Alguien sin experiencia afectiva difícilmente comprende el erotismo literario como algo más que una excitación. Para ser específico, más que prohibir, la labor del educador sería formar las condiciones para que el lector pueda habitar ese texto con libertad.
Una obra puede estar llena de significados implícitos, pero sólo se activan cuando el lector está preparado. Imagen creada con Meta AI.
Cometierra es una novela escrita por Dolores Reyes, publicada en 2019, la cual aborda la problemática de los feminicidios del conurbano bonaerense a través de la narración en primera persona de una adolescente con la capacidad de vislumbrar los últimos momentos de los muertos tragándose la tierra que pisaron.
En Argentina la novela fue objeto de controversia cuando grupos de padres de familia solicitaron su retirada de las escuelas por considerarla inapropiada, puesto que en algunos pasajes de la obra se describen actos de sexo explícito. Además de la controversia en el plano provincial, se registraron incidentes en escuelas específicas.
Paradójicamente, la controversia aumentó la visibilidad de Cometierra, convirtiéndolo en uno de los libros más vendidos en Argentina durante el periodo de la polémica. Luego de estallar este escándalo, la misma Dolores Reyes escribió y publicó una carta en El diario Ar, titulada «Japi»,[1] en la que expresa que muchos adolescentes ya han experimentado su sexualidad, por lo que son suficientemente aptos para leer su obra.
Respecto a los pasajes polémicos, la narración se detiene en algunas escenas que resultan, por momentos, innecesarias. Las famosas escenas de sexo explícito en los capítulos trigésimo y trigésimo sexto resultan, por tanto, gratuitas. En estos dos capítulos el tratamiento de la sexualidad no parece estar claramente justificado en términos de desarrollo de personaje o progresión del conflicto Más bien se presentan de forma abrupta, con un tono crudo, que podría interpretarse como provocador. Esto refuerza la impresión de que Cometierra es una obra que busca impactar antes que estructurar un sentido narrativo.
Algunas obras literarias exigen del lector ciertas competencias, experiencias o saberes para ser plenamente valoradas. Esto no significa que la obra sea inaccesible o que sólo pueda ser comprendida por expertos, pero sí que su riqueza estética puede pasar inadvertida si el lector no tiene las competencias necesarias para apreciarla.
Desde un punto de vista crítico existe una pregunta que concentra la respuesta a esta problemática: ¿es adecuado ofrecer Cometierra cuando el lector todavía no cuenta con las herramientas emocionales o intelectuales para comprenderla con madurez? Algunas obras literarias exigen del lector ciertas competencias, experiencias o saberes para ser plenamente valoradas. Esto no significa que la obra sea inaccesible o que sólo pueda ser comprendida por expertos, pero sí que su riqueza estética puede pasar inadvertida si el lector no tiene las competencias necesarias para apreciarla. Esto no invalida la experiencia lectora, pero sí explica por qué a veces un texto no nos dice nada en un momento de la vida y, años después, nos deslumbra. Asimismo, ciertas obras literarias exigen del lector no sólo sensibilidad estética, sino también determinadas experiencias culturales, existenciales o formales. Aunque la literatura no requiere un conocimiento empírico del mundo para ser disfrutada, su riqueza referencial y reflexiva puede quedar parcialmente velada cuando el lector no está preparado para interpretarla en toda su complejidad. Así, la adecuación entre lector y obra no depende exclusivamente del contenido, sino de un encuentro entre las posibilidades del texto y la experiencia del lector.
La pregunta que se debe uno formular en este punto es la siguiente: ¿por qué leemos ficción? ¿Leemos ficción para ampliar nuestro conocimiento sobre el mundo, es decir, para hacernos conscientes de problemáticas sociales, para obtener respuestas sobre posibles soluciones, para un fin práctico, para educarnos? Robert Penn Warren, el destacado poeta estadounidense, expresa que leemos ficción porque nos gusta;[2] pero ¿por qué nos gusta? La crítica literaria, obligada a responder esta pregunta, afirma que el gusto por la literatura involucra el juicio estético, y el juicio estético no depende del conocimiento conceptual, sino de una libre armonía entre la imaginación y el entendimiento,[3] lo cual implica que la experiencia estética no comunica un conocimiento nuevo en el sentido científico, sino que despierta en el lector una disposición reflexiva, una apertura hacia lo universal sin necesidad de conceptos definidos.
Sobre esta exigencia de la literatura, el sobresaliente poeta y crítico literario Allen Tate argumenta que, para entender verdaderamente la literatura, especialmente en un sentido profundo y apreciativo de su arte, es fundamental poseer un sentido moral desarrollado.[4] Su afirmación ayuda a responder esta problemática sobre la pertinencia de Cometierra en manos de lectores principiantes, pues Tate sugiere que leer correctamente implica una calma interior y una madurez emocional que permite al lector ir más allá de sus propias emociones y experiencias inmediatas. Un lector con un sentido moral desarrollado, según Tate, es capaz de ver la obra literaria objetivamente, sin proyectar sus propias carencias, deseos o problemas en ella. Este desapego permite apreciar la obra por lo que es intrínsecamente, y no por lo que el lector quiere que sea para sí mismo. Esto sugiere una aceptación de la condición humana, sus virtudes y sus defectos, lo que permite al lector abordar la literatura con una perspectiva equilibrada y sin juicios precipitados basados en su experiencia personal.
Un lector con un sentido moral desarrollado, según Tate, es capaz de ver la obra literaria objetivamente, sin proyectar sus propias carencias, deseos o problemas en ella. Este desapego permite apreciar la obra por lo que es intrínsecamente, y no por lo que el lector quiere que sea para sí mismo.
Por su parte, el crítico literario William Empson establece que la dimensión del valor literario no puede reducirse ni a información ni a análisis técnico, porque tiene que ver con la vida vivida, con la interiorización y con el modo en que una persona experimenta la literatura desde su subjetividad.[5] Esto remite a la idea de que ciertos textos requieren maduración vital, no información.
Leer literatura es una práctica, una forma de vida, un hábito del espíritu, y, como todo hábito, requiere tiempo, experiencia, disposición y cierta transportación subjetiva. El lector se vuelve alguien capaz de reconocer tonos, ambigüedades, juegos verbales, silencios, y eso no se enseña, sino que se forma con el tiempo, el contacto y la experiencia. El verdadero valor literario muchas veces no se capta en un primer encuentro, porque aún no forma parte de los hábitos de percepción, sensibilidad o pensamiento del lector. Una obra puede estar llena de significados implícitos, pero sólo se activan cuando el lector está preparado, no intelectualmente, sino existencialmente para recibirlos. La respuesta que daría Empson a esta problemática es que el educador ayuda a formar el gusto, la sensibilidad, el oído, la imaginación, más que simplemente explicar. Por eso, ciertas obras pueden no ser adecuadas para ciertos lectores, no porque les falte inteligencia, sino porque su experiencia vital aún no ha alcanzado ese punto de resonancia. Y es allí cuando el educador puede abrir caminos que el análisis técnico no alcanza.
Un texto como Cometierra en manos de un lector joven no necesariamente daña, pero puede no tener sentido en términos estéticos o vitales. Es importante enfatizar que el argumento no es que el erotismo de la novela de Dolores Reyes corrompa, sino que ciertas formas de representación artística requieren cierta madurez para ser significativas.
La edición de Sigilo, 2019.
En Cometierra el lector joven puede entender las palabras y los hechos, pero no necesariamente asimilar el sentido profundo del erotismo en sus dimensiones afectivas, psicológicas, simbólicas o relacionales. Por tanto, Cometierra puede carecer de resonancia emocional o estética real para un lector principiante, o incluso ser malinterpretada o reducida a su superficie, porque ese lector aún no se ha convertido en la clase de lector que puede integrarse plenamente a la experiencia erótica en términos estéticos. Leer erotismo sin una experiencia emocional o reflexiva que lo sostenga puede reducir la obra a su contenido explícito y, por consecuencia, perdería su valor artístico. Incluso puede provocar rechazo, confusión o banalización. Esto no implica censura, sino atención a los procesos de formación del lector. Un texto como Cometierra en manos de un lector joven no necesariamente daña, pero puede no tener sentido en términos estéticos o vitales. Es importante enfatizar que el argumento no es que el erotismo de la novela de Dolores Reyes corrompa, sino que ciertas formas de representación artística requieren cierta madurez para ser significativas. Alguien sin experiencia afectiva difícilmente comprende el erotismo literario como algo más que una excitación. Para ser específico, más que prohibir, la labor del educador sería formar las condiciones para que el lector pueda habitar ese texto con libertad. ®
[1]Cfr. Dolores Reyes. “Japi”. El diario Ar, 6 de julio de 2022. [2]Cfr. Robert Penn Warren. “Why do we read fiction?” New and selected essays, Random House, 1989, pp. 55–66. [3]Cfr. Immanuel Kant. Crítica del juicio, traducción de Manuel García Morente. Tecnos, 2022. [4]Cfr. Allen Tate. “On Ash–Wednesday”. T. S. Eliot. A Collection of Critical Essays, Prentice–Hall, 1962, pp. 129–135. [5]Cfr. William Empson. Seven types of ambiguity. A study of its effects in English verse. Chatto and Windus, 1949.
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