Fernando Lobo y el sometimiento de la realidad

Sentido común, simulación y paranoia, de Fernando Lobo

La Ciudad de México ejemplifica en grado superlativo la decadencia de una economía social basada en la corrupción y el expolio sistemático en un entorno de hiperconsumo crónico y atascos eternos, caldo de cultivo de las más perversas ansiedades en el que se cocinan las almas de más de veinte millones de habitantes.

Mi tío confunde transformaciones con progreso, un equívoco muy occidental.
—Fernando Lobo

Fernando Lobo en Oaxaca. Fofo © Canal 22.

Fernando Lobo en Oaxaca. Foto © Canal 22.

El sentido común es la actitud imaginaria a la que más se recurre en casos de zozobra, ya sea ésta de carácter público o privado, espiritual o económica, se dé a escala global o en el medio rural… y hasta la fecha nadie ha podido dar una explicación convincente y precisa sobre a qué pudiéramos estar refiriéndonos con el socorrido término, al que igual se apela para enfriar una calentura hormonal adolescente como para disipar la tensión de los efectos de una devastadora crisis financiera global o una tangana en un partido de fútbol.

Esta especie de instinto que le suponemos a la inteligencia sería útil, además de para caminar —si es que no queda más remedio— por la sombra cuando el termómetro marca 34 grados, sobre todo para tratar de acotar de manera conjunta la Realidad y buscar un mínimo consenso acerca de Ella. Y quizás a partir de ahí construir, sólo por poner un ejemplo, sociedades más “sensatas” y armoniosas.

Nada más falso y pretencioso.

El sentido común, que se aquilataría por la práctica continua de la sensatez —de la que su máxima y fundamental expresión sería el instinto de supervivencia—, se ve constantemente obnubilado y amenazado por el exceso de simulación.

Pero no a la manera, como se menciona en Sentido común, simulación y paranoia, en que Jean Baudrillard concebía el simulacro, al que otorgaba el estatus de verdadera y única Realidad (incluso objeto de estudio y de una amplia bibliografía y en su momento de un ejército de fieles seguidores ideológicos, los aburridos simulacionistas posmodernos), sino que la simulación generalizada de la que somos objeto y a la que temerariamente nos prestamos es producto, consecuencia y causa de un proceso de degradación paulatina de ESTA realidad —ustedes pónganle fecha de hoy— que se supone que entre todos construimos.

Una degeneración trágicamente consensuada fruto de la aplastante proyección de los medios convertidos en un gran zoco en el que todo se vende por igual, desde latas de lomo de atún enriquecido a promesas políticas variopintas, niveles de audiencia manipulados, cartomancias personalizadas y un sinfín de ilusiones caducas y trasnochadas, ya que en verdad sólo los zombies o los pobres y muy pobres ven televisión. Pero son varios miles de millones repartidos por todo el orbe y por lo menos la mitad votan. Para humillación y escarnio del ideal de verdadera democracia participativa.

El escritor mexicano Fernando Lobo (Ciudad de México, 1969) desgrana estas y otras ideas a través de Sentido común, simulación y paranoia, breve ensayo reeditado recientemente por la editorial española Pepitas de Calabaza, y que funciona como una síntesis de los grandes temas que preocupan al autor, organizados por capítulos para desde diversos ángulos tratar de acotar ese escurridizo término al que llamamos Realidad.

Para ello, Lobo esgrime la lucidez como herramienta y fía todo a la inteligencia de las palabras. Con una escritura ágil y precisa marca unas guías conceptuales claras que iluminan nuestro tránsito a través del ensayo y nos orientan en una jungla conceptual rebosante de contenidos y situaciones básicamente absurdas. Absurdo al que el autor nos enfrenta continuamente mostrándonos una cara de la moneda y su reverso, para que el lector saque sus propias y amargas conclusiones.

El irrefutable sentido que inspiran sus análisis sobre variopintas situaciones actuales, desde la construcción de un segundo piso en el Anillo Periférico del Distrito Federal hasta las casas que los narcos mandan construir inspiradas en las casas de narcos que salen en las películas de ficción que tratan sobre narcos, son un desglose, enumerados con lógica aplastante, de nuestros males como civilización moderna, con especial énfasis en la macrocéfala capital mexicana, de donde viene el autor aunque se esconda en Oaxaca desde hace ocho años.

El irrefutable sentido que inspiran sus análisis sobre variopintas situaciones actuales, desde la construcción de un segundo piso en el Anillo Periférico del Distrito Federal hasta las casas que los narcos mandan construir inspiradas en las casas de narcos que salen en las películas de ficción que tratan sobre narcos, son un desglose de nuestros males como civilización moderna.

La rebautizada Ciudad de México, monstruo aberrante, ejemplifica en grado superlativo la decadencia de una economía social basada en la corrupción y el expolio sistemático en un entorno de hiperconsumo crónico y atascos eternos, caldo de cultivo de las más perversas ansiedades en el que se cocinan las almas de más de veinte millones de habitantes. Y luego dicen que está contaminada la antaño región más transparente, cuando en realidad es una de las antesalas del Infierno que el poscapitalismo agonizante ya nos está deparando con todo lujo de comodidades exclusivas pagaderas a plazos.

A base de perspicacia y “sentido común” Fernando Lobo deconstruye el proceso de la imagen distorsionada que recibimos como simulacro degradado de la Realidad que consumimos, ya que no hay más ciudadanos, sino masas de consumidores organizadas con un poder un poco más efectivo para hacer valer sus derechos.

Si en tiempos precedentes la simulación y la representación social se llevaban a cabo en el teatro y en los divanes y en el ámbito de lo público en los palcos, calles y mercados, ahora se suma la incidencia de manera omnisciente en nuestras vidas de todo tipo de pantallas que hacen de nuestra realidad una gigantesca Escenografía Aumentada Global, cuyos directores se ocultan fortificados en los sótanos de los grandes centros comerciales tras unos monstruosos servidores y nos mandan cada día una parte del nuevo guión a través de nuestros celulares tan inteligentes como sumisos.

La estrategia pareciera ser poner énfasis para que entendamos, consumamos la realidad a través de unos lentes psicodélicos que distorsionan la visión del mundo tal como es, para que al final, como en un mal viaje crónico, ya no recordar que los llevamos puestos. Y sobre esa monumental y mareante miopía edificar una filosofía integral de nuestros tiempos: Toda una Ideología del Hedonismo enlatado y la Hipocresía Contemporánea basada en el Absurdo de una Realidad envenenada y Tóxica a más no poder.

Sentido común...

Sentido común…

Una realidad adulterada que el paradigma de periodista televisivo, la rubia oxigenada, educada, locuaz e informada, correcta y crítica a la vez, la voz de la conciencia que permanece en el clóset y que no sale por temor a perder privilegios y dejar de poder pagar sus muchas facturas, se encarga de trasladarnos como se le da papilla a un bebé, con arrumacos, guiños corporales a través de los senos y engaños piadosos.

Las rubias oxigenadas parlantes se han adueñado de todos los micrófonos y —sus achichincles becados— de todos los teclados de la prensa y los departamentos mundiales de comunicación y son portavoces a través de las pantallas de los grandes mandatos de los Gobiernos —todos sin excepción— y grupos de poder —también todos sin excepción— y de las grandes ideas y planes que todos ellos también sin excepción tienen sobre nosotros, la masa depauperada, endeudada hasta las cejas y acéfala.

Esas musas de la corrección y el gesto compungido oportuno, convertidas en líderes ideológicos por un proceso incomprensible de ósmosis inversa, nos cantan el horror cotidiano salpicado con sensatas opiniones tan críticas con la respuesta tardía del gobierno como solidarias con las víctimas a las que no se acercan ni por accidente. A no ser para patearlas delante de las cámaras, como recientemente ocurrió en los Balcanes donde una rubia oxigenada deschavetada quería impedir a un refugiado sirio que cargaba a su pequeño hijo que se colara en su civilizado y próspero país a patadas.

Como diría Fernando Lobo, eso no fue nada sensato. Es como robar comida en los súpemercados hipertecnologizados o cruzar la calle en rojo y por donde no te corresponde. Siempre te detectará una cámara.

Sirva de consuelo que por lo menos, a ellas, las rubias oxigenadas, les debemos que en el interior de las pantallas cuando nos dan grácilmente el pronóstico del tiempo, recordándonos de paso a través de su magnífica silueta la vasta geografía nacional que se atisba en el fondo de la pantalla entre grandes claros soleados, nubes, depresiones y tormentas, sepamos que ahí dentro, en ese mundo de escotes, glándulas mamarias operadas y cantidades industriales de silicón, es donde realmente se cuecen las habas y siempre hace calor, mucho calor, y los deseos se derriten a una velocidad pasmosa.

Este conjunto de textos de Fernando Lobo, ferviente defensor de la legalización de la marihuana en México y que tiene el buen humor y la ironía de poner como referente social de la masa de consumidores con derechos a su tío Mauricio, estereotipo chilango a quien el escritor —todo un crack— analiza entre cubas de ron y líneas de cocaína, son una ráfaga de sentido común en un mundo de tinieblas luminosas, arenas movedizas alimentadas por la hipocresía y la desidia y cantos de sirena que encierran trampas mortales.

Vivimos rodeados de embaucadores y cabezas parlantes que nos venden constantemente de todo. Quieren nuestro dinero y nuestro espacio mental para colmarlo de anuncios. El escritor es el embaucador número uno y está bajo sospecha precisamente por esa manía de poner siempre todo bajo sospecha. Quizás porque es consciente de que el que finalmente controle las pantallas, una extensión de los Medios y el Poder, ganará la batalla para someter a la Realidad. Y la derrota será dolorosa. Y el escritor, para defenderse de tamaño atropello y vulgaridad, no cuenta más que con sus libros.

Los cantos de tanto mercachifle ahogan esa voz extraviada que reclama sentido común ante tanto delirio y aplauso sistemático por los simulacros y el juego de la (DI)simulación. Razón de más para estar alerta porque, parafraseando a un cocainómano célebre exjugador de la selección nacional, el hecho de que sea paranoico no significa en absoluto que no me sigan. ®

Publicado en: Libros y autores

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