Los románticos de la pornografía

Por el plan perfecto

A la generación nacida en los ochenta le tocó ver como la industria de la pornografía por internet se alzaba ante sus ojos como un rascacielos que se construye de un día a otro.

Muchos crecieron descargando fotos y videos de Pamela Anderson

Nuestro primer contacto con la pornografía no es algo casual. Y digo “nuestro” refiriéndome a los de mi generación, los nacidos en los ochenta, porque creo que fuimos los últimos en apreciar la pornografía con el riesgo que implicaba. Esta generación, me atrevo a decir de manera categórica, fue la última de los “románticos de la pornografía”; consumíamos el porno para saciar el imperioso deber del morbo y la curiosidad, y ante tal llamado, debíamos afrontar con inteligencia y astucia (que no son sinónimos) los peligros que traía consigo ese deleite prohibido. Y no digo que ahora sea una actividad permisible, pero las maneras de obtener el porno se han vuelto más sencillas. Ahora todo se ha facilitado y, con ello, el ingenio y la sagacidad se han reducido a la mera habilidad para utilizar Google.

La pornografía ha sido atenuada en tanto ha abandonado parte de sus restricciones. Antes significaba un símbolo de desobediencia. La imagen de joven que se rebelaba con la sociedad era la de aquel que fumaba y tomaba cerveza mientras hojeaba una revista pornográfica. En el pasado, que alguien hubiera visto una revista o película pornográfica podía tomarse como un acto de respeto. Ahora todos llevan un video o una foto pornográfica en su celular y es normal que cualquier hombre haya visto alguna película porno en su niñez, e incluso para nada resulta descabellado encontrar a mujeres que vean o hayan visto una cinta XXX.

El más obtuso dirá que, entre ese ayer y la actualidad, la situación sigue siendo la misma, pero puede que esté olvidando el valor de la planeación, el magnífico sabor de la construcción y funcionamiento de eso que llamaremos EL PLAN.

En nuestros tiempos las revistas pornográficas eran el recurso más accesible. Un grupo determinado de amigos y parientes se reunía un día para elaborar un plan. Era necesario porque debíamos sortear los peligros de la moral bajo la cual se regían nuestros padres. Era un viaje temible y peligroso, pero el morbo podía más. Como aquel mito de Odiseo y las Sirenas, el reto era salir vivos.

El primer paso era ubicar la tienda donde íbamos a comprar la revista. Tenía que ser una donde el tendero no reconociera a ninguno de los implicados. Después había que determinar alguna hora propicia, comúnmente la hora del almuerzo, cuando menos gente había, y llevar más dinero de lo que costaba la revista, para comprar otras publicaciones y fingir que lo que ahí acontecía era de lo más normal: “Me das unas Notitas Musicales, un Club Nintendo, un Condorito Gigante, una Culonas Latinas y un TV Guía por favor”.

Pero el plan terminaba ahí, había que pasar a la fase de degustación, y para eso debíamos ver la mencionada revista en un lugar donde ningún adulto pudiera descubrirnos. Habiendo terminado el paladeo visual venía la fase más difícil, que era la de “preservación”. Era necesario quedarnos con la revista porque nuestras hormonas querrían una porción más en el futuro.

El asunto hubiera quedado ahí pero sucedía que nuestro morbo y curiosidad nunca estaban realmente satisfechos, y pronto necesitábamos porno en movimiento. Entonces deseábamos hacernos de alguna película XXX. El método para rentar un video pornográfico era muy parecido al de la revista. El asunto a resaltar es la forma en que nosotros enfrentábamos los problemas. Una vez teniendo en nuestro poder la película —siempre voy a hablar en plural porque todo se tenía que hacer en grupo— metíamos la película en la Beta o VHS, oprimíamos el “Play” y observábamos. Aunque la palabra observar también implicaba discutir alguna idea con los demás. Veíamos con detenimiento la película y la guardábamos en nuestra mente para luego debatirla y traerla a cuento a la menor oportunidad. Sabíamos que una vez cometido el crimen era necesario deshacerse de la evidencia de manera eficiente, pero en no pocas ocasiones el video quedaba atorado en el aparato y se convertía en una bomba de tiempo que amenazaba la integridad moral del dueño de la videocasetera. Y es ahí cuando aplicábamos toda nuestra inventiva e inteligencia para salvar la película y a nuestro amigo, o en otros casos, la vida misma. Abríamos la videocasetera y nos encontrábamos con la película atascada en una maquinaria completamente desconocida. Tratando de conservar la calma, alguno recordaba lo que su padre le había dicho cada que tenía un problema con la video: “Son las cabezas que ya están sucias” (la verdad es que nadie sabía, pero había que decir algo). En ese proceso de rescatar la película sin producirle daños mayores (al fin de cuentas, era una película rentada) terminábamos descubriendo habilidades de las que no teníamos idea. Así fue que muchos se volvieron ingenieros electrónicos.

Es evidente que las dificultades hacen al hombre. Ahora, el confort y la tecnología nos han quitado el placer de la dificultad, pero a su vez nos han robado la oportunidad de urdir y gozar nuestro Primer Plan Perfecto. El porno no sólo satisface una necesidad corporal sino nos educa en el arte de guardar secretos, de subvertir las reglas sin ser descubiertos.

No negaré los beneficios que ha traído el internet, pero hemos de reconocer que la red ha librado a las nuevas generaciones de tener una experiencia única. Ahora, no hay anécdotas memorables sobre cómo conseguimos pornografía, sino sobre cuál fue el primer sitio al que tuvimos acceso. Cuando uno recuerda su primera revista porno siempre empieza con el “cómo” y no con el “cuándo”, resaltamos el proceso sobre el contenido. Es decir, siempre privilegiamos aquella vieja epopeya juvenil, nuestras primeras experiencias de urdidores de planes. Recordamos a los que nos acompañaron en esa travesía porque el plan sellaba también una amistad. La pornografía nos educaba a ser “voyeurs” en grupo; ahora, el internet nos ha convertido en meras islas. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2011


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  • Epsilon Rho Rho

    Saludos, generación del 84, plenamente identificado con tus letras, gracias por compartir la reflexión.

  • Carlos

    Yo soy del 82 y quedé completamente identificado con tu artículo, pasé haciendo planes para conseguir el material preciado sin ser descubierto, pasé mil y una historias que recuerdo perfectamente, me ha gustado mucho tu reflexión y tienes toda la razón en lo que dices, Internet ha facilitado mucho las cosas por lo que la ultima generación en vivir esos momentos fue la de los 80’s. Recibe un cordial salu2 y te felicito por compartirnos esto.