“Ábranse jijos del aire…”

A la memoria de María Félix

María Félix encarnó en la mujer fuerte, tenaz y enérgica que fascinaba en la pantalla grande. Singularizó en su nombre la representación de la mujer. Nadie como La Doña

María Félix, La Doña.

[María Félix nació y murió un 8 de abril… Este texto lo escribí el año en que murió, 2002, hace 24 años, y lo encontré hace pocos días, almacenado en una memoria digital que tenía extraviada. Lo había vuelto a publicar, pero el original capta, a mi modo de ver, aquellas primeras impresiones de su muerte. Sobre María Felix se escribió muchísimo en aquel momento. No había diario ni segmento televisivo o radial que no la trajera a colación y, sin alardear, yo creo que los leí y escuché casi todos. Aquello, más que luto, era reverencia. No creo equivocarme al pensar que no existe un solo mexicano, vaya, persona en el mundo, que no haya oído hablar de María Félix. La siguiente anécdota se me quedó en esta ocasión. Mi hermana Yolanda, entonces residente de París, fue intérprete del presidente Luis Echeverría durante su visita a Francia en 1973. Con apenas 25 años, Yolanda acompañaba al presidente de México y a su esposa en todos los eventos oficiales, algo que rompió con el protocolo establecido. Y sucedió que antes de la visita que incluyó a María Félix en la comitiva, mi hermana se la topó a ella en un anticuario, en donde hablaba de que su caballo estaba por competir en las carreras de Longchamp. Fue así como mi hermana escuchó cómo María decidía entre dos jarrones. “Me llevo éste, pero si gana mi caballo, regreso por el otro.” Durante la visita, mi hermana, al enterarse de que María Félix acompañaría al presidente en su limusina, le contó lo que acababa de presenciar en el anticuario, de manera espontánea, y el comentario pareció pasar inadvertido. Pero luego, cuando María Félix arrancó a hablar con el presidente lo hizo diciendo que su caballo acababa de ganar las carreras de Longchamp y el presidente Echeverría respondió, como si lo tuviera ensayado… “Entonces, irá por el segundo jarrón.” La divertida anécdota, que dice como lo que dices sin pensar puede volver a ti, donde menos te lo esperas, se quedó conmigo y probaba aquel adagio mexicano de que debes tener cuidado al hablar, porque “las paredes oyen”.]

Con esta línea, “Ábranse jijos del aire”, aparecía en pantalla la María Félix de La Cucaracha. Atrevida, irreverente, se autoengendró en una figura inédita del cine nacional, la de mujer–caudillo. Pero su fama fue, como diría Carlos Monsiváis, apenas “punto de partida”.

Con su puro, su afición por la fiesta taurina, su voz ronca, María atraía, por el aplomo, la seguridad, la originalidad, la audacia.

La celebridad de María Félix no paró en su belleza fuera de serie ni en su habilidad para mantenerse independiente y durar, ni en su desbordada tendencia a generar su propia leyenda. Su gran oficio, su opera prima fue disentir en el reino del autoritarismo, donde la disidencia no había sabido entrar en los círculos del discurso dominante. Con su puro, su afición por la fiesta taurina, su voz ronca, María atraía, por el aplomo, la seguridad, la originalidad, la audacia.

A nuestras casas, a nuestra memoria, entró también arrebatando. “El pueblo”, su público, la evoca “regañando” a presidentes. “Se dignaba”, dicen, con los políticos; los honraba con su presencia o los desairaba, para su infortunio. Sus opiniones, espontáneas e implacables, le valieron el mérito, la atención.

Porque fue María Félix, que no Adelita o Valentina, la heroína en retrospectiva de los corridos de la Revolución del 10.

Porque fue María Félix, y no Nahui Ollin, Frida Khalo o Antonieta Rivas Mercado, luchadoras a contrapelo de la cultura oficial, quien despojó a generales y políticos de “la línea fuerte” en ese ámbito censurado donde el Estado obsesivo representó a la patria. Y no es que se quiera jerarquizar aquí en función del éxito y el glamour.

Fue mi abuela materna, nacida con el siglo XX, quien aseguraba que, antes de María Félix, el país no había tenido más celebridad femenina que aquella triste emperatriz belga.

“Adoro lo insólito, lo fuera de serie, lo extravagante, lo fabuloso, tener lo que nadie tiene…”. Así se definía a sí misma La Doña, único icono femenino positivo en la cultura mexicana, después de Sor Juana; la más famosa mexicana que pisó el continente que popularizó Carlota.

No fue María Félix, seguramente, una mujer de vasta cultura formal, como Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, pero con ella compartió la secreta ambición de ser “tomada en serio”. Y lo de Carlota, ¿parece descabellado? Fue mi abuela materna, nacida con el siglo XX, quien aseguraba que, antes de María Félix, el país no había tenido más celebridad femenina que aquella triste emperatriz belga.

Se estrenó en cine con un estelar

El cine mexicano despuntó en su época de oro el año en que Fernando Palacios descubrió a María Félix, paseando por la calle de Palma, en la Ciudad de México. “Voy a hacer cine”, le anunció a su amigo Ernesto Alonso, como quien sólo tantea las nuevas aguas. La joven divorciada tenía 26 años. Abría la década de los cuarenta. Al director, Miguel Zacarías, le pareció que su única virtud era ser bonita. Cuando la sonorense se llevó el estelar pensado para Gloria Marín, Jorge Negrete dijo ser mucho actor para compartir créditos con una debutante. El 25 de febrero de 1943, en el cine Palacio, El peñón de las ánimas prefiguró la historia de amor más tormentosa. María conquistaría en la realidad al galán más representativo del machismo. Le sobreviviría, en gloria y fortuna ¿49 años? ¡Toda una vida!

Cuando la sonorense se llevó el estelar pensado para Gloria Marín, Jorge Negrete dijo ser mucho actor para compartir créditos con una debutante. El 25 de febrero de 1943, en el cine Palacio, El peñón de las ánimas prefiguró la historia de amor más tormentosa. María conquistaría en la realidad al galán más representativo del machismo.

María Félix encarnó en la mujer fuerte, tenaz y enérgica que fascinaba en la pantalla grande. Singularizó en su nombre la representación de la mujer. Enamorada, famosa por el intercambio de cachetadas que se daban Beatriz/María y el general Juan José Reyes/Pedro Armendáriz, consagraba, frente a la célebre triada Gabriel Figueroa, Indio Fernández y Mauricio Magdaleno, el carácter independiente de la Félix. Curiosamente, el público captaba a voluntad, en la violenta escena, el triunfo de Beatriz sobre el ánimo del “pelado” de Reyes, quien desactivaba la guardia, por amor, por admiración.

Félix, María Félix.

Guionistas, directores, productores y galanes le impusieron a María, en pantalla, personajes, actitudes y papeles que pretendían cierto equilibrio entre su primer estelar y Doña Diabla, a nombre de una sociedad chapada a la antigua. Por eso, su más genial protagónico lo actuó fuera de foros, donde La Doña fue dueña del libreto, donde dispuso el tono, los efectos, el desenlace.

Su vida se congeló en una toma inolvidable

Las cuarenta y siete películas que filmó, todas acuden al recuerdo atropellándose, a la menor provocación, entre sus admiradores de Cuba, Guatemala, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Colombia, España…

Cuando estelarizó María Eugenia, filmada en las playas del hotel Mocambo, la gente del Puerto de Veracruz hacía valla en el centro para verla pasear por la avenida Independencia.

Nombre ficticio y signo distintivo, el de La Doña le vino de Doña Bárbara, su tercera película basada en la novela del venezolano Rómulo Gallegos. Despiadada, vengativa, arrebatada, Doña Bárbara fue la tierra indómita, ahí donde vivían en postración y sufrimiento, solteronas, engañadas y abandonadas. Con el tiempo los veracruzanos ya no la llamaron María, sino Doña Bárbara.

En Acapulco, el tiempo y la modernidad le birlaron al hotel Las Américas su frágil prestigio, pero la gente continúa visitando el búngalo que lleva por nombre María Bonita, donde Agustín Lara compuso su mejor canción.

En esa paradoja, síntesis y espejo en donde lo mismo se veía en ella el rostro propio que el de algún familiar, las espectadoras aspiraban no a ser Flor de Mayo o Maclovia; la monja Alférez o Juana Gallo, sino más bien María, la que jamás envejeció, la distinguida mujer que apareció en Los ambiciosos, La bella Otero y Can Can, su cinta estelar francesa, dirigida por Jean Renoir.

“En Francia me dicen la mexicaine; en México, mi querido México, me llaman La Doña”.

Y el pueblo captaba esa increíble soltura con que Rosaura, la maestra de Río Escondido o la india Maclovia dialogaban, al tú por tú, con los más poderosos, los más en boga, los más ricos.

“Mi galería”, solía llamar a su colección de amores, afirmando que el hombre era necesario, pero ninguno de ellos, por sí solo, indispensable.

De su ser mujer, con frívolo pragmatismo, elaboraba con sencillez: “Mi madre decía que había que ponerle placas al coche para circular tranquilamente… y por eso me casé”, o “Yo no soy ama de casa, ése es un papel que no me va”.

Nunca usó joyas que fueran falsas, de hecho sólo portaba originales, diseños de Cartier, de Harry Winston. A esta mexicana internacional la envidiaba la duquesa de Windsor. Su cuadra de caballos sobrepasó los ochenta, los llamó Emiliano Zapata, Doña Diabla, María Bonita.

“Echales uno de tu ganadería”, eternizó un gritón que desde el anonimato la admiró, según contó Jacobo Zabludowski, una tarde de plaza recordada por sus toros mensos.

Expresiones como “Entre el público de México y yo existe una historia de amor” o “¿Saben por qué me quiere la gente? Porque soy una ganadora” le valían, al instante, el aplauso unánime.

María hizo de nuestra historia y nuestro siglo su historia personal, su tiempo, por eso se la narra con base en anécdotas, recuerdos, instantes atesorados por su público, personificado el día de su sepelio en los miles de extras que se sumaron a su cortejo.

El último recorrido no fue de Bellas Artes al Panteón Francés; venía de aquellos primeros testimonios de nuestros abuelos, de nuestros padres, para perderse en los que guardarán con celo nuestros hijos, sus hijos y los hijos de sus hijos…

La Generala

A diferencia de aquellos míticos generales que colmaron de humor y asombro las mejores novelas del país, del continente, María Félix, generala de verdad, peleó, como dijera el historiador Enrique Krauze, muchas guerras, contra el sistema autoritario y machista que asignó a las mujeres, atávico y necio, un papel que, simplemente, “no les va…”.

María Félix, generala de verdad, peleó, como dijera el historiador Enrique Krauze, muchas guerras, contra el sistema autoritario y machista que asignó a las mujeres, atávico y necio, un papel que, simplemente, “no les va…”.

Cuando recibió La Orden de Honor del gobierno de Francia comentó, de manera casual, que se sentía en un ambiente militar y que eso le gustaba, porque ella era como los mariscales, la estratega de su destino.

Triunfadora, galana, abarrotó su última función, en el Palacio de las Bellas Artes, alegoría del ciclo mágico que abrió y cerró María de los Ángeles Félix, un 8 de abril. 

Y, ¡tuvo razón mi abuela! A la trágica viuda de Maximiliano, que languideció loca en Bruselas durante 60 de sus 87 años, la relevó en leyenda y longevidad, siempre más bella y más célebre… para vivir tres años más que Porfirio Díaz, superando con cinco a Antonio López de Santa Anna, ganándole con doce a Fidel Castro, pero luciendo menor, más aguerrida.

Fuerte tenaz, enérgica…

¿Fechas? ¿Números? Suelen servir para poner de relieve lo que puede “contarse”, pero María existió al margen de las generaciones, “la que fui, la que soy, la que seré” comentaba entusiasta ¿a los 82? ¿a los 84?… en 1996.

No fue lo suyo autoritarismo sobre el tiempo; no hubo hechizo ni pacto ni búsqueda obsesiva de la eterna juventud. Y joven fue, como Dorian; joven, como el buen Fausto; joven, al momento de comentar para las cámaras —¿a sus 88?— el último beso en la boca que le robó públicamente a Luis Miguel. Y nadie, ni Zacarías que la conoció cuando la edad no se oculta, pudo dar con esa referencia, dejándonos en duda si habrá nacido en 1912, 1914, 19…

Testigo y relevo; transitoria existencia se alojó, como en la residencia anhelada, en la leyenda, no sin antes darse el lujo de asomarse, un par de años, al siglo y al milenio que recién comienzan.

María Félix, amiga de Salvador Dalí y de Juan Soriano; contemporánea de Dolores del Río, Gloria Marín, Regina Torné, María Rojo, Ofelia Medina. Alcanzó a conocer a Frida Kahlo, Diego Rivera, Gabriel Figueroa, Fernando de Fuentes, los hermanos Soler, Rita Hayworth. Jean Renoir, Federico Fellini y Akira Kurosawa coincidieron con ella en arte y tiempo. Y sólo Charles Chaplin, ese gigante que inauguró la memoria de las pantallas, tuvo su misma edad a la hora de morir.

Y en el final…

Se encendieron las luces e Ignacio López Tarso exigió, para La Doña, ¡Ah que Doña Diabla!, “¡No más lágrimas! ¡Démosle a María Félix un minuto de aplausos!” ®

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Publicado en: Cine

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