El Estado colombiano y las FARC

El complicado diálogo por la paz

Hay que prestarle atención a las palabras de los que intervienen en las conversaciones sobre la guerra. En distintas disciplinas de las ciencias humanas se reconoce la importancia del discurso político en tanto es a través de él como se hacen explícitas las representaciones, es decir, lo que cada movimiento, partido o fuerza piensa de sí mismo y de los demás.

I. Las palabras de la guerra y la paz

© Confidencial Colombia

Algunos observadores del acontecer nacional y de las negociaciones en ciernes entre el gobierno de Santos y las FARC dicen que no se le debe dar mucha importancia, por ejemplo, a las declaraciones de los comandantes farcianos que dieron a entender que su presencia en la mesa es de poder a poder y que para nada se puede pensar que ellos se van a rendir. E, incluso, disculpan o desestiman esas palabras afirmando que es parte de su show mediático, que son simples alardes y que lo hacen para calmar a sus bases. Es factible que varias de esos propósitos subyazcan en el discurso de los guerreros, sobre todo si desde la parte oficial se les reta a continuar las hostilidades o los combates hasta no llegar a un arreglo definitivo. Pero quedarse ahí es dejar a mitad de camino el análisis de contenido del discurso. Por supuesto, no se trata de adivinar por la medición de frecuencia de las palabras y términos empleados lo que se está queriendo decir a la opinión.

De lo que se trata es de valorar, de manera cualitativa, en el contexto de una apertura de negociación de paz, qué es lo que se propone cada uno de los protagonistas de la mesa. Es de esperar en una mesa de diálogo que busca la paz y no la atenuación o humanización del conflicto un lenguaje diferente al que hemos estado escuchando en estos días previos a la importante reunión de Oslo.

Por ejemplo, son desafortunadas las declaraciones generosas de parte de autoridades oficiales pues no se corresponden con el estado de un proceso que apenas se va a iniciar. Otorgar tanto al otro, como decir que “hay que creerles” que no secuestran o que es probable que “ningún guerrillero termine pagando cárcel” o que “hay que abrirles espacios de participación política”, sin nada a cambio, sin haber exigido un cese unilateral del fuego, sin haber cobrado los avances innegables del Estado colombiano y los progresos de la fuerza pública, puede ser interpretado por los jefes de las FARC como una actitud de debilidad que la van a utilizar en la mesa. El tono desafiante y hostil de Timochenko contra el gobierno remite al menos a dos cosas: una, que ellos se asumen en pie de igualdad en la mesa, y, dos, que ellos siguen pensando que la paz es un concepto lleno de adjetivos: “paz con justicia social”, “paz como bienestar material para las mayorías”, etc. Eso significa que la guerrilla insistirá en la idea de que estamos en realidad en “un conflicto social y armado” en el que ellos “representan y son el pueblo” y son “víctimas de la feroz oligarquía y del inmoral sistema de explotación capitalista”, en vez de pensar la paz política en los términos simples de ausencia de lucha armada como fue entendida y aceptada en conflictos similares en Centroamérica. Sí, es la misma cantinela de siempre, es lo mismo que están diciendo desde su creación hace cincuenta años, dicen quienes tratan de comprender “buena e inofensivamente” unas ideas que querámoslo o no conducen a enredar las negociaciones de paz. Por esa vía o método es que se rompen las conversaciones ya que, para los comandantes, la “oligarquía no cede” y por eso es imposible la paz.

Estamos ante dos partes que utilizan un discurso contradictorio y que temen a aparecer como débiles o derrotados. Cabe recordar, por su grandeza, las palabras del general liberal Rafael Uribe Uribe en la guerra de los mil días cuando, después de años de batallas, invitó a los demás jefes a buscar la paz, pues, decía, aunque no estamos derrotados, no estamos en capacidad de obtener la victoria.

No es correcto, pues, banalizar la ausencia en documentos y declaraciones firmados de la palabra “entregar” las armas y quedar satisfecho con que se estipule “dejación de armas” como punto a tratar. Los voceros de las FARC han insistido en que esta negociación no es una rendición, en que no se van a humillar. Es más, han afirmado que pactar la paz sin reformas es haber perdido el tiempo. Algunos columnistas en los medios dicen cosas muy parecidas y hasta usan el mismo lenguaje de los comandantes guerrilleros y hacen eco a que no puede ser entendida la negociación ni como rendición ni como una humillación puesto que no fueron derrotadas y porque ellas representan los ideales de justicia de las mayorías. Van más lejos al decir que no sólo no están derrotadas sino que el Ejército no puede derrotarlas. Por eso la frase “entrega de armas” es desterrada de su vocabulario.

Por otra parte, el presidente Santos, en su afán de desvirtuar las críticas de los escépticos, no con la paz sino con estos diálogos incondicionales, y para desmentir a los que lo acusan de haber descuidado la seguridad y desestimulado la voluntad de lucha de las tropas, ha optado por utilizar un lenguaje impropio de su investidura. En varias ocasiones ha retado a los violentos diciendo que si insisten en la guerra “los acabaremos a las buenas o a las malas”. Nadie se ha detenido a desentrañar el perverso e inmoral significado de tal frase. ¿Qué quiere decir “por las buenas”?, ¿dialogando? Muy bien, pero, ¿qué quiere decir “por las malas”?, ¿por las armas? o ¿ilegalmente? Hay ahí un doble sentido que es preciso despejar. Cuando un Estado apela a la guerra para defenderse no está optando por el camino de “las malas” sino por una opción legítima, no pensarlo así conduce a pensar que hacerles la guerra a los terroristas o a cualquier enemigo es inmoral. Pero los deslices del presidente han ido más lejos, me refiero a su reciente declaración en Nueva York cuando, para dar una impresión de fortaleza dijo que nadie le había dado tan duro a las FARC como él y que cuando le dijeron que las tropas tenían rodeado a alias Cano, “di la orden de eliminarlo”. La fuerza de una posición legítima no debe estar permeada por una ostentosa palabrería que deja mal parado al presidente. Eso iría en contravía de la reconciliación que supuestamente se debe buscar en adelante según ha expresado en otros momentos.

Estamos ante dos partes que utilizan un discurso contradictorio y que temen a aparecer como débiles o derrotados. Cabe recordar, por su grandeza, las palabras del general liberal Rafael Uribe Uribe en la guerra de los mil días cuando, después de años de batallas, invitó a los demás jefes a buscar la paz, pues, decía, aunque no estamos derrotados, no estamos en capacidad de obtener la victoria. Así justificó los acercamientos con el presidente Marroquín, quien los aceptó y en forma gallarda pusieron fin a esa guerra. Uribe Uribe dijo a sus detractores que las guerras se hacían para ganarlas en poco tiempo porque eran una experiencia muy dolorosa. Las FARC van a cumplir cincuenta años de guerreo inútil, no están derrotadas, es cierto, pero no podrán obtener la victoria, reconocerlo no es humillarse ni rendirse.

—Medellín, 1 de octubre de 2012

II. Un trozo de historia para pensar la paz

Ahora que se habla de nuevo sobre la posibilidad de alcanzar la paz conviene recordar una experiencia relativamente reciente. No es la más cercana, ya que entre éstas se encuentran los pactos que desembocaron en las desmovilizaciones del M-19, la Corriente de Renovación Socialista del ELN, el EPL, otras pequeñas guerrillas y la de los grupos de autodefensa o paramilitares, entre 1990 y 2006. Me quiero referir al acuerdo entre los partidos tradicionales liberal y conservador que tuvo expresión institucional en el Frente Nacional, con vigencia entre 1958 y 1974 y que significó el cese de la guerra entre seguidores de estas dos colectividades.

Aunque nunca se reconoció que lo vivido durante los años de la llamada Violencia fue una guerra civil no declarada y tampoco se le dio al Frente Nacional el estatus de pacto de paz, pues lo que más se resaltó fue el hecho de haber restablecido la democracia, de hecho, la población colombiana y la opinión pública entendieron que había producido un tratado de paz entre rojos y azules por obra y gracia de los pactos de Benidorm y Sitges firmados por los dirigentes de las dos colectividades.

Sin embargo, en el mismo proceso no fue tenida en cuenta la guerrilla comunista, débil y poco numerosa, compuesta por algunos núcleos de campesinos en zonas de influencia liberal. ¿Cuál fue la actitud asumida por los jefes de esos comandos ante el surgimiento del nuevo régimen político?

En uno de los primeros textos del historiador Gonzalo Sánchez, Ensayos de historia social y política del siglo XX, publicado por El Áncora Editores, puede leerse un documento de gran importancia histórica que responde la pregunta anterior. Se trata de una declaración expedida el 2 de septiembre de 1958, firmada entre otros por los guerrilleros comunistas Manuel Marulanda Vélez (Tirofijo) y Ciro Castaño, en la que expresan su respaldo al naciente experimento de paz y ofrecen colaboración al presidente Alberto Lleras Camargo.

De lo que se trata es de valorar, de manera cualitativa, en el contexto de una apertura de negociación de paz, qué es lo que se propone cada uno de los protagonistas de la mesa. Es de esperar en una mesa de diálogo que busca la paz y no la atenuación o humanización del conflicto un lenguaje diferente al que hemos estado escuchando en estos días previos a la importante reunión de Oslo.

Algunos apartes de la declaración dan cuenta del deseo de los jefes guerrilleros de sumarse al ambiente de paz que se respiraba: en el primer punto, para no dejar dudas de sus reales intenciones dicen: “Como patriotas que luchamos durante los años anteriores al 10 de mayo de 1957 contra las dictaduras despóticas que sembraron de ruina los campos y ciudades, no estamos interesados en luchas armadas y estamos dispuestos a colaborar en todo lo que esté a nuestro alcance con la empresa de pacificación que se ha dispuesto adelantar… Alberto Lleras Camargo” (subrayado mío). Más adelante reiteran su compromiso al enfatizar que “no existe razón alguna para la resistencia armada. Este comando no autoriza ni patrocina ninguna acción armada”; más adelante agregan: “Queda condenado el robo y el crimen … continuaremos obedeciendo a las autoridades legítimamente constituidas y las leyes; tal como lo prometimos ante los comisionados de paz” y manifiestan su disposición a “prestarle toda la ayuda necesaria cuando ellas lo soliciten, para reprimir la violencia y el desorden … invitamos a todos los ciudadanos para que no oculten los antisociales”. Concluyen expresando un deseo: “Creemos que para llevar a completa cabalidad los propósitos que nos animan es preciso que todas las funciones públicas sean desempeñadas por personas de una pulcritud intachable”.

El Frente Nacional aclimató la paz entre liberales y conservadores, restableció con limitaciones la democracia. La actividad sindical recobró su existencia, el partido comunista retornó a la vida legal, otras agrupaciones de izquierda surgieron a pesar de las restricciones y del represivo estado de sitio. El balance sobre este régimen da para muchos e intensos debates, como quiera que durante su existencia se incubó la “guerrilla revolucionaria”. Y, por supuesto, en estas notas no nos vamos a referir al asunto. Pero vale la pena recordar que el partido comunista, ante la hostilidad de un gobierno, se enfrentó al dilema de optar en un todo y por todo por la acción política legal, tal como lo ordenó el vigésimo congreso del PCUS, o acoger la tesis de la “combinación de todas las formas de lucha, legales e ilegales, cívicas y armadas”, impulsada por Manuel Cepeda Vargas, Jacobo Arenas y otros miembros del Comité Central. Al optar por esta última, desde mediados de los años sesenta los comunistas han tenido un pie en la institucionalidad y otro en la lucha armada, y, Manuel Marulanda Vélez, al comando de la resistencia en Marquetalia fue cooptado por el Comité Central de los comunistas.

En aquella decisión histórica radica uno de los grandes obstáculos para la paz en Colombia pues significa mantener algo inaceptable para las reglas democráticas. Mientras los comunistas le abrieron expectativas de poder a la lucha guerrillera, Colombia se ha reformado, el Frente Nacional ya es historia, los partidos tradicionales ya no son hegemónicos, alcaldes y gobernadores son elegidos por sufragio universal, una nueva Constitución Política fue aprobada, se han dado experiencias positivas de negociación entre los gobiernos y grupos armados ilegales, la sociedad reacciona con generosidad ante quienes se reinsertan y piden perdón, hay ex guerrilleros que ocupan altas posiciones en organismos de representación popular y en medios de comunicación, hay, sin duda, más libertad que en el pasado inmediato. No todo es favorable, falta mucha mas equidad y justicia social, pero, para alcanzarlas, Colombia necesita paz, es decir, renuncia a la lucha armada por parte de quienes aún viven prisioneros de la combinación de todas las formas de lucha. ®

—Medellín 8 de octubre de 2012

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Publicado en: Octubre 2012, Política y sociedad


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