Seco estudio de yeguas en el Centro Histórico

Una crónica del Diario de invierno

En esta crónica la autora narra lo que atestigua al deambular por las calles del centro de la Ciudad de México, entre indigentes y edificios que le recuerdan su infancia, entre gritos y gestos de locura y compasión.

Estación Pino Suárez.

Diciembre 16, 2016

Hoy presencié el suicidio de un hombre joven. Ok, presencié no es la palabra adecuada. Me tocaron el enfrenón del tren al llegar a la estación del Metro Bellas Artes y algunos gritos agudos expandiéndose como un gas letal: “Alguien se aventó a las vías”, “Se suicidó un joven”, “Aventó la mochila al andén y se tiró”, frases provenientes de todos los puntos del vagón de mujeres. Sólo eso, voces impregnadas de ansiedad, puertas cerradas y una veintena de rostros femeninos descompuestos al otro lado del cristal. Aparecieron varios policías, dos hombres y una mujer. Les costó trabajo desalojar a las usuarias.

Una chica vestida de rosa dijo en voz baja:

—Vamos a estar detenidas una media hora. Se echó debajo de nuestro vagón.

Desde mi lugar, próximo a la puerta, solté unas lágrimas (yo, tan acostumbrada a evadir el llanto) cuando vi al muchacho delgadito, inerte sobre la camilla. Iba oculto bajo una manta azul y apenas distinguí su brazo derecho, la tela desvaída del suetercito oscuro. Minutos antes había estado a punto de pelearme con una señora de expresión dura y piel manchada que respondió con gritos una exclamación que me salió del alma cuando una docena de mujeres pujó por meterse al vagón: “¡Ya no caben!”

—¡Así es el Metro! ¡Así es el Metro! —me escupió a la cara.

—¡Tiene usted toda la razón! ¡Brillante! —contesté irónica.

Su tono me alteró. Más tarde, ya contaré por qué, comencé a pensar que la señora estaba un poco loca.

Una adolescente, muy vestida para los parámetros de nuestro Metro ex defeño, me sonrió. Otras mujeres me miraron molestas. O eso creí ver. O eso aluciné ante la manada vociferante que me empujó hasta casi dar contra la puerta opuesta. Quise saber si mi indignada interlocutora detestaba el Metro. ¿O su vida en realidad? No dije nada, por supuesto. Too much thinking para hora tan temprana.

El cuerpo del muchacho de complexión delgadita quedó debajo del vagón.

(“Delgadita”, una palabra que odiaba de niña, me hizo recordar al estudiante, un primo lejano, que visitó a mi madre el 3 de octubre de 1968. Toda la tarde hablaron sobre la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco. Yo era una niña y recuerdo que, en algún instante, el primo volteó a verme para soltar un “¡Eres esbeltísimaaaa!”).

Dentro del vagón una chica gritaba:

—¡Su cuerpo está arriba de nosotros!

Nadie notó la siguiente lágrima, bendito anonimato de la urbe subterránea, aunque pronto sentí su humedad.

—Y este muchacho suicida, ¿será un estudiante? —pregunté.

Nadie respondió. La señora del ¡Así es el Metro! ya estaba obsesionada con su statement y el suicidio le daba igual. ¿Una demente? Me recordó mucho a una familia de trabajadores de la basura que entrevisté hace tres años en Ciudad Nezahualcóyotl, un día que me fui ridículamente disfrazada de pobre, siento decirlo. Padre, madre e hijos tenían la cara requemada por el sol, ropas muy sucias. Vivían de vender basura reciclada. En esas miradas de reojo había una gran melancolía, incluso desconfianza. ¿No dicen que la melancolía es ese humor mezcla de ira y tristeza? Pues así vi a los miembros de esa familia, así me sentí cuando me cayó el veinte sobre el muchacho suicidado.

No había llorado desde que murió mi padre en 2005. Ese 29 de noviembre lloré a mares, llegué a la misa fúnebre con un girasol gigante y una amiga dijo que le recordé a sus hijos cuando niños, siempre prendidos del osito de peluche.

Poco antes de detenerse el vagón estuve intentando acercarme a la salida. Alguien que entró a la fuerza me aplastó sin querer, sin importarle tampoco, contra un tubo. Cómo me dolió la costilla. Después sabría que se produjo un esguince, por el ortopedista anciano de la familia, envidiablemente vital y agudo en el diagnóstico. Me sentiría bien en unas dos o tres semanas.

Un segundo después se detuvo el vagón. Llegaron los uniformados y ordenaron a las mujeres del andén el desalojo inmediato. La muchacha de rosa volvió a contar que el chico había aventado la mochila al andén antes de saltar. No supe qué pensar. Volví a preguntar si era un estudiante.

—¡No sé, no sé, no sé! —dijo la joven.

Las admiraciones las agrego yo mientras escribo. No había llorado desde que murió mi padre en 2005. Ese 29 de noviembre lloré a mares, llegué a la misa fúnebre con un girasol gigante y una amiga dijo que le recordé a sus hijos cuando niños, siempre prendidos del osito de peluche. Pensé que entre un girasol y un oso de peluche hay un abismo, pero desde muy adentro agradecí su ternura.

(El otro día me fui de rojo a ver la exposición de la chinchilla en Bellas Artes. No fue a propósito ni para estar ad hoc. Es que llevo dos semanas cubierta con un abrigo rojo de algodón que me compré en San Cristóbal, Chiapas. Cuanto más triste estoy más uso el rojo. Sólo visto de negro cuando ando alegre. Es verdad, es verdad. Roja es la sangre, roja es la pasión, roja es la nota sobre el crimen, rojo es el corazón y roja es la vida).

En el vagón varias mujeres comenzaron a gritar, asomándose a las minúsculas ventanas que recién habían abierto.

—¡Nos vamos a asfixiar! ¡Sáquennos de aquí! —gritó una señora joven con un bebé de rostro dibujadito, facciones precisas y una serenidad previa al ingreso a esta vida de lágrimas y risas.

La mujer de rostro manchado volvió a montar en pantera. Me quité la bufanda. El muchacho suicidado y ella me habían acalorado.

En días tensos vuelvo a escuchar esa voz espantosa.

—¡Así es el Metro! ¡Así es el Metro!

Tenía razón el cineasta Rubén Gámez cuando, en 1964, llenó de borregos el Zócalo en La fórmula secreta o Cocacola en la sangre. Lo entrevisté 28 años después y habló de su alcoholismo y del olvido majadero en que lo tenían los “cultos”.

Somos unos borregos. ¿Por qué aguantar que el Metro nos convierta en yeguas salvajes? ¿Han leído Seco estudio de caballos de Clarice Lispector? Adoptemos la forma de esa hermosa bestia en lugar de vociferar.

Días después encontré un titular seco en algún periódico:

“CAE AL METRO HOMBRE DE 27 AÑOS”

Su nombre no figuraba. Quizá la mochila se quedó en el andén. La nota terminaba así: “Probablemente fue suicidio. Murió a causa de los golpes cuando el tren lo arrolló”. Mentalmente cambié el “cuando” por un “después de que”.

Seguramente el suicida olía a jazmín, como los adolescentes de Lispector:

“Todo caballo es salvaje y arisco cuando manos inseguras lo tocan”.

Enero 26, 2017

Salgo del Barrio Chino después de fotografiar con el celular mi edificio de los seis años en la calle de José María Marroquí, la única cuadra que queda porque fue una calle más larga en sus orígenes; el sitio donde fantaseo que nació la cronista, ahí donde vi enanos, leones de piedra y numerosos niños chinos. Camino rumbo a La Alameda, lista para viajar a casa. Salgo por Independencia y me deslizo —vitrinas de por medio, edecanes anunciando restaurantes malos e incluso pordioseros tímidos—, hasta la Avenida Juárez.

Hay muchos policías de tránsito armados con radios y celulares. Se escucha una banda, pareciera que llegará pronto a pesar de que unos cincuenta uniformados se interponen entre ellos y la multitud. Una señorita de uniforme, labios pintados en rosa, explica:

—Son los de Ayotzinapa.

Una mujer metiche pone cara de fastidio:

—¿Otra vez?

Claro, es 26 de enero. Cada mes hay protestas por los 43 estudiantes presuntamente incinerados.

(¿Qué piensa de la versión oficial sobre los 43 estudiantes calcinados?, pregunté, hace tres años, al encargado de cremar a mi tío Jorge Tercero Gallardo, qepd. Él negó enérgicamente: “Eso no es cierto. Es imposible. El horno para un solo cadáver debe precalentarse a 850 grados y llegar a 900. Hace poco hubo un gran incendio aquí en la carretera México–Querétaro. Lo provocó el choque entre un autobús de pasajeros y un tráiler. Los cuerpos quedaron como encogidos. A los de la verdad oficial no les creemos lo de las llantas. Nosotros sabemos. La carne sometida a temperaturas insuficientes no se derrite, menos aún quedan al rojo vivo los huesos.)

La banda suena muy bien. Creí que era un desfile. Había olvidado la fecha. Quedo muy cerca de los jóvenes músicos. Uno, de frente a los demás, vocea las instrucciones. Sus compañeros, muy derechos, miran en línea recta, bajan los instrumentos y los vuelven a subir con aire militar, retoman la música. No sé qué tocan. Unos minutos después alguien, un hombre con voz cascada, comienza a hablar:

—Ya vieron que estos muchachos de la banda no son delincuentes. En Ayotzinapa no hay delincuentes. La Normal es una escuela para formar a la juventud.

No había visto algo parecido en ninguno de los mítines con que me he tropezado en el camino de esta crónica sobre el Centro Histórico. A la gente le gusta. ¿Somos 200, somos 300? Veo cámaras de video por todos lados, celulares alzados por encima de las cabezas. Hago lo propio para no olvidar. Algo, un pensamiento muy mío, me impide entrevistar a nadie. Logro grabar dos audios de la música.

Como despedida el orador pide cantar “Venceremos”. ¿Me fugué a los años setenta del siglo pasado? Atrás de mí un hombre cincuentañero canta entonado. Se sabe toda la letra. Luego nos solicitan “Alzar el puño izquierdo como siempre”. Tomo algunas fotografías. Unos minutos más tarde todo se termina. Los “Vivos se los llevaron y vivos los queremos” han resonado varias veces.

Dos horas más tarde, mientras escribo en el Trevi frente a una enorme sopa de ajo —especialidad de este restaurante modesto de precios altos, fundado en 1952 y a punto de perecer porque los nuevos dueños piensan poner un coworking con escritorios en renta para hipsters a cuatro mil pesos mensuales—, mientras escribo en el Trevi se escucha el pasar de un helicóptero. Va sobrevolando la ciudad, aunque ya pasó una hora o más del mitin. Abro desde el celular el video que grabé en la Avenida Juárez. Ahí reconozco al hombre de camiseta roja con un saco enorme que exclama “Vengan por sus dos naranjas, compañeros”. En el suelo hay una mochila negra. Los primeros en avanzar son dos hombres. Sólo veo sus perfiles en el video. Uno de ellos guarda las naranjas en los bolsillos delanteros del pantalón. Fotografío a otro que está frente a mí con su naranja que parece de oro. Es la hora cero de Katherine Mansfield. Me ve y se ríe. Saluda a las mujeres situadas a su espalda. Busco la foto dorada y nada. Una imagen borrosa de la naranja es lo único que obtengo. ¿A dónde fue a parar el oro? De pronto caigo en cuenta: el señor amable de las naranjas es el padre de uno de los 43 muchachos desaparecidos. Ahora forma parte de la comitiva de la Normal. En el video me mira muy fijo desde la lejanía.

Febrero 6, 2017

Cruzo hacia la Comisión Federal de Electricidad luego de tomarme un café expreso en la franquicia colombiana del Juan Valdez en Avenida Juárez y Reforma. La CFE está cerrada, ignoro la razón. En esas estoy cuando creo ver a dos personas recostadas sobre el desnivel alto de un edificio abandonado, una especie de plataforma que debe haber sido elegante en su momento arquitectónico. Ambas figuras parecen moverse al parejo en una danza desacompasada, violenta. Resuena por ahí una ronca voz femenina. ¿Escuché un desgarrador “Hijo de puta”? Quizá. Lo más impresionante es el brazo que sobresale desde la vieja manta de rayas azules, muy sucia, probablemente un regalo compasivo. La cobija va subiendo, en medio de un baile brusco, hasta llegar al lugar donde la espalda pierde su casto nombre. La dueña es una mujer. Sólo están ella y su reflejo. ¿Estaré viendo bien? Reacomodo mis gafas oscuras. La joven no pasa de treinta. Su pelo está teñido de rubio oscuro, muy revuelto.

No sólo yo la miro.

La observa un chavo guapo desde su puesto de dulces pintado de naranja. El puesto es idéntico a los que vi en Reforma, unas cuantas noches antes, empujados a toda velocidad por dos adolescentes correosos, casi flacos. Iban sobre Reforma en sentido contrario al mío. Eran casi las diez de la noche y yo iba caminando muy rápido rumbo al Metrobús Hamburgo. Me topé con ellos en sentido contrario. Podían haberme atropellado, tal era la fuerza con que empujaban su carrito colocado horizontalmente, como si fuera una carreta, debajo de un gran plástico negro.

¿Escuché un desgarrador “Hijo de puta”? Quizá. Lo más impresionante es el brazo que sobresale desde la vieja manta de rayas azules, muy sucia, probablemente un regalo compasivo. La cobija va subiendo, en medio de un baile brusco, hasta llegar al lugar donde la espalda pierde su casto nombre.

Pero estaba platicando sobre la mujer que se reflejaba en un gran espejo manchado a plena luz del día. Llora y grita en voz muy alta. Tiene la cara muy roja. Un padre de familia la mira brevemente y luego él y su esposa esconden la vista —un mismo gesto al unísono, seguramente ríen igual— y continúan su camino. El chico del puesto se ha despegado de su base para observarla con extrañeza. ¿Hay compasión en su rostro? Eso parece. Me acerco.

—¿Quién podá ayudarla? —pregunto.

Él parece apenado. Niega con la cabeza.

Recordé vívidamente mi primer reportaje universal. Un amigo de la Septién García me llevó a un albergue próximo al Metro Hidalgo, en donde podían dormir los ahora “sin casa”, giro verbal de espeluznante corrección política. Fernando me propuso el tema. Yo tenía dieciséis años y estudiaba preparatoria en la mañana. Él andaba en los veinticuatro y ya trabajaba. No le conté a mi madre porque me iba a decir que no me pusiera en peligro o algo peor. Un sábado me dijo “Cuida tu pureza”. Yo sólo iba al ensayo de una obra de teatro en la que actuaría de adolescente tímida. El autor era otro compañero, un tal David Rosenbaum. Mi amigo y yo fuimos un domingo al albergue. Recuerdo nuestras risas en el vagón del Metro Juárez. Él ya conocía el lugar. No imaginé lo que vería en el albergue. De regreso ya no pudimos bromear.

—¿No hay policías que la lleven un albergue?

—También los busqué. No veo ninguno —me dijo muy serio el joven del puesto.

Nos interrumpió una mujer con el cabello pintado de azul rey. Un color vibrante que me hizo recordar a la tía abuela Esther y su look de anciana elegante, allá en el cruce de los tiempos, con las canas teñidas en azul tenue, casi perlado, durante una antigua Navidad transcurrida en Parral, cuando mi padre dijo que éramos sus hijos chilangos y yo me ofendí dos segundos antes de comprender que era una broma.

* * *

¿Y si me llegara a pasar lo que a esta mujer que se desgañita arrinconada, hecha un ovillo, en plena Avenida Juárez?

* * *

No tengo idea de qué puedo hacer por ella. Sólo se me ocurre fotografiarla con mi teléfono “inteligente”. Clic, clic, clic. Olvido —y lo lamento tanto ahora que reviso estas líneas meses después— hacer la foto de la señora de cabello azul. Quisiera haberla fotografiado porque me recuerda mucho aquella Nochebuena de 1989 en la tierra de mi padre.

(Fuck. Se me extravió la idea. ¿Qué iba a decir? El mesero vino a preguntar si todo está bien. Tuve que quitarme los audífonos. Si supiera lo que acaba de hacer. Fuck, fuck. ¿Cómo recupero la idea?)

Más tarde volveré a las imágenes de esta mujer atrapada en su cobija. Está iracunda y yo le tomé fotografías a la mala. Invadí su espacio. Presencié y capturé su sufrimiento, como se dice ahora. En cambio, no retraté a la mujer de cabello azul, tan en control de sí misma. Qué mujeres tan distintas. A mi amiga indigente, ella no lo sabe pero ya es mi amiga y vendré a visitarla de nuevo, la hice enojar, aunque lo de golpearse repetidamente la cabeza, esa acción cabrona dirigida contra sí misma que encuentro entre mis fotos, comenzó unos tres minutos antes de que ella notara mi presencia.

Me voy de ahí a pasos largos.

—Cobarde. ¿Por qué no le preguntaste si podías ayudarla? No quisiste invadirla más, aunque, lo sabes, habrías obtenido una entrevista formidable —me digo.

Ella percibió mi presencia, como dije antes. No saben cuánto me gustó en ese momento. Creí comprobar que no estaba del todo mal. Que estaba en el mundo y aún no se perdía en esa mente suya donde albergaba marcas dolorosas.

Ya no podré describir su mirada fija en mí un segundo antes de lanzarme sus palomitas.

Hace rato leí una entrevista con Lisa Fischer, la corista diva de los Rolling Stones. Sus versiones de “Gimme Shelter” son formidables. Sobre todo las de 1992 y 2016. En The Guardian —el periódico inglés cuyo estilo, en lo que se refiere a noticias mexicanas, me parece demasiado “condechi”— supe que su madre alcohólica tenía dieciséis años cuando ella nació, que cumplía catorce apenas cuando su padre la abandonó.

Fuck. Justo le acababa de poner más limón y más pimienta a la ensalada de lechuga, jitomate y cebolla morada cuando el mesero, sin preguntar, se la llevó.

Por alguna razón, a unos minutos de enviar esta crónica a su destino, la imagen de la naranja dorada me hace pensar en la mujer indigente y su plato de cartón con palomitas. Me descubrió cuando accionaba la cámara. No pensé que pudiera verme por el espejo manchado del edificio vacío que la guarecía. Le tomé la foto porque pensé que estaba ebria. Aún la tengo, aún me gusta mirarla. Gritaba con fuerza en plena avenida, acomodándose mientras la cobija raída dejaba al descubierto el nacimiento de las nalgas. ¡Qué no me gritó! Roja es la vida. He vuelto por ahí y siempre hay un campamento de indigentes. A ella no la vi nunca más.

Fuck. ¿Qué les iba a contar? ®

Ésta es la crónica ganadora del 5º Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2019 de Producciones El Salario del Miedo y publicada como plaquette por Ediciones EL Fósforo en diciembre de 2020.

Su próximo Laboratorio de Crónica, organizado por Nox Escuela de Escritura Creativa y la Universidad Veracruzana, comienza el 11 de febrero de 2020. Está centrado en la crónica literaria (César Vallejo, José Martí, Rubén Darío, entre otros grandes escritores) y en la crónica periodística y el periodismo narrativo. Informes en la página de Facebook de Nox Escuela de Escritura Creativa, dirigida por León Plascencia Ñol, o bien en los correos: [email protected] o [email protected]

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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