Elecciones en Brasil

Un ensayo en el contexto político global

Brasil vuelve a colocarse en el centro de la conversación política latinoamericana. La elección presidencial de este domingo 4 de octubre ocurre en un momento particularmente complejo.

Lula y Flávio Bolsonaro. Captura de pantalla.
La democracia no es el silencio, es la claridad con que se expone una opinión, la confrontación con las opiniones de los demás.
—José Luis Rodríguez Zapatero

El país llega a las urnas profundamente polarizado, con una disputa cerrada entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro; con investigaciones judiciales que han alcanzado a integrantes de la familia Bolsonaro, con una economía que muestra señales contradictorias y con una relación cada vez más compleja con Estados Unidos.

Quizá el interés de esta elección no radique únicamente en saber quién ocupará el Palacio de Planalto durante los próximos años Brasil; vuelve a mostrar, en muchos sentidos, las tensiones que atraviesan actualmente a las democracias latinoamericanas, y esto hace que la elección brasileña sea observada con especial atención desde el resto de América Latina.

No porque todos los países tengan la misma realidad, sino porque muchas de las preguntas que hoy se plantean en Brasil también forman parte de la conversación política de la región.

La confrontación entre Lula y Jair Bolsonaro modificó profundamente el escenario político del país. La elección de 2022 no cerró esa división; por el contrario, dejó una sociedad en la que millones de ciudadanos continúan identificándose con uno u otro proyecto político.

Flávio Bolsonaro ha asumido el papel de candidato de una corriente política que conserva una importante capacidad de movilización. Del otro lado, Lula busca mantenerse como el principal referente del campo progresista brasileño.

Ahora, cuatro años después, el apellido Bolsonaro vuelve a estar en la boleta. Flávio Bolsonaro ha asumido el papel de candidato de una corriente política que conserva una importante capacidad de movilización. Del otro lado, Lula busca mantenerse como el principal referente del campo progresista brasileño.

Las preocupaciones económicas, la seguridad, el costo de vida, el futuro del empleo y la confianza en las instituciones forman parte de una agenda que puede resultar mucho más determinante para los ciudadanos que las etiquetas ideológicas.

En las campañas modernas existe una tentación permanente de convertir cada elección en una disputa entre dos grandes visiones del mundo.

Un ciudadano puede compartir determinadas posiciones de un candidato y discrepar profundamente de otras. Puede valorar los programas sociales de un gobierno y, al mismo tiempo, cuestionar su política económica.

Puede defender determinadas decisiones de la justicia y criticar otras, ya que uno de los aspectos más delicados de la actual elección es la relación entre política y justicia.

Flávio Bolsonaro se encuentra bajo investigación en un caso relacionado con el Banco Master y con el financiamiento de una película sobre su padre. Los involucrados han rechazado las acusaciones de irregularidades.

El problema es que una investigación judicial de esta naturaleza no permanece necesariamente confinada a los expedientes, en un escenario electoral polarizado, cada actuación de un juez puede adquirir una interpretación política.

Y aquí aparece uno de los dilemas más complejos de las democracias contemporáneas: la justicia tiene que investigar cuando existen elementos para hacerlo, pero al mismo tiempo, quienes ejercen funciones jurisdiccionales necesitan conservar la confianza pública en su imparcialidad. Una investigación no significa una condena.

Pero tampoco toda investigación puede ser descartada automáticamente como persecución política, entre ambos extremos existe precisamente el espacio que debería ocupar el Estado de derecho: investigación, pruebas, defensa, debido proceso y decisiones sustentadas en derecho.

Brasil vuelve a colocar este debate en el centro de la discusión pública, quizá ésta sea una de las cuestiones más importantes de la elección, independientemente de quién termine obteniendo la mayoría de los votos.

Porque, cuando la justicia pierde credibilidad, la democracia también pierde uno de sus principales mecanismos de equilibrio. Existe, sin embargo, un factor que puede terminar siendo más decisivo que cualquier discusión ideológica: la economía.

El gobierno de Lula puede mostrar cifras que apuntan hacia determinados avances económicos, pero al mismo tiempo enfrenta preocupaciones relacionadas con el crecimiento, las tasas de interés, las cuentas públicas y el costo del crédito.

El gobierno brasileño redujo recientemente su previsión de crecimiento para 2026 del 2.3% al 2%, mientras que la tasa Selic (la tasa Selic no es más que la tasa de interés en Brasil, es decir, la tasa que se utiliza en todos los procesos que involucran bonos públicos) continúa en niveles elevados.

Los gobiernos hablan de crecimiento, los ciudadanos hablan del supermercado, los gobiernos hablan de inversión, las familias hablan de la hipoteca, los gobiernos hablan de estabilidad, los ciudadanos hablan de cuánto les queda a fin de mes.

Detrás de esas cifras existe una realidad mucho más sencilla, la economía puede crecer y, aun así, una familia puede sentir que su ingreso alcanza para menos.

Puede disminuir el desempleo y continuar existiendo preocupación por la calidad de los empleos. Puede aumentar la inversión y mantenerse la percepción de que acceder a una vivienda o financiar un automóvil resulta cada vez más complicado.

Ésa es una de las características de la política contemporánea: las estadísticas macroeconómicas y la percepción ciudadana no siempre avanzan en la misma dirección.

Los gobiernos hablan de crecimiento, los ciudadanos hablan del supermercado, los gobiernos hablan de inversión, las familias hablan de la hipoteca, los gobiernos hablan de estabilidad, los ciudadanos hablan de cuánto les queda a fin de mes. La distancia entre ambos discursos puede terminar convirtiéndose en un problema político.

La elección brasileña tampoco puede entenderse sin mirar hacia Washington. La política comercial de Donald Trump ha tenido consecuencias sobre Brasil y los aranceles estadounidenses se han convertido en parte de la discusión electoral.

La situación resulta especialmente interesante porque el bolsonarismo mantiene vínculos políticos con sectores conservadores estadounidenses, mientras que el gobierno de Lula ha defendido una política exterior orientada hacia una mayor autonomía y una relación diversificada con las principales potencias.

De esta manera, una elección nacional comienza a estar atravesada por factores internacionales. Lo que sucede en Washington tiene consecuencias en Brasil, lo que sucede en Pekín también, lo que ocurre en Brasilia repercute en el resto de América Latina.

Ésta es probablemente una de las características más importantes de la política contemporánea: las fronteras nacionales siguen existiendo, pero los problemas políticos y económicos ya no respetan esas fronteras con la misma facilidad.

Una decisión arancelaria puede afectar una elección, una declaración de un presidente extranjero puede alimentar una campaña, una investigación judicial puede convertirse en un asunto internacional.

Por eso resulta difícil observar las elecciones brasileñas únicamente como un acontecimiento interno. Brasil representa casi por sí mismo una parte importante del peso político, económico y diplomático de América Latina.

Lo que ocurra en ese país tendrá consecuencias en sus relaciones comerciales, en la política regional, en los BRICS, en su relación con Estados Unidos y en la manera en que América Latina negocia con las grandes potencias. También tendrá efectos indirectos sobre países como México.

No necesariamente porque ambos países tengan que recorrer el mismo camino, sino porque las decisiones de las dos mayores economías latinoamericanas inevitablemente terminan influyendo en el entorno regional.

México y Brasil tienen realidades distintas, historias políticas diferentes y relaciones internacionales que responden a circunstancias particulares.

Hay algo particularmente llamativo en la experiencia brasileña, cuando una sociedad permanece demasiado tiempo dividida entre dos grandes bloques políticos, cada elección corre el riesgo de convertirse en una especie de plebiscito sobre todo lo ocurrido anteriormente.

Sin embargo, existen preocupaciones que atraviesan a ambos: crecimiento económico, seguridad, desigualdad, confianza institucional, calidad de los servicios públicos y la necesidad de mantener relaciones internacionales que permitan defender los intereses nacionales sin cerrar las puertas a la cooperación.

Quizá por eso mirar hacia Brasil resulta interesante. No para buscar respuestas que puedan trasladarse mecánicamente a México, sino para observar lo que ocurre cuando una sociedad permanece durante años atrapada en una confrontación política de enorme intensidad.

Hay algo particularmente llamativo en la experiencia brasileña, cuando una sociedad permanece demasiado tiempo dividida entre dos grandes bloques políticos, cada elección corre el riesgo de convertirse en una especie de plebiscito sobre todo lo ocurrido anteriormente.

La elección deja de discutir únicamente el futuro, también se convierte en un juicio sobre el pasado cada candidato termina cargando con la historia, los aciertos, los errores y las controversias de su grupo político.

El resultado puede ser una democracia permanentemente en campaña, una democracia en la que las instituciones son observadas desde la misma lógica de la confrontación partidista. Los tribunales pueden ser vistos como aliados o enemigos, los medios de comunicación como favorables o adversos y los organismos electorales como confiables o sospechosos dependiendo de quién interprete sus decisiones.

Por eso, aunque los nombres de Lula y Bolsonaro concentren buena parte de la atención, la elección brasileña representa algo más amplio, está en juego la relación entre política y justicia.

Es probable que, después de octubre, Brasil siga enfrentando prácticamente los mismos problemas que enfrenta hoy. Cambiará el gobierno, pero permanecerán las necesidades de la población, continuarán las discusiones sobre seguridad, economía, empleo, desigualdad, impuestos, comercio y política exterior.

Y ahí está quizá la parte más interesante de cualquier elección, los candidatos compiten por el poder durante unos meses, pero las sociedades tienen que convivir durante muchos años con las consecuencias de las decisiones que toman. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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