La victoria del jueves —pequeña, inaugural, tal vez sin relevancia en el resto del torneo— fue también un momento para respirar, para sentir algo distinto de lo que se siente la mayor parte del tiempo.

Hay ciudades que no saben fingir, y la Ciudad de México es una de ellas. El jueves 11 de junio, mientras Shakira entonaba el himno oficial del torneo ante decenas de miles aficionados en el Estadio Azteca, a pocas cuadras de distancia, maestros de la CNTE marchaban hacia el mismo estadio y familias buscadoras con fotografías en mano preguntaban dónde están sus hijos.
México inauguró, así, por tercera vez en su historia, una Copa del Mundo. Como si el nombre de pila del coloso de cincuenta años pudiera cambiarse, la FIFA intentó rebautizarlo como “Estadio Ciudad de México”. Sin embargo, en la conversación pública el nombre indiscutible se mantuvo. El Azteca se convirtió en el único estadio del planeta en albergar tres ceremonias inaugurales —1970, 1986, 2026—, distinción que la FIFA celebró con grandilocuencia. Lo demás, los detalles incómodos del país que recibe al mundo, quedó para las crónicas de los enviados internacionales, que reportaron perplejos que México puede ser al mismo tiempo un anfitrión espléndido y un anfitrión en llamas. Una contradicción que para cualquier habitante de este país no tiene nada de singular.
Las demandas de la CNTE no son nuevas ni oscuras. Los maestros disidentes llevan más de un mes en huelga, con un pliego petitorio que tiene entre sus demandas la abrogación de la Ley del ISSTE de 2007, aprobada por Felipe Calderón, y el regreso a un sistema solidario de pensiones. Es una demanda legítima en su origen, que revela las consecuencias de las promesas que se hacen en campaña sin pensar en la realidad de su ejecución. Pero la CNTE también es una organización que aprendió, hace mucho tiempo, a usar el cuerpo de sus maestros como moneda de cambio política. Durante días, sus contingentes bloquearon avenidas, derribaron estatuas mundialistas hechas por artesanos en Reforma e incendiaron uniformes de la selección. Ante las cámaras, el secretario de Educación, Mario Delgado, respondió que las protestas obedecían a un “interés político” con el propósito de afectar la imagen de México, como si los intereses políticos fueran patrimonio exclusivo de la oposición. Lo que Delgado no explicó es por qué, después de cuatro mesas de negociación, el magisterio seguía en las calles, ni por qué un gobierno que prometió escuchar a los de abajo movilizó más policías para proteger el estadio que negociadores para resolver el conflicto.
El despliegue fue simplemente descomunal. Las “últimas millas” alrededor del estadio, los cercos policiales, las restricciones al Tren Ligero, los cortes en Calzada de Tlalpan: toda la maquinaria del Estado metropolitano se puso al servicio de garantizar que el mundo no viera lo que estaba ocurriendo afuera del estadio mientras adentro Maná tocaba “Oye mi amor”.
La noche del 10 de junio, la víspera del partido inaugural, madres buscadoras y colectivos de familia provenientes de varios estados del país caminaron por la Calzada de Tlalpan portando veladoras y fotografías de sus desaparecidos impresas en playeras de la Selección Mexicana. “Lograron traer el Mundial a México”, preguntó una de las activistas, “¿pero ¿cuándo traerán a nuestros desaparecidos?” El diálogo no figuró en la respuesta del gobierno. En su lugar, las madres buscadoras toparon con un cerco infranqueable compuesto por tres capas. El primer cordón estaba integrado por trabajadores del gobierno capitalino y encabezado por el secretario de Gobierno, César Cravioto; trescientos metros más adelante, un segundo cerco de policías antimotines, y quinientos metros después, una barricada de tres camiones atravesados en la avenida con cientos de elementos detrás. Las madres llegaron hasta los caminos y subieron a las patrullas. Se les advirtió que serían detenidas si cruzaban. Por respuesta gritaron a los policías: “Si te desaparecen ten seguro que soy yo quien te va a ir a buscar”. La calzada de Tlalpan permaneció cerrada desde las siete de la noche hasta la medianoche.
Todo esto ocurrió dentro de uno de los operativos de seguridad más grandes en la historia reciente de la Ciudad de México. El plan Última Milla movilizó más de 56 mil elementos entre policías capitalinos, Ejército, Guardia Nacional y Marina, todo con el objetivo de que las actividades mundialistas se llevaran a cabo con la mayor “normalidad” posible. El despliegue fue simplemente descomunal. Las “últimas millas” alrededor del estadio, los cercos policiales, las restricciones al Tren Ligero, los cortes en Calzada de Tlalpan: toda la maquinaria del Estado metropolitano se puso al servicio de garantizar que el mundo no viera lo que estaba ocurriendo afuera del estadio mientras adentro Maná tocaba “Oye mi amor”.
A pesar de reivindicar para sí las luchas sociales, cuando llegó el momento de elegir entre los compromisos contractuales con la FIFA —sus zonas de exclusión comercial, sus perímetros de seguridad, su inauguración— y las demandas de esos mismos aliados, el gobierno eligió el estadio. Hay que reconocer que no es una traición muy original.
En última instancia, lo que el Mundial 2026 ha exhibido es la contradicción estructural del proyecto político que gobierna México. La Cuarta Transformación construyó su discurso sobre la alianza con los sectores que habían sido excluidos a lo largo de la historia política del país: el magisterio disidente, las organizaciones sociales, los movimientos de víctimas. Durante años, la CNTE fue un aliado incómodo pero reconocido; las madres buscadoras, una causa que el gobierno decía propia. A pesar de reivindicar para sí las luchas sociales, cuando llegó el momento de elegir entre los compromisos contractuales con la FIFA —sus zonas de exclusión comercial, sus perímetros de seguridad, su inauguración— y las demandas de esos mismos aliados, el gobierno eligió el estadio. Hay que reconocer que no es una traición muy original. Por el contrario, se trata de la misma de siempre: la de los gobiernos que descubren, cuando les llega el turno de gobernar, que administrar el Estado implica honrar compromisos que se contradicen con los que hicieron en campaña. La particularidad de este gobierno es que lo hace con una retórica de ruptura que no hace más que dejar la contradicción al descubierto y que, por lo tanto, resulta cada vez más insostenible. El PRI gobernó durante décadas sin que nadie esperara coherencia de su parte. La 4T llegó al poder con la promesa de que gobernaría de una manera diferente.
El cinismo de la FIFA merece mención aparte. En la organización de este torneo más que en cualquier otra que hubiera ocurrido antes, la FIFA demostró que es una de las organizaciones más eficaces del mundo para convertir la pasión del público en una ganancia que beneficia a unos cuantos. Los términos en los que negocia con los gobiernos huéspedes son de absoluta asimetría: el país pone la infraestructura, la seguridad, los subsidios y los costos políticos. Por su parte, la FIFA se lleva los derechos de transmisión, los contratos de patrocinio y hasta la narrativa. En la edición de este año estas prácticas depredadoras se han llevado hasta el absurdo. Hasta dos kilómetros alrededor del estadio se establecieron zonas de exclusión comercial en las que se prohibió a los establecimientos hacer alusión al evento mundialista sin pagar los derechos correspondientes. Cualquier uso de los términos “Copa del Mundo”, “Mundial”, “Somos 26” y hasta de la tipografía oficial del torneo están prohibidos para las taquerías, las cantinas y los restaurantes que no transaccionen con la FIFA y que en otras circunstancias serían espacios de encuentro para todos los que quieren disfrutar de un partido.
El Estadio Azteca rugió con el entusiasmo de miles mexicanos que por un segundo se olvidaban de sí mismos y se volvían uno con la multitud, que por un momento dejaban atrás el escepticismo diario y se atrevían a creer en las gestas imposibles, a creer en su país.
Y, pese a todas las injusticias que aquejan sin tregua a este país, había que ver el partido. A los nueve minutos, Erik Lira aprovechó una mala salida de la defensa sudafricana para arrebatarles el balón, cosa que logró a la vez que caía al piso, entonces Julián Quiñones emergió desde uno de los laterales con determinación, recuperó la iniciativa y apenas entrado en el área hizo su tiro: el balón pasó entre las piernas del arquero antes de llegar al fondo de la red. El Estadio Azteca rugió con el entusiasmo de miles mexicanos que por un segundo se olvidaban de sí mismos y se volvían uno con la multitud, que por un momento dejaban atrás el escepticismo diario y se atrevían a creer en las gestas imposibles, a creer en su país. México ganó 2–0. Raúl Jiménez anotó el segundo. Para millones de mexicanos que vieron el partido en bares, en casas, en plazas públicas, en pantallas en sus ciudades, esa victoria fue algo más que un resultado deportivo.
Hay una tentación fácil, intelectualizante, de ver en el fútbol el opio del pueblo, otro de los instrumentos de los que se sirven los poderosos para mantener anestesiada a la población. Pero es una tentación que subestima el poder de los rituales colectivos, porque el fútbol no es otra cosa que eso, incluso en el marco de un evento deportivo rapaz como el de este año. Lo que el fútbol hace, cuando lo hace bien, es dar a un país la experiencia breve pero real de ser uno. No la unidad fabricada por los discursos del poder, sino la unidad espontánea, horizontal, del gozo compartido. En un país donde la crisis se confunde con la normalidad, donde la tragedia lleva tanto tiempo instalada que ya no tiene nombre propio, esa experiencia tiene un valor que no se puede descartar sin más. A fuerza de repetición, México es un país que conoce bien el dolor colectivo. Sin embargo, la victoria del jueves —pequeña, inaugural, tal vez sin relevancia en el resto del torneo— fue también un momento para respirar, para sentir algo distinto de lo que se siente la mayor parte del tiempo.
La victoria del jueves no resolverá las demandas sociales. No traerá de vuelta a quienes ya no están y tampoco resolverá las pensiones de los maestros. México seguirá teniendo los problemas que tiene, que son demasiados. Habrá quienes sigan pensando que la opinión internacional merece más atención que las demandas de sus conciudadanos. Nada de eso desapareció con el silbatazo final. México seguirá siendo el mismo país complejo, desigual y dolido que era antes del partido. Pero los países tampoco viven únicamente de sus agravios. A veces necesitan recordarse a sí mismos que todavía son capaces de encontrarse alrededor de algo, aunque sea durante noventa minutos. ®
