La cultura del toro de lidia

Respuesta a Eugenio Derbez y su video antitaurino

Entre los argumentos que el comediante Eugenio Derbez esgrime en su video está el de que la fiesta brava “ni siquiera es mexicana”. ¿Qué entenderá Derbez por lo “mexicano”? Opiniones desinformadas y varios mitos son las “razones” de quienes exigen la prohibición de las corridas de toros.

Goya, serie de tauromaquia.

Goya, serie de tauromaquia.

Es de celebrarse que las personas tengan buenas intenciones, particularmente para con los más débiles, entre los que se encuentran los animales. En lo particular puedo decir, sin ambages, que amo a los animales. Y puedo decir también que a través de la vida he sentido especial cariño e identificación con algunos gatos y perros, pues uno se identifica con los animales de la misma forma como se relaciona mejor con algunas personas que con otras. Me molesta y enoja particularmente el maltrato que se comete contra los animales. En la observancia de ese maltrato he encontrado que, si generalizamos, se realiza por dos razones, por sadismo y por ignorancia. Entre éstas dos el maltrato por ignorancia es más frecuente.

Cuando digo que se les maltrata por ignorancia me refiero a que la gente que comete esos actos no es particularmente cruel o desea hacer un mal a los animales, simplemente ignora la naturaleza de éstos. Un ejemplo sería la gente que mantiene sus perros en las azoteas, aislados, casi sin contacto con humanos y otros animales; sus dueños creen que con que no le falte de comer el animal está satisfecho. Es curioso que suelen colocar “casitas” de perro en las azoteas, del tipo que venden en los supermercados, hechas de fibra de vidrio o metal, las cuales son totalmente imprácticas, excesivamente calientes o frías. Esas casitas sirven más bien para que el amo se sienta satisfecho de acuerdo con lo que le han inculcado en el imaginario Disney, en la idea absurda de que el animal reconocerá su “casita” y se sentirá feliz de tenerla, cuando lo que más extraña el animal es el contacto con los humanos y una vida activa fuera de esa cárcel sin barrotes que es la azotea. Al perro no le importaría que se le otorgara la azotea como su espacio para vivir, con o sin “casita”, si se cumpliera con sus necesidades de paseos, afecto, rutina de relaciones y actividades. Esto sucede porque la gente ya no sabe qué hacer, ensucian o molestan con su presencia y subirlos a la azotea para olvidarse de ellos resulta una solución que no es sino crueldad gratuita. El sacrificio por anestesia resultaría más bondadoso que una vida de sufrimiento dando vueltas a un tinaco para protegerse del sol. Esa es la falsa bondad fruto de la ignorancia, son incapaces de esterilizarlos o sacrificarlos porque lo consideran una crueldad, pero tampoco son capaces de informarse y tratar de entender la naturaleza del animal y sus necesidades como especie para saber si pueden compartir su vida con ellos.

Disney los humanizó para ridiculizarlos, los convirtió en caricaturas de humanos. Esta distorsión de cómo vemos a los animales vino a reforzarse aún más con la aparición de la industria alimenticia para mascotas, con anuncios y slogans para vender sus productos.

En el otro extremo se encuentra la “mascota mimada”, ésa que a fuerza de mimos y sobreprotección pasa a ser un animal de peluche con necesidades fisiológicas, anulados todos sus instintos. En el perro maltratado por abandono o atado y su “casita” y el perro mimado y encerrado al que se le han anulado sus particularidades como especie se resume la relación de mucha gente de las ciudades con los animales. Esta actitud padece de la influencia de Walt Disney en la distorsión absoluta de nuestra relación con ellos. Disney los humanizó para ridiculizarlos, los convirtió en caricaturas de humanos. Esta distorsión de cómo vemos a los animales vino a reforzarse aún más con la aparición de la industria alimenticia para mascotas, con anuncios y slogans para vender sus productos. A partir de eso, en una sociedad que dejó de ser rural y provinciana para convertirse en urbana, hay personas que creen que los animales no son ni pueden ni deben ser otra cosa más que mascotas consumidoras de croquetas, y que esa creencia les da una superioridad moral, al grado de que se llaman o hacen llamar “activistas” “animalistas” o “defensores de animales”.

Goya y los toros...

Goya y los toros…

Muchos de estos activistas lo son desde su Facebook, desde la comodidad del hogar y, con su poderoso dedo que da clic para externar sus opiniones, asumen la superioridad moral no sólo de lo que deben ser los animales, sino de tantas otras cosas —todas las causas que quieran pues sólo necesitan dar clic para hacer circular cualquier moción, censura, restricción, veto, crítica… ¿Sabrán esos defensores de los animales que los productos con los que se alimenta su mascota, las croquetas tan tierna y bellamente publicitadas con tan lindos y simpáticos anuncios, se fabrican con residuos de animales industrializados?

“Así como nos han enseñado a horrorizarnos por lo que les hicieron los nazis a los judíos, así deberíamos horrorizarnos por cómo tratamos nosotros a los animales”.

Nada hay más terrible, en cuestión de maltrato animal, sufrimiento y desprecio por la vida de los animales que su industrialización. Cada segundo se están criando en condiciones abyectas y sacrificando en condiciones abyectas millones de animales en esas fábricas de seres vivos, a costa de un enorme sufrimiento. J. M. Coetzee, el gran escritor sudafricano, premio Nobel de literatura, lo resume muy bien en su libro Las vidas de los animales. Cuando Elizabeth Costello, el personaje de la novela, viaja a Sudáfrica a dar una conferencia sobre el maltrato a los animales, dice: “Así como nos han enseñado a horrorizarnos por lo que les hicieron los nazis a los judíos, así deberíamos horrorizarnos por cómo tratamos nosotros a los animales”. La industria animal sistematizada es la producción en serie de seres vivos para luego destrozarlos y utilizarlos en fabricar algún producto que llegará a las grandes ciudades empaquetado y refrigerado, convertido en alimento, zapatos, cinturones, artículos de moda, alimento para mascotas, etcétera. Muchos de estos activistas prohibicionistas visten cotidianamente artículos hechos con animales y comen carne.

El video de Derbez contra los toros:

Cuando se anunció la prohibición a las corridas de toros en Barcelona (argumento que esgrime Eugenio Derbez en su videoclip antitaurino), una comentarista de televisión lo anunció como un “triunfo social” y muchos de los que estaban comiendo en un restaurante aplaudieron. Las imágenes mostraban a comensales no solamente excitados sino enormemente satisfechos por la prohibición, y al mismo tiempo comían cortes de carne preparados mundanamente por un chef; carne proveniente, sin duda, de los mataderos industriales. Todos ellos calzaban zapatos de piel, cinturones, usaban carteras y bolsos.

La fascinación de Goya por el toreo.

La fascinación de Goya por el toreo.

En un capítulo de la serie estadounidense La tercera roca, que trata de unos seres extraterrestres que llegan a la Tierra para estudiar el mundo y la raza humana, aquéllos, que han tomado forma humana, planean poner un negocio de hamburguesas de oso panda, lo que horroriza a las personas; los extraterrestres se preguntan por qué los humanos se comen a las vacas sin remordimiento alguno, animales que ellos encuentran tan adorables (con esos grandes ojos de largas pestañas, dice uno) y sí en cambio se muestran horrorizados porque alguien se atreva a pensar siquiera en sacrificar a un panda para hacer hamburguesas. Otra vez la contradicción más absurda y la influencia del mundo Disney.

Pareciera que en realidad lo que importa es “no ver” cuando los animales son criados o sacrificados, particularmente si el resultado es una comida preparada de manera sofisticada y el calzado es de una marca exclusiva. Ésa es la negación del mundo real del habitante de la ciudad que vive en la tele, el supermercado y el Facebook; un mundo de productos enlatados, empaquetados, higienizado, un mundo artificial y subliminal apoyado en millones de imágenes astutamente diseñadas. Mientras los productos lleguen hermosamente presentados no importa de dónde vengan; en cambio, las imágenes que suelen difundirse de corridas de toros donde se ven toros de lidia sangrantes o arponeados con banderillas o sacrificados con la espada los indignan, y sin tomarse la molestia de saber del asunto para poder formarse una opinión asumen que la gente que asiste a las plazas de toros va para divertirse viendo cómo castigan cruelmente a un animal; eso sólo para comenzar, de ahí sigue una serie de argumentos pueriles con los que estos animalistas “han descubierto” cómo se realizan los trucos para que todo sea una simulación y el animal no llegue a herir o matar al torero, incluso se llega a sugerir que los que asisten a la plaza son seres que están siendo vilmente engañados por los astutos empresarios y operadores de las corridas. Sería muy largo enumerar y rebatir cada uno de los argumentos y tonterías de ese tipo que se han diseminado por las redes sociales y que se esgrimen como si fueran verdades, aunque demuestran no sólo un gran desconocimiento del sentido del ritual de la fiesta brava sino del mismo toro de lidia. Habría que preguntarse cómo es que quienes nunca han asistido a una corrida ni han visto a un toro de lidia o se han acercado jamás a un rancho ganadero sí conocen los trucos y engaños que suceden en las plazas, y en cambio quienes asistimos a las corridas y nos hemos preocupado por aprender su reglamento, su origen e historia, somos engañados. Con esta lógica habría que pensar que también han sido engañados grandes filósofos, pensadores, historiadores, escritores, poetas, pintores, escultores, cantantes, dramaturgos, celebrados y registrados por la historia y que a través de los siglos han amado la fiesta brava y al toro de lidia y han escrito, cantado, realizado arte y reflexionado sobre ésta.

Mientras los productos lleguen hermosamente presentados no importa de dónde vengan; en cambio, las imágenes que suelen difundirse de corridas de toros donde se ven toros de lidia sangrantes o arponeados con banderillas o sacrificados con la espada los indignan.

El toro de lidia pertenece a una raza aparte de las especies bobinas conocidas como utilitarias —no es el macho de la vaca lechera, como creen algunos animalistas— y su historia junto al hombre es larga y extraordinaria. De la fascinación por el toro desde tiempos remotos hablan las pinturas rupestres, donde se inicia una larga tradición que asocia al toro con el arte —y el arte taurino es el arte que más produce arte, en consecuencia. El toro bravo tiene el valor de un gen conservado a través del tiempo mediante el proceso de selección conocido como tienta, del cual hay testimonios escritos desde el siglo XVII. En la búsqueda de preservar el gen de la bravura se han generado los encastes, las líneas o “reatas” de genes determinados, registrados y pacientemente criados a veces a un gran costo por lo ganaderos de toro bravo.

Desjarrete.

Desjarrete.

En una crónica en el diario El País (29 de mayo de 2008) Jesús Ruiz Mantilla cuenta sobre una vaca en España llamada Doña Verecunda, una señora vaca respetadísima en la finca de Victorino Martín, que ese jueves —fecha de la nota— no quiso por nada del mundo acercarse a despedir a su vástago que se embarcaba para ser lidiado en la Plaza de Madrid: “Se refugió apesadumbrada y llorosa bajo una de las encinas”, relata Ruiz. “Desde 2005 se han rematado en la Plaza de Madrid a tres de los suyos, mañana le toca al cuarto: todos se han llamado Verecundos”. Los otros toros en edad para ser lidiados, todos nacidos y criados en la propiedad de Victorino Martín, uno de los más prestigiosos criadores de toros bravos del mundo, tenían nombres y apellidos —Galguero, Colombiano, Plateresco, Polvareda y Planetario—, todos registrados en el libro de nacimientos del rancho, con hoja de vacunas, cuidados, distintos pesos y edades y registro de las pruebas y observaciones a las que fueron sometidos y que dieron pie a que fueran seleccionados para ir, no a morir a la Plaza de Madrid sino, una vez más, a pasar por una prueba, esta vez la más difícil de su vida, en la que si demuestran las características de su raza, el gen que el ganadero ha ido seleccionando a través de pacientes cruzas, esto es bravura, pelaje, musculatura, cornamenta, fuerza, valor y nobleza, podrían salir boyantes de la prueba, vivos, mediante el trámite del indulto, o podrían morir pelando bravamente por su vida, convertirse en un toro de leyenda entre los amantes de los toros, o en su defecto convertirse en una vergonzosa decepción, pues después de lucir musculatura, pelaje brillante, cornamenta pavorosa, podrían resultar ser toros cobardes que tratara de huir de la plaza —como aquel legendario toro Pajarito, de la Plaza México, del que hoy se venden pósters y que algunos antitaurinos creen inocentemente que se subió valeroso a las gradas a matar al público.

Sería bueno saber —pues eso sólo sucede en el mundo Disney— si Doña Verecunda —o las otras vacas de la manada— se siente avergonzada de que un hijo suyo resulte un cobarde; lo que sí es cierto es que para el ganadero, particularmente para uno del prestigio de Victorino Martín, resultaría una desgracia mayúscula. La mañana del relato de Ruiz Mantilla una cincuentena de personas se reunieron en el rancho para ver el embarque de los toros de lidia que hasta entonces habían crecido en el campo, tranquilos, prácticamente sin ser molestados por otros hombres fuera del caporal y los mozos. Dice Victorino Martín: “Nuestros toros viven libres en su entorno natural y salvaje, como debería hacerlo el hombre, o al menos como me gusta a mí”. En las hectáreas de su propiedad, en la sierra de Cáceres, tiene un promedio de 1,400 ejemplares de toros bravos en tres nombres o hierros: Victorinos, Urcolas y Monteviejo. Cada año manda en promedio unos 120 ejemplares escogidos a las plazas donde se los solicitan. La cuenta no puede ser más sencilla, se manda a las plazas el diez por ciento de la especie que pasta en sus potreros, de los cuales algunos pocos regresan vivos, indultados, para convertirse en machos que van a “padrear”. “Victorino Martín”, dice la crónica,

habla de ellos con emoción, como si fuera su propia familia, y los toros llevan su apellido: “Los Victorinos deben ser largos de cuerpo, con el pescuezo y el hocico estirao, bien aplomados, atléticos, con los ojos vivos, miran de frente y tienen muy buena memoria”. Victorino Martín tiene indultos en su haber en lugares como Madrid, Olivenza, San Sebastián, Badajoz, Logroño, con nombres como Velador, Garboso, Muroalto, Molinito. Y también se han levantado placas para recordar a sus toros o se han abierto las puertas grandes para celebrar faenas hechas por toreros famosos a sus toros. Ante la pregunta a Victorino Martín hijo de cómo debe ser el torero que se enfrente a sus toros, responde: “Debe ser un torero muy capaz, auténtico, y con técnica depurada, pues el toro es un espejo en el que te miras, te devuelve un retrato fiel de ti mismo. El reflejo de un Victorino es muy duro. Hay que estar a la altura”.

Esto da cuenta, pues, de que el eje fundamental y origen de todo es la crianza del toro bravo y la admiración, el respeto y la fascinación que provoca; no es difícil hacer la cuenta y decir que los que son llevados a las plazas a pasar la prueba son los que mantienen vivos al resto de la especie. Los espacios donde estos animales sobreviven son naturalmente ecológicos, ranchos de distintas conformaciones y con poca intervención del hombre, donde se reproducen muchas otras especies. Si prosperaran todas las intenciones de prohibición simplemente la especie se extinguiría y sobrevivirían apenas unos cuantos ejemplares encerrados en esas cárceles para animales a las que llaman zoológicos.

Otra estampa de Goya.

Otra estampa de Goya.

Entre los argumentos que el comediante Eugenio Derbez esgrime en un video que circula profusamente en las redes sociales, dada la exposición mediática que tiene, está el de que la fiesta brava “ni siquiera es mexicana”. ¿Qué entenderá Derbez por lo “mexicano”? En San Mateo Atenco, Toluca, Estado de México, se encuentra la ganadería de toros de lidia más antigua del mundo —entiéndase: más antigua porque perdura, no porque sea más vieja que las de España, que desaparecieron o fueron vendidas o cambiaron de nombre. Atenco pervive desde el año 1552, cuando era propiedad de Juan G. Altamirano, sobrino de Hernán Cortés, y es un patrimonio cultural cuajado de historia. En Jalisco, en el poblado Cañadas de Obregón, pervive una plaza de toros de piedra, construida en 1680, la más antigua del mundo en pie y en funcionamiento —seguida de la de Béjar, Salamanca, España, fechada en 1743—, y está en México, además, la plaza más grande del mundo, la Plaza México.

¿Eso no es mexicano? ¿Cuál es el origen de la cultura mexicana en que vivimos? ¿Cuál es el idioma que escribo ahora y en el que hablamos? ¿Cuál es el lenguaje con el que Derbez cuenta sus chistes? Hay una gran cantidad de obras de investigación histórica, testimonios, archivos, tratados y de recuperación museística donde se explica que la mexicanidad es una fusión de razas, producto de un choque cultural de dos mundos, pero bastaría con mirarnos en el espejo y observar los rostros alrededor para descubrir nuestro mestizaje. En el mismo nombre de la ganadería Atenco, que es un nombre indígena, y la cría de toros de lidia, se entiende la fusión de dos culturas y razas. Existe una forma mexicana de interpretar el toreo, hay una historia del toreo en México, así pues, en la fiesta brava mexicana se concreta un mestizaje vivo y profundo.

Existe una forma mexicana de interpretar el toreo, hay una historia del toreo en México, así pues, en la fiesta brava mexicana se concreta un mestizaje vivo y profundo.

El ritual taurino es la representación de una tragedia, la tragedia de la vida y de la muerte, es honrar a una bestia que es llevada a la plaza, precisamente por ser magnífica, a morir o a vivir, noblemente pelando contra un hombre que está dispuesto a sacrificarse en aras de lo que el mismo animal transmite: valor y estética. Ahí el hombre ya no es un vulgar matancero que mata para comer, se sublima en el sacrificio matando con lo más puro que tiene y que surge de su alma: el sentimiento y el dominio de sí mismo, viendo de frente a la muerte. La embestida del toro bravo, origen de la tauromaquia, demuestra que es un animal de emociones, las cuales se transmiten a los espectadores cuando éstos son capaces de “ver” este arte vivo y efímero lleno de peligro y gracia; un arte que evolucionó en lo popular hasta alejarse del mero folclor y alcanzar en sus mejores momentos el grado de la más alta y compleja representación artística.

Goya...

Goya…

Habrá que decir también que no todo es miel sobre hojuelas en el mundo del toro, pues éste es capaz de corromperse como todo aquello en lo que intervienen los hombres. La ignorancia es pariente de la marrullería, la fiesta tiene sus destructores internos, y no por saber de toros se ama a los toros; no por declararse taurino se puede apreciar el tamaño de su legado artístico y cultural. El abuso que se hace en esta fiesta no se hace “poniéndoles grasa a los ojos del toro para que no vea al torero” u otras tonterías de ese tipo que en todo caso resultarían más peligrosas para el torero. ¿Para qué hacer eso si simplemente se puede llevar a la plaza a un toro de menor edad (cuatro años y medio es la edad ideal, pues el toro está en su plenitud)? La edad reglamentaria a veces es difícil de dilucidar y se podría llevar un toro de media casta, un “medio toro”, o un toro engordado artificialmente que parezca mayor, ligeramente mutilado de las astas, lo que reduciría ampliamente la posibilidades de ser cornado. Paradójicamente, quienes más imponen estas deleznables acciones son las mismas figuras de renombre españolas cuando acuden a plazas que consideran “chicas”, sin prosapia taurina y donde no vale la pena arriesgar su vida, donde además no tienen gran valor las orejas cortadas. En México se ha vuelto una práctica común que abarca ya no únicamente a las plazas chicas, hasta en la misma Plaza México con frecuencia puede verse esa práctica que ha alejado a los aficionados exigentes, pues se acaba con la emoción que brinda el verdadero toro bravo.

Basta ver y escuchar con atención el programa taurino del “joven Murrieta” o sus comentarios en la plaza durante las corridas transmitidas en vivo para advertir cómo le dedica escasos adjetivos y descripciones al toro, casi inexistente en su narración, y en cambio exalta y exagera la figura del torero.

Esto fue posible porque en gran medida los medios tradicionales, particularmente la televisión y los comentaristas taurinos previos a internet que tenían el monopolio de la crítica taurina, se dedicaron a “tapar” —por decirlo con un término taurino— al toro y a exaltar la figura del torero. Esto es lo que se conoce como “torerismo”, pues el toro “no repite”, es decir, muere en la plaza, mientras que el torero “sí repite”, se crea y se explota la figura para generar ganancias. Basta ver y escuchar con atención el programa taurino del “joven Murrieta” o sus comentarios en la plaza durante las corridas transmitidas en vivo para advertir cómo le dedica escasos adjetivos y descripciones al toro, casi inexistente en su narración, y en cambio exalta y exagera la figura del torero y lo que éste hace. Esto funcionó hasta que comenzó a gastarse y a echar fuera al público enterado, pues se trata de un toreo carente de emoción y de verdad, un remedo del toreo auténtico.

Como se ve, los ataques que sufre la fiesta actúan por dentro y por fuera. Los toros de Victorino Martín tienen nombres y apellidos, y los “medios toros”, sin bravura, de poca edad, muchas veces mutilados, también los tienen, se llaman Bernaldo de Quiroz, Los Encinos, Teófilo Gómez… y funcionan en una red de corrupción entre empresarios, veedores, apoderados, veterinarios y jueces de plaza que tratan de imponerle al público esos toros “fáciles” para el torero. Al contrario de lo que pudiera creerse, entre los practicantes de tal bajeza en México se encuentran nombres de la talla de El Juli o Morante de la Puebla o Enrique Ponce. Pedir que por esto se extermine al toro de lidia mediante la abolición de las corridas es como pedir que se extermine a los perros porque hay quienes los maltratan.

Toros y toreros.

Toros y toreros.

Si se pretende defender al toro de lidia debe defendérsele precisamente en su integridad en la plaza, con el respeto al reglamento y en las funciones del juez de plaza, donde se le dignifica y se la da una oportunidad al animal. Para esto se necesita el conocimiento de las características del toro y sus cualidades, así como el conocimiento del arte del toreo, y aun así puede resultar polémico, pues el toreo es un arte interpretativo, que causa polémicas incluso entre los entendidos, pues cada toro es distinto como distintos son los hombres y las tardes en las plazas.

Incierto es pues el lugar en el mundo actual de una fiesta que mucho tiene de especie en extinción, que ya no encaja en el mundo empaquetado, higienizado y artificial; un dinosaurio que aún vive y de pronto resplandece con el empuje de nuevos toreros, honestos, o con públicos como el de Nimes o Arles, en Francia, en hermosas plazas montadas sobre ruinas romanas de las que comienzan a diseminarse en la Red imágenes y sonidos de corridas en vivo donde puede verse a los públicos más enterados y respetuosos del toro del planeta.

En internet también se ha diseminado el movimiento antitaurino, al que se van agregando figuras mediáticas como Eugenio Derbez con su video. No es algo nuevo, como tampoco es nuevo el medio toro mutilado en la plaza. En distintas épocas se ha atacado a la fiesta y se ha abolido varias veces. Se han tenido que llevar a esconder toros a la sierra, al campo, para que el gen de estos animales sobreviva en momentos de guerra, de la misma forma como los franceses escondieron sus obras de arte de los nazis que las quemaban por considerarlas degeneradas.

En internet también se ha diseminado el movimiento antitaurino, al que se van agregando figuras mediáticas como Eugenio Derbez con su video. No es algo nuevo, como tampoco es nuevo el medio toro mutilado en la plaza.

José Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, advierte sobre el nuevo tipo de hombres del siglo XX, que no son sino los mismos que transitan hacia el XXI; sobre su irresponsabilidad ante el legado cultural y todos los beneficios que recibe de una cultura que él no ha creado y que es inmensa. Todo hombre, desde que nace, tiene el privilegio de heredar la cultura que la historia ha acumulado, pero también tiene la opción de elegir cualquier otra forma de distracción. Vivimos en tiempos de distracciones, eso que conocemos como “entretenimiento”. Derbez es precisamente alguien que se dedica a “entretener”. Refiriéndose al toreo, pregunta en su video: “Habiendo tantas otras distracciones, ¿crees que esto sea correcto?” Luego pasa a denominarse “artista” a sí mismo, lo cual, al parecer, le confiere una autoridad moral superior para declarar que “el arte es crear, no destruir”. Derbez tiene la supuesta buena intención de ayudar a los animales abusados y se presenta como artista para validar sus palabras, pero no analiza ni discute, no sabe pero afirma, dice ser creador y ataca destruyendo sin mayores conocimientos, simplemente porque así lo decidió. Pregonar eso no puede ser más que ingenuidad, la cual se vuelve peligrosa pues al tener amplia difusión mediática, como lo tiene todo lo pueril que alimenta la gran máquina del entretenimiento, tiene un gran poder de penetración.

Abolir la fiesta es, como hemos visto, exterminar al toro de lidia. Es fácil sentarse frente al Facebook y creerse ecologista, revolucionario, defensor de los animales, crítico social, sin ser realmente ninguna de esas cosas. Dice George Santayana:

Los animales, que no son mucho más antiguos que el hombre, han tenido tiempo de tomar la medida de la vida y se han impuesto rutinas de preferencias y hábitos que los mantienen como especie a flote, y es de creerse que, en la estación propicia, los visiten mágicas imágenes que para ellos son símbolos de su mundo o de los ciclos de su destino […] A veces, entre grupos de hombres y animales se ha alcanzado un equilibro de esta clase moral.

“Me basta con lo que he visto” —entiéndase imágenes en internet, únicamente—, me dijo un antitaurino que se prestó levemente al diálogo, pues la mayoría se niegan a escuchar nada. Se trata pues de imponer una opinión sin que importe más nada, no se trata de saber sino de opinar, dar por hecho algo con ideas y nociones vagas de un tema. No escuchar ni poner en tela de juicio su opinión pues “ya tiene una”, actuar como si solo él y su opinión y las de los que simpatizan con ella importan, desde una superioridad moral que asumen cultural. Su actitud, sin embargo, no es otra que la propia de la barbarie y el oscurantismo a los que creen atacar y de los que esta época está llena de señales.

¿Por qué no defienden a las gallinas? ¿No hay una infinidad de actos crueles que se cometen contra esos animales? ¿Por qué Eugenio Derbez y el resto de ecologistas de internet no se organizan para rescatarlas?

Me pregunto: ¿por qué no defienden a las gallinas? ¿No hay una infinidad de actos crueles que se cometen contra esos animales? ¿Por qué Eugenio Derbez y el resto de ecologistas de internet no se organizan para rescatarlas? ¿O a los cerdos que padecen en las granjas industrializadas los más abyectos maltratos? ¿Por qué los jóvenes franceses que se atan a los cajones donde viajan los toros de lidia no se organizan para atarse a los camiones donde todos los días viajan hacinados los cerdos rumbo a los rastros? ¿Será porque huelen mal o son feos? ¿No será que es una mera pose “defender” al toro de lidia?

La tauromaquia está viva y en constante cambio y evolución, atraviesa épocas y decae, es corrompida y renace, pero también al ser viva es frágil, fácilmente puede romperse para ya no volver.

La primera regla para cambiar algo es conocer aquello que se quiere cambiar, y el grado más bajo de la ignorancia se manifiesta cuando se rechaza lo que no se conoce. En un mundo donde el entertainment ha venido a suplir la cultura, las causas supuestamente justas sólo son un adorno más para esos satisfechos opinadores de todo, un adorno más para su mundo “buena onda” en el que no les importa destruir lo que ha costado siglos forjar. El mundo del toro bravo es un legado artístico cultural que forma parte del corazón mismo de nuestros pueblos, esto es, del corazón mismo de la civilización. Es respetable la preocupación por los animales cuando es genuina, pero es peligrosa la opinión cuando no se tienen los fundamentos ni el conocimiento que ofrece la cultura para poder entablar un diálogo, debatir y formar un criterio para opinar. El problema radica en que eso que se llama cultura es una cosa difícil, algo que requiere tiempo, constancia, estudio, observancia, todo lo contrario al entretenimiento. Dice Samuel Ramos en El hombre y la cultura en México: “Cuando la cultura sólo sirve de adorno, basta con su imagen”. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2013


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  • Eduardo JA

    Excelente articulo, bien podría sintetizarse en una frase que mencionas: “para cambiar algo es conocer aquello que se quiere cambiar, y el grado más bajo de la ignorancia se manifiesta cuando se rechaza lo que no se conoce”. Con todo respeto para el Señor Derbez zapatero a tus zapatos.

  • Juan

    Eugenio, me imagino que creciste en un ambiente taurino, que tus padres te llevaban a la fiesta brava. Me imagino. Pienso entonces que le agarraste cariño a un espectáculo que en los días irreflexivos de la niñez y adolescencia te parecía muy normal, sin embargo no lo es, y hay que aceptarlo. Tienes muy buena pluma, pero hay que aceptar que todas la líneas que has escrito para este artículo no alcanzan para validar el maltrato injustificado de un ser vivo. Otra cosa, el hecho de que nuestra cultura de consumo de animales a nivel industrial sea terrible, y que los antitaurinos no protesten al respecto de igual forma (eso dices tú), tampoco justifica la tauromaquia. Mira, es el argumento pueril del niño que se justifica con su profesor: “¡pero él también o hace!” No, Eugenio. El hecho de que la humanidad sea hipócrita, que festeje la prohibición de las corridas mientras se come un filete, tampoco las justifica. Creo que tu artículo funcionaría mucho mejor si hubieras ahondado en esa cuestión, si hubieras denunciado la hipocresía como un acto deleznable en sí mismo, y no como una justificación de la fiesta brava.

    Para terminar, dices esto: “satisfechos opinadores de todo, un adorno más para su mundo “buena onda” en el que no les importa destruir lo que ha costado siglos forjar”. Mira, Eugenio, a la humanidad también le costó muchos siglos forjar la esclavitud, sin embargo tuvo que destruirla para que la humanidad avanzara, no digo mejorara, digo avanzara en su sentido primario de movimiento. Y muchos conocedores de la esclavitud rechazaron por supuesto que ésta se prohibiera, porque al igual que tú la conocían desde niños y se les hacía muy normal. Seguramente los que no estaban familiarizados con ella fueron los que más la atacaron. Igual que los antitaurinos. Te dejo esta reflexión, ya que en tu artículo haces alusión a que nadie quiere debatir, o que los presupuestos antitaurinos provienen de la ignorancia, y tú sabes que muchos de ellos provienen de una inclinación lícita a que esta humanidad mejore.

  • Perla

    Excelente artículo.

  • Arnoldo

    Mucha palabra bonita, una verborrea en defitnivia, pero no obstante, en ningun momento veo yo una verdadera justificación de andar tortuando publicamente. La alimentación fisiológica y la alimentacion del morbo son cosas muy diferentes. Por antiquísima que pueda ser esta tradición, no quiere decir que esté bien, imaginémonos que a la fecha en Roma todavía se lanzara gente a los leones, le parecería correcto? en vano podría escribir muchas cosas más contra la tauromaquia porque las convicciones son fuertes en los taurinos, pero bajo ningún punto de vista podrrán justificar jamás que al animal se le rinde honor maltratándolo, es realmente un atentado contra la sapiencia y el sentido común tal afirmación. Tampoco acepto el argumento taurino de que las corridas es un “combate heroico” porque eso no es más que un circo arreglado para que el torero siempre gane, a ver que pasa cuando un torero es herido? declaran vencedor al toro? verdad que no? igual lo matan, tauromaquia es igual a crueldad y cobardía. Y por último el argumento del toro bravo, vamos toro ravo es una raza aparte, por favor!!! el toro es toro, que durante la vida del toro esta sea sistematizadamente urgado para provocar su bravura es otra cosa, a cualquier animal que lo maltraten naturalmente será bravo, desde un perrito un pájaro, cualquier animal se vuelve bravo cuando es maltratado como el caso de los “toros de lidia”. Si quiere diga que el toro vivió como un rey, pero si el precio de esa vida de rey es la muerte humillante en un ruedo, estoy seguro que ese toro hubiera preferido morir un un rastro para ser servido en un buen restaurante.

  • Elisa

    Ni toda tu tediosísima diarrea escrita ultra-pretensiosa puede tapar el hecho de que los toros son torturados y sufren lo indecible antes de ser asesinados para que gente sádica como tu ¨disfrute¨ el lamentable y anacrónico acto,la tauromaquia es un absurdo petimetre del gusto de gente tan distinguida como ricardo salinas pliego,emilio azcárraga jean y demás finísimos individuos,anda a escribir un libro entero de tu extraña ¨afición¨ que de todas maneras tiene sus días contados (por si no lo habías notado derbez está lejos de ser el único interesado en la abolición,de hecho somos muchísimos).
    ¨Aquel que admira mezquinamente cosas mezquinas no es mas que un snob¨
    Thackeray.

  • Marisa

    Sin ser taurina y sin nunca haber ido a una corrida concuerdo ampliamente con el autor del artículo. Sin duda comentarios como el de Samuel refuerzan mi posición, pues dice él que sentiría menos repulsión a las corridas si en ellas se dejara morir a los toreros cornados, y aún se queja de nuestra “especie sanguinaria”, al igual que miles de antitaurinos que celebran y desean todos los días que los toreros tengan muertes trágicas y dolorosas, ¡vaya! en serio que no puedo más que concordar con Samuel en aquello de que somos sanguinarios. Absolutamente me parece más deleznable ese odio a nuestra especie, es decir a nosotros mismos.

  • Samuel

    Coincido con que no se puede despotricar sentimentalmente contra la tauromaquia cuando se consumen animales llevados a nuestra mesa por la industrialización. Y en consonancia con ello, sólo quisiera que el autor fuera completamente sincero y explícito, que dijera: amo a los animales y les pondré incluso mi apellido y conviviré con ellos libre de los dictados de Disney, pero compréndase que la cultura y su larga y esforzada tradición exigen que eso que amo sea finalmente sacrificado con la gallardía y bravura que el toreo le confiere. Derrámese la sangre de la bestia siempre que la hemorragia vaya acompañada de garbo cultural. Nuestra especie es irremediablemente sanguinaria, matemos siquiera con una estética plausible. Bien.

    No simpatizo con la tauromaquia pero tampoco me desgarro las vestiduras ante el tema justamente porque mi dieta incluye la carne de reses y cerdos con cuya sangre ni siquiera tengo que mancharme. Sólo fantaseo (sé que nunca ocurrirá) que cada vez que el torero fuera corneado, no interviniera nadie a socorrerlo. El toro (como Héctor frente a Aquiles) se engrandece frente al aventajado humano. Mi desprecio por la tauromaquia deriva también de ahí. Si el torero fuera condenado a desangrarse en la plaza o a ser descuartizado cuando el toro evidencia superioridad, mi repulsión por ese espectáculo disminuiría.

    Y a todo esto: ¿por qué molestarse en replicar a un comediante de la calidad de Derbez? Se cita en el artículo al personaje de Coetzee, la autora de Eccles Street: Costello. Es más sencillo abatir a un irrisorio televiso que a un Nobel. Abandónese la ley del menor esfuerzo, Replicante.