La doncella, el patriarca y el último baile

Los menesteres del ocio, XVI

Giran en torno a la Bruja los chambelanes exangües; giran todavía desde hace treinta años, desde hace tres lustros, desde el baile de graduación del bachillerato, desde el último baile de la licenciatura.

Ilustración de Alfred Mucha.

Booz

Entró a su vida por accidente, como un pájaro extraviado a través de la ventana de madera. La presión de las nubes y las ramas más altas quizá la obligaron a trasponer el postigo. En todo caso, mide el territorio hostil con la mirada y con los talones el piso, también de madera. Rut es demasiado joven, demasiado real entre las matronas que se evaporan mientras la observan con obstinado odio. El patriarca la mira llegar con displicencia, sólo con una pizca de curiosidad. Aprecia su estampa, su altanería, su nerviosismo. La manera como calcula el peligro con las aletas de la nariz. Camina sobre la punta de los pies, no como si estuviera descalza, sino como si calzara tacones. Sus manos no están ajadas todavía por el roce del trigo: son tan jóvenes. El milenario sol no ha conseguido sino irritar sus mejillas, con una energía menor a la de la sangre de la muchacha, que las caldea por dentro.

Son cariñosas igual que siempre, pero la gazmoñería de los celos las torna atrabiliarias. Ahora competirán entre sí y todas juntas contra la cándida, contra la fiera muchacha.

Las señoras de bulto apenas le dan la bienvenida. Una plegaria bárbara surge del filo de sus labios de bronce. Quisieran marcharse, pero sólo Booz conoce y controla el mecanismo de las estatuas. Sus cuerpos, antaño tan deseables, están carcomidos por la memoria. Envueltos en el peplo del deseo, continuaron rindiendo servicio mucho tiempo después de haberse marchado. Ahora son meras damas de compañía, pero ese estatuto ni las disminuye ni las empaña. Son cariñosas igual que siempre, pero la gazmoñería de los celos las torna atrabiliarias. Ahora competirán entre sí y todas juntas contra la cándida, contra la fiera muchacha.

Por equivocación la mandaron llamar los administradores. El patriarca la vio revolotear entre las espigas, ¿pero es que era ella? ¿No sería su hermana gemela, con quien comparte la minoría de edad, o la mayor de entre todas ellas? ¿No sería alguna de sus abundantes primas? La concupiscencia no ha abandonado al viejo del todo, inclusive ahora que su alma se devana en el pabellón de la edad, en el estrado del sueño y que sus pies tiemblan en la esterilla. Sin embargo, en su desazón, la rústica burocracia ha acertado. Sólo el Azar atina a plasmar los deseos del viejo descontentadizo. Ahora Rut tendrá que cargar con ese destino, entre las matronas que la miran con deseos de colaborar pero con un afán de destruirla no menos sincero.

Cada una de ellas dormita en su lecho y sólo se desplaza cuando Booz o el Azar —a cuál más caprichoso— lo determinan. ¿Cómo pedirle fidelidad a criaturas tan generosas, tan férreamente determinadas por el capricho más trivial? Cada una de ellas vive muchas vidas, en la imaginación de cada uno de los varones que las desean. No es necesario que se multipliquen para atender a tantas solicitaciones. Tienen tiempo para satisfacer cada una de ellas y aun les sobra para defender celosamente su lugar de la invasión de alguna de sus compañeras. Es mucho lo que Rut tiene que aprender de ellas, mientras se defiende de sus zarpazos, de su insidia, de su vocinglería.

Sabe que cuando Booz se marche ella se quedará allí, convertida en otra de las estatuas. Aunque su cuerpo pulsante sobreviva y salga de nuevo a los campos. Aunque la tome otro marido y una estirpe distinta surja de su regazo. Aunque muera vieja en las viñas, transida de rencor, su estatua quedará girando en la memoria del viejo, en esa rotonda crepuscular para siempre. Pues la memoria no desaparece y no puede ser alterada ni abolida, ni por un relámpago ni por un terremoto. Es un atributo inalterable de Dios. Aunque el viejo la palpa, es generoso en su desasimiento. Todo el cuerpo de la joven apenas es suficiente para calentarle los pies. Su mirada vidriosa es como la de un animal de otro mundo. Respetuoso, de cuando en cuando le dice alguna palabra, sabiendo que ella no habrá de comprenderlo. Pasa de la esterilla al dintel y saborea el viento del otro mundo, del cual regresa a voluntad. Todavía, sin ayuda de Rut ni de las restantes matronas: le fue otorgado el privilegio de morir cuando sea su deseo.  

—19 de diciembre de 2020

El último baile

Giran en torno a la Bruja los chambelanes exangües; giran todavía desde hace treinta años, desde hace tres lustros, desde el baile de graduación del bachillerato, desde el último baile de la licenciatura. La pandilla de filósofos no deja de bailar: en el transcurso han dejado cuál el monóculo, cuál la dentadura, cuál la pulsera de golpeador, que de un solo movimiento del pulso baja de la canilla y se acomoda a los dedos. Cuál, más excéntrico, la peluca de Hume, que alquiló para una sola y nunca devolvió, guardándola para siempre en el clóset. No son unos sabios desnudos, no llegan a tanto: son sólo unos filósofos descalzos, acomodados en la burocracia, donde el padrastro gubernamental les arroja una pitanza revuelta con vidrio molido.

Hay que añadir de paso que todos son unos revolucionarios: este maoísta, aquel sinarquista, el otro nihilista, simbiótico el otro cuando no esclerótico, escéptico el de más allá mejor que ecléctico y el de aquí viceversa: más mejor. Guerrilleros de buró, terroristas de clóset pero todos ladrones del presupuesto, no como hormigas sino más bien como cucarachas. Giran en torno a la Reina, que no ha dejado de ejercer su hechizo sobre ellos, desde los tiempos de la Facultad, cuando todavía se desplegaba como una despampanante doncella. Hogaño, con los dientes cariados, paralizadas sus garras por la artritis, el cabello escaso por donde resbalan los tintes como una grasa mugrienta, continúa ejerciendo obre ellos una desvaída magia.

En aquella época pronunciaba una frase y luego extendía sus largas uñas de plástico —convertidas ahora, decíamos, en auténticas garras— dándole diez sentidos distintos, uno para cada uno de los sofistas, de manera que cada uno de ellos se sintiese audido de manera exclusiva, insistente, obsesiva. Hasta el punto de que esa frase se convertía en una orden, en una revelación, en un chantaje para cada uno de ellos en el sentido más estrictamente personal. Cupio, filósofo sensualista, era su dedo meñique. Sin embargo, prefería a Panurgo, más obeso, a la hora de llevar a la nariz —hogaño engarruñada y coronada por un soberbio grano— el gramo de cocaína. Vindex era su ejecutor, el dedo que señalaba y ponía, el que delataba. Con Nulo había decidido casarse y lo cumplió: tan pusilánime ha sido siempre, que fue como continuar soltera. Corazón, a quien realmente amaba, murió recién doctorado, en un accidente de automóvil. Y fue como si realmente le hubiesen amputado el corazón: quiero decir, como si aquel maniquí, que empezaba a tornarse cada año más cruel, realmente lo hubiese tenido en alguna etapa de su vida.  

La pandilla de filósofos de callejón bailotea en tono suyo. Nunca lograron asaltar los salones de la burguesía. Ni siquiera los bajos fondos de la política. Sobreviven como profesores de ética en distintas escuelas secundarias. Como orientadores vocacionales, ellos que son unos drogadictos, unos desquiciados. Se desplazan por el metro todavía, soñando una imposible revolución. Todavía, ahora que la revolución ha triunfado. Pues no hay revoluciones a la medida. Por los intestinos de la ciudad, como unas partículas nocivas, indeseables, que a la larga causarán algún retortijón. Sólo la Bruja alcanzó a acceder al paraíso de los cheques puntuales, allí mismo, en la Universidad, efectuando labores que nadie conoce. Que nadie se atreve a imaginar siquiera.

Nadie los buscó para encargarles el rumbo del país, ni siquiera del condominio en el que penosamente sobrevivían, en madrigueras ruinosas de lluvia y sismos, que si no estuviesen en los sótanos bien pudieran considerase cuartos de azotea.

Asiste de cuando en cuando a estos bailes rituales, no por nostalgia sino movida por una cierta perversidad. Con todo, las drogas la carcomen lúgubremente. A sus cuarenta años, representa veinte más. Su risa destemplada, triunfal, se ha convertido en un alud de vidrios rotos. Su atuendo reseco como su piel hace el rumor del cascajo. El pelo de su coronilla luce ralo y lamido, recogido en una banda cual si fuera una diadema de sífilis. Aunque darían todo por ella, ahora como en los tiempos del bachillerato, sus vasallos y compinches nada pueden hacer por ella. No le sirven. No podría venderlos ni individualmente ni en lote. Cada año, días antes de la fecha señalada, la pandilla de filósofos tenía la sensación de que sería el último baile, de que el ritual no volvería a repetirse. Pero la Dama aparecía, una hora antes o después de lo previsto, ataviada con toda su bisutería burocrática, con el lápiz de fragante madera, cuyo borrador de goma mantenía limpio el fiel Cupio, con la engrapadora del tamaño de un picacoprte, con la cajita de alfileres forrada de raso… Pero sobre todo con esa risa atroz, con esa risa de pato que se hubiese atragantado con la manzana del Paraíso, antes de que un cocinero infernal lo metiese al horno.

Y en efecto, cada baile era el último, desde el primero de ellos, ocurrido en la noche de graduación del bachillerato, cuando toda la clase escogió carrera y ellos, los excéntricos, los crueles, los burlones, optaron en equipo por la filosofía. En el fondo, deseaban lo mismo que sus compañeros: un departamento y un carrito del año. Pusilánimes, hablaron de más, pecaron de audaces y quedaron fuera del juego. Nadie los buscó para encargarles el rumbo del país, ni siquiera del condominio en el que penosamente sobrevivían, en madrigueras ruinosas de lluvia y sismos, que si no estuviesen en los sótanos bien pudieran considerarse cuartos de azotea. Sólo la ilusión del baile del año próximo los mantiene vivos entre sus sueños podridos. ®

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Publicado en: Narrativa

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