamiento y de la historia sino también de las “leyes” que regulaban su desenvolvimiento. Pero todo eso comenzó a ser puesto en duda casi en simultáneo con su momento de mayor esplendor, en los años setenta, para continuar con su imparable deshilachamiento en los siguientes almanaques y desembocar finalmente, ya sobre fines de la década del ochenta, en el ominoso quiebre de su reputación y su relevancia. Lo que se puso en evidencia entonces fue que el imperio ejercido durante las décadas de gloria obedeció más a su condición de soporte de un movimiento político hegemónico sobre buena parte de la humanidad que a su mesura epistemológica propiamente dicha.4

Este sucinto repaso nos ha mostrado algunas líneas convergentes y nos dice que, si lo son, ello seguramente no obedece a la casualidad. En esa convergencia encontramos a:

· partidos dominantes que pierden el poder estatal conquistado, incluso a pesar de que esa conquista se fundamentó en una teleología irrefutable y definitiva (URSS, Europa Oriental, Mongolia, Etiopía);

· partidos que sin perder el poder estatal conquistado introducen cambios más o menos drásticos que justifiquen su sobrevivencia hegemónica de la mano del proceso de reconversión capitalista (China, Vietnam, Cuba, Mozambique);

· partidos que, sin haber accedido antes a un poder estatal completo, se vieron obligados a procesar drásticas mutaciones que les permitieran mantener una razonable aspiración a éste o al menos a un régimen de coparticipación y de alternancia (Italia, Francia, España, Chile, Uruguay);

· extendidas y lustrosas influencias intelectuales anexas a todo lo anterior y que, imposibilitadas de aportar una explicación seductora del mundo real, se desvanecen sin pena ni gloria;

· organismos inter-estatales económicos, políticos y militares que se esfuman de golpe y porrazo al perder el sentido y el posicionamiento de los Estados que originalmente les dieron vida.

Y todo ello, por añadidura, condensado y precipitado en un tiempo extraordinariamente breve. Como es evidente por sí mismo, esto no puede ser concebido más que como la manifestación empírica de una defunción teórico-política contenida pero más profunda que ahora se hace imprescindible precisar con pelos y señales, evitando las retorcidas excusas y las urgidas respiraciones boca a boca que se le intentan practicar como si no se tratara más que de un moribundo: es, ni más ni menos, que la defunción del leninismo; la caída ya no del muro de Berlín sino del que probablemente fuera el más vasto intento de transformación planificada de la sociedad desde las alturas a lo largo de la historia. Hoy, nos guste o no y por muy reaccionario que resulte, Leningrado volvió a ser San Petersburgo, recordándonos así el drástico cambio operado. Tan lejanos como ridículos parecen aquellos tiempos en que Oskar Vogt planteara, en el entonces recién fundado Instituto del Cerebro soviético, que las neuronas piramidales de Lenin eran más largas de lo habitual. Ahora, los adeptos del culto tendrán que acostumbrarse —así sea a regañadientes— a filmes como el Good bye, Lenin que Wolfgang Becker rodara en 2003. Y conformarse también con intervenciones como la de Guennadi Ziuganov proponiendo en Atenas, en el encuentro internacional de partidos comunistas y obreros celebrado en 2005, la nostálgica defensa de la Plaza Roja, del Mausoleo de Vladimir Ilich y de los símbolos de la época soviética. Lo que ya no será posible, sin embargo, será trasponer a nuestro tiempo, arbitrariamente y como si nada hubiera ocurrido, una concepción teórico-política que cerró, sin ningún lugar a dudas, su ciclo histórico.

Eso lo saben los octogenarios jerarcas del Partido Comunista Cubano (PCC). De ahí la imposición de políticas anticomunistas como los denominados “Lineamientos de Política Económica y Social” del PCC y el guiño desvergonzado a los capitalistas connacionales radicados “en el exterior”. El tema de la “reconciliación nacional” vuelve a colocarse sobre el tapete político —con la bendición de un sector de la jerarquía católica— en un intento desesperado por atraer nuevas inversiones. Los anticomunistas cubanos, con el general-presidente Raúl Castro a la cabeza, vuelven la mirada a Pekín. El modelo chino es idóneo para concluir el viaje en círculo —concretando la reconversión al capitalismo privado—, sin perder el poder político absoluto. Para ello cuentan con el incondicional apoyo de los falsos críticos socialdemócratas, quienes —reconociéndose “fuera del juego”—, se suman a la comparsa en busca de migajas políticas intentando posesionarse en la ruta a la catástrofe. Estos oportunistas abrevian el sendero de las transformaciones socio-económicas y políticas en Cuba y apuestan por las “coincidenciasy porfuturas cotas eventualmente compartidas” con el conservadurismo neo-sinarquista. Otros, irremisiblemente perdidos, hacen gala de desesperación y de su propia desorientación, suplicando —desde un difuso “socialismo libertario”— un voto de confianza por el gran artífice de las políticas anticomunistas impuestas a lo largo y ancho del archipiélago cubano.

El leninismo ha perdido su capacidad de referencia al mundo real y aquellas viejas pistas que vinculaban, así fuera forzadamente, las palabras con las cosas. Extraviadas aquellas virtualidades de practicar un cierto radicalismo teórico ha sustituido el mismo sin demasiados miramientos por el mucho más cómodo tremendismo verbal; presentando ahora como hallazgos aquello que casi todo el mundo más o menos informado conoce desde mucho tiempo atrás.

La teoría de la Triple Representatividad de Jiang Zemin legitimó en el Partido Comunista Chino el crecimiento de la presencia empresarial y redujo la participación obrera a 10% de sus afiliados.5 Eso también lo saben Carlos Salidrigas, Marcelino Miyares y demás multimillonarios cubano-americanos, miembros del Opus Dei, agazapados en el Partido Demócrata Cristiano de Cuba. Los “buenos samaritanos” de esta cofradía se alistan para hacer negocios. Estos nuevos mercaderes, inspirados en los jugosos beneficios obtenidos —en similares circunstancias— por sus homólogos chinos, acomodan la agenda política a los intereses económicos y arrojan por la borda a sus peones del Movimiento Cristiano de Liberación, deslindándose del Proyecto Varela y de sus correligionarios. Mientras tanto, la cantidad sumada de obreros y campesinos en el parlamento cubano para enero de 2008 arrojaba 28%, según datos aportados por la Comisión Electoral Nacional;6 sin embargo, se desconocen cifras que acrediten la actual representación porcentual de obreros y campesinos en las filas del Partido Comunista Cubano.

El leninismo ha perdido su capacidad de referencia al mundo real y aquellas viejas pistas que vinculaban, así fuera forzadamente, las palabras con las cosas. Extraviadas aquellas virtualidades de practicar un cierto radicalismo teórico ha sustituido el mismo sin demasiados miramientos por el mucho más cómodo tremendismo verbal; presentando ahora como hallazgos aquello que casi todo el mundo más o menos informado conoce desde mucho tiempo atrás. Hoy, son muy pocos —aunque los hay— quienes osan defender el “socialismo real” en voz alta y asumen con orgullo y autoestima su condición fósil. La mayoría de los leninistas, en cambio, han acomodado el cuerpo y descargan los rayos de su crítica sobre el “burocratismo” como el responsable de todos los males y en tanto demiurgo del apabullante fracaso. Pero lo realmente curioso es que ninguno haya tenido la ocurrencia de situar el origen más remoto del asunto en el modelo leninista de partido-Estado.

El autoritarismo, el vanguardismo, el caudillismo, el militarismo y el elitismo no pueden ser concebidos como una transición “inevitable” hacia la libertad y el socialismo: algo tan evidente por sí mismo que llama la atención y hasta parece increíble que tales cosas hayan podido ser pensadas alguna vez. A través de estas taras sólo se ratifica el sometimiento a las leyes del capital ante la ausencia de adversarios reales que imposibiliten su avance. El delirio reformista consiste en apropiarse del mundo tal cual es y limitarse a administrarlo sin demasiados complejos de culpa mientras que el delirio leninista reposa en la quimera de agenciarse un mundo que ya fue y que no puede volver a ser. Un delirio revolucionario, comunista y libertario sólo puede consistir en la imaginación y el compromiso en torno al mundo que será y que solamente será una vez que la gente decida consciente, con su inteligencia y sus pasiones, que así debe ser, destruyendo de una vez por todas el aberrante sistema de dominación que hoy oprime en todos los confines del mundo. Sin duda: “Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo”, como atinadamente sentenciara Bakunin. ®

Notas

1 Eslovenia tuvo efectivamente hasta hace muy poco ese destaque presidencial pero no es el único país que, habiendo pertenecido pocos años atrás al campo “socialista”, se encuentra incorporado al día de la fecha en la Unión Europea: lo mismo ocurre con la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Polonia, Lituania, Letonia y Estonia, dando por sobreentendido que lo mismo sucedió con la República Democrática Alemana luego de la unificación con su homóloga federal de Occidente. De hecho, la expansión de la Unión Europea se dio preferentemente con base en la integración de los países de la órbita soviética. Cabe acotar, adicionalmente, que esa integración no siempre se realizó desde la antigua configuración estatal sino que la propia profundidad de los cambios se encargó de operar primero la fragmentación de esas formas previas; en algunos casos mediando transiciones indoloras como ocurrió con la vieja Checoslovaquia y en otros a través de trágicos desgarramientos tal cual sucedió en la ex Yugoslavia. En líneas generales, si se atiende a la perdurabilidad de litigios abiertos, bien puede decirse que la reconfiguración estatal del antiguo bloque soviético es todavía un episodio por concluir y, por tanto, también lo es el esquema de alianzas que resultará de esa reconfiguración en curso. Asimismo, ha quedado en suspenso la eventual evolución de países como Bielorrusia y Moldavia que claramente no han acompañado la dirección o el ritmo de cambio del resto de los países de la esfera soviética.

2 Más allá de la aspiración albanesa, es necesario señalar que hoy la OTAN está integrada también por República Checa, Hungría y Polonia desde 1999 y por Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia desde 2004; países todos ellos que hasta 1991 formaron parte de los territorios cubiertos por el archienemigo Pacto de Varsovia. Como se ve, el enroque de rivalidades y alianzas fue prácticamente apabullante.

3 Para una panorámica de los desarrollos ideológicos juche es útil recurrir —así sea sólo a efectos de información general— a la Wikipedia. Sin embargo, es imprescindible tener en cuenta que todo lo relacionado con la realidad norcoreana sigue siendo objeto de especulación ante la ausencia de fuentes confiables de información.

4 Permitan, por única vez, una breve confesión personal que seguramente podrá resultar extraña a los más jóvenes. Para todos aquellos que durante los años sesenta, setenta y principios de los ochenta no formábamos parte de este culto, nos mostrábamos incrédulos y refractarios frente a tanta autosuficiencia y nos ufanábamos de nuestra condición de anarquistas, las adjetivaciones de uso frecuente solían achacarnos un carácter “pre-científico”, “infantilista”, “primitivo”, “oscurantista”, etc., junto a otras bellezas de similar tenor. Hoy, a décadas de distancia, el hecho de que este arrogante y dogmático edificio intelectual se haya derrumbado como un castillo de naipes es en cierto modo una revancha que no deja de producirnos una módica e íntima satisfacción confirmatoria de nuestra obcecación libertaria. No obstante, y a pesar de ello, la misma no nos hace olvidar que el sistema de dominación continúa intacto y el mundo sigue siendo un dechado de injusticias y de opresiones: en definitiva, esa constatación y las rebeldías consiguientes son lo que verdaderamente importa mientras que lo otro está condenado a no ser más que un triste recuerdo.

5 Véase, de A. Cubero, “XVII Congreso del Partido Comunista de China. El punto de no retorno”. 6 Fernando Ravsberg en su reporte para BBC Mundo titulado “Cuba: ratifican diputados”.

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Publicado en: Agosto 2011, Política y sociedad

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