¿POR QUÉ A LOS HOMBRES NOS GUSTAN LAS CABRONAS?

Ideas dispersas sobre el deseo y la fantasía

Ibargüengoitia, Sábato, Kafka. Las calientahuevos, las tapatías, las casadas. Lo cursi, las mentiras, las anécdotas. El autor busca una respuesta en la divagación.

Lo que más me gusta de Gloria es su ingenuidad. Es una muchacha que carece por completo de malicia. ¿Crees tú que eso sea anormal, que me atraiga una mujer por honesta? A veces se me ocurre que soy un degenerado.
—Jorge Ibargüengoitia

Perfil psicológico de la cabrona

Las cabronas vienen en todos los disfraces, caben en cualquier piel y aparecen sigilosas en los lugares más insospechados: un confesionario, un circo, una oficina, un museo, un camión. Aunque existen patrones en su comportamiento, no los hay en su personalidad, algunas son alegres, otras entristecen como girasoles o son oscuras como las pesadillas de un anciano. En la mayoría de los casos, esto podrán atestiguarlo muchos, las cabronas pertenecen a la tradición de la Gorgona.

La balsa de la medusa, Théodore Géricault

La cabrona demanda atención y utiliza los métodos más retorcidos para conseguirlo. Cuando lo hacen envolviéndote en su misterio es uno de los prodigios máximos de la seducción; cuando te manipulan con mentiras que parecen mentiras, sólo provoca patetismo.

Mayormente son mentirosas compulsivas, se creen sus propias mentiras, tanto que si creyeran que sangran, sangrarían. Es común que una mentira lleve a otra, por lo mismo evaden su realidad y cualquier responsabilidad con ella, así como con el otro. Tienen problemas de confrontación, la verdad las hace miserables. Se autojustifican cualquier acto o actitud porque en algún momento de su educación les inculcaron restringidos valores de comportamiento, niegan su propia naturaleza porque les enseñaron a asociarla con el mal, le temen al castigo porque fueron castigadas. Lloran en silencio. Las cabronas, en ese sentido, son vulgares cristianas cualquieras. Son egoístas, es curioso que pasen por insensatos procesos mentales eludiendo las consecuencias, pero al final sus decisiones terminan perjudicándolas más, uno puede dedicarle una vida a huir de su realidad, pero tarde o temprano te alcanza y te pone una madriza épica. Por esa misma mecánica les cuesta trabajo crear apegos, caminan tomadas de la mano del viento. La cabrona demanda atención y utiliza los métodos más retorcidos para conseguirlo. Cuando lo hacen envolviéndote en su misterio es uno de los prodigios máximos de la seducción; cuando te manipulan con mentiras que parecen mentiras, sólo provoca patetismo. Por miedosas están condenadas a vivir en la perene insatisfacción.

El deseo y la desilusión

Anuncié en el Facebook el tema de esta columna y Paco Marín, un estimado amigo teatrero en Mérida, me hizo llegar una recomendación con todo y una pista: lo fácil nos apaga el deseo. La escena que me sugirió Paco aparece en la obra El Público de Federico García Lorca y trata de una figura cubierta por cascabeles y otra por pámpanos que se persiguen y se eluden, danzando, huyendo de cualquier definición a través de un juego de asociaciones libres. Si tú eres X, yo seré Z, si tú eres Z, yo seré un faro de luz. El fragmento es una clara representación del deseo, el nutriente del que se alimenta una cabrona, sentimiento primigenio, fuerza creativa y creadora, energía amoral, manifestación absoluta de poder. En la misma escena se intercalan constantemente los roles del perseguido y el perseguidor, el deseado y el deseante, nunca conviven los dos. La imposibilidad fascina, la materialización desilusiona. Me detengo por ahora, racionalizar el deseo es de mala educación.

Figura de Pámpanos: cuando rondas el lecho y los objetos de la casa te sigo, pero no te sigo a los sitios adonde tú, lleno de sagacidad, pretendes llevarme. Si tú te convirtieras en pez luna, yo te abriría con un cuchillo, porque soy un hombre, porque no soy nada más que eso, un hombre, más hombre que Adán, y quiero que tú seas aún más hombre que yo. Tan hombre que no haya ruido en las ramas cuando tú pases. Pero tú no eres un hombre. Si yo no tuviera esta flauta, te escaparías a la luna, a la luna cubierta de pañolitos de encaje y gotas de sangre de mujer.

Mujeres de perla

Las tapatías tienen una forma petulante de ser cabronas, no te miran a los ojos cuando te conocen, me da la impresión de que si les hablas sucio se van a persignar.

Lo cursi

Blow-up, de Antonioni

Cabrona, te quiero desde antes de haber nacido, te vengo imaginando desde otra vida y sé que cuando muera será asfixiado entre tus muslos fuertes como armaduras y tu clítoris de aguijón. También sé que eres una sola ninfa compuesta de todas las mujeres que he deseado y que tu cuerpo pierde una prenda o revela una nueva mueca cada vez que conozco a una mujer más. Es por eso que a veces tu lunar se muda de la comisura de tu boca a la areola de tu pezón, a tu pubis le crece el pelo de un día a otro, tus ojos conmueven y ametrallan, a veces muerdes cuando besas y otras tantas no te dejas besar. Sólo te reconozco porque me veo a mí en ti y siempre estoy como gritando de angustia, como gritando de triste, como volando de esperanza. Soy un hombre cursi, un escritor cursi al que le ocurren experiencias cursis como volver a descubrir de adulto las maravillas de recorrer la ciudad en bicicleta o recuperar la fe en la humanidad porque hay un nuevo perro en la casa. Pero uno no puede vivir así, no es justo, me están ocurriendo episodios extraños por tu culpa, llevo varias vidas sin dormir, he perdido amistades, me he aficionado a la bebida, mis cicatrices se han ido expandiendo y a mí me urge que se me caiga la piel; estoy envejeciendo rápido, sólo espero que te mueras pronto o que yo madure en un golpe de amanecer y aprenda a querer a una mujer, dulce y tierna, que me quiera también.

La calientahuevos

Techingus Eltragus Ymevoyconelnegrus. Perteneciente a la especie Squamata. Nocturna, carnívora, invertebrada; alas de oro, garras de bronce y colmillos de jabalí. Tienen las escamas cubiertas de piel. La locomoción la realiza mediante ondulaciones laterales del cuerpo en la zona cintura-caderas-nalgas, las subespecies bailan reggaetón y las virtuosas salsa. Utilizan sus colmillos para infectar a su víctima de fantasía y luego succionarla de vuelta, dejan el cuerpo tirado, inerte, derrotado, cadavérico… junto a una botella de mezcal y un recipiente para cacahuates que parece un cenicero.

Una anécdota

No quise volver a verla, supe que una segunda cita hubiera sido suficiente para quererla y así como el VIH infecta las vías circulatorias, enamorarse de una cabrona envenena la respiración.

Una vez salí con una mujer que había estado en el manicomio. Antes de verla me advirtió que los hombres terminaban huyendo de ella porque sus ideas les provocaban un miedo fatal, eso, por supuesto, me excitó aún más. Yo conducía borracho a 140 kilómetros por hora, gritando por la ventana, así, así, que lo escuchen todos, mientras ella me agarraba la verga y me recitaba un poema de Blake al oído. Paramos en un clandestino por unas caguamas, bebimos un rato, me cantó una canción de Syd Barret y otra de Neil Young, desafinada, perfecta. Le pregunté si era posible conocer a una mujer en una sola noche, se levantó casi pausada, sin preocuparse por su minifalda, dio vueltas en círculo y comenzó a lanzarme con violencia sus libros más queridos, sus discos favoritos y finalmente su diario. Lo leí durante media hora sin hablar, me corté sin querer con sus páginas, unté la sangre en un cigarro y se lo encendí para que lo fumara. Después cogimos como adentro de un manicomio. No quise volver a verla, supe que una segunda cita hubiera sido suficiente para quererla y así como el VIH infecta las vías circulatorias, enamorarse de una cabrona envenena la respiración.

Un fragmento de José María Álvarez

Y ah, cómo retoza,
cómo brilla, fantástica, a las luces
de este bar, qué hermoso es ese rostro
sin destino, excitante, cómo mastica
nuestras entrañas, ese juguillo que le resbala
por la comisura de los labios…

Por fin, la quintaesencia
de la sonrisa de la Esfinge,
morfina de la desesperación,
que bailará, llamándonos
más allá de la cenizas, las ruinas, los despojos,

por fin, la dulce mano
que sostendrá, arrancado del cadáver,
el corazón aún latiendo del Horror.

Ibargüengoitia y las cejas de mujer

Esta semana tuve, a partir de una cita de Ibargüengoitia que posteé en Facebook, una amena conversación sobre las cejas de las mujeres.

Cejas: las de los hombres son espejo de la sexualidad. Las pobladas son indicio de un miembro viril muy desarrollado, las que se unen en el caballete reflejan un temperamento apasionado e insaciable, las que al llegar a la sien se dividen en varias hileras de pelos son en cambio signo de un carácter voluble y propenso …a la depravación. Las cejas de las mujeres no son indicio de nada.

Mi amiga Fiera se opuso al comentario y juró por los siglos de los siglos que no leería a Ibargüengoitia, no importa cuánto se lo recomendaran. Unos cuantos comentarios y manos con el pulgar arriba más tarde pude llegar a ciertas conclusiones. 1) Las cejas de la mujeres, maquilladas, depiladas, tatuadas, son una extensión de su racionalidad, no de su naturaleza, y por ende debemos ser precavidos a la hora de leer sus señales. Las cejas cifran los mensajes más simples. 2) Me encantan pobladas, despeinadas, unicejas, pintadas por un fino pincel y no descarto del todo que si algún día conociese a una mujer cuyas cejas le cercaran los ojos, podría gustarme también.

Una especie en extinción

La Mujer Mamasota de la que habló Guillermo Samperio, la que se pasea por el centro del Distrito Federal, arranca los chiflidos de los burócratas y le da aliento a la creatividad alburera de los albañiles, la del peinado esponjado, los tacones altos, el maquillaje excesivo, la que de vez en cuando se deja pellizcar las nalgas y si eres afortunado te deja invitarle un trago y llevarla a un motel. Por ellas que están en peligro de extinción, porque vulgarizaron-vulvarizaron la coquetería nacional y dignificaron la cabronés de la ciudad de los palacios: brindo.

Las casadas

Existen dos grandes riesgos de tener un romance con una mujer casada, el primero es que te sorprenda el marido, el segundo es que tenga una escopeta.

El deseo y la ilusión

Las mujeres de Fellini

Lolita plantea una posibilidad perturbadora: la cabrona sólo existe en la mente del hombre. Retomé algunos capítulos del libro pensando que me encontraría con el personaje de la nínfula mucho más seductor, más agresivo sexualmente; sin embargo, releyendo las descripciones quirúrgicas de Nabokov, me queda claro que Lo-Lola-Dolly-Dolores es una niña de catorce años bella y estándar, el resto es producto de la imaginación y la locura de Humbert Humbert. Percibimos al otro no a partir de lo que es, sino de lo que deseamos que sea; las relaciones, en todas sus formas, son un juego de navajas e ilusiones. Cuando la niña se sienta inocentemente en el sofá con el pedófilo, intentando recuperar una revista, él lo describe como “el más prolongado éxtasis experimentado jamás por hombre o monstruo”. Éste, por supuesto, no sería el único caso, desde Helena, pasando por Dulcinea, llegando a la última palabra que se escribe cada día, la idealización del hombre en todas las manifestaciones de la ficción y la poesía es una contribución tan grande a la humanidad como la de cualquier ciencia, realmente no somos tan interesantes y si se nos ocurre decir que las cejas de la mujer no son indicio de nada, a pesar de que seguramente lo son, es porque este mundo sería inhabitable si no lo significáramos imaginándolo con las más elegantes mentiras.

En Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, la percepción y el amor que tiene Martín por Alejandra está determinado por sus propios miedos, los miedos son también fantasías. Esta idea se explicita constantemente en una obra menor del argentino, El túnel.

Me sentí grotesco y pensé vertiginosamente que todo lo que había pensado y hecho durante esos meses era el colmo de la desproporción y del ridículo, una de esas típicas construcciones imaginarias mías, tan presuntuosas como esas reconstrucciones de un dinosaurio realizadas a partir de una vértebra rota.

La escritura de Kafka se inspiró en cierta medida en la ilusión de su mujer Felice Bauer como la lectora ideal, la que vive el mundo como quien lee un libro y lee un libro como quien vive un mundo.

La bailarina Eduardova, al aire libre, no es tan bonita como en escena. El color pálido, esos pómulos que tensan la piel hasta el punto de que apenas si puede mover la cara, la nariz grande que surge como de una cavidad, con la que no se pueden gastar bromas… tales como comprobar la dureza de la punta o cogerla delicadamente por el hueso y moverla de un lado a otro, diciendo: ahora sí vas a venirte conmigo.

En El libro del desasosiego, Bernardo Soares resume la idea como sólo Pessoa podría hacerlo.

Te estoy esperando, en un devaneo, en nuestra habitación de dos puertas, y te sueño viniendo y en mi sueño llegas hasta mí por la puerta de la derecha; si en cambio, cuando entras, lo haces por la puerta de la izquierda, hay ya una diferencia entre tú y mi sueño. Toda la tragedia humana está presente en este pequeño ejemplo que dice cómo aquellos con quienes pensamos nunca son aquellos en quienes pensamos.
Los estereotipos del hombre y la mujer, así como la exploración de su maldad, siempre han sido un componente importante de las mejores narrativas. Hay que partir de esos arquetipos para después adentrarnos en sus pensamientos y descubrir sus complejidades particulares.

El tema del machismo está implícito en esta columna y en cualquier texto que emita juicios sobre el género femenino. Los estereotipos del hombre y la mujer, así como la exploración de su maldad, siempre han sido un componente importante de las mejores narrativas. Hay que partir de esos arquetipos para después adentrarnos en sus pensamientos y descubrir sus complejidades particulares. Hace algunos meses Heriberto Yépez publicó un artículo lamentable sobre el machismo en las novelas de Sábato y Cortazar donde reducía los personajes femeninos de ambos a réplicas exactas de las canciones de Vicente Fernández. Las mujeres de Sábato también son muy inteligentes, críticas de su época, libres y si se ven bien en minifalda es porque el personaje lo demandaba y si los hombres las perciben con lentes machistas es porque así ocurre en la realidad, son ellos los que terminan pareciendo enfermos, sería irresponsable escribirlo de otra forma. El lector debe tener una moral propia, ajena al texto, que le permita formular sus propios juicios.

Las cabronas nos distancian de la realidad ordinaria y nos acercan a un mundo de misterio donde uno deja de existir para comenzarse a leer.

Hipótesis dispersas

Si descartamos la teoría de que sean un producto de nuestra imaginación, sólo queda la posibilidad de que sea trate de una condición real y tenga una lógica. Se me ocurren algunas explicaciones comunes para este dilema que le acontece más a la cuántica que a mí; la carga histórica de marginación hace que las mujeres busquen reafirmar su posición de poder y control; como dijo Freud: el que sale de una vagina cabrona, siempre querrá regresar a ella; quizás se autoprotegen, la cabronés es un falso riesgo; tal vez el hombre busca desesperadamente el drama dentro de los modelos de vida anestesiados o carga con una culpa que busca equilibrar con un castigo proporcional; podría ser una revancha contra el padre; una naturaleza desapegada; una construcción social; una tradición; un gen. Confundido y angustiado me encuentro en la sala con Juan Esteban, el amigo narrador con el que vivo, la clase de persona que se levanta a las cuatro de la madrugada, lee un libro y se regresa a dormir. ¿Cuál crees que sea la característica distintiva de las mujeres cabronas?, le pregunto. Ser mujer, responde primero en broma. Se aprovechan de la parte femenina del hombre porque la conoce bien y por ese flanco embiste, añade con mirada maniaca después de darle un sorbo apaciguado a su café. Resignado me asomo por la ventana, me quedo ahí un rato, no me queda otro remedio que aceptar esta existencia miserable: triste y calenturiento. ®

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Publicado en: Octubre 2010, Todos los puentes quemados

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