Terrores nocturnos

Esta vez fue muy claro, el alarido correspondía al de un chimpancé, hembra, para ser más preciso, lo pude reconocer por su agudeza.

Hace un par de años una familia de chimpancés nos rentaba la alcoba que está al lado del ático. No es muy grande y suele llenarse de polvo con facilidad debido a su falta de ventilación, sin embargo la ocuparon muy gustosos. Al parecer se encontraban cansados de la vida en el zoológico, comenzando porque tuvieron ciertos problemas con el guía turístico, quien solía saltarse su sección ya que le parecían animales poco interesantes.

Era común encontrarlos los jueves por la tarde tomando café y galletas con mi madre. Contaban cosas muy interesantes, al menos eso pretendía aparentar mi madre, quien asentía con la cabeza cada vez que pronosticaba un silencio incómodo. Yo, por mi parte, rara vez entendía algo de lo que decían, más bien escuchaba un ininterrumpido acervo de bramidos que muy dudosamente podrían ser considerados oraciones pertenecientes al castellano que me impartían en la esuela. Según mi madre, encargada de divulgar horas después en persona y telefónicamente a toda la familia y amigos las extensas y divertidas conversaciones que acostumbraba tener los jueves con la pareja de antropoides, el chimpancé macho solía repetir una y otra vez que pertenecían a una raza mucho más evolucionada que otros primates y que, incluso después de un par de tasas de café, aseguraba que tras una correcta interpretación de lo expuesto por Darwin, los humanos nos daríamos cuenta de que somos descendientes directos del chimpancé antes que de cualquier otra clase de mono. Que le parecía ofensivo el hecho de que fueran ubicados en el zoológico entre la jaula del mono araña y el pequeño ecosistema del gorila beringei; palabras a las que su esposa solía responder con una cara de enfado y un acelerado cambio de tema.

Era común encontrarlos los jueves por la tarde tomando café y galletas con mi madre. Contaban cosas muy interesantes, al menos eso pretendía aparentar mi madre, quien asentía con la cabeza cada vez que pronosticaba un silencio incómodo. Yo, por mi parte, rara vez entendía algo de lo que decían.

Una mañana de miércoles se presentaron en la cocina, mientras desayunábamos, los cuatro integrantes de la familia de simios para decirnos que habían hallado un nuevo empleo en un circo alemán que se encontraba de visita en la ciudad y que no tardarían en marcharse de la casa. Mi madre se afligió notoriamente. A mí no es que no me entristeciera su ausencia después de algunas semanas, pero, a decir verdad, sentí un alivio inexplicable en cuanto supe que no volverían. Probablemente se deba a mi falta de tolerancia hacia sus hábitos de higiene personal, pero más probablemente y con mucho más certeza mi alivio fue sembrado por el partir de sus punzantes y artificialmente moduladas vocecitas, hirientes alaridos que naturalmente les negaban el paso a formas más evolucionadas de vida y los encarcelaban dentro de la abstracción “animal”.

Quién iba a decir que años más tarde tan despreciable cualidad sería imitada incesantemente por el subconsciente de mi madre durante las noches; muchas veces manifestada en bramidos de chimpancé y otras tantas en sonidos de diversos animales, destacando entre ellos los rugidos de león y los graznidos de pato.

—Esto no es más que un agudo trauma generado por la ausencia de mascotas durante la infancia, o peor aún, por un gigante déficit de asistencias al zoológico entre los cinco y los nueve años. Lamento mucho no poder dar mayor solución a su caso —dijo el médico familiar, a quien acudimos con preocupación tras diecisiete noches de sueños cortos.

No pasó mucho tiempo para que el caso se comenzara a hacer famoso en la ciudad, y persona que lo conocía, persona que le adjudicaba una causa y una cura diferente. Ninguna dio resultado.

Hoy en día los clamores prevalecen noche tras noche durante los profundos sueños de mi madre. Hay quien aboga por que el Estado otorgue más presupuesto en la búsqueda de una cura para tan insólito mal, al igual que otros ha prohibido que en su casa se hable del tema. Las opiniones entran y salen por nuestros oídos, ya que evidentemente somos la sección preferida del guía turístico. ®

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Publicado en: Narrativa, Septiembre 2011

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