El capo sin territorio

El Cártel del Océano Pacífico

¡Ya no tenía territorio que defender! ¿A quién le cobraría derecho de piso si ya no había piso? ¿En que tierra enterraría a mis enemigos? ¿En donde cavaría mis narcotúneles y mis narcofosas? Ay, pobre de mí.

Me enteré de que la Alta y la Baja California se habían hundido porque le marqué a mi esposa y me mandaba al buzón. Mi mujer siempre responde. Vivía con el teléfono metido en el culo, y que no contestara sólo podía significar el fin del mundo. Quizá la cabrona ni siquiera lo soltó para nadar y salvarse.

Peor aun cuando le hablé a su hermana y nada. Marqué a casa de Alberto, de Rafa, de Heriberto, de Gil, de Sandra, a la mamá de Rafa; incluso marqué a casa de mis hijos, y tampoco nada. Encendí el televisor y ahí estaba. Eran las cuatro y media de la madrugada y la caja tonta anunciaba con voz alarmada de locutor egresado del ITESO que entre la falla de San Andrés y sus hermanitas Garlock y Calaveras el asunto había terminado por colapsarse, para además inundar la costa de Arizona, Oregon, Nevada, Sonora, Sinaloa y Nayarit.

Por supuesto, eran chingaderas. El asunto sucedió cuando yo estaba encumbrado como el narco más poderoso del cártel de Tijuana, de visita en Cuernavaca, a cinco horas de sentarme frente a los jefes de los cárteles de Sinaloa, el Golfo y Juárez. Si me presentaba ahora con ellos lo más probable es que se cagarían de risa mirándome la jeta como de rey sin reino. Como padrote sin prostitutas. Y me coserían a balazos, si bien me iba.

Cualquiera entendería que a falta de Tijuana, llegar a cualquier sitio presentando credenciales de jefe de un cártel sin territorio sólo convoca a la pena ajena o a preguntas dolorosas y tristes como ¿qué se siente haber perdido todo?

Consternado entonces porque había dejado de ser capo por razones geográficas que todavía estaban fuera de mi entendimiento, me puse a recordar cuando mi camarilla y yo paseábamos por Tijuana, encamionetados y con mucha coca en el pescuezo, y mujeres para celebrar lo que siempre celebrábamos: ser los dueños de todo. Ahora —me dije— soy dueño de nada. Y ni el dinero que tenía en las muchas lavamáticas bancarias me consolaba. Yo quería mi Tijuana para poder decir: soy el jefe de jefes en esta ciudad, y para trabajar aquí tienen que hablar conmigo.

En vez de eso salí a caminar, y aunque el clima era inmejorable, yo estaba desconsolado. Ya no quería nada con la vida. ¡Ya no tenía territorio que defender! ¿A quién le cobraría derecho de piso si ya no había piso? ¿En que tierra enterraría a mis enemigos? ¿En donde cavaría mis narcotúneles y mis narcofosas? Ay, pobre de mí. De verdad sólo quería darme un balazo en el mero corazón. Como se suicidaban los hombres antes. No como ahora, en la cabeza, que quedan con los sesos de fuera y el rostro descuadrado. Eso echa a perder el velorio. La gente se asusta y no luce mi cara en el ataúd chapado en oro que ya tenía comprado por si las dudas.

Tanto pensaba en darme un tiro al pecho, en el féretro de oro, en los corridos que tocarían, en mi Tijuana hundida o derrumbada en el chingado océano Pacífico, por donde tantas veces llegaban pangas cargaditas de motita, que no me di cuenta de cuando me cayó la federal, y si hubiera tenido mi escuadra con cachas de diamantes me cargaba a más de uno para que de paso me mataran, pero no: la chingada escuadra también se había hundido guardada en mi casota en Playas de Tijuana. Eran, en verdad, chingaderas.

Cuando me presentaron con el chingón del Ministerio Público también estaba un coronel, sus mandaderos y un mozo bien vestido que fue el primero en hablar: Don Félix, lo mejor es que coopere. Yo los vi a todos y murmuré: son chingaderas. Al coronel le dio mucha gracia, y me dijo el muy insensible: Ora sí que se le hundió todo el negocito, don Félix. Y como soltó una risita todos los demás también se rieron a mis costillas. Ora sí puedes decir que eres el jefe del Cártel del Océano Pacífico, jojojo, jajaja, jijiji. Y entre risa y risa decían también cosas como: Podría reclutar tiburones de sicarios, o ballenas para mover la mota y la coca, jajaja, jijiji, jorjorjor.

Tanto se reían que me dio mucho coraje, y les dije: A ver, bola de cabrones groseros, y toda la demás gente que se ahogó ¿qué? ¿Por qué no se burlan de ellos? Pero ni así dejaron de hacer chascarrillos sobre mi mala suerte, hasta que el catrín que habló primero, y que ya estaba rojísimo de tanto reír, me dijo, resoplando y recobrándose: Uuuy, don Félix, si para agarrar a cabrones como usted se tiene que hundir todo México, ¡que así sea!

Y todos siguieron riéndose. Al final yo también me reí, y es que reírse de la desgracia ajena, aunque sea nacional, siempre es muy contagioso. ®

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Publicado en: Destacados, Diciembre 2012, El fin del mundo y otros relatos apocalípticos


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