El futuro de internet

El ciberespejo se mira a sí mismo y despierta de un largo sueño

La revolución digital no ha terminado y cada día sorprende con nuevos inventos y desarrollos, como el espejo computarizado y conectado siempre a la red. ¿Cómo será internet, con cuarenta años ya de vida, dentro de unos años?

Internet es una cuarentona, segura de sí misma, autosuficiente, golosa, vociferante, sabia, práctica, políglota, curiosa y a la vez extraordinariamente flexible. Su presencia en nuestras vidas es apabullante y absorbente. Nos entregamos a ella confiados y seguros. La experiencia casi siempre es satisfactoria. Aunque, como suele sucedernos cuando cruzamos esa edad, internet ha dejado de parecer sexy y no importa que nos ofrezca inmensas cantidades de pornografía ni que nos prometa una vida social e interactiva rica y fabulosa. La realidad es que ya no sentimos lo mismo al acercarnos a ella. La novedad de la banda ancha y el wi-fi, que sin duda nos han cambiado la vida, se siente hoy como algo completamente asimilado, tan indispensable como la sal. Es fácil perder de vista un tiempo muy cercano en que era inconcebible ver películas en streaming o checar el correo electrónico en cualquier Starbucks. A fuerza de darnos tanto en tan poco tiempo internet nos ha echado a perder. Es evidente que ningún medio ha tenido un desarrollo tan vertiginoso y sorprendente como éste. Sería ingenuo imaginar que hemos llegado o nos hemos acercado a una especie de final de la historia digital. La red está condenada a cambiar o desaparecer para dejar su lugar a algo mejor. Por lo pronto, como en otras relaciones estables y quizás monótonas, tenemos la tentación de buscar otras posibilidades tecnológicas existentes o imaginarias.

La relación a veces frívola y “casual” que mantenemos hoy con la red podría hacernos imaginar que este medio fue creado para nuestro entretenimiento y desarrollo. No debemos olvidar que en el origen fue La Bomba y que ella propició la aparición de la computadora. No por nada John von Neumann, ese delirante genio que desconocía el remordimiento, escribió en 1946: “Yo estoy pensando en algo mucho más importante que bombas. Estoy pensando en computadoras”. El trabajo para crear la bomba atómica requirió de un poder de cómputo inmenso. Se puso en evidencia entonces que la capacidad de los ejércitos de computadoras (mujeres equipadas con sumadoras) no era suficiente para realizar los miles de cálculos necesarios, en un mínimo de tiempo, para determinar las condiciones ideales para comenzar una explosión nuclear. La llegada de la gigantesca computadora ENIAC dio inicio a una nueva era en que las matemáticas permitían la creación de dispositivos capaces de arrasar a la humanidad.

El problema de la supervivencia de la web como la conocemos depende de neutralidad de la red, el concepto sacrosanto de la igualdad de derechos de todas y cualquier página y que protege la información que viaja por la red para que ésta no sea discriminada. Hoy esa regla se tambalea porque el gobierno estadounidense y varios más han dejado de protegerla con la intención de crear “carriles de alta velocidad” y paga en el ciberespacio.

“La simulación numérica de las reacciones en cadena dentro de las computadoras inició una reacción en cadena entre computadoras, con máquinas y códigos proliferando de manera tan explosiva como el fenómeno para el que habían sido diseñadas a ayudarnos a entender”, escribe George Dyson en su fundamental Turing’s Cathedral. De manera semejante internet surge por el interés del ejército de crear canales de vínculo e intercambio de información entre instituciones de investigación involucradas en programas militares. Pero esta herramienta militar de comunicación y cálculo pronto fue utilizada por científicos civiles y más tarde por una variedad de amateurs que en poco tiempo se pusieron a reinventarla. Estos exploradores del naciente ciberespacio fueron impregnándolo de un espíritu transgresor. La red en poco tiempo se convirtió entre otras cosas en una poderosa plataforma para la disidencia. Así, de la rigidez mental de los matemáticos, ingenieros y físicos que trabajan en problemas bélicos la red pasó a ser también un territorio del caos, un megacentro comercial planetario y un campo de proezas exóticas de programación, hackeo y crackeo. Esta esquizofrenia le ha dado su peculiar carácter a internet y en particular a la web, una entidad abierta que vive hoy un asalto desmesurado debido a la aparición de numerosos espacios privados como Facebook y Amazon, los cuales crecen vertiginosamente y se apoderan de grandes yacimientos de valiosos datos personales.

Es claro que el cisma entre una red abierta y una cerrada altamente controlada al estilo de lo que hace Apple con sus productos no se resolverá pacíficamente. Desde hace tiempo la open web ha querido ser presentada como un territorio peligroso; hoy no faltan quienes tratan de satanizar de manera fanática la experiencia de la libertad en la web. Hace algunos años cada vez que un cibernauta deseaba salir del estricto, insuficiente y mediocre entorno de uno de los portales dominantes de la antigüedad recibía un ominoso anuncio de peligro: ¡Cuidado! ¡Está usted a punto de salir de Compuserve! Hoy Compuserve y muchos de los portales que trataban de controlar a los cibernautas han desaparecido. En su lugar las redes sociales también prometen un refugio contra los territorios salvajes donde proliferan la pornografía, los virus, los ladrones de identidades, los cyberbullies, las novias rusas por pedido y los príncipes nigerianos que prometen un enorme botín a cambio de nuestra información bancaria. Esta imagen de decadencia, abandono y riesgo es uno de los pretextos usados por el difunto Steve Jobs o Mark Zuckerberg para crear entornos protegidos, suburbios digitales de armonía y paz. Steven Johnson escribe en el Times: “El App Store debe estar clasificado entre las plataformas de software más cuidadosamente vigiladas en la historia”. Apple y otras empresas están convencidas de que su negocio en un futuro cercano dependerá de lo bien que puedan proteger la ilusión de seguridad, la fantasía de que sus productos son especiales, superiores y únicos. Así, dispositivos como el iPad, el iPhone, Xbox y Tivo entre otros han sido desarrollados con la clara intención de permitirnos cibersurfear sin usar la web, de limitar nuestro divagar a un cautiverio feliz en sus propiedades.

El problema de la supervivencia de la web como la conocemos depende de neutralidad de la red, el concepto sacrosanto de la igualdad de derechos de todas y cualquier página y que protege la información que viaja por la red para que ésta no sea discriminada. Hoy esa regla se tambalea porque el gobierno estadounidense y varios más han dejado de protegerla con la intención de crear “carriles de alta velocidad” y paga en el ciberespacio.

La web será difícil de reemplazar, pero una vez que aparezca una nueva tecnología que logre cautivar nuestra imaginación y dominar nuestra atención es probable que recogeremos nuestros bits y bytes y nos mudaremos a ella dejaremos morir a la cuarentona, cual viejo télex o decrépito fax. Toda predicción tecnológica está condenada al ridículo pero podemos inferir, asumiendo que inevitablemente estaremos equivocados, que las siguientes revoluciones digitales tendrán que ver con interfaces y con dispositivos de control y acceso, la mayoría disueltos en el tejido ambiente de la mediósfera y conectados a intereses corporativos. Es probable que los dispositivos que ofrezcan experiencias de realidad ampliada-aumentada-mejorada tendrán un gran desarrollo en los próximos años. Y si algo es seguro es que cada día más aparatos tendrán posibilidad de navegar la red. La conectividad no será exclusiva de los GPS, los televisores y los ciber-refrigeradores, que ya comienzan a popularizarse por la promesa de que podrán ordenar ellos mismos la lista de víveres al supermercado, pues hasta los dispositivos más absurdos navegarán la red por los motivos más irrelevantes y extraños, como las camisetas que pueden presentar el status actualizado de la página de Facebook del portador.

Es fácil imaginar que pronto terminará el reino de los dominios .com. La diversificación de extensiones creará una nueva ecología en la red. No tiene sentido que blogs personales y páginas de artistas estén etiquetadas como si fueran espacios comerciales. Incluso es probable que las direcciones de la web o URLs sean disimuladas bajo varios niveles de información, para hacer más “amigable” y simple la navegación al usar referencias fáciles de memorizar y evocar. Esto sin duda se traducirá en que inevitablemente ciertos sitios dominarán las búsquedas de manera apabullante (aún más de lo que sucede ahora), ya que contarán con nombres fácilmente memorizables.

No hay duda de que aumentará de manera exponencial el permanente diálogo entre máquinas, un intercambio del que estaremos excluidos y que nos permite imaginar un futuro apocalíptico al estilo de la pesadilla terminatoriana de Skynet. “Si el internet de los noventa trataba de conectar información y el de los 2000 consistía en conectar gente, el internet de esta década se dedicará a conectar cosas”, informa la empresa de asesoría Gartner.

Entre los elementos que pronto vendrán a incrustarse en nuestra experiencia cotidiana en la mediósfera están los programas de reconocimiento de comandos hablados. Cada vez dictaremos más órdenes a nuestro software, el cual interpretará nuestras palabras al estilo de los sistemas de voz telefónicos usados cada vez más por las corporaciones o por el programa de la asistente Siri de iPhone (la cual podrá ser eficiente una vez que corrijan su mentalidad colonialista y su incapacidad de entender a cualquiera que tenga el más ligero acento exótico). Los programas que traducen de texto a habla y viceversa han mejorado de manera notable en los últimos años y probablemente serán adoptados masivamente por diversas aplicaciones, especialmente en dispositivos móviles.

La forma más simple y vacía de imaginar el dispositivo doméstico ideal del futuro cercano es como un espejo que no solamente nos ofrezca nuestro reflejo, sino que nos muestre actualizaciones de las redes sociales, nos proponga ejercicios y diariamente evalúe nuestros signos vitales, nos dé el pronóstico del tiempo, nos haga un breve resumen de las últimas noticias, nos explique las condiciones del tráfico, juzgue nuestra vestimenta, higiene y peinado y quizás concluya confirmándonos que somos los más hermosos de todos. Una versión de semejante espejo existe en la forma del Cybertecture Mirror, que cuesta alrededor de cinco mil dólares, y aunque se han vendido apenas unos quinientos, Cybertecture espera abaratar su producto a menos de mil dólares y masificarlo. Éste sería un paso más hacia la eventual desaparición de la computadora como tal.

No hay duda de que aumentará de manera exponencial el permanente diálogo entre máquinas, un intercambio del que estaremos excluidos y que nos permite imaginar un futuro apocalíptico al estilo de la pesadilla terminatoriana de Skynet. “Si el internet de los noventa trataba de conectar información y el de los 2000 consistía en conectar gente, el internet de esta década se dedicará a conectar cosas”, informa la empresa de asesoría Gartner.

Ahora bien, si de especular se trata, podemos aventurar que por supuesto todo terminará en aquel instante mágico de singularidad cuando la red, esa cuarentona o cincuentona o sesentona, despertará de su letargo, tomará conciencia de sus alrededores, mirará arriba, abajo y a los lados y se preguntará: ¿Por qué tengo todas estas extrañas rémoras de carne y hueso a mi alrededor? Para entonces seremos tan dependientes de la red que antes de entender lo que ha sucedido la especie humana habrá pasado a sumarse a la lista de especies en extinción. Un medio nacido de la voluntad de exterminio con bombas de inmenso poder cumplirá entonces con su destino. ®

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Publicado en: Destacados, Internet hacia el futuro, Septiembre 2012

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