Llamémoslo inventor de historias, para no decirle mentiroso crónico. Total, al autor le gustaba hacerse pasar por gringo, periodista, antropólogo o ladrón de novias ajenas. Hasta que se topó con un taxista tanto o más imaginativo.

Pocas cosas me gustan tanto como mentir de vacaciones. Descubrí eso de mí mismo hace algunos años, en un autobús uruguayo. La mujer embarazada que iba sentada al lado mío me preguntó si me molestaba que amamantara a su bebé, le respondí que no; unos segundos después quería saber dónde había aprendido a hablar español. Nunca supe si fue por el tono de voz que usé o si escuchó mal mi acento mexicano, pero decidí improvisar.
Comencé a hablar como gringo. Me presenté como Logan Bagget, un antropólogo de Misisipi cuya madre venezolana llegó a Estados Unidos a pie desde Caracas a mediados de los noventa. También le hablé de mi padre, quien había sido desconocido por su familia por haberse casado con una sudamericana. Lucía, creo que así se llamaba, sorprendida por la historia, me dijo que era algo como de telenovela. Al final del trayecto me dijo que “fue un gusto” haber hablado conmigo y me felicitó por mi buen español.
Comencé a crear otros personajes en los que me convertía cuando iba a algún lugar a beber solo. Me divertía mucho estar pasado de copas y usar el nombre de uno de mis profesores de México como máscara antes de decir algo políticamente incorrecto. No me cabe duda de que hubo varias personas en Montevideo convencidas de que Orlando Canizales (no puedo usar su nombre real porque aún trabaja en esa universidad y de vez en cuando me lo encuentro) era un alcohólico, racista y degenerado.
Dejé ese pasatiempo al volver a México, Guadalajara es una ciudad en la que todos se encuentran. Sería vergonzoso estar en una cafetería con un amigo y que de repente un extraño se acerque, me salude y me llame Dimitri. Tampoco podía sostener mi papel por más de unas horas, notaba las grietas de mis historias o de mi acento más de una vez, después de todo era alguien que improvisaba en bares, no un agente secreto.
Guadalajara es una ciudad en la que todos se encuentran. Sería vergonzoso estar en una cafetería con un amigo y que de repente un extraño se acerque, me salude y me llame Dimitri. Tampoco podía sostener mi papel por más de unas horas, notaba las grietas de mis historias o de mi acento más de una vez.
En el verano del 2024, cuando ya pasaba una buena parte del año en la Ciudad de México, fui de visita al Museo Nacional de Antropología. Hasta la fecha me pregunto por qué siempre hay más extranjeros que mexicanos ahí. Cuando llegué al detector de metales de la entrada el guardia me pidió que pusiera mis pertenencias en una charola, lo hizo en inglés. Se me ocurrió que en ese lugar podría ser un cambiaformas otra vez.
Era el sitio idóneo, lleno de turistas a quienes no volvería a ver jamás, sobre todo porque en esa ciudad demente es rarísimo toparse por casualidad a alguien conocido. En mis próximas visitas tuve varios nombres, mi favorito era Logan Baggett, por ser un querido amigo a quien le hace mucha gracia cada que le cuento del uso que le doy a su identidad. También he tenido varios trabajos como veterinario del Bioparque Estrella, profesor de braille y padre jesuita.
Un día en el que mi nombre era Jerónimo, un arqueólogo especializado en historia oculta, platiqué con un matrimonio español, recuerdo que eran guapos y que tenían un poco más de treinta años. Recorrimos una buena parte del museo los tres juntos, me cayeron tan bien que quise ir con ellos a ver la reproducción de la Tumba de Pakal. Me gustó verla acompañado de los turistas a quienes les mentía.
La interpretación oficial de la lápida es la vertical, en la que el emperador maya está sentado sobre un ciempiés de huesos blancos y de su vientre sale un árbol que simboliza el ciclo de la vida. Después de explicarles eso les ordené que inclinaran la cabeza para que entendieran la otra teoría que escribió Erich von Däniken, un autor suizo de literatura pseudocientífica. En horizontal Pakal parece estar montado en una motocicleta en la que se desplaza a través del espacio y tiempo.
No dejamos de hablar de ello en varias salas, ese tema estuvo con nosotros hasta la salida. Los tres coincidimos en que era más probable que la escena grabada en esa lápida retratara una cosmovisión prehispánica sobre la vida y la muerte, pero que sería fantástico que ese emperador maya haya sido un viajero intergaláctico. Esa pieza es una confirmación de que puedes elegir creer en lo que sea.
Nos detuvimos en Paseo de la Reforma. Iba a pedir un taxi, lo esperamos a unos metros del Monolito de Tláloc. Es una figura de siete metros que fue encontrada en Coatlinchan, Estado de México. Los arqueólogos Leopoldo Batres y Alfredo Chavero discutieron hasta sus muertes sobre si en realidad era una escultura de la deidad mexica de la lluvia. Chavero estaba convencido de que se trataba de la diosa Chalchiuhtlicue por la forma en la están talladas las manos de la escultura.
Cuando el taxi avanzó unos metros el conductor me preguntó si paseábamos juntos, le respondí que sí. Como venía tan divertido de haber interpretado a un arqueólogo, decidí continuar con la función. Le dije que el tipo de la barba rubia y yo éramos mejores amigos desde hacía años, pero que eso estaba por terminar porque su esposa iba a fugarse conmigo en unas semanas.
Ese desacuerdo dejó de importar el día en que el monolito fue transportado al Museo de Antropología. Ese 16 de abril de 1964 llovió durante una hora y media, desde que la figura de piedra entró a la ciudad hasta que llegó hasta el sitio que ocupa en Paseo de la Reforma. La gente de la capital tomó eso como un anuncio de la llegada de Tláloc. Es probable que todos los que pasen por ahí llamen a esa escultura por un nombre que no es el suyo, como han hecho conmigo varias veces.
Me despedí de ellos después de que me desearan suerte para mi próxima excavación. Una vez en el asiento trasero del auto le pedí al conductor que me llevara al Ángel de la Independencia. Cuando el taxi avanzó unos metros el conductor me preguntó si paseábamos juntos, le respondí que sí. Como venía tan divertido de haber interpretado a un arqueólogo, decidí continuar con la función. Le dije que el tipo de la barba rubia y yo éramos mejores amigos desde hacía años, pero que eso estaba por terminar porque su esposa iba a fugarse conmigo en unas semanas.
—No pasa nada, güero, mi esposa tenía un prometido cuando la conocí. Tú lánzate, nomás con cuidado —me respondió. No tuve que pedirle que me contara esa historia, empezó por iniciativa propia.
De joven fue a Jalisco para encomendarse a la Virgen de San Juan de los Lagos. Afuera de la basílica vio a una chica que le gustó, describió el primer acercamiento como la escena de una película. Intercambiaron miradas no tan discretas, sonrisas y unos chistes pícaros.
—Le dije que si me acompañaba a dar una vuelta saliendo de ahí, me dijo que no, disque tenía novio, pero yo la neta no la vi tan convencida —mencionó.
Antes de irse pasó de nuevo por la plaza que estaba frente a la iglesia, la volvió a ver, estaba sola. Se acercó a ella, le preguntó si podía mandarle cartas para no perder el contacto. En cuanto le dijo a dónde mandarlas llegó “el pinche jalisquillo de su novio”. Cuando iba rumbo a la estación de autobús lo interceptó el mismo “pinche jalisquillo” acompañado de dos tipos.
—La neta me pegaron hasta que se cansaron. Me estaba madreando a dos, pero con el tercero ya me ganaron. Tampoco soy Jackie Chan —continuó.
—A mí una vez me pegaron entre cinco, no hay ni qué hacer — respondí.
En ese punto empecé a dudar de su historia, me sentí ofendido de que a un perfecto extraño se le hiciera fácil engañarme. También me indignaba que el conductor pensara que me iba a tragar todo su cuento como si yo fuera uno de los turistas que coleccionaba. Respiré un poco, me tranquilicé, ésa no era la primera falsedad que se me atravesaba ese día, después de todo, hacía unos minutos estaba en el Museo de Antropología.
Me acordé de lo mucho que disfruto ver el Penacho de Moctezuma, sé a la perfección que el original está en Austria y que es muy probable que ni siquiera haya pertenecido a ese emperador azteca. Hay códices, como los del fraile dominico Diego Durán, que muestran que penachos como ése eran usados por líderes religiosos en ceremonias y no por los gobernantes que preferían tener la cabeza llena de oro. De todas formas me tomo una foto con ese gorro emplumado cada vez que paso por la Sala Mexica, porque no hay arqueología sin robo y ni arte sin ficción.
Con esa idea en mente, decidí que quería saber el final de su historia. La verdad era lo que menos importaba. Frenó en un semáforo rojo; antes de que pudiera decir otra cosa, el conductor me preguntó a qué me dedicaba. Tardé unos segundos en recordar que lo único que le había dicho era que iba a robarme a la esposa de mi mejor amigo.
—Soy profesor de periodismo —mentí.
—¿Y les enseña bien? Porque cómo abundan los periodistas vendidos y mentirosos.
—Yo, la verdad, no le recomiendo confiar en ningún periodista. La mayoría le deben favores a algún político, o a una empresa que paga publicidad en sus páginas; los que no, le ponen de su cosecha a las historias, hacen ver bien a quien quieren o se sienten escritores de novela. Ponen la cosas al revés y manipulan la información. Total: todos hacen lo que les da su gana —fue la única verdad que dije ese día.
—Sí, está cabrón, Güero, pero igual los escuchamos, ni modo que ya no nos enteremos de lo que pasa, ¿no?
Me tomó unos segundos asimilar eso que me dijo, tenía razón. Si sacara por completo a las mentiras de mi vida no consumiría literatura, cine o periodismo; no podría tener amistades, relaciones amorosas o familiares; comportarse con buenos modales sería una tarea imposible; tampoco podría ir a ningún museo. Faltaba poco para llegar al Ángel, le pregunté qué pasó después.
—En ese entonces no había celulares, nos escribimos cartas casi un año —me dijo.
Se enviaron lo que les pasaba día con día, mensajes de amor y promesas. Uno de los últimos sobres que recibió la chica de San Juan de los Lagos contenía una propuesta de fugarse a la Ciudad de México.
—Sólo nos habíamos visto una vez, pero con eso tuvimos. Me la iba a llevar —añadió.
—La banda ya no sabe amar como antes —repliqué.
Acordaron en encontrarse en la terminal para tomar el autobús de las seis de la mañana, el que hacía escala en Toluca. Mi taxista llegó más temprano, con tres horas de sobra. Llevaba consigo una calceta de fútbol llena de canicas. Antes de irse a vivir su historia de amor pasó por la casa del prometido celoso que lo había golpeado unos meses antes.
Me habría gustado saber a ciencia cierta si todo lo que acababa de escuchar era una historia real; por otro, pensar en que esa noche volvió a un departamento donde vivía solo, sin esposa y la figura de la Virgen de San Juan de los Lagos me parecía mejor, más justo.
—Todavía no salía el sol cuando entré a su cuarto, el cabrón seguía envuelto en sus cobijas —dijo entre risas antes de contarme cómo lo golpeó con ese saco de piedras.
No le quise preguntar cómo consiguió la dirección de ese sujeto ni cómo supo a qué cuarto entrar. Me bastó con escuchar que se pudo vengar para después irse a un final feliz, además estábamos a unos metros del Ángel de la Independencia, donde me iba a bajar. No dejé pasar la oportunidad de decirle que antes de escucharlo tenía muchos nervios de robarle la esposa a mi mejor amigo.
Por un lado, me habría gustado saber a ciencia cierta si todo lo que acababa de escuchar era una historia real; por otro, pensar en que esa noche volvió a un departamento donde vivía solo, sin esposa y la figura de la Virgen de San Juan de los Lagos me parecía mejor, más justo. Abrí la puerta, antes de incorporarme le di las gracias por su relato y por motivarme a escapar con la esposa de mi mejor amigo. Me preguntó mi nombre cuando cerré la puerta del taxi.
—Me llamo Orlando Canizales. ®
