El blues del padre y el hijo

West Coast Seattle Boy, de Jimi Hendrix

En el documental que acompaña al reciente West Coast Seattle Boy, una jugosa antología de grabaciones encontradas de Jimi Hendrix, se narra como al pasar una anécdota de los comienzos de la carrera del guitarrista. “Tuve la oportunidad de tocar para John Hammond Jr. en Café Au Go Go”, relata la voz en off. “Bob Dylan también estaba allí”.

En realidad, aquel hecho fue algo más que un encuentro fortuito. A finales de 1966 Hendrix actuaba regularmente en el Café Wah de Nueva York, pero no estaba pasando por un buen momento. Necesitaba otro aire. Una noche lo vio actuar el músico Hammond Jr. y quedó deslumbrado por su performance a tal punto de ofrecerle unirse a su banda apenas terminado el show. Hendrix lo vio como su salvoconducto, y durante cuatro semanas ambos ofrecieron conciertos memorables en el Café Au Go Go, un club de moda del Greenwich Village. Además de Dylan, durante aquel mes también lo vieron actuar varios popes del rock & roll, incluidos los Beatles y los Rolling Stones.

Esos shows fueron su espaldarazo definitivo. Por esa misma época Hendrix conoció a Chas Chandler, bajista de The Animals, quien lo convenció de viajar a Londres para firmar su primer contrato discográfico y armar el legendario trío The Experience. El resto es historia.

La pregunta es cómo un músico errante, casi un vagabundo, consiguió audicionar y luego actuar para la banda de un showman tan importante. Christian venía de una familia de músicos y tenía cierta inventiva al fabricar sus propios instrumentos con cajas de madera, de allí la instalación de un dispositivo eléctrico.

Ahora estamos en agosto de 1939, casi treinta años antes de la revolución psicodélica de Hendrix. Un desconocido guitarrista actúa frente al clarinetista Benny Goodman, el Rey del Swing, como solían llamarlo por aquellos años. Si bien en un momento desconfía del extraño por su vestimenta barata y aspecto de callejero, Goodman tiene una especie de epifanía cuando el tipo se pone a tocar. Le llamó la atención la fluidez de los fraseos, parecidos a un instrumento de viento, y también el sonido enchufado, ya que por esa época la guitarra eléctrica era toda una novedad. El violero ignoto era Charlie Christian, figura esencial para los guitarristas de jazz de las generaciones posteriores.

La pregunta es cómo un músico errante, casi un vagabundo, consiguió audicionar y luego actuar para la banda de un showman tan importante. Christian venía de una familia de músicos y tenía cierta inventiva al fabricar sus propios instrumentos con cajas de madera, de allí la instalación de un dispositivo eléctrico. Un día lo vio tocar un empleado del sello CBS que solía frecuentar los antros de jazz en busca de nuevos talentos. Le gustó su estilo y fue él quien se lo presentó a Goodman.

Según sea quien las interprete, las casualidades pueden ser obra del azar o producto del destino: resulta que quien lo descubre se llama John Hammond y, de acuerdo con las fuentes bibliográficas, fue el padre del que rescató a Jimi Hendrix de las oscuridades del Café Wah.

La historia podría ser una de esas coincidencias caribeñas que tanto le gustan a García Márquez si no fuera porque los hechos se desarrollan en ciudades de los Estados Unidos e involucran a personajes tan decididamente urbanos. Por otra parte, decir que cada uno descubrió a guitarristas fundamentales del jazz y el rock es también dar cuenta, simbólicamente, de que ambos géneros están unidos por una tradición que tiene algo de familiar. El otro pariente, indudablemente, sería el blues. ®

Archivado en marzo 2011, Música

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  • http://www.carlosfilibertocuellar.blogspot.com carlos filiberto

    Hermosa narración, vuelve a los rockanroleros como héroes literarios. Se me antoja desempolvar mis discos de Hendrix….!!

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