Una reflexión sobre el suicidio

Hospedar la muerte voluntaria

Cuando alguien se da muerte hay una pregunta inevitable: ¿Por qué el espacio conjunto no es vivible para todos? Cuando el otro decide morir su muerte nos enfrenta a la herida del narcisismo, a la soledad, a la propia posibilidad de morir, pues su muerte hace que nos preguntemos si queremos vivir.

In memoriam J.P.R.

Las lágrimas no pueden dejar de mezclarse con la sonrisa de la hospitalidad. De algún modo la muerte forma parte de ello.
—Jacques Derrida

Banksy, "El suicidio de Ronald".

Banksy, “El suicidio de Ronald”.

El suicidio está vetado: no matarás, ni siquiera a ti mismo, dice el quinto mandamiento del catecismo de la Iglesia católica. El suicidio es considerado una ofensa grave al amor de Dios, sólo el arrepentimiento —que puede suceder por algún “extraño milagro” después de la muerte— puede generar la salvación del suicida. Pero al muerto poco le importa: decidió morir antes que obedecer el mandato eclesiástico. La cultura tiende en la tumba del suicida una cortina de humo: esconde el acto como si se tratara de un pecado, una enfermedad o un delito. Frecuentemente la comunidad de creyentes excluye el duelo de sus discursos, sus ceremonias y su memoria colectiva.

Hay un tabú para hablar sobre el suicidio: se vela la decisión de aquel que ha decidido morir y en ocasiones se inventan otros motivos para explicar su muerte; se evita el ritual funerario o se sepulta al muerto en una tumba separada de los “salvados”; se propaga una publicidad sobre el “valor de la vida” sin reflexionar seriamente sobre los motivos de aquel que ya no quiere vivir y se juzga la muerte voluntaria con la etiqueta de “falsa salida”…

Suicidio es una derivación de la palabra homicidio. Homicidium está compuesto de dos términos: homo, hombre; cidium, acto de dar muerte. En la palabra suicidio se sustituye el término homo (hombre) por sui que significa sí mismo. Sin embargo, es una equivocación hacer una analogía entre el acto de darse muerte y el acto de matar a otro: aquel que elige morir no daña a nadie, sólo decide por su propia vida. Por eso Francisco Pereña propone hablar de muerte voluntaria y no de suicidio, para evitar así un sesgo religioso o médico.

Si la cultura tiende sobre el acto suicida una censura es porque los seres humanos estamos inclinados a la muerte más de lo que estamos dispuestos a admitir. Freud destaca que no sólo el suicidio es un problema clínico, es necesario preguntarnos también por qué decidimos vivir en vez de morir.

En nuestra cultura se evita reflexionar sobre la muerte voluntaria, prohibiendo o desaconsejando el acto de inmediato. En el primer ensayo de Tótem y tabú Freud dice que el fundamento del tabú es un obrar prohibido para el que hay una intensa inclinación en el inconsciente. Si la cultura tiende sobre el acto suicida una censura es porque los seres humanos estamos inclinados a la muerte más de lo que estamos dispuestos a admitir. Freud destaca que no sólo el suicidio es un problema clínico, es necesario preguntarnos también por qué decidimos vivir en vez de morir. Aquel que muere por voluntad propia interroga gravemente a los vivos.

En El mito de Sísifo Camus dice que el suicidio es el verdadero problema filosófico del ser humano. No hay mortal que no haya pensado en él: en el momento en que el hombre comprende que va a morir puede preguntarse si prefiere la muerte o la vida. Aquellos que voluntariamente terminan con su vida han decidido sobre la cuestión: la existencia es un absurdo o simplemente no vale la pena vivirla.

En el parágrafo 44 de Ser y tiempo Heidegger dice que no hay realmente un escéptico que ―en la desesperación― no se dé muerte a sí mismo: todo es mentira, una farsa banal, y por eso no hay algo verdadero por lo cual vivir. Cuando la cultura rechaza el acto suicida o discrimina el duelo por aquellos que se han suicidado —condenándolos, ocultándolos u olvidándolos— está defendiendo sus fábulas y su falso entusiasmo por la vida —deniegan el dolor y la duda de vivir—. Con este proceder el grupo social pretende defender el sistema de creencias que le otorga sentido a su existencia. Con la censura la cultura rechaza el acto suicida; el mundo continúa como si nada hubiera sucedido.

Sloterdijk (2011) comprende el ser–para–la–muerte como la circunstancia de que todo mortal ha de abandonar alguna vez el habitad en el que está relacionado con otros, en una fuerte alianza con los demás. En Esferas I la muerte significa dejar un espacio vinculado. Aquel que voluntariamente elige morir está decidiendo desvincularse: abandona este espacio por propia convicción. Este acto irreversible pone en cuestión a los demás: el espacio y las alianzas que se han creado son despreciables o simplemente no son suficientes para soportar la vida, por eso la comunidad experimenta el suicidio como una afrenta.

Matarse a sí mismo.

Matarse a sí mismo.

La muerte voluntaria es un problema para los vivos, no para los muertos. A pesar de los intereses del biopoder o de las creencias religiosas, en un Estado laico todo ser humano debe conservar la posibilidad de decidir sobre su propia vida. Aunque la muerte voluntaria de alguien amado interroga sobre el amor mismo. Aquí nos hacemos esta pregunta: ¿Cómo enfrentar un acto suicida sin juicio y sin indiferencia, con el respeto profundo a aquel a quien se ha querido y aun así prefiere morir por voluntad propia? Sostengo que respetar el acto suicida no es elogiar el suicidio sino hacer un esfuerzo por hacer del mundo un espacio habitable y respetuoso. El mundo existe por el cuidado cotidiano, pero también por la memoria a los muertos, la consideración al otro y el gesto de bienvenida a los que aún no están vivos. Cuando alguien se da muerte hay una pregunta inevitable: ¿Por qué el espacio conjunto no es vivible para todos?

Cuando el otro decide morir su muerte nos enfrenta a la herida del narcisismo (nuestro vínculo no fue suficiente para que la persona amada viva), a la soledad (ya no estamos con el ser querido que ha decidido ya no estar en el mundo), a la propia posibilidad de morir (su muerte hace que nos preguntemos si queremos vivir). ¿Cómo sobreponerse a esto?

No toda muerte crea duelo. Sólo hay duelo cuando hay amor. Lévinas dice que el mayor temor del ser humano no es la muerte propia sino la del amado. La anticipación a la propia muerte genera una situación de angustia, pero no una afectación —un muerto ya no siente—. La muerte de un ser querido sí afecta: duele. Amar a alguien significa que su muerte nos afecta más que la propia (Lévinas, 2008).

Derrida (2006: 97) dice que entre hospitalidad y duelo hay cierta afinidad. El ser humano es un anfitrión que debe acoger lo infinito más allá de su capacidad de acogida. Este infinito es la muerte misma, no sólo la propia sino la del otro. La muerte del amado se acoge como un visitante extranjero que no se espera y no se quiere. Es imprevisible e insuperable. No esperábamos su visita, su irrupción. Ni tan siquiera estábamos preparados para aceptarla. El huésped absoluto (la muerte) que se hospeda no es aquel que queremos recibir, sino que aparece de improvisto, sin aviso alguno. No hay invitación, llega inesperadamente.

Para reflexionar sobre el suicidio es necesario que la psiquiatría y la psicología se aproximen a la filosofía. Las campañas de prevención del suicidio son panfletos de mal gusto alentados por la hipocresía del clero: dicen que están a favor de la vida pero alientan el martirio silencioso, el sacrificio obediente, el aniquilamiento paulatino propio de la ascética cristiana.

Hospedar el acto suicida no sólo es hospedar la muerte del otro, sino su decisión de ya no estar en el espacio de conexión y alianza. Hospedar es no esconder al muerto ni su decisión de morir por voluntad propia. Hospedar es hacer memoria, dignamente, de la decisión de morir del ser querido. Hospedar es aceptar dolorosamente que el mundo no es deseable para todos, es respetar un acto íntimo, singular y solitario de aquel a quien amamos. Hospedar el suicidio nos enfrenta como cultura al respeto a la alteridad y a la verdad de la muerte.

Para reflexionar sobre el suicidio es necesario que la psiquiatría y la psicología se aproximen a la filosofía. Las campañas de prevención del suicidio son panfletos de mal gusto alentados por la hipocresía del clero: dicen que están a favor de la vida pero alientan el martirio silencioso, el sacrificio obediente, el aniquilamiento paulatino propio de la ascética cristiana. Después de La genealogía de la moral de Nietzsche no se puede seguir sosteniendo la farsa impositiva de los “valores universales”. Hospedar el acto suicida es aceptar que el “yo vivo” no es un valor universal, no lo fue así para quien decidió darse muerte a sí mismo. Es necesario replantear el problema de la muerte voluntaria y hablar evitando el tabú religioso. Desde esta perspectiva cabe preguntarse si una vida vivible puede ser una vida esclavizada a la obligación de vivir.

Con el suicidio el duelo es aún más difícil: además de aceptar la muerte hay que aceptar que el ser querido ya no quiso estar con nosotros. Nunca se está preparado para acoger la voluntad del otro de morir; sin embargo, no puede haber mundo habitable si no hay hospitalidad hasta para aquellos que han decidido ya no estar aquí. ®

Referencias

A. Camus (2008), El mito de Sísifo, Trad. Esther Benítez. 1ª ed., Biblioteca de autor. 7ª reimp. Madrid: Alianza editorial.

J. Derrida (2006), “Cierta posibilidad imposible de decir el acontecimiento” en Decir el acontecimiento, ¿es posible? Trad. Julián Santos, Madrid: Arena Libros.

S. Freud (2001), Obras completas. Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud. 24 vols. Traducción directa del alemán: J. L. Etcheverry, 2ª ed. 8ª reimp. Buenos Aires: Amorrortu.

M. Heidegger (2009), Ser y tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. 2ª ed. Madrid: Trotta.

E. Lévinas (2008), Dios, la muerte y el tiempo. Trad. María Luisa Rodríguez. 4°, Madrid: Cátedra.

F. Nietzsche (2004), La genealogía de la moral. Introducción, trad. y notas de Andrés Sánchez Pascual. Primera edición, revisada, en “Biblioteca de autor”. 5ª reimp. Madrid: Alianza Editorial.

H. Numberg y E. Federn (1979), Las reuniones de los miércoles. Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

F. Pereña, “El suicidio y la vergüenza” en Átopos, núm. 4. Suicidas.

P. Sloterdijk (2011), Esferas I. Burbujas. Trad. Isidoro Reguera. 4° ed., Madrid: Siruela.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Noviembre 2014


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