Llegar tarde a La Habana

La ciudad que espera

¿Por qué decidí visitar Cuba en un momento como éste? Luego de tres meses de un renovado bloqueo que había impedido la llegada de buques petroleros y de amenazas cada vez más recurrentes sobre una intervención extranjera, no parecía el momento más propicio para aventurarse a la mayor de las Antillas.

Edificio del Ministerio del Interior, La Habana, Cuba. Foto de Wikipedia.

Sus rostros me observan desde las alturas, ante la explanada vacía donde tantas veces se congregara el pueblo a escuchar las palabras del líder de la Revolución. A la derecha, con su frondosa barba, su sombrero de campesino y una mirada que transmite serenidad está Camilo Cienfuegos. En la esquina inferior derecha lo acompaña la frase: “Vas bien, Fidel”. Unos metros a su izquierda, con su boina marcada por una estrella, la mirada clavada en el horizonte y el gesto grave está el Che Guevara junto a su despedida convertida en consigna: “Hasta la victoria siempre”. Los observo desde el centro de una Plaza de la Revolución casi desierta, donde sólo de vez en vez pasa un descapotable clásico que da un recorrido a un pequeño grupo de turistas, de esos que casi no se ven en La Habana estos días. Siento, no puedo negarlo, cierta admiración por la gesta heroica, por la lucha contra la tiranía y la injusticia. Mi corazón juvenil no puede permanecer indiferente al eco de esas palabras. Sin embargo, hay algo en ellas que me resulta anacrónico, como si se tratara de un discurso dirigido a otro tiempo y a otros oídos. Llegué demasiado tarde para presenciar el paso de las leyendas, demasiado tarde para vislumbrar la utopía que esbozaron. Hoy sólo queda el mito, y los mitos no dan de comer a los pueblos.

¿Por qué decidí visitar Cuba en un momento como éste? Luego de tres meses de un renovado bloqueo que había impedido la llegada de buques petroleros y de semanas de amenazas cada vez más recurrentes sobre una posible intervención extranjera en la isla, no parecía el momento más propicio para aventurarse a la mayor de las Antillas. En los medios internacionales se hablaba de la escasez de alimentos, de los apagones nacionales, del descontento creciente. Por momentos era como si en Washington una vez más fueran a atreverse a lo impensable, como en los días de la invasión a Playa Girón. Pensé seriamente en posponer mi visita, en esperar a que las tensiones internacionales se relajaran, pero entonces mi viaje habría perdido buena parte de su propósito. No iba a Cuba por sus playas de arena blanca ni por el mar azul celeste, en México también tenemos eso. Mi interés estaba en ver con mis propios ojos las vivencias del pueblo cubano, en conocer aquellas calles de La Habana donde el tiempo parece haberse detenido y quizá, aunque pedir eso fuera demasiado, en salir al encuentro del mito.

No iba a Cuba por sus playas de arena blanca ni por el mar azul celeste, en México también tenemos eso. Mi interés estaba en ver con mis propios ojos las vivencias del pueblo cubano, en conocer aquellas calles de La Habana donde el tiempo parece haberse detenido y quizá, aunque pedir eso fuera demasiado, en salir al encuentro del mito.

Frente a mí no estaban solamente dos rostros. Estaban décadas de historia condensadas en concreto. Cuba había sido primero azúcar, tabaco y ron; después, casino del Caribe; más tarde, laboratorio de una Revolución que prometía cambiar el mundo. Todo comenzó con un grupo de jóvenes que, encabezados por un abogado llamado Fidel Castro, zarparon desde Tuxpan en Veracruz para refugiarse en la Sierra Maestra y desde ahí avanzar sobre la isla hasta derrocar al dictador Fulgencio Batista. Este relato, con sus resonancias épicas, despertó simpatías alrededor del mundo. En la gesta revolucionaria parecía estar la prueba de que un pueblo podía unirse para destruir la tiranía y adentrarse en la ardua tarea de construir una sociedad nueva. Para quienes nacimos décadas después, la Revolución —la mexicana, la cubana, la que sea— es menos una experiencia vivida que un mito heredado. Tal vez eso era lo que me atraía de la isla en un momento como éste, cuando el régimen cubano atraviesa una de sus crisis más profundas en décadas. Sentía la urgencia de ver, ya no un régimen revolucionario, sino los restos de un mito.

Por eso lo primero que hice tras dejar mi equipaje en el hospedaje fue caminar hacia la Plaza de la Revolución. Era tarde, pero aún restaban unas horas de luz. Sin embargo, indicios del presente me esperaban antes de encontrarme con los rostros gigantescos del Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Para quien vive en Cuba la reverberación de los mitos queda opacada ante los problemas cotidianos que ha generado el desabasto de combustible. En las calles circulaban pocos automóviles y, en cambio, decenas de motocicletas eléctricas. Nunca faltaba, eso sí, un modelo clásico para ornamentar el paisaje habanero o un bicitaxi —con una caja con ruedas y una sombrilla para el pasajero— con un joven en el manubrio. Los camiones recolectores habían dejado de pasar con regularidad desde hace algunas semanas y montones de basura empezaban a acumularse cada cierto número de cuadras. La gente parecía haberse acostumbrado. En más de una ocasión observé a alguna persona arrojar una lata o una bolsa directamente sobre ellos, como si ya formaran parte natural del entorno.

Los estragos de la escasez de combustible no se limitan a la movilidad. Aunque tuve la suerte de contar con corriente eléctrica en el alojamiento durante toda mi estancia, durante los días anteriores los cubanos habían vivido varios apagones nacionales. Escuché historias de personas que apenas tenían luz unas horas al día, de otras que llevaban dos días sin electricidad y de algunas que ya se acercaban a la semana. La rapidez con la que volvía el suministro parecía depender de la zona de la ciudad, pero ni siquiera los barrios más acomodados o los pocos comercios privados estaban exentos de quedarse sin corriente. Sólo en marzo, durante tres ocasiones distintas el sistema eléctrico nacional sufrió una desconexión total. En respuesta, quienes tienen familiares en el extranjero o algún margen económico han comenzado a conseguir paneles solares o baterías recargables para enfrentar el siguiente apagón. Los demás viven a merced de la próxima interrupción. En Cuba, las horas de trabajo, los productos en el refrigerador, el suministro de agua y hasta el planchado de la ropa dependen de que haya corriente disponible.

Para cuando llegué a la Plaza de la Revolución, a los rostros impasibles de los héroes y rodeado por los ministerios de gobierno, lo que sentía no era exactamente admiración. Tras observar mis primeras escenas de la vida cotidiana de los cubanos, los domicilios particulares en los que se vende toda una variedad de productos de la canasta básica para hacer frente a los estantes vacíos de las bodegas estatales, a los precios altos y la moneda devaluada, o simplemente para comprar algún producto de difícil acceso traído del exterior, una pregunta comenzó a repetirse en mi cabeza: ¿qué había pasado con la promesa de la Revolución? Era una duda que me acompañaría durante el resto de mi estancia en la isla.

A veces, al mirar por una puerta abierta, podían vislumbrarse pasillos oscuros y descuidados. No niego que en ello había cierto encanto para un observador accidental como yo, pero me pregunté por cuánto tiempo más una ciudad como ésa podría mantenerse en pie antes de convertirse en polvo. En medio de la decadencia arquitectónica encontré algo que me llamó la atención.

Al día siguiente salí con dirección a La Habana Vieja. En mi camino, acompañado por un cubano amigo de la familia, me sorprendió el estado de los edificios del centro de la ciudad: fachadas con pintura descascarada, grietas que dejan ver el interior de los muros, estructuras que apenas conservaban el polvo de lo que alguna vez fueron viviendas, hoteles o negocios. A veces, al mirar por una puerta abierta, podían vislumbrarse pasillos oscuros y descuidados. No niego que en ello había cierto encanto para un observador accidental como yo, pero me pregunté por cuánto tiempo más una ciudad como ésa podría mantenerse en pie antes de convertirse en polvo. En medio de la decadencia arquitectónica encontré algo que me llamó la atención. En La Habana todavía se ven grupos de niños jugando en la calle. Adultos mayores conversan junto a puestos de frutas mientras ven a la gente pasar. De vez en vez dos personas que hacen mandados se reconocen y se saludan con una efusión inesperada. Entre edificios derruidos encontré una vida comunitaria cuya humanidad resulta cada vez más escasa en otras partes del mundo.

Llegamos al inicio del Paseo del Prado, junto al Malecón, y desde ahí caminamos hasta el Capitolio. A pesar de ser sábado por la mañana había poco movimiento en la calle. A ambos lados de la avenida me sorprendió ver hoteles lujosos que parecían casi nuevos. El Iberostar Grand Packard, el Royalton Habana y el Gran Hotel Bristol, con sus terrazas con piscina y sus bares de puros son tan sólo algunos de ellos. Y, pese a estar relucientes, la mayoría estaban vacíos. Después de caminar por los barrios del centro me resultaba evidente que pocos cubanos podían permitirse un café en esas terrazas, pero ése no era el problema, pues no habían sido construidas para ellos. El verdadero problema estaba en la falta de divisas extranjeras. Como si las amenazas de intervención no bastaran para disuadir a los visitantes, la escasez de combustible había obligado a varias aerolíneas a reducir o suspender sus vuelos a la isla, por lo cual el número de turistas se había desplomado. Algunos hoteles habían cerrado de manera indefinida por la falta de clientela. Desde afuera sólo se veía lobbies oscuros y desiertos. Mi acompañante me explicó que, aunque muchos de esos inmuebles son operados por cadenas internacionales, la mayoría pertenecen al Grupo de Administración Empresarial, S.A., un conglomerado gestionado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

El corazón de La Habana Vieja, con sus edificios de colores pastel y sus calles empedradas a los que tantas veces había cantado Silvio Rodríguez, conserva una belleza tan obstinada que por momentos uno podría olvidarse de la crisis que atraviesa la isla. Pero, al caminar por la Plaza de Armas, tomar algo en el Café de Oriente o admirar la Catedral, lo que encontraba eran comercios, restaurantes y bares vacíos. Las mesas estaban listas, los altoparlantes reproducían música, los meseros estaban en sus puestos, pero nadie llegaba. Entonces tuve la impresión de que todos ahí esperaban algo. En las tiendas de souvenirs, en las puertas de los cafés, a la sombra de los portales. Esperaban. La dificultad estaba en señalar qué era aquello que todos estaban esperando. Tal vez esperaban un buque petrolero en el puerto, un acuerdo con alguna potencia, una intervención extranjera, un grupo de turistas, un boleto al exterior, un fajo de dólares, un bombazo en el malecón o un escenario en el que todas esas circunstancias se presentaran de manera simúltanea y confusa. No lo sé, pero vi a gente que esperaba, que parecía haberse acostumbrado a esperar y estaba cansada de hacerlo. Supongo que, en el fondo, simplemente esperaban un cambio.

Cuando llegamos había dos o tres mesas ocupadas por extranjeros y un pequeño grupo de música cubana que trataba de animar el ambiente. Estaban tocando “Guantanamera”. Nos sentamos en la barra y nos pusimos a platicar. A unos metros de nosotros estaba la estatua de Hemingway.

Luego de unas horas de caminar mi guía y yo fuimos a tomar un daiquirí en El Floridita, uno de los establecimientos más conocidos y, según me habían dicho, parada obligada para quien visita La Habana por primera vez. Cuando llegamos había dos o tres mesas ocupadas por extranjeros y un pequeño grupo de música cubana que trataba de animar el ambiente. Estaban tocando “Guantanamera”. Nos sentamos en la barra y nos pusimos a platicar. A unos metros de nosotros estaba la estatua de Hemingway, uno de los clientes asiduos del establecimiento durante los veinte años que vivió en la isla, junto a una foto del escritor y Fidel Castro. Tras unos minutos, mientras me hablaba sobre tabaco, me di cuenta de que nos habíamos convertido en los únicos clientes en el lugar. Mi acompañante interrumpió su explicación, miró alrededor y, volviendo sobre su vaso, me dijo con una sorpresa resignada.

—Nunca había visto este lugar tan solo en mi vida.
En los días siguientes conocí otros rincones de La Habana. Al caminar por la calle muchas personas trataban de llamar mi atención cuando notaban que era extranjero. Algunos se ofrecían como guías, otros intentaban venderme algo y casi todos me pedían una ayuda. Intenté apoyar a cuantos pudiera con un poco de dinero y algunas palabras, aun sabiendo que cualquier gesto de mi parte era insuficiente. A veces los hombres que se me acercaban caminaban conmigo unos metros mientras me contaban algunas de las dificultades que habían pasado en los últimos meses. Muchos aprovechaban para hablar del gobierno. Al caminar junto a un montón de basura uno de ellos me dijo con nostalgia: “Con Fidel estas cosas no pasaban”. Otro, al hablar de la falta de medicamentos, me comentó: “Lo que pasa es que a nosotros nos engañaron”. Sobre los establecimientos vacíos, un hombre me explicó: “Se dice que hay escasez de alimentos, ¡pero en Cuba no falta nada! En los restaurantes y en las tiendas hay productos, lo que no hay es dinero”. Pese a las palabras diferentes había una idea que se repetía: mientras quienes tienen contactos en el gobierno o en el extranjero logran sobrellevar la situación, el cubano de a pie es quien carga con el mayor peso de la crisis. Yo me limitaba a escucharlos.

Por aquellos días tomé un taxi del Centro a Vedado. Desde el vehículo observaba los hoteles junto al Malecón, y a la distancia no lograba distinguir cuáles estaban abiertos y cuáles no. En ese paisaje poblado de rascacielos se adivinaban tiempos distantes, mejores para algunos, pero nunca para todos, en los que La Habana tal vez fue una ciudad boyante y cosmopolita. Fue en ese mismo escenario en el que la joven Revolución prometió la llegada de un hombre nuevo que renunciaría a su beneficio individual para entregarse a la colectividad. Todo era cuestión de tiempo. En tanto que ese modelo ejemplar aparecía muchos cubanos habían dejado de esperar y se habían marchado del país. Para muchos la decisión de migrar no respondía tanto a razones ideológicas como a la necesidad de tener un horizonte de futuro. En el cielo había algunas nubes y en el mar unas manchas de azul claro rodeadas por otro azul más intenso y profundo. El conductor me dijo que esa mañana había llegado al puerto un buque ruso con petróleo. Pensé que era una buena noticia para los cubanos y se lo dije. Él respondió sin dudar.

—¿De qué sirven esos buques que llegan con ayuda y petróleo si no hacen ninguna diferencia en la vida del pueblo?
A pesar de que yo mismo había defendido esos envíos en el pasado, no encontré una respuesta.

Después de una semana en La Habana quise terminar mi viaje de la misma manera en que lo había comenzado. Regresé sobre mis pasos hasta la Plaza de la Revolución. Una vez más me coloqué en el centro de la explanada. Sus rostros seguían ahí, iguales a cuando los vi por primera vez. Sus expresiones no habían cambiado, no habían visto lo que yo había visto ni escuchado lo que yo había escuchado. Camilo Cienfuegos desapareció en el mar poco después del triunfo de la Revolución, el Che Guevara renunció a su ministerio y fue a morirse a Bolivia en 1967. Frente a ellos permanecía la misma plaza desierta que había encontrado días antes. Más tarde supe que esa misma mañana había tenido lugar una marcha juvenil contra el imperialismo en el Malecón y un anuncio de la liberación de más de dos mil presos. Durante mi estancia escuché muchas explicaciones distintas sobre lo que estaba ocurriendo en la isla. Escuché hablar del bloqueo, de la escasez de combustible, de la falta de medicamentos, de los salarios que no alcanzan. Entonces recordé la pregunta del taxista. No supe qué responderle entonces y tampoco lo supe ahora, frente los rostros de los héroes de la Revolución. Fui a Cuba con la esperanza de encontrar los ecos de un mito, pero había llegado demasiado tarde. Ninguna esperanza, ninguna promesa, ningún horizonte. Sólo una ciudad que espera. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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