Luis, el optimista escéptico

¿A qué abismos de lucidez se asomó Luis González de Alba?

Luis era un verdadero iconoclasta, un heterodoxo, profunda y despiadadamente racional. Y al mismo tiempo con una enorme capacidad emocional y una sensibilidad a flor de piel. Su presencia en las memorables tertulias de estos últimos años nos permitió a sus amigos disfrutar de esa paradoja.

Luis González de Alba. Foto © Agencia Reforma.

Tuve la fortuna de llegar a conocerlo, primero al personaje y después a la persona. Pero ¿quién estaba detrás de la persona?

Como buen humanista, Luis González de Alba sabía que la palabra persona viene del latín persona (por cierto, una de esas hermosas palabras latinas que continúan idénticas en español, que pronunciamos igual y con el mismo sentido que los antiguos romanos, como aurora, aroma, color, galaxia, gratis, hora, luna, música, nubes, rosa y sol). Persona en latín primero fue la máscara con la que se cubrían los actores del teatro clásico; después designó el estatus jurídico y luego al ser humano mismo. Borges decía que la etimología revela lo que las palabras ya no significan.

A Luis no le gustaban las máscaras, no le gustaban las máscaras en el país de las máscaras por antonomasia, en el país donde nada es lo que parece superficialmente. En donde es común y se acostumbra el desempeñar un papel en público y otro en privado, o varios intercambiados según convenga.

Luis era de una franqueza apabullante. Él se decía metepatas y estaba muy orgulloso de algunas descomunales que les hizo a varios tótems de la cultura mexicana, como Monsiváis o Poniatowska. Metidas de pata que le costaron su salida de La Jornada, diario del que era destacado articulista y accionista fundador. Que también le ocasionaron el acoso burocrático a su bar y negocios, y finalmente le costaron el ostracismo y la expulsión de ese coto cerrado de la autodenominada izquierda institucional mexicana. Cuestión ésta que le causaba una curiosa mezcla entre hilaridad y orgullo.

Luis era de una franqueza apabullante. Él se decía «metepatas» y estaba muy orgulloso de algunas descomunales que les hizo a varios tótems de la cultura mexicana, como Monsiváis o Poniatowska. Metidas de pata que le costaron su salida de La Jornada, diario del que era destacado articulista y accionista fundador.

Se puede especular sobre los orígenes de su gran aversión a la hipocresía. No creo que influyeran en esto los avatares de su orgullosa condición de homosexual; pienso que eso era secundario, ésa era una faceta más de su amor a la verdad. Ese amor que en griego antiguo es el Agápē (ἀγάπη): el amor a la verdad, el amor universal, el amor a la humanidad, incondicional, y en contraposición al amor personal, filial o erótico. De donde derivó nuestro ágape, la comida fraternal destinada a estrechar los lazos entre las personas. Por cierto, tituló uno de sus libros Agapi Mu, Amor mío, en griego contemporáneo.

Luis era de una franqueza tan radical que en vivo sólo su exquisito sentido de la cortesía y del humor hacían agradable esa extraña mezcla. Por escrito algunas veces la violencia de su prosa podía rozar los límites de la ferocidad.

Era un analista político, un difusor de la ciencia, un intelectual. Conocedor de la Historia, con mayúscula, su paradigma eran los humanistas del Renacimiento, tenía una profunda curiosidad por todos los ámbitos de la cultura humana. Como buen humanista era políglota, dominaba el inglés, francés, italiano, griego, hebreo, pero sobre todo el español. El buen español del que hacía gala como ensayista, novelista, traductor y poeta. Apasionado melómano, también era pianista e hizo sus pinitos como compositor.

Era un erudito de una erudición enciclopédica, y como a Terencio, nada de lo humano le era ajeno. Todo eso sin caer en la debilidad de la pedantería. Pero también padeció en carne propia lo señalado en otra frase de Terencio: “El servilismo produce amigos, la verdad, odio”.

Era un analista político, un difusor de la ciencia, un intelectual. Conocedor de la Historia, con mayúscula, su paradigma eran los humanistas del Renacimiento, tenía una profunda curiosidad por todos los ámbitos de la cultura humana. Como buen humanista era políglota, dominaba el inglés, francés, italiano, griego, hebreo, pero sobre todo el español.

Luis fue un visionario de una lucidez tan deslumbrante que llegaba a cegar a los incultos y a los incautos, aunque él sólo buscara la Alétheia griega (ἀλήθεια), la verdad a la que se llega al descubrir y desnudar lo oculto.

Luis.

Pero ¿qué faceta de esa despiadada lucidez lo llevó a elegir su destino final? Sólo se puede elucubrar. Escribió Goya en uno de los Caprichos: “El sueño de la razón produce monstruos”. También dijo Nietzsche: “Cuando te asomas largo tiempo a un abismo, el abismo también se asoma a ti”. ¿A qué abismos de lucidez se asomó Luis González de Alba?

Las pláticas largas (¿había de otras?) con él podían llegar al vértigo. Las preguntas llevaban a otras preguntas. Los temas llegaban a lo insondable. Gran investigador y difusor de la ciencia, se asomaba con placer y audacia a los límites: los límites de la Física, los límites del conocimiento humano, del Universo, de la Energía y de la Materia. Del genoma pasaba con naturalidad al colisionador de hadrones y a los enigmas de la consciencia; de la materia y la energía oscuras al multiverso…

Le agradaba mucho platicar sobre los grandes hazañas científicas del ser humano:

• Cómo el griego Eratóstenes midió la Tierra con un error de menos del 1% en el 240 aC.
• Cómo Hiparco calculó la distancia de la Tierra a la Luna en el 159 aC.
• Cómo Jean Dominique Cassini midió la distancia al Sol en 1673.
• Cómo Henry Cavendish pesó (midió la masa de) la Tierra en 1798.

Le gustaba recordar la insignificancia del ser humano, ese microbio en una mota de polvo girando y errando en la nada infinita. Sabía, como Nabokov, que “Nuestra existencia es como una breve grieta de luz entre dos eternidades de tinieblas”.

Le agradaba aludir al Calendario cósmico de Carl Sagan, que resume los 13 mil 800 millones de años de la existencia del Universo en un año:

1 de enero: el Big Bang.
1 de mayo: se forma la Vía Láctea.
9 de septiembre: el Sistema Solar.
14 de septiembre: se forma la Tierra.
2 de octubre: aparece la vida en la Tierra.
1 de diciembre: se empieza a desarrollar la atmósfera de oxígeno.
19 de diciembre: surgen los peces y los vertebrados.
26 de diciembre: los primeros mamíferos.
30 de diciembre: los primeros homínidos.
31 de diciembre, a las 22.30.00: aparecen los primeros seres humanos.
31 de diciembre, a las 23.46.00: la domesticación del fuego.
23.59.55: la Atenas de Pericles.
23.59.59: Sucede el Renacimiento y Colón llega a América.
24.00.00: Comienzo de la cultura moderna, el desarrollo acelerado de la ciencia y la tecnología, la revolución industrial, las guerras mundiales, la electrónica, las computadoras y los viajes espaciales.

Y todavía nos faltan 5 mil millones de años antes de que nos llegue el Apocalipsis cuando el Sol convertido en una gigante roja abrase a la Tierra, si no es que nos destruimos antes.

Lo que llamamos cultura occidental, nacida en la Hélade, en nuestra madre la Antigua Grecia, sucedió en los últimos cinco segundos.

Toda la cultura moderna científica y tecnológica sucedió en el último segundo y medio: Kepler, Newton, James Clerk Maxwell, Einstein, Gödel, Bohr, Planck, Schrödinger…

Recuerdo una charla suya sobre la mal traducida y, por tanto, mal comprendida frase que aparece en la Apología de Sócrates: parafraseada como “Sólo sé que no sé nada”. Decía que el texto en griego lo atribuido a Sócrates no es una declaración supina de ignorancia, sino el conocimiento de que nada se puede saber con certeza, y de lo importante que es conocer esa limitación.

Era un escéptico optimista; coincidía con su admirado Carl Sagan en lo de que “La ciencia es una delicia; la evolución nos ha hecho de tal modo que el hecho de comprender nos da placer porque quien comprende tiene posibilidades mayores de sobrevivir”.

Luis era muy consciente de la diferencia entre lo poco que con certeza se sabe, contra la magnitud casi infinita de lo que se ignora. Era muy consciente del problema de los límites del actual conocimiento científico pero se maravillaba de las capacidades del cerebro humano para develar los misterios del Universo.

Luis era un verdadero iconoclasta, un heterodoxo, profunda y despiadadamente racional. Y al mismo tiempo con una enorme capacidad emocional y una sensibilidad a flor de piel. Su presencia en las memorables tertulias de estos últimos años nos permitió a sus amigos disfrutar de esa paradoja.

Luis era muy consciente de la diferencia entre lo poco que con certeza se sabe, contra la magnitud casi infinita de lo que se ignora. Era muy consciente del problema de los límites del actual conocimiento científico pero se maravillaba de las capacidades del cerebro humano para develar los misterios del Universo.

Va a hacer mucha falta Luis. Ya lo estamos extrañando tanto. Todo indica que se vienen tiempos aciagos para nuestra patria, donde el remedio a nuestros males puede resultar peor que la enfermedad, y con muchas evidencias de que la fe ha sustituido al raciocinio.

Pero él soltaría su sarcástica carcajada diciendo que bien merecido lo tenemos.

Pues se vienen tiempos interesantes, y esto no se acaba hasta que se acaba. Abrochémonos los cinturones, y seamos hombres dignos de su ejemplo y su lucidez, de su valentía y su amor por la verdad y la sabiduría. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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