A su regreso a Mérida, tras larga estancia creativa en Oaxaca y la Ciudad de México, platicamos con Adrián Bastarrachea sobre los elementos esenciales de su obra gráfica, poblada de líneas, capas, texturas y cuerpos en tensión.

Oaxaca
Me establecí en Oaxaca de Juárez a finales del año 2021, después de una corta y convulsa residencia en San Agustín Etla. Mi intención era hacer una estancia indefinida en la ciudad para producir gráfica y pintura, estuve ahí cuatro años. No era la primera vez que estaba en Oaxaca, desde un inicio me pareció un lugar con una sensibilidad por las artes diferente a lo que estaba acostumbrado. En contraste con ello coexistía una sociedad marcada por el conflicto y los debates culturales. En medio de todo eso viví un proceso creativo plagado de diálogo. El taller es un lugar de un aura telúrica sagrada donde pareciera que las identidades se diluyen; es ahí donde empezaba a hacerme preguntas sobre el oficio. La obsesión con el refinamiento técnico que observaba en los talleres de gráfica me llevó a agudizar mi pensamiento hacia lo estructural y a la deconstrucción de los clichés locales, lejos de los cánones académicos. La vida cotidiana, el material y el constante encuentro se volvieron ejes de una etapa de mi vida caótica pero transformadora.
Ciudad de México
En esa época me trasladaba de Oaxaca a la Ciudad de México en algunas ocasiones para hacer proyectos de coedición. Luego de vivir en Oaxaca estuve casi un año en la gran ciudad. Noté que existía un intercambio económico–cultural entre estos lugares que era histórico, la relación centro–sur se ve reflejada en el posicionamiento político de los artistas. Era notorio el atrincheramiento local de Oaxaca, que buscaba autonomía económica y marcaba distancia con el circuito del arte concentrado en la capital, con una lógica más globalizada. Ambos sitios me parecían lejos de lo que había vivido en la península yucateca.
Análisis de escenarios
Al principio en Oaxaca me sentía como un fantasma, alienado (no olvidemos que la pandemia estaba en su cénit en esos años). Luego en el 2023 expuse mucho en la ciudad, noté que el ambiente artístico estaba más dividido de lo que parecía, había mucho alcoholismo y críticas arcaicas, imperaba en el aire una doble moral de la que no se hablaba: por un lado el purismo espiritual y por el otro la competencia feroz. Mi trabajo —honestamente— sentí que pasó inadvertido.

En la Ciudad de México estuve menos tiempo, pero sentía un ambiente menos enraizado y más diverso ideológicamente. Eso me inspiró de nuevo a disfrutar mi trabajo.
Retorno
Regresé a Yucatán por motivos económicos y personales. Terminé una relación que no salió bien y me encontraba en un momento económicamente incierto. Decidí volver por un tiempo para esclarecer mis objetivos de vida y reencontrarme con mi familia. Desde entonces he tenido tiempo para pensar desde mi pueblo natal, Tixkokob, entre la paz y cierta ansiedad por el futuro. Como saben todos, en Yucatán no es fácil dedicarte a las artes, menos ahora con todos los problemas que hay en ascenso, sobre todo para los artistas locales.

Proceso creativo
Con los años he aprendido a confiar en mi inteligencia material, que es algo que he refinado con el tiempo, manteniéndola como algo vivo, no reductible a conceptos cerrados. A veces produzco deliberadamente, tengo una idea en la cabeza que se va gestando por meses —no visualmente— hasta que un día sé cómo resolverla. Otras veces produzco desde el proceso, procesando la información a mi alrededor visceralmente, como un DAC (conversor de información digital a análoga) pero en vez de información binaria, se trata de convertir la experiencia en una especie de teoría material. Conocer la mecánica de las técnicas es importante porque obtengo densidad óptica–material, pero el lugar donde sucede mi proceso es el lenguaje plástico. Día con día vuelvo a ver la pieza y me pregunto cómo transformarla sin perder completamente lo que hay. Me pregunto si estaré pariendo un tema que me inquieta o una intuición estructural de la que voy siendo consciente. La obra final puede resultar en una reflexión social, íntima o filosófica, y el tema es construido, no ilustrado.
Abordaje técnico
Desde mis inicios, siempre he tenido sensibilidad estructural en mi obra debido a mi melomanía, pero en los últimos años he viajado mucho y he sentido constantemente el contraste cultural en mis relaciones. He tratado de llevar esa lógica a las piezas de gráfica y pintura, incluso llevar una práctica que acostumbraba en Mérida hasta Oaxaca denominada al alimón: trabajar entre dos o más artistas una pieza, notando cómo surgen tensiones, consensos, compatibilidad o discusión en el proceso, cuyo resultado es una pieza imposible de imaginar en solitario.

En mi obra personal, poner en tensión distintos sistemas visuales en una misma obra sin perder el equilibrio, es el lugar donde pongo en duda las contradicciones de mi realidad, y es ahí justamente donde encuentro la creatividad.
Este año he estado trabajando en un proyecto que consiste en llevar distintas técnicas (litografía, grabado, pintura, impresión digital) al lienzo mediante el montaje collage.
Rasgos estilísticos
En mi obra, el primer atributo a destacar es el tramado, siguiendo la búsqueda de la tensión en la superficie. Pensar por capas de líneas, elementos, momentos y reflexiones superpuestas me lleva a la dimensión del tiempo: la obra como residuo humano.
La deformación. Creo que he sido muy inconforme a lo largo de mi trayectoria, rápidamente me canso de estar haciendo una cosa y me pongo a hacer otra, me gusta ver cómo mis ideas previas van transformándose con el material, como si con éste tuviera un diálogo constante, incluso, a veces, una negociación.

La búsqueda de técnicas consideradas “menores”, como la acuarela, el linóleo, la tinta china, la litografía, que muchas veces son tratadas con condescendencia. Yo encuentro en ellas caminos interesantes para explorar.
Referentes
A Bacon lo observaba cuando empezaba en la gráfica como una referencia lejana. Empezaba a conocer autores como Melecio Galván, que fluctuaba entre el expresionismo gráfico mexicano y un tratamiento neofigurativo, o autores como Stanley Hayter, gran artista impresor. Lo que rescato de Bacon a la fecha es el “componer editando” y su interés en cuestionar el cliché. Al viajar por el país me fui nutriendo de la tradición mexicana, autores como Vlady, Benito Messeguer, Rafael Zepeda, Tamayo, Aceves Navarro, artistas de poco interés para mi generación. Notaba que fueron artistas experimentales con una densidad técnica que es difícil ver hoy. Me preguntaba por qué los artistas millennials preferían decantarse por la nostalgia o referencias pop para ser aceptados por los circuitos del arte, cuando tenemos una tradición brutal en México con la cual dialogar.

A medida que mi proceso se volcaba más consciente y maduro, inevitablemente pensaba en la nueva objetividad alemana, en el cubismo, en el muralismo mexicano, pues vivimos una época en la cual la guerra cognitiva nos tiene aislados, divididos y con un carácter cada vez más débil en lo visual. Citar estos movimientos y buscar el trabajo colectivo se volvió importante en mi proceso.
Dibujo especulativo
Dibujar de forma especulativa es entender que la pieza crea realidad, no la representa; es el dibujo insubordinado. Actualmente mi dibujo se ha vuelto más frontal y seriado, digamos, mi obra de gabinete es una especie de diario visual donde me hago preguntas, afino elementos innecesarios, ensayo temas informales, me permito distraerme y observarme sin comprometer tiempos e inversiones en grandes formatos. Dibujar se ha vuelto como respirar o hablar. ®
Todas las imágenes: cortesía de Adrián Bastarrachea
