Caparrós, ¿por qué el futbol?

La historia de una pasión

Una charla con Martín Caparrós y su pasión por el deporte más popular del mundo, y sobre todo para los argentinos. Son momentos difíciles para el cronista, pero el entrevistador decide preguntarle por su afición al futbol.

Martín Caparrós. Fotografía de Instagram.

Martín aparece puntual en la pantalla de la computadora. Acordamos poner unos fondos ridículos y sin sentido, propios de esta época en la que vivimos. Comenzamos la charla y se me escapa el nombre de Ricardo Lavolpe, el argentino que provoca amor–odio entre los mexicanos y odio puro entre los aficionados de Boca Juniors. Martín me recuerda lo que el nombre de Lavolpe significa para ellos.

Es diciembre de 2024 y el mundo me parece estar hecho de cartón. Caparrós, un hombre que ha dedicado su vida a procesar la realidad a través de notas de voz y una prosa que no conoce el cansancio, está lidiando con un diagnóstico degenerativo que ha enviado ondas de choque a través de la biosfera periodística. Todo el mundo quiere un pedazo de su despedida. Todos le piden el Oráculo de Delfos, versión crónica. Yo, por alguna razón que no sé explicar, decido preguntarle sobre veintidós hombres persiguiendo una pelota.

1962

La historia de cómo Martín se hizo de Boca Juniors tiene la estructura de una epifanía religiosa, aunque ocurrió en la taza de baño de un hotel en Mar del Plata en 1962. Un niño de cinco años que habita un hogar donde el fútbol es un rumor lejano, casi una superstición de clases ajenas; ahora está leyendo un diario en el que se narra que Antonio Roma ha detenido un penal de un tal Delem. En ese espacio liminal, el niño decide una identidad. Afuera, su abuela lo apresura a que ya termine y continúe con sus vacaciones de verano.

Futbolistas. Fotografía de Héctor Guerrero.

Resulta casi estadísticamente imposible que 43 años después, en una pizzería llamada El Cuartito, en donde la grasa y la nostalgia se sirven en proporciones idénticas, el mismísimo Antonio Roma aparezca como un fantasma convocado por la propia literatura de Caparrós para sentarse a su mesa. Es el tipo de coincidencia que un editor de ficción rechazaría por ser demasiado cursi, pero que la realidad argentina escupe con una sonrisa cínica.

El exilio

Al cumplir los diecisiete años Martín Caparrós acudió a probar suerte en una pequeña revista deportiva. La prueba para ver si se quedaba en la plantilla fue entrevistar a Enzo Pavoni, un marcador de Independiente. Caparrós, que de verdad quería el trabajo, se esforzó y entregó una versión amplia y bien trabajada de aquella entrevista. No se conformó con la simple pregunta–respuesta, fue por más. El editor le dio el empleo, con la condición de que no volviera a escribir de esa forma nunca más, y le dejó en claro que aquello era un boletín deportivo. Su labor ahí consistía en publicar resultados y notas simples de los partidos con poco interés. Pasó menos de un año en ese empleo y luego vino el exilio, el de tantos argentinos. Caparrós viajó a Francia y prácticamente se olvidó del futbol. Por la televisión pasaba muy poca cosa sobre Argentina y siempre de tema político: la dictadura, los muertos, las violaciones de derechos humanos. Todo estaba por encima. No volvió a escribir de fútbol en un largo tiempo.

El Mundial del 78

Llegó el Mundial del 78, el que sería recordado como el Mundial de los militares. La final, en la que Argentina saldría campeón ante Holanda, se disputó a 500 metros de la ESMA, el centro de tortura y detenciones de la dictadura militar. Se sabría después que ahí murieron cerca de cinco mil personas.

Caparrós había militado en los grupos que apoyaban el boicot al Mundial. Hoy lo recuerda con estas palabras: “De a poco comencé a ver los partidos. No gritaba mucho los goles, sentía vergüenza. Cuando Argentina salió campeón, grité los goles y celebré. Después, durante tres días, tuve un dolor de cabeza espantoso, horrible, y yo creo que era eso, la culpa de haberme dejado arrastrar”.

Para los argentinos, tan ausentes y tan aficionados al fútbol, era difícil gritar un gol, sentir pasión. Les parecía que ese mundial les estaba lavando la cara a los militares ante el mundo. Caparrós había militado en los grupos que apoyaban el boicot al Mundial. Hoy lo recuerda con estas palabras: “De a poco comencé a ver los partidos. No gritaba mucho los goles, sentía vergüenza. Cuando Argentina salió campeón, grité los goles y celebré. Después, durante tres días, tuve un dolor de cabeza espantoso, horrible, y yo creo que era eso, la culpa de haberme dejado arrastrar”.

El regreso

En el año 1980 Martín Caparrós regresó a Buenos Aires y a la cancha de Boca. Se volvió a encontrar con esa vieja pasión llamada futbol. Al año siguiente un suceso en su vida lo metió de lleno en los terrenos de la afición. Nació su hijo y tuvo que ponerse serio e inculcarle la pasión por la camiseta de Boca.

“Lo hice para que cuando él fuera mayor y no le interesara nada del imbécil de su padre, por lo menos pudiéramos hablar de algo o sentarnos a ver un partido”.

Mientras habla, se le dibuja la sonrisa pícara del padre que sabe que lo ha hecho bien. Que le ha salido la jugada. Y por si acaso, cuando su hijo cumplió seis años, lo hizo socio de Boca.

El futbol como bálsamo

Los gobiernos argentinos han hecho todo mal en los últimos años. Es una realidad que su pueblo está enojado. ¿Será que a través del fútbol un aficionado se reconcilia un poco con ese país que siente perdido?

Futbolistas. Fotografía de Héctor Guerrero.

La pregunta nos lleva a un territorio que Caparrós conoce muy bien, habita en él desde hace años. Entonces comenzamos a hablar del “efecto patria”, un fenómeno que Caparrós describe con una melancolía que te hace querer revisar tu propio pasaporte. Es la idea de que el futbol es el último pegamento de una cohesión social que, de otro modo, estaría evaporada. Pero hay un costo:

La pérdida de la disidencia: Caparrós confiesa —con una honestidad que resulta casi física— la culpa de haber gritado los goles del 78 mientras, a 500 metros del estadio, la ESMA funcionaba como una picadora de carne humana.

La sospecha del grito compartido: Hay algo profundamente perturbador para él en el hecho de compartir una alegría con Videla o con Milei. Es la anulación de la diferencia ética a través de un gol.

El contagio: Lo que más parece molestarle es cómo la política ha importado la peor parte del estadio: la imposibilidad de cambiar de opinión. En el fútbol, uno es “de” un equipo hasta la muerte, sin importar si juegan como una banda de aficionados con resaca. La política ha adoptado esa misma rigidez fanática, eliminando el espacio para el juicio crítico.

La manifestación más numerosa en la historia de Argentina fue la celebración por el triunfo en Qatar. Dicen que salieron a las calles cinco millones de personas. A mí me parece muy bien; el futbol es muy simpático y qué sé yo. Pero hay cuestiones mucho más importantes y más urgentes por las que nunca salió a las calles ni la décima parte de lo que fue eso.

Para que se entienda el efecto patria, Caparrós reflexiona: “La manifestación más numerosa en la historia de Argentina fue la celebración por el triunfo en Qatar. Dicen que salieron a las calles cinco millones de personas. A mí me parece muy bien; el futbol es muy simpático y qué sé yo. Pero hay cuestiones mucho más importantes y más urgentes por las que nunca salió a las calles ni la décima parte de lo que fue eso. Hay un efecto que borra las diferencias que para mí siguen siendo fundamentales. No creo que porque nos guste apoyar a una camiseta que desde niños nos enseñaron que era la nuestra, nos debamos olvidar de todos los demás temas que nos separan. Ésa es la clave del efecto patria, yo no quiero tener ninguna coincidencia con ellos”.

Al volver a la Argentina, Martín Caparrós iba consolidando una trayectoria con éxitos y reflexiones. Con cada trabajo que publicaba, se convertía en un referente del oficio y maestro de nuevas generaciones. Le resultaba fácil proponer textos sobre el balompié. Sus editores se los compraban con regularidad. A sus colegas, por otra parte, les sorprendía que, mientras ellos intentaban dejar la sección de deportes, un periodista reconocido gustara de escribir sobre el fútbol. Pero a Caparrós le divertía y le gustaba tener la presión del cierre, el famoso tiempo límite para entregar textos que tanto odian los periodistas.

El fanatismo ha salido a las calles

Hoy el fanatismo ha dejado las gradas de los estadios, los barrios y los bares. Hoy el fanatismo ha salido a la vía pública, a las calles, a las redes, a las universidades, a las presentaciones de libros, a los shows de comedia, a algún recital de música. Hoy se discute y se ofende desde diferentes trincheras. Martín Caparrós convive con ese fanatismo que pasa por la ignorancia y se convierte en odio. Todos los días, o casi todos, soporta cientos de comentarios en redes sociales cargados de maldad y vileza.

Durante mucho tiempo la política produjo mucha pasión porque parecía que ahí se decidían cosas importantes. Ahora no parece ser así. El gran logro de los políticos ha sido convencernos de que la política es eso que ellos hacen. O sea, tejes y manejes, acuerdos oscuros, pactos confusos.

“Es un viaje de ida y vuelta. Durante mucho tiempo la política produjo mucha pasión porque parecía que ahí se decidían cosas importantes. Ahora no parece ser así. El gran logro de los políticos ha sido convencernos de que la política es eso que ellos hacen. O sea, tejes y manejes, acuerdos oscuros, pactos confusos. La política dejó de tener la intensidad de antes. Y ahora lo que hay, por lo menos en la política argentina, es efectivamente un contagio de lo futbolero, en varios aspectos. Por un lado, la forma, las burlas, los cantos, las puteadas y agresiones. Por otro lado, uno más nocivo, el hecho de que uno es de alguien. Es decir, en el futbol no te acercas a un club cuando está haciendo las cosas bien. No se dice “qué bien que lo está haciendo Huracán, voy a ser de Huracán” o “ahora voy a ser de Boca”. En política eso era posible y debería ser posible siempre, poder cambiar y acercarte al que lo esté haciendo mejor. Pero ahora, eso que antes era pensable, hoy lo es mucho menos. En ese sentido, también se futbolizó la política”.

El Mundial del 86

Para Caparrós eso fue puro placer. El mismo que siente al relatarlo: “Me acuerdo perfecto de dónde estaba y con quién estaba en el momento del gol de Diego. Lo vi en casa de un tío mío con diez amigos; todos gritábamos, todos celebrábamos. Aquello fue una locura. Ese momento no se me va a olvidar nunca”.

Su relato se desvía hacia los márgenes. Habla de la foto de Dani Yako, esa imagen de Maradona que la AFA ahora reclama como propiedad colectiva, despojando al fotógrafo de su propia mirada.

Hay mucha gente que comenta el futbol, pero sólo él estuvo a cinco metros de Maradona durante todo el recorrido cuando hizo el gol del siglo. Él es Jorge Valdano, un filósofo de pantalón corto que corrió al lado de un Dios sin entender que estaba en el Sinaí hasta que escuchó la radio días después. “Me contó que, durante la ducha, Diego le dijo que lo había visto, pero que no le pudo pasar porque cada que avanzaba aparecía un inglés y lo tenía que gambetear. Y Valdano decía: ‘Este hijo de puta, encima que hace ese gol, viene y me dice esto’.”

Futbolistas. Fotografía de Héctor Guerrero.

Martín se ríe y remata la frase diciendo que hay miles de historias en torno a ese momento, pero yo solo tengo la de tantos, la de millones”.

Años después Jorge Valdano relató que ese día no reparó tanto en el partido, pero que tiempo después escuchó un relato en la radio, en que los locutores de la estación comentaron el momento. Ahí se echó a llorar y comprendió lo que eso había significado y dónde había estado él. Quizá esa sensibilidad era la del escritor que se asomaba.

Qatar 2023

“Hay una máxima que dice que si Argentina gana, tiene que ser sufriendo”. Martín se ríe y luego reflexiona sobre algo más amplio y fundamental en el juego, la suerte.

El VAR, para Caparrós, es un intento tecnocrático de eliminar el azar de la experiencia humana, una especie de lobotomía al drama del juego.

Sobre Qatar 2023, la tesis de Caparrós es puramente probabilística. El futbol, dice, es el deporte de lo infinitesimal. Si la pelota de Montiel se desvía diez centímetros, Messi no es un dios, es un fracaso crónico. Esa fragilidad es lo que lo vuelve adictivo. Es el único deporte que permite que lo injusto sea legal. El VAR, para Caparrós, es un intento tecnocrático de eliminar el azar de la experiencia humana, una especie de lobotomía al drama del juego. La frase que suelta es que “en el futbol lo que define es tan poco definitorio”.

La diferencia de esta conversación son diez centímetros en la trayectoria de una pelota.

Y aquí la charla se vuelve más lenta. “¿Por qué el futbol?”, le pregunto. Él sonríe, una sonrisa de quien ha visto los hilos del teatro y aun así decide pagar la entrada. “No lo sé”, admite. Y en ese “no lo sé” reside, quizás, la única crónica que le queda por escribir. “No lo sé, me lo he preguntado tantas veces: ¿por qué el fútbol?” ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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