Con motivo del 28 aniversario luctuoso de Elena Garro (11 de diciembre de 1916–22 de agosto de 1998) la autora aborda El cadáver exquisito, que, pese a ser un texto inacabado, es importante porque realiza una lúcida puesta en escena de los mecanismos, no siempre explícitos, que sostienen el orden patriarcal.

El cadáver exquisito es una obra inacabada: apenas siete páginas. Un fragmento dramático que funciona como un laboratorio creativo de Elena Garro. Y, precisamente por eso, porque la obra se interrumpe antes de cerrarse, nos movemos necesariamente en el terreno de la conjetura.
¿Y por qué he escogido este fragmento inacabado? Porque en él Elena Garro expone, con maestría, el entramado y funcionamiento de las relaciones patriarcales, que reflejan tanto su situación personal como el destino sufrido por su producción literaria. Y porque el título me atrapó: el cadáver exquisito era aquel juego surrealista en el que cada participante dibujaba o escribía sin ver el fragmento del otro. El resultado final es siempre una figura abierta, hecha de pedazos que no terminan de encajar. Algo así sucede aquí con Rosita. Cada personaje la dibuja desde su ceguera. Ninguno la ve entera. Y ella, convertida en rosa, ya no puede corregir la imagen que los otros trazan de ella. La obra entera es, de algún modo, el cadáver exquisito de una mujer.
El fragmento se conserva inédito en la Universidad de Princeton y ve ahora la luz gracias a Elena Garro: secuelas del patriarcado, de Patricia Rosas Lopátegui,[1] que complementa el rescate iniciado con Elena Garro sin censura. Su propio título ya es una tesis: la misma que este análisis viene a confirmar.
Puesto que analizamos una obra teatral, propongo seguir la acción entrando en la habitación con los personajes: Clarita, la niña; Antonio, su padre, y Marcelina, la madre de Antonio. Descubrimos, con ellos, una rosa roja que acaba de florecer en una maceta. Aún no lo sabemos, pero no es una rosa cualquiera: es Rosita, la madre de Clarita, la esposa de Antonio, la nuera de Marcelina, convertida en planta.
La autora lleva nuestra atención inmediatamente hacia la rosa. Y ya no se separa de ella. Lo fascinante es que la rosa no habla, pero reacciona. Al florecer, comparte su presencia. Sólo tiene dos gestos: inclinarse y erguirse. Cuando se inclina, sentimos que algo en ella se apaga. Cuando se yergue, sentimos que algo en ella se enciende.
Ahora, sin ella, sólo queda una escuela que se le hace muy pesada. A las niñas, dice, “les cuelgan lenguas negras que la asustan”.Y el escaso consuelo de una abuela, a la que se refiere despectivamente: “la cara de esa, que se llena de pelos que me pican cuando me besa al darme las buenas noches”.
Es Clarita la primera que reacciona, y lo hace con evidente alegría. Grita alborozada al ver la rosa. Va hacia ella, le dice que es preciosa y que había temido que no volviera por lo enfadada que se fue la última vez. Clarita se dirige al padre y a la abuela, pretendiendo compartir su felicidad, pero las reacciones de Antonio y Marcelina no son en absoluto positivas. Ninguno de los dos se alegra de verla. “¿Por qué hoy?”, pregunta Antonio desesperado y, dirigiéndose a la rosa, la acusa de mala fe. “¡Pobre hijo mío!”, exclama, furiosa, la madre.
Clarita cierra esta primera escena lamentándose de que nadie en la casa quiere a Rosa, que prefieren que la casa esté a oscuras.
Rosa, ante este panorama, se inclina tristemente.
Y Clarita, al verla, corre hacia ella intentando consolarla. Le dice cuánto la añora. Ahora, sin ella, sólo queda una escuela que se le hace muy pesada. A las niñas, dice, “les cuelgan lenguas negras que la asustan”.Y el escaso consuelo de una abuela, a la que se refiere despectivamente: “la cara de esa, que se llena de pelos que me pican cuando me besa al darme las buenas noches”. Sin Rosa no hay juegos ni risas. Le expresa su deseo de que estuviera allí, como antes.
Garro consigue así ponernos ante un pasado que adivinamos poco agradable.
Si observamos a Marcelina, la vemos reaccionar con una virulencia que supera todo límite. Ese mundo evocado por Clarita representa todo lo que ella no tolera. Más que la de una persona, parece la reacción implacable del propio orden establecido ante quien lo desafía. Marcelina encarna el poder, el control. Rosa es una amenaza, la teme incluso reducida al estado de rosa en una maceta.
La amenaza no termina con Rosa: continúa con Clarita. Y él no hace nada. La única razón que encuentra Marcelina para explicar ese comportamiento es que su pobre hijo —un hombre con tantas virtudes— quedó anulado desde la primera vez que habló con ella. No hay otra explicación. Él no es responsable. Ella tampoco lo es.
La rebeldía de Clarita la trastorna. Y responde a esa oposición con una orden tajante: “¡Ya, niña, basta! ¡Tienes que ir al colegio!” Cuando la niña se niega, Marcelina hace explícita su condena: Rosa es el desorden, la pereza… que los altera a todos cuando aparece. El miedo a que la influencia de Rosa se extienda a través de la niña la lleva a encararse con su hijo. Le lanza acusaciones terribles: la niña es igual que su madre. La amenaza no termina con Rosa: continúa con Clarita. Y él no hace nada. La única razón que encuentra Marcelina para explicar ese comportamiento es que su pobre hijo —un hombre con tantas virtudes— quedó anulado desde la primera vez que habló con ella. No hay otra explicación. Él no es responsable. Ella tampoco lo es. Marcelina dice haber sabido desde el primer momento que Rosa traería la desgracia sobre aquella casa. Y, con extrema crueldad, declara que no se disculpa por no haberla querido nunca, porque Rosa no era una criatura “querible”.
Exculpada ella misma, Marcelina exculpa al hijo por no ser capaz de controlar la situación. Atenuando su agencia, atenúa su responsabilidad.
Cuando Clarita, airada, protesta de nuevo al oír hablar así de su madre, recrudece más aún su odio: “¿Tu mamá? Más valía que no la hubieras tenido”.
En medio de este estallido de violencia Rosa vuelve a agacharse con tristeza.
Lejos de compadecerse, Marcelina no cesa en sus insultos. Llena de odio, la llama hipócrita. La acusa de, bajo una apariencia sumisa, haber empleado artimañas para imponerse en aquella casa. De haber atentado contra el orden y la autoridad. Tilda su comportamiento de cínico, estúpido y caprichoso. La acusa de mentirosa y de utilizar a su hija como cómplice. Acusa a su hijo de parecer ciego y sordo ante todo esto.
A la anterior exculpación del hijo se une ahora la culpabilización de la víctima como justificación del propio comportamiento violento y defensivo. Por debajo de estas reacciones autoritarias, crueles y violentas se deja ver el temor a quien se le atribuye el poder de romper el sistema establecido.
Aunque Marcelina no soporta a Rosa ni la entiende, la considera inteligente y maquiavélica. No puede tolerar el desacato al orden que supone. Cada vez que la niña revela algún nuevo detalle sobre su madre, Marcelina tergiversa sus acciones y sus propósitos y los interpreta como una prueba del cinismo con el que Rosa había pretendido asumir el control.
El colmo, según Marcelina, fue la última voluntad de Rosa: una manipulación más para someterlo. Con una frialdad que impresiona, recuerda sus palabras: “¡Antonio, júrame… que no vas a dejar que me lleven a un agujero negro. Tendría mucho miedo. ¡Yo no quiero ser un cadáver feo!”
Y concluye: “Hasta en eso tenía que darnos la lata. ¡Un cadáver exquisito, ahí la tienes, mira, fastidiando todavía!”, exclama. Y luego, implorante: “Toño, ¿no te das cuenta de su imposición?”
La frustración de Marcelina ante el poder de Rosa es evidente: no ha desaparecido con su muerte, sigue actuando desde la maceta y a través de la hija.
Si nos detenemos ahora en Clarita, vemos que merece algo más que el retrato de una niña que sufre. Recorre todos los registros emocionales: se alegra, comparte, ríe, llora, consuela, acusa, defiende, se rebela, añora, sueña, entiende, explica.
Recuerda las miguitas de pan entre las sábanas. La risa al quitarlas. La caída en la fuente, el vestido blanco que se volvió verde. Rememora las excursiones en las que iban en busca de tejados frescos y sabrosos. Las veces que, bajo la apariencia de una mamá y una niña respetables, pedían limosna…
Para ella, su madre no es un misterio ni una amenaza: es una compañera de juegos. Recuerda las miguitas de pan entre las sábanas. La risa al quitarlas. La caída en la fuente, el vestido blanco que se volvió verde. Rememora las excursiones en las que iban en busca de tejados frescos y sabrosos. Las veces que, bajo la apariencia de una mamá y una niña respetables, pedían limosna y conseguían que los señores les dieran algún dinero para comprar rehiletes. Pero sólo ellas sabían que en realidad eran dos mendigos barbones.
No idealiza a su madre: la admira, la recuerda viva. Y participa de lleno en el mundo de fantasía con el que Rosa huía del entorno opresivo que le exigía convertirse en lo que no podía ser.
Cuando Antonio, deseoso de entender los secretos de Rosa, la instiga para que cuente qué más cosas era, ella contesta sin dudarlo: “Era todo”. La percibía sin límites: en su auténtico ser, habitaba mundos donde era libre y podía creer en la bondad humana.
Al escuchar a Clarita, la rosa se yergue muy ufana: se reconoce en lo que escucha y se siente querida y comprendida.
Es la única que defiende a Rosita frente a su padre y frente a su abuela. Sabe que su abuela no entiende nada y todo lo tergiversa. Cuando la abuela insistía en que su madre era una mentirosa, Clarita respondía con seguridad: “No era mentirosa. Tenía secretos”.
Ante el deseo de Antonio de entender a Rosa, Clarita le da la única pista que de verdad importa: “Rosita andaba ensayando ser muchas cosas. Probaba, probaba, y nada. Nunca pudo hacer que le salieran hojas”. Esa frase es impactante porque nos pone cara a cara con el límite de lo más valioso que tenía Rosa: su imaginación, su creatividad. Pese a sus esfuerzos, no podía ser hoja, no podía ser adorno, no podía ser lo que se esperaba de ella. No conseguía agradar.
Y, aun así, al final, pidió ser rosal. ¿Por qué? Quizá porque era la única manera de que le salieran hojas. La única forma de dar gusto, de volverse por fin vegetal, callada, contenida en una maceta.
Y, sin embargo, de esa renuncia brota algo inesperado: no le salen sólo hojas, le sale una rosa. Y las rosas, además de belleza, tienen espinas. La creatividad no se deja domesticar del todo.
Antonio es, quizá, el personaje más desolador de la obra. No es un monstruo, como Marcelina. Es un personaje ambiguo, inseguro, atrapado en sus contradicciones. A veces defiende —muy tímidamente— a Rosita, pidiendo a su madre que no sea cruel: “Era difícil entenderla, pero no era hipócrita”.
Pero la mayor parte de las veces llora, se culpa, se compadece. Se lamenta por él, no por la situación de Rosita. Cuando su madre la insulta, él calla. Cuando su hija la defiende, la regaña.
Antonio es el que no protege, el que no ama, el que cede al poder establecido que representa Marcelina.
Con cierta complacencia de fondo, pregunta a su hija: “Dime, hijita, ¿me tenía miedo?” Y Clarita responde: “Sí, te tenía mucho miedo”. Antonio llora. Se llama a sí mismo monstruo. Pero, en realidad, no comprende el miedo de Rosa. Piensa que le temía tanto que no se atrevía a pedirle el dinero que necesitaba y que por eso llegaba hasta a mendigar. La respuesta de Clarita es contundente: lo hacía “porque le gustaba”, porque “era bonito ser mendigo”. Antonio no le cree. No entiende que él no podía darle lo que ella necesitaba: libertad.
Pero Clarita matiza su afirmación, dejándolo, una vez más, perplejo: “No, no tenía miedo. Te quería dar gusto”. No quería huir de ti; quería agradarte. Y no pudo.
“Qué descanso. Mientras ella vivió, siempre estuve sentado en el borde de un precipicio. No sabía por dónde me venía el peligro y era inútil que le pidiera que me dijera la verdad. Se callaba o gritaba o se ponía a llorar”.
Con esto tocamos el límite de lo que Antonio puede entender de Rosa.
Por ello la convierte en un misterio: “Tu mamá era un secreto. El único que nunca pude descubrir. El más hermoso y el más terrible de los secretos”. Un límite absoluto para Antonio. Un límite que le fascina y del que no logra escapar. La recuerda bella, exquisita. Pero no la recuerda libre.
Aunque, incluso en esto, se considera una víctima. Si no consiguió conocer a Rosa es porque ella deliberadamente se ocultaba. Y en un momento de sinceridad terrible confiesa: “Qué descanso. Mientras ella vivió, siempre estuve sentado en el borde de un precipicio. No sabía por dónde me venía el peligro y era inútil que le pidiera que me dijera la verdad. Se callaba o gritaba o se ponía a llorar”.
Ahí está todo. Para Antonio, Rosa era un misterio. Y, como tal, asumió que era incomprensible. No es que él no la comprendiera: es que era incomprensible. Ni ella misma podía explicárselo: se callaba, gritaba o se ponía a llorar.
Y ahí reproduce el mismo proceder que vimos en Marcelina. Ella no la quiso, pero la culpa era de Rosa, que no era querible. Él no la entendió, pero la culpa era de Rosa, que era incomprensible. Ninguno la ve como lo que era: alguien que buscaba su lugar sin renunciar a sí misma.
Ahora que está en una maceta no hay misterio, no da miedo. Ya sólo hay que regarla de vez en cuando. Está bajo su control: puede cortarla y lucirla como adorno en su solapa.
Sin embargo, las cosas no son del todo así. La cuestión no está zanjada.
Antonio quiere ir a la fiesta. Quiere bailar. Rosa, a quien le encantaban las fiestas, se yergue al oírlo. Antonio quiere llevarla, porque sabe que le hace mucha ilusión. Una vez más, la encuentra hermosa. Pero ya sabe lo que ocurrió una vez, cuando bailó con otra: sintió en el corazón una espina de Rosa, que le causó un dolor insoportable. Por eso le pregunta: “¿Podré bailar una vez?” Pero la rosa se inclina. Antonio pretende que Rosa entienda que ella es la única a quien ha amado, que lo demás no tiene importancia.

Pero la rosa, que no tiene voz, se inclina de nuevo.
Clarita contesta por ella: “Sí tiene importancia”.
Y después pronuncia la frase decisiva: “Mi mamá no tenía miedo. Quería irse al cielo, pero lo hizo por darte gusto. Y tú no le das gusto a ella”.
Y Antonio responde: “¿Gusto por qué?” “¿Ya no te acuerdas?” –le pregunta Clarita. La respuesta de Antonio no expresa duda: “No, Clarita”.
Así termina el fragmento. Con esa palabra: no.
El texto nos deja ante el misterio a nosotros también: ¿qué sabe Antonio que no recuerda? La autora nos deja frente al olvido.
El cadáver exquisito, en última instancia, pese a ser un texto inacabado, es importante porque realiza una lúcida puesta en escena de los mecanismos, no siempre explícitos, que sostienen el orden patriarcal.
Marcelina no defiende sólo el orden de esa casa: defiende, en miniatura, el mismo orden que también silenció y juzgó a la propia Elena Garro.
Idénticos mecanismos a los que actúan en la ficción están presentes en la biografía de Garro y en la recepción de su obra. Son las secuelas del patriarcado. Perviven en su escasa presencia institucional y académica. Y perviven, más ampliamente, en el desconocimiento general de su persona y su legado. ®
[1] Patricia Rosas Lopátegui, Elena Garro: secuelas del patriarcado. Ed. Espinas, Madrid, 2026. Este libro se distribuye en el país y en América Latina por Gedisa Mexicana.
