Manual para fabricar historias a la carta

Fray Servando en el lecho de Procusto

La vida de fray Servando Teresa de Mier está inseparablemente ligada a su sermón guadalupano del 12 de diciembre de 1794. Más allá de las frases hechas y genéricas, en el caso de Mier ésta es válida en un sentido sumamente específico y difícilmente superable: sin el sermón, fray Servando no existiría como el personaje histórico que conocemos.

Fray Servando.

Prólogo

… y dieron por aciertos de la perspicacia lo que era descarrío de la imaginación.
—José María González de Mendoza

Curiosamente con esa pieza oratoria ha ocurrido lo mismo que con su autor. Al menos así lo indica el tratamiento que de uno y de otro ha hecho la mayoría de quienes se han ocupado de ello, conformada por una pintoresca legión de historiadores, cronistas, titulados en letras y esa variopinta e indefinida gama autoidentificada como “escritores”.(1)

Mientras unos estiran, recortan o modifican la historia para construirse un relato que encaje en sus conclusiones preconcebidas o tomadas en préstamo, otros simplemente hacen caso omiso de la historia y con actitud inmisericorde someten, en este caso a fray Servando, a los cartabones vulgarizados de la intertextualidad y al anchuroso recurso de las “representaciones simbólicas”.

Esos que no sólo hacen “análisis intertextuales” sino que leen entre líneas y descubren textos debajo de los textos. Juzgan y bordan sobre las intenciones del autor —pues ellos las conocen mejor que él— y nos informan de lo que “quiso decir”, e incluso de lo que dijo sin ser consciente de ello y de lo cual nadie se dio cuenta hasta que estos sus arúspices vinieron para develarlo al mundo.

Este camino ha estado empedrado no de buenas intenciones pero sí de enormes lagunas, desconocimiento de textos, interpretaciones libérrimas, simplificaciones, producción de fábulas, lecturas tartamudas y, en fin, de conclusiones y “descubrimientos” basados no en los textos del padre Mier ni en los contextos históricos sino en lo que otros han dicho acerca de ellos.

El propio sermón, para empezar: su texto como tal no existe. De lo que disponemos, gracias a la titánica y muy meritoria labor de J. E. Hernández y Dávalos, (2) es de unos apuntes y unos borradores.

El 13 de diciembre de 1794 el arzobispo Alonso Núñez de Haro ordena al provincial de los dominicos, fray Domingo Gandarias, que le sea remitido el texto del sermón predicado por fray Servando. Al día siguiente el enviado para ese propósito, el secretario de Cámara y Gobierno del arzobispo, certifica que el propio padre Mier le informó “que no lo tení­a escrito a la letra según lo predicó, sino sólo los apuntes que habí­a formado” y de los cuales le hizo entrega.

El 30 de diciembre regresa un notario a preguntar a fray Servando “si por sí escribió, o dictó, otro sermón, apuntes, o papeles, acerca del sermón”, y asienta que éste le contestó

que a estilo de todos los oradores, hizo por sí mismo varios apuntes y borradores sin pies, ni cabeza, que ahora entrega, y que el más formado, y el mismo que llevó al púlpito fue el que entregó días pasados a su reverendísimo provincial; pero, como no lo predicó así al pie de la letra, ha hecho después otro sacándolo de su memoria, fielmente, y al tenor preciso en que lo dijo, el cual entrega ahora al presente notario.

Los apuntes están formados por 7,999 palabras y los borradores, más deshilvanados y con múltiples repeticiones, por 36,192; es decir, son cuatro y media veces más extensos que los primeros.

La otra pieza fundamental para dibujar los contornos iniciales del escenario es el dictamen sobre el sermón, extenso y de fina prosa, encargado por Haro a José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo (evidentemente el autor principalísimo) y Manuel de Omaña y Sotomayor, fechado el 21 de febrero de 1795. Si el sermón ha sido negligido, esta pieza permanece prácticamente ignota a juzgar por las muy escasas ocasiones en que se le cita.

Que todos estos datos —elementales para cualquier mediano investigador que pretenda discurrir sobre el sermón— no sean tenidos en cuenta y en muchos casos ni siquiera se les conozca, no ha impedido que sobre él se fabriquen deducciones y juicios disparatados.

Ellos van desde afirmar que fray Servando negó en él las apariciones de la Virgen (3) —cuando todo el sermón está montado precisamente sobre ellas— hasta el “descubrimiento” más exitoso de toda esta panoplia de despropósitos: el de un padre Mier ya para entonces un adelantado revolucionario e independentista porque —dicen— en el sermón habría deliberadamente atacado y vulnerado la primicia española de la evangelización, que a su vez sustentaría la legitimidad de la conquista.

Todas estas interpretaciones estrambóticas y estas afirmaciones desatinadas, nunca estará de más repetirlo, se asientan sobre una ignorancia elemental y sobre lecturas no hechas, dejan de lado la documentación disponible y toman como datos históricos las elucubraciones producidas previamente por otros. Beati qui non viderunt et crediderunt. (4)

Desde el mismo origen de todo este amplio vuelo de la imaginación —el propio sermón y su contexto histórico concurrente— se ha puesto en marcha una mirada que bien podría servir para una novela “histórica”, pero jamás para la labor historiográfica. Veámoslo brevemente.

Tengo la fundada sospecha de que estos cultores de la interpretación a lo Orbaneja —por aquel pintor de Úbeda que aparece en el Quijote; le preguntaban qué era lo que pintaba y respondía: “lo que saliere”— ni siquiera saben que ocurrieron, pero hubo tres eventos previos al sermón de la Colegiata, el tercero de ellos cercanísimo: el primero de enero de 1792 fray Servando predica en la iglesia conventual de Santo Domingo para impugnar la Declaración sobre los derechos del hombre y del ciudadano, recientemente proclamada por la Asamblea Nacional francesa. El 19 de mayo de 1793 diserta en la catedral condenando la decapitación de Luis XVI, amparado en la antigua y venerable norma que reputaba como esencialmente cristiana la obediencia a los reyes. Y en vísperas del célebre sermón, el 8 de noviembre de 1794, pronuncia la oración fúnebre de Hernán Cortés en la iglesia del Hospital de Jesús; una oración que fue, en propias palabras de Mier, “un panegírico de los reyes de España, especialmente los reinantes, con ocasión de la fidelidad de don Hernando”.

Estos tres discursos, si las fantasías de los interpretadores fuesen certezas verificadas, demostrarían algo insólito: que fray Servando pasó de ser conservador —en los términos actuales— y fiel súbdito de la Corona española a ser revolucionario independentista de la noche a la mañana.

Ahí donde la mayoría de los exégetas —mayores, medianos y menores— han querido ver a un Mier republicano, antimonárquico y descreído del milagro guadalupano casi desde la cuna, o por lo menos a partir de 1794, sería saludable volver de las nubes de la imaginación como método y de las “representaciones simbólicas” como herramienta buena para todo al firme suelo de la sensatez, y recordar y asumir como gnoseológicamente natural que ningún cuerpo de ideas nace completo y armado, como Minerva de la cabeza de Júpiter, sino que transita siempre a través de un proceso más o menos largo en cuyas sinuosidades se va construyendo, decantando, corrigiendo, precisando.

Que diputados en tribuna aseveren que el sermón de Mier apuntaba “directo a la yugular del imperio” e imaginen que ya entonces fray Servando era un “ideólogo revolucionario” desprendido del grillete de la dependencia (5) es algo que no deja de solicitarnos una indulgente comprensión. Pero pasma, abruma, asombra y anonada el que académicos de diversas calidades reproduzcan estos juicios sin sustento histórico alguno, y más aún cuando el respaldo documental disponible indica precisamente las conclusiones contrarias.

Entre muchos otros es el caso de Margarita Peña, doctora en Letras, quien al hablar de la oración fúnebre en honor de Cortés, sin hacer más cala y cata izquierdea: “podemos suponer que el radicalismo antimonárquico de fray Servando debe haber hecho de tal oración, más que un elogio fúnebre, una diatriba”. (6)

Este “podemos suponer” es maravilloso, pues desnuda por completo en sólo dos palabras el “método” fundamental de estos sedicentes novatores. Y el grado de libertad que se autoconceden es absoluto: por un lado los exime de la necesidad de conocer eventos y textos, y por el otro les permite incluso contradecir y enmendar al propio interpretado, como en este caso a Mier, atribuyéndole alegremente un “radicalismo antimonárquico” que genera “una diatriba”, por más que explícita y textualmente él califique a su discurso como lo que fue: un panegírico.

Pero en cuestiones de fe, así como en este modo tan desternillante de historiar, nadie sabe lo que nos depara el futuro.

Este cuadro aquí apenas esbozado, como podrá apreciar cualquier lector informado y atento, parecería hecho a propósito para ilustrar las peores —y por desgracia muy extendidas— maneras de escribir la historia. Una historia que si así como algunos creen que está habilitada para juzgar también fuera capaz de quejarse, lo haría a voz en cuello.

El esoterismo y la fantasía como Deux ex machina

Esto sí que se llama ser inventor y autor original de un desvarío; y es tanto más fácil serlo, cuanto es difícil y casi imposible que ninguno se haya atrevido a decirlo de palabra ni por escrito, por no ser notado de botarate.
—Tomás Antonio de Sancha

Felipe Ávila, director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, en un artículo de La Jornada del 26 de octubre de 2025 afirma —entonando por enésima ocasión la misma letanía— que el sermón provocó un escándalo en la Iglesia pues “se infería que la evangelización de los frailes en la Nueva España en el siglo XVI, la principal justificación de la conquista, no era la primera, sino la segunda”.

¿Quién lo infería? No lo sabemos, y sospecho que quienes lo repiten ahora en el siglo XXI tampoco. Desde luego no lo “infirieron” las autoridades virreinales ni las eclesiásticas de entonces, y nada de ello puede encontrarse —ni como “inferencias” y mucho menos textualmente— en el dictamen de Uribe, ni en las conclusiones de Larragoiti, promotor fiscal de la causa incoada contra Mier, ni en el edicto con la condena avalada por el arzobispo Haro.

Si algo es tenido como primero y después se descubre otro algo similar anterior, es de lógica elemental que el primer algo pase a ser el segundo. Pero “inferir” que aquello fue “el verdadero motivo” de la punición de fray Servando no es algo que encuentre asidero alguno en la documentación disponible de la época, ni siquiera en los testimonios del personaje principal. Se trata, simplemente, de un ejemplo más de la aplicación forzada y con carácter retroactivo de juicios e “interpretaciones” a un pasado que ha de ser como se cree que fue. (7)

Pertinaces, y como no encuentran argumentos verificables, otros acuden espada en mano a cortar el nudo gordiano. Si los datos y documentos dicen todo menos lo que queremos que digan, acudamos entonces al recurso esotérico del “sentido oculto” y “las verdaderas causas”.

Rodolfo Javier González, en un texto salpicado de supuestos y falsedades además de deficientemente escrito, (8) transitando caminos ya muy pisoteados repite que la relación entre la evangelización y la deslegitimación de la conquista fue “la verdadera causa por la cual [Mier] fue reprimido, encarcelado, juzgado y perseguido”. Señala ahí mismo que tal argumento “no salió a la luz durante el juicio como el hecho subversivo mediante el cual se había atentado contra la religión y contra el rey”, pero eso no sólo no lo arredra sino que, saltando convenientemente a otro asunto en lugar de incursionar, como debiera, en las derivaciones de lo que él mismo acaba de decir, a continuación reprocha a los historiadores por no haber estudiado “este hecho” a pesar de que “fue el principal argumento que esgrimió fray Servando como la causa de su persecución”, lo cual tampoco es verdad.

Y ya puesto en la edificante labor de lanzar aseveraciones históricas basándose nada más que en la imaginación, nos relata que el arzobispo Núñez de Haro acusó a Mier de “sedicioso y de pérfida maldad contra los soberanos” y que “mandó recoger sus apuntes y los elementos que le habían servido para elaborarlos, para romperlos y quemarlos”.

Como digno colofón de un texto tal, el autor no apela como algunos otros (9) al “sentido oculto” del sermón, pero a cambio encuentra “objetivos encubiertos” en la condena emitida por Haro. Sucesos imaginados, sentidos ocultos y objetivos encubiertos en los textos. Menuda manera de novelizar la investigación histórica.

Hasta ahora, que yo sepa, no se ha perpetrado contra el padre Mier lo que sí se hizo con Cervantes a propósito del Quijote para desvelar su supuesto sentido oculto: leer los textos provistos con las gafas anagramáticas, mezclando y recolocando letras y palabras. En el fondo es un procedimiento de objetivos similares a lo que hasta aquí hemos esbozado, si bien recurrir al anagrama es algo muy laborioso y lo otro un monumento a lo expedito. Por distintas vías ambos son antojadizos sistemas que, como dice José María González de Mendoza sobre el barajeo de letras, permiten “descubrir cuanto se busque, en no importa qué texto”. (10)

Sobre el uso y abuso de los anagramas como método heurístico, el mismo González de Mendoza informa que el cervantista Francisco Rodríguez Marín contaba este chascarrillo: que “cierto devoto de San Antonio de Padua ponderaba como prodigio el hecho de que, barajando las letras de aquellas cuatro palabras, quitando algunas y poniendo otras, clarito se leía: ‘La Santísima Trinidad’”.

Con fray Servando, digo, no se ha intentado aún este delito. Pero no podemos cantar victoria.

De la tradición modificada al descreimiento. Mier y los dislates de sus intérpretes

Era como entregarle una obra de Shakespeare a una gallina. Con las hojas se construiría el nido.
—Frederik Pohl y C. M. Kornbluth

Si bien en el sermón fray Servando había sostenido en su cuarta proposición que

la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es pintura de los primeros años del siglo 1º de la Iglesia; pero así como su conservación su pincel es superior a toda humana industria manejado por los ángeles o por Santo Tomás, o más bien por la misma Virgen María estampada naturalmente en el lienzo viviendo todavía en carne mortal,

en sus Memorias, ya descreído del milagro guadalupano y con ese estilo duro y despiadado que es también otro de sus rasgos característicos, argüía:

Si yo dijera que la Virgen del Rosario se apareció a fulano, nadie entendería que la imagen del Rosario era aparecida, sino que la Virgen se apareció a fulano en su figura, y el no decir los apuntes y testamentos, sino que se apareció a Juan Diego Nuestra Señora de Guadalupe, es prueba de no haber habido más que el haber dicho el indio que se le apareció la Virgen en figura de imagen de Guadalupe y lo sanó. Esa es la fama a que se refirieron los testigos indios de 1666, sucediéndola lo que siempre sucede a la fama: que adquiere cuerpo y fuerzas con el progreso del tiempo, y se añaden circunstancias, y si los poetas intervienen con sus cantares, a que los indios eran muy dados, o ponen la cosa en solfa de comedia, se erige sin disputa la patraña toda en una tradición popular, que si es piadosa no se puede atacar sin riesgo, especialmente si la ha logrado canonizar algún devoto imbécil con la imprenta y las licencias necesarias para ella. (11)

Entre estos dos extremos existe una larga ruta.

La figura, la personalidad y las ideas del padre Mier se forjaron en el exilio, en el contacto, el acuerdo o la oposición con personajes, actores y autores y en la experiencia cercana con los eventos de la Europa actuante entre 1795 y 1816. Aunque se lo pudiese adivinar in statu nascendi, el fraile dominico que abandonó forzado el país en 1795 no es el mismo Servando Teresa de Mier independentista, republicano y autor de una obra mayor que regresó con Mina en 1817. Fue en la pira del exilio donde el fraile rebelde se transmutó en personaje histórico.

He dicho que sin la mariofanía específicamente guadalupana no habría existido el sermón, y por tanto tampoco el exilio. El padre Mier, tal como lo conocemos, tampoco habría existido.

No poseo indicios de que el padre Mier fuese consciente de esta relación causa-efecto que lo tuvo a él como producto. En cualquier caso algo es evidente: si se considera globalmente y con algún detenimiento su obra y su trayectoria, el tema guadalupano no sólo estuvo en el origen, sino que aparece constante y reiteradamente en las preocupaciones y los textos del fray Servando posterior al sermón a lo largo de prácticamente toda su vida.

El propio fray Servando pretende que su opinión crítica de las apariciones data de su estancia en Burgos en 1797 y que la plasmó en las Cartas a Juan Bautista Muñoz. No fue así, si bien muchos se lo creyeron y se lo siguen creyendo. O’Gorman fue el primero en demostrar que la redacción original de las cartas es contemporánea a la de las Memorias. En mi edición de estas últimas me ocupé del tema, particularmente en el capítulo “La infidencia literaria de fray Servando: las cartas apócrifas a Muñoz”, y señalé a algunos de los numerosos que han aceptado la fecha proporcionada por Mier mucho después del razonamiento y las pruebas aportadas en contra por O’Gorman.

En 2009 un investigador de la Universidad Católica Argentina continuaba retomando aquella fecha de 1797. Se trata de un ensayo que, por lo demás y desde el título mismo, sigue explotando esa veta insostenible según la cual Mier con su sermón pretendió, “veladamente”, despojar a España de “uno de los títulos de dominio sobre América”.

El autor se refiere a “las seis cartas que escribiera en 1797 al cronista español Juan Bautista Muñoz”. Y no sólo eso: afirma que en ellas “fray Servando expone, por vez primera antes de 1822, lo que le aconteció en torno a su Sermón Guadalupano en 1794, la reacción adversa de las autoridades españolas, y las penas con que se le castigó”, como si no existiese la Historia de la Revolución de Nueva España. (12)

Pocos años antes, en la bisagra entre el siglo XX y el actual y en una selección de textos de fray Servando, Héctor Perea no sólo recoge como válida la especie de las cartas escritas en 1797, sino que además las llama “una interesante correspondencia” entre ambos, Mier y Muñoz, cuando en realidad —además de la fecha falsa— las cartas del segundo no existen. (13) Lo asombroso, más que curioso, es que Perea cita en varios pasajes a Edmundo O’Gorman (si bien en un determinado momento lo transfigura en “Juan”) justamente en la obra en la que este demuestra que las cartas no pudieron haber sido escritas en aquel año.

Lo cual prueba algo sabido desde hace siglos: que citar no equivale a haber leído lo citado, o que se lo lee a trozos, o que se cita sólo de oídas, del mismo modo en que Don Quijote decía estar enamorado de Dulcinea.

En este totum revolutum, en esta abundante y desenvuelta producción de citas, obras y fechas fallidas, importan poco el lugar y los grados académicos de quienes las echan de sí como buñuelos. Además de varios otros ejemplos que expuse en mi edición de las Memorias, para terminar este embarazoso recuento añado solamente dos más.

En un ejercicio escolar —por su estructura y su redacción—, Uriel Iglesias Colón y Cecilia Colón (14) hablan de ciertas propuestas de fray Servando que, dicen, fueron compartidas por él “con gente tan importante como el cronista de Indias de aquel momento, don Juan Bautista Muñoz”. Además retoman como válidas las extravagancias fonético–semánticas en las que Mier se prodiga en sus Memorias y reproducen otro de los tópicos recurrentes en las visiones más simplistas del dominico: “Cuando Haro lo deportó a Caldas —dicen— advirtió que era una persona ‘propensa a la fuga’, calificativo que no tenía nada de falso y que, al contrario, posteriormente Mier se encargaría de hacer válido”.

Es decir, un calificativo que nada tiene de falso pero que a la vez y “al contrario” posteriormente se hace válido. Si esto no es un perspicuo ejemplo de una contradictio in adjecto (la existencia de dos afirmaciones contradictorias en un solo enunciado), entonces nada lo es.

Fray Servando no podía ser en esos momentos propenso a la fuga por la simple y contundente razón de que jamás había estado preso. Por cierto que Christopher Domínguez dio un paso más, poniendo en la pluma de su biografiado precisamente lo contrario de lo que él escribió; así en la página 129 de su Vida de fray Servando: “Francisco Antonio León, el agente del arzobispo Núñez de Haro, [dio] orden de ponerlo preso, pues es público y notorio, admite Servando, que ‘yo era propenso a la fuga’”.

Para todos ellos la respuesta del propio Mier yace ahí, en sus Memorias, a la espera de que esta clase de intérpretes se dignen leerla: “Decía, pues, el arzobispo, lo primero, que yo era propenso a la fuga. Y ¿en qué cárceles había estado antes de su persecución, para saber esa propensión?”

Por último Mariana Rosetti, otra doctora en Letras, también recoge y acepta las cartas a Muñoz inventadas por fray Servando y habla del “diálogo editorial” entre ambos y del “estilo más intimista e informal que le había proferido a Muñoz en cartas anteriores”. Yerros historiográficos elementales que contrastan violentamente con ese estilo ampuloso y un tanto hueco, propio de esta corriente del simbolismo y los intertextos que se inventa concepciones y propósitos, los envuelve en ropajes abigarrados y los atribuye sin más a sus víctimas:

Nos interesa indagar en las continuidades y nuevas propuestas de lectura de Mier sobre la tradición guadalupana, como la vía que posee este letrado para repensarse dentro de una red institucional de poder que deja de ser homogénea y que plantea fisuras que habilitan las alianzas intelectuales trasatlánticas. (15)

Tales equívocos, requilorios y aseveraciones infundadas continúan apareciendo en artículos, ensayos y libros sobre diversos temas y distintos autores. Y de este modo la historia, víctima de los propios historiadores y de quienes pretenden serlo, es la única damnificada. Aparece como una tierra de nadie en la que igual se afirma una cosa que la contraria, sin importar investigaciones que no se conocen y ni siquiera los propios textos del personaje estudiado, comentado o compilado, que tampoco se han leído, o no se los toma en cuenta o se afirma de ellos lo que ellos no dicen.

Mier, el sermón y las Memorias

¿Quién no dirá que las glosas aumentan las dudas y la ignorancia, pues que no se ve ningún libro, humano o divino, en que la interpretación extinga la dificultad?
—Montaigne

Es incuestionable, como indiqué más arriba, que fray Servando habló y arguyó, siempre que tuvo ocasión, sobre el sermón y sus consecuencias desde los primeros años del exilio hasta los últimos de su vida, ya de regreso en México. Así en el recurso que presentó ante el Consejo de Indias para la revisión de su sentencia, que tuvo lugar en las sesiones de la Real Academia de la Historia entre octubre de 1799 y marzo de 1800. En 1813 vuelve sobre ello en un lugar insospechado, una obra en la que no trataba de cuestiones teológicas ni de sus propias vicisitudes sino del proceso independentista en la Nueva España. (16)

Después de su largo, azaroso y formativo periplo europeo, Mier regresa a México con la expedición de Mina en 1817. Durante 1818-1819, en las cárceles de la Inquisición, dedica al tema guadalupano la extensa Apología que vendría a ser conocida como el primer tomo de sus Memorias. En 1821 regresa sobre el mismo asunto, particularmente sobre la vertiente de la predicación apostólica, en el Manifiesto apologético y contemporáneamente a éste, en unos cuantos trazos, también en su “Carta de despedida a los mexicanos”. Finalmente vuelve a hablar del sermón, de la Virgen de Guadalupe y de la predicación apostólica. Lo hace, con brevedad, al hablar como diputado en el Primer Congreso Constituyente el 15 de julio de 1822.

Sobre esta última ocasión es conveniente decir alguna cosa, aunque sólo sea para completar el cuadro y de paso atajar la idea de fray Servando como un personaje de una sola pieza. Esta figura no existe en la historia, aunque abunde en las novelas, en las películas, en la imaginación y en la nesciencia de los sempiternos entusiastas cuyos empeños no son historiográficos sino apologéticos.

En 1822, ya como diputado, Mier da medio paso atrás aunque en un asunto que no es de menor entidad.

A poco que se piense en ello, en su sermón el discurso de fray Servando sobre las apariciones no es tanto un alegato en torno a la Virgen de Guadalupe cuanto una disquisición acerca de la predicación apostólica. En las Memorias, ya descreído y alejado de los términos de 1794, desmonta el mito guadalupano, hace escarnio de él y lo critica no sólo histórica sino también políticamente.

Por razones de este segundo orden, precisamente, el Mier ya diputado por Nuevo León en 1822 recula. Una vez consolidada la leyenda guadalupana y convertida en símbolo nacional, con el texto de las Memorias entonces aún desconocido pues no sería publicado parcialmente sino hasta 1865 por Manuel Payno, el diputado Mier no se atreve a repetir en el Congreso sus devastadoras críticas del milagro expuestas en aquellas. Tampoco, hay que decirlo, a hacer una abjuración completa ni detallada. De ese modo es que pasa, casi al trote y en unas cuantas líneas, sobre el tema:

Los mexicanos en el año de 1794 me llenaron de imprecaciones creyendo que en un sermón había negado la tradición de Nuestra Señora de Guadalupe. Los engañaron: tal no me había pasado por la imaginación: expresamente protesto que predicaba para defenderla y realzarla. (17)

En realidad, fray Servando no miente: en el sermón no negó la tradición de Guadalupe. Pero en las Memorias sí, y es eso lo que se guarda in pectore. Ni en las Memorias ni en ese discurso de 1822, sin embargo, el padre Mier se desdice de la predicación apostólica.

La extensa y prolija empresa del padre Mier contra los argumentos de sus acusadores a raíz del sermón de 1794, al entreverarse en las Memorias con su postura ahora ya definitivamente contraria a las apariciones de 1531, arroja un discurso en ocasiones confuso y en otras incluso aparentemente contradictorio. Un texto —en gran medida escrito calamo currente, téngase en cuenta— en el que fray Servando pareciera rechazar en algún pasaje que haya negado la tradición y en otro dinamitarla.

No estoy seguro de que este tema específico haya sido tratado alguna vez; ante mis fuertes dudas no estará de más dejar aquí una condensada constancia de ello.

En aquel extenso alegato tanto sobre el sermón como acerca de sus repercusiones, fray Servando afirma en un pasaje que el arzobispo Haro “nos prohíbe que hablemos del antiguo cristianismo de nuestra patria y la predicación en ella de Santo Tomé. Y no me mienta a mí, aunque esta fue la base de todo mi sermón, para que el pueblo no se apercibiese que yo lo prediqué…”. (18)

Esto, dicho sea de paso, es otro categórico y casi estrepitoso mentís del propio Mier a quienes lo ensalzan como “vulnerador de la conquista” por haber postulado una predicación previa de muchos siglos, pues aquí fray Servando se queja de que el arzobispo Haro no lo mencionó para que el pueblo no se enterase de que lo había sustentado.

Claro que esa queja carece de sustento, pero el estridente contraste persiste: por un lado sus augures sostienen que las perspicaces autoridades coloniales supieron ver que la predicación apostólica, soltada como bomba por fray Servando en el sermón, deslegitimaba a la Conquista y al poder regio y que por eso fue castigado; por el otro, Mier se queja de que Haro no le haya otorgado el crédito. ¿A quién creerle? ¿Al Mier de carne y hueso o al Mier corregido y aumentado?

Pero volvamos al punto. No muchas páginas atrás, sin embargo, fray Servando había dicho que

No deja de causar admiración que habiendo hecho el arzobispo meter tanto ruido en los púlpitos con la capa de Santo Tomás, y recalcando en eso ahora como si fuese el punto principal del sermón, Uribe no se dé por entendido en su censura. Vio, sin duda, que era una chirinola impertinentísima a la substancia del sermón, y puramente conjetural. Pero el arzobispo la pendoleaba porque era el punto más flaco; me hacía ridículo suprimiendo los términos de debilísima conjetura […]. (19)

Aunque ha de aceptarse que, en rigor, la predicación de Santo Tomás en el siglo I y la estampación de la imagen de la Virgen en su capa y no en la tilma de Juan Diego son asuntos no necesariamente inseparables, ambos extremos son una y la misma cosa en el sermón del padre Mier, y de la lectura de éste se desprende la imposibilidad de que una cosa sea “fundamental” y la otra solo “una chirinola impertinentísima”.

Tan no son asertos distintos y menos aún conjeturales, que en el sermón Mier lo adelanta como su primera proposición: “La imagen de nuestra Señora de Guadalupe no está pintada en la tilma de Juan Diego, sino en la capa de Santo Tomás, apóstol de este reino”. Aquí, en la capa —como en la segunda y tercera proposiciones en la adoración antiquísima de la Virgen y el ocultamiento de la imagen por Santo Tomás, respectivamente—, la predicación apostólica evidentemente se da por sentada. Y obviamente toda dificultad y el problema mismo desaparecen cuando se llega a la negación de las apariciones.

En cuanto a las aparentes contradicciones internas de su discurso, al defender los términos de su sermón ya en las primeras páginas de la Apología fray Servando es tan explícito que elimina cualquier posibilidad de duda en cuanto a su respeto y creencia en la tradición:

Consta de los autos y juro in verbo sacerdotis que desde el principio del sermón hice esta protesta: “Advierto que no niego las apariciones de María Santísima a Juan Diego y Juan Bernardino; antes, negarlas me parece reprensible. Tampoco niego la pintura milagrosa de nuestra imagen, antes he de probarla de una manera plausible”. Advertí luego que nada negaba de cuanto creía ser la tradición genuina y legítima. (20)

Sin embargo, y con toda la razón, Mier solamente niega aquí (en 1818-1819) que hubiese rechazado las apariciones en su sermón de 1794, lo mismo que sostendría pocos años después en su discurso en el Congreso de 1822. En las Memorias sí que demuele esa tradición, pero esto se lo calla en ese discurso:

[…] yo haré ver que efectivamente no existió [la tradición de Guadalupe] en 117 años, hasta que en 1648 comenzó a nacer de los autores impresos; que estos no tuvieron otro fundamento que un manuscrito mexicano del indio Don Antonio Valeriano, natural de Azcapotzalco, escrito unos 80 años después de la época asignada a la aparición, y lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones, errores mitológicos e idolátricos; en una palabra, que es una comedia, novela o auto sacramental […].

Esta idea, expuesta en la supuesta Carta II a Juan Bautista Muñoz, es repetida por Mier casi en idénticos términos en las cartas III, IV y V. Todas ellas, las seis —un largo alegato contra los fundamentos de la tradición—, fueron vertidas de nuevo en la Apología, en particular la sexta, que fue trasladada casi tal cual por fray Servando a esta parte de las Memorias.

Pero no sólo ello. En cuanto al carácter divino o humano de la imagen, así como también de la Virgen de los Remedios, Mier apunta que

En orden al origen de ambas imágenes, creo que ambas salieron del taller de pintura que puso para los indios a espaldas de San Francisco Fr. Pedro de Gante, pues allí se hicieron —dice Torquemada— cuantas imágenes había hasta su tiempo en los retablos de Nueva España, y así como la de Guadalupe tiene los defectos anexos al pincel de los indios, la de los Remedios es tan parecida a las de mala talla que ellos tienen en su santocallis, que se conoce ser de la misma mano. (21)

La carga de los franciscanos, precursores de Mier

Y que hagora dezirles que una ymagen pintada por un yndio hazia milagros, que seria gran confusión y deshacer lo bueno que estaba plantado.

De las Informaciones de 1556

Fray Servando no posee la primicia ni en el asunto de la predicación apostólica ni en el de la atribución a las apariciones del carácter de mera leyenda. En ambos casos fue precedido en lapsos que se miden por siglos.

La primera atribución de la imagen de Guadalupe a un pincel movido por mano humana y no a un milagro —ocurrida cuando la pintura del culto a las apariciones estaba aún fresca— sucede nada más y nada menos que 263 años antes que las Memorias.

El 8 de septiembre de 1556, apenas veinticinco años después de la fecha asignada a las apariciones, el entonces Comisario General de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante, predicó un sermón en la capilla de San José de los Naturales en el Convento de San Francisco. Entre las personalidades que acudieron a escucharlo se encontraba el virrey Luis de Velasco, además de presidentes y oidores de la Real Audiencia.

La ocasión era la fiesta de la Natividad de María, en la cual se celebraba también a la Virgen de Guadalupe y las demás advocaciones marianas que no contaban entonces con fiesta propia. Lo que dijo en esa ocasión fray Francisco acerca del naciente culto de Guadalupe suscitó al día siguiente unas indagaciones, en las que nueve testigos fueron sometidos a un interrogatorio compuesto de catorce preguntas.

El promotor de este proceso fue el segundo arzobispo de la Nueva España, Alonso de Montúfar, uno de los principales impulsores y animadores de aquella devoción.

De los testimonios de los declarantes se desprenden los demoledores juicios siguientes de Bustamante:

Lo primero dijo que una de las cosas más perniciosas para la buena cristiandad de los naturales que se podían sustentar era la devoción de n(uest)ra Sra. de Guadalupe, porque desde su conversión se les avia predicado que no creyesen en imágenes; sino solamente en Dios y en n(uestr)a Sra. y que solamente serbian para provocarlos a deboción. Y que hagora dezirles que una ymagen pintada por un yndio hazia milagros, que seria gran confusión y deshacer lo bueno que estaba plantado (…).

También dixo que publicarse milagros como se avian publicado, eran gran confusión, porque si va un yndio coxo con esperanza que avia de volver sano, y después volver más coxo que avia ydo, sera darles ocasión a que no creyesen en dios ni en Sta Maria y que la C(hirst)iandad dellos fuese cada dia a menos (…) Que si esta deboción yva adelante prometía de jamas predicar a yndios, porque seria tornar a deshacer lo hecho.

Dixo que sup(lic)a al sr. Vissorrey e oydores mandasen remediar tan gran mal, y que sobre ello hiciesen información y castigasen a los ynventores, dándoles cada dos(ciento)s azotes a su quenta y que no ostante que V(uestra) S(eñori)a es prelado de la ig(les)ia, el rrey es patrón della y puede en lo uno y en lo otro hacer lo que le pareciere, y que al Sr. virrey y oidores competía el remediar esto, en lo qual cargó bien la mano.

También dijo que mejor se serviría Nu(est)ra Sra con que el tomín y candela que allí le ofrecen, se diesen a pobres necesitados, y no ofrecerle donde sabe dios en que se gasta.

Alonso Sánchez de Cisneros, otro de los testigos, informaba

que le oyó decir al dicho provincial que él y todos los demas religiosos habian procurado con muy grande instancia de evitar que los naturales de esta tierra tuviesen su devoción y oración en pintura y en piedras, por quitarles la ocasión de sus ritos y ceremonias antiguas de adorar en sus idolos; y con esta devoción nueva de Nuestra Señora de Guadalupe, parecia que era ocasión de tornar a caer en lo que antes habian tenido; porque era una pintura que habia hecho Marcos, indio pintor, y que para aquella devoción aprobarla y tenerla por buena, era menester haber verificado los milagros y comprobádolos con copia de testigos (…).

Pero no fue sólo Francisco de Bustamante el que, entonces, atacó la devoción y los nacientes ritos. En el mismo proceso se menciona a fray Alonso de Santiago, franciscano también, presente en el sermón que dos días antes, el domingo 6 de septiembre, había predicado el arzobispo Montúfar. Gonzalo de Alarcón, preguntado sobre lo que había oído decir a fray Alonso “de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que está en una ermita media legua de esta dicha ciudad”, relata con pormenores que, estando presentes él y otros asistentes al sermón arzobispal, entre ellos un tal bachiller Carriazo,

… discutieron sobre si era bien que el dicho Señor Arzobispo prosiguiese la devoción de la dicha imagen. Que el dicho Fray Alonso dijo ciertas razones, por do le parecia que no se debia hacer, porque era alterar a los naturales de la tierra y aún a españoles; porque viendo los dichos indios que se hacia tanto caudal de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, que seria escandalizarlos; porque creerian que era aquella la verdadera Nuestra Señora y que la adorarian; porque antiguamente ellos solian adorar idolos y que era gente flaca. Y asi mismo el dicho fray Alonso le dixo al dicho bachiller: Aguarde V.M. un poco y traeré un libro y vera un capitulo que habla en el mismo caso. Y fue y lo trujo y lo mostró al dicho bachiller y él tomó el dicho libro y leyó la mitad del dicho capitulo y era el terdécimo Deuteronomio. Y tratando sobre otras cosas, asimismo se dijo alli que ya que el Ilmo. Señor Arzobispo quisiese que, por devoción se fuese a aquella ermita, habia de mandar que no se nombrase de Nuestra Señora de Guadalupe, sino de Tepeaca o Tepeaquilla; porque, si en España, Nuestra Señora de Guadalupe tenia aquel nombre, era porque el mesmo pueblo se decia asi de Guadalupe.
Preguntado a qué fin trujo el dicho libro, el dicho fray Alonso de Santiago, dijo que a respecto de lo que alli se trató y que fue que el dicho bachiller dijo: Mira que dice aqui solamente habemos de adorar y servir a Nuestro Señor.
Preguntado si es verdad que tratándose alli si se habia de hacer procesión a la dicha ermita, el dicho Fray Alonso de Santiago dixo: El dia que se hiciese, se habia de ir el Virrey con los conquistadores a hacer alarde a Chapultepeque.

Hubo aun un tercer “indiciado”, otro franciscano a quien el testigo Juan de Masseguer, barcelonés, sólo identifica como fray Luis. Según su testimonio, un domingo posterior al sermón de Bustamante se encontró con el minorita, quien

preguntó a este testigo que dónde iba; y este testigo le dixo que iba a Nuestra Señora de Guadalupe, porque tenia una hija mala de tose. Y el dicho fraile dixo a este testigo: Déjese de esa borrachera, porque esa es una devoción que nosotros todos estamos mal con ella. Y este testigo dijo: Padre, ¿quereisme vos quitar a mi, mi devoción? Y dijo: No; pero de verdad os digo que antes me parece que ofendéis a Dios que no ganáis mérito; porque dais mal ejemplo a estos naturales; y si Su Señoria del Arzobispo dice lo que dice, es porque se le sigue su interesse y pasa de sesenta y desvaria ya. Y que esta es la verdad. Y juró por Dios verdadero y por la señal de la cruz en que puso sus manos que es la verdad lo que dicho tiene, y más se acuerda que el dicho fray Luis dijo: Calle que nosotros haremos con que el Arzobispo vaya otra vez por la mar. (22)

Es de toda evidencia que la gravedad de semejantes juicios nada tiene que ver con el carácter enaltecedor del sermón de 1794 y que rebasa por mucho la de los manifestados por el padre Mier en sus Memorias. Los franciscanos no hablan de Santo Tomás: niegan directamente la validez de un culto “inventado ayer”, cuestionan sin tapujos la identificación de un ídolo con “la verdadera Madre de Dios” e identifican a un autor humano de la imagen supuestamente milagrosa; conclusiones todas a las que a fray Servando le llevaría años arribar después del sermón.

El arzobispo Haro se convirtió en la bestia negra de Mier a raíz del proceso que, por iniciativa de aquél, le fue incoado. Bustamante y sus compañeros atacaron al arzobispo Montúfar antes del proceso, acusándolo sin pelos en la lengua de poseer “intereses” en la promoción del culto, y cuestionaron incluso el destino de las limosnas.

La advertencia contra el culto a las imágenes hecha por Bustamante y sus compañeros franciscanos, por lo demás, fue un tema decisivo durante una larga época en las discusiones teológicas del cristianismo. En los años posteriores al affaire Bustamante y hasta los primeros del siglo siguiente, por ejemplo, Jerónimo Bautista Lanuza (1533-1624), dominico como fray Servando, estudiante de Humanidades, Filosofía y Teología en las universidades de Zaragoza, Valencia y Salamanca, provincial de la orden de Predicadores y obispo de Barbastro para mayores señas, en más de una ocasión expresó sus opiniones adversas a la pintura, a la que consideraba sinónimo de engaño: “es el mundo un cuadro pintado, lleno de imágenes, que lo que más se procura es engañar la vista”. (23)

Mientras que algunos opositores a esta corriente crítica apelaban, en defensa del “uso pedagógico” o “ilustrativo” de las imágenes, a una pretendida identidad analógica o metafórica que las convertiría en representaciones simbólicas —aunque usted no lo crea, existían ya en aquellos remotísimos tiempos elucubradores de esta estirpe ahora tan en boga— que, a su vez, por la vía de la intuición, llegarían más fácilmente a las personas incultas, mucho antes que estos franciscanos antiguadalupanos Alonso de Madrigal (1400-1455), escritor y eclesiástico de la orden de los Cartujos, consejero de Juan II de Castilla y obispo de Ávila conocido como “el Tostado”, tampoco se andaba por las ramas:

De aquesto tal se siguen grandes pecados y errores y escándalos, y el pueblo menudo se torna hereje idolatra, ca puesto que algunas imágenes por revelación de Dios fuesen falladas en peñas ó fosaduras de tierra ó en corazones de arboles, en lo cual hay muchas mentiras y muy pocas verdades; mas fue y es lo mas dello introducido por sacar el dinero de las bolsas ajenas. Empero dado que fuese así en verdad, aquella imagen no es de mas virtud que las otras, ca por manos de hombres es fecha, y no de angeles, ni menos cayó del cielo, porque allá no hay piedras ni maderas… (24)

Digresiones aparte, lo cierto es que la investigación y el interrogatorio de testigos sobre el sermón de fray Francisco de Bustamante y el proceso seguido a fray Servando por el suyo poseen tan sólo la similitud de haber sido llevados a cabo. No hubo en 1556 condena de diez años de exilio ni enclaustramiento, tampoco privación de títulos ni prohibición de enseñanza, prédica y confesión.

Aunque los disparos hechos desde el púlpito por Bustamante provocaron, como no podía ser menos, cierto revuelo, y aunque al parecer fue necesaria la intervención del virrey, el proceso quedó sobreseído después de escasas dos semanas con un atestado autógrafo del propio Montúfar que reza: “Suspéndase y la parte es muerto”.

Si bien el arzobispo Montúfar no fue castigado con doscientos azotes como pedía Bustamante para todos “los inventores”, sí hubo de tragarse esa derrota. Fray Francisco al parecer fue depuesto como provincial y enviado a Cuernavaca. No he podido confirmar este extremo, pero en todo caso cuatro años después, en 1560, fue reelegido superior de los franciscanos.

El culto guadalupano, como no se le escapa a Mier en las Memorias, efectivamente aún no cobraba fuerza, ni la adquiriría hasta después de transcurridos casi cien años, con el repunte y prácticamente el inicio de la devoción desencadenados por la obra del padre Miguel Sánchez publicada en 1648. (25)

La predicación apostólica: ni primicia de Mier ni sinónimo de “deslegitimación de la conquista”.

—¿Cuánto tiempo se necesita para vulgarizar una idea falsa?
—Una hora, o dos, o tres; y eso si se anda muy despacio.
—¿Y para vulgarizar una idea verdadera?
—Un siglo, o dos, o tres; y eso si se anda muy de prisa.
—Bernard le Bovier de Fontenelle

I. El dictamen contra fray Servando

A los descubridores de intenciones deslegitimadoras en el padre Mier ni siquiera les era necesario, para morigerar sus ínfulas innovadoras, averiguar por su cuenta la existencia de multitud de autores que siglos antes que el dominico habían postulado la predicación del apóstol Tomás en estas tierras. El propio Mier —y este solo ejemplo debería bastar para demostrar que no lo leyeron más que a saltos y por fragmentos— señala en sus Memorias a un buen número de aquellos. Y lo hace desde las primeras páginas, sin necesidad de rebuscar en todo el extenso texto:

Esta predicación ha sido defendida por muchos y muy graves autores españoles, extranjeros y americanos, aun en obras a propósito, no sólo manuscritas sino impresas en España, como Diego Durán, Gregorio García,  Alonso Ramos, Antonio Calancha, Nobrega, Mendieta, Remesal, Torquemada, Betancourt, Rivadeneira, Abraham, Justo Lipsio, el autor español de las excelencias de la Cruz; Sigüenza en su Fénix del Occidente, el apóstol Santo Tomé; el jesuíta autor de la Historia del verdadero Quetzalcóhuatl, el apóstol Santo Tomé; Becerra Tanco, Boturini, Veitia  y otros muchos. Sin que hayan faltado santos y sabios arzobispos y obispos de América, verbigracia, Dávila Padilla, Casas y Zárate, ni cardenales de la santa romana Iglesia, como Gotti.

El propio fray Servando, entonces, ensarta toda esta tiramira de autores (y hay muchos más que Mier no menciona) que predicaron la predicación apostólica mucho antes que él. Pero esta brizna de paja no impide que sus fantasiosos intérpretes, que no lo leyeron, o lo leyeron saltando páginas o se apoyaron en fuentes secundarias y terciarias, le atribuyan la prioridad autoral.

La verdad es que la leyenda de la vocación antihispana de fray Servando, pretendidamente madura ya en 1794 y visible en un supuesto ataque contra los títulos de la metrópoli encubierto con ropajes teológicos —maquiavelismos servandianos que habrían sido avizorados por las sagaces autoridades de la Nueva España, el primero de todos el arzobispo Haro— no sobrevive a una superficial contrastación con las evidencias históricas disponibles.

El edicto con el cual Núñez de Haro fulmina a Mier no ofrece asideros para esta versión que pretende que el pecado de fray Servando, por el que habría sido perseguido y condenado al exilio, fue su mención de la predicación apostólica y el haber implicado con ello el socavamiento de los títulos religiosos de la dominación española. Dado en la Ciudad de México el 25 de marzo de 1795, en el edicto se dice que fray Servando

[…] oponiéndose á la recibida y autorizada tradicion de dicha Santa Imagen, publicó una nueva y fingida Historia en que asentó haberse estampado en la Capa de Santo Tomás Apóstol, viviendo aun en carne mortal la Santísima Virgen, con otras muchas proposiciones impías, errores y fábulas, indignas de aquel santo lugar, hasta haber afirmado que este Santo Apóstol dexó ocultas las Imágenes del Santo Christo de Chalma, de nuestra Señora de los Remedios, y otras que se veneran en el Reyno, con lo que quedó escandalizado todo el Público.

Haro insiste a lo largo de las quince páginas del edicto en motejar las palabras e hipótesis de Mier como “impías, falsas y temerarias”, “errores, blasfemias, milagros supuestos, delirios y ridículas fábulas”. Su conclusión está en negro sobre blanco:

Declaramos por falsa, apócrifa, impía é improbable la Historia de la Imágen de Nuestra Señora de Guadalupe que predicó el citado P. Mier, y que por tanto contiene su Sermon una doctrina escandalosa, agena del lugar sagrado en que se publicó, injuriosa á gravísimos Autores Españoles y Extrangeros, fomenta la inflacion y arrogancia del propio juicio contra los preceptos Apostólicos, pertuba la devocion, religion y piedad, combatiendo una tradicion constante, uniforme y universal, por lo menos en esta América, y calificada como piadosa por la Silla Apostólica. […] y para evitar que estas fábulas y supuestos milagros, que carecen de toda calificacion y aun de verisimilitud, se propaguen con perjuicio de la piedad christiana, retuvimos la indicada Obra para que se guarde en el Secreto de nuestro Archivo con la correspondiente nota, y prohibimos á los Predicadores que en sus Sermones prediquen dichas especies, y con particularidad las que tocan á dicha Santa Imágen […].

Núñez de Haro, precisamente en el edicto que condena a Mier, no rebate abiertamente la predicación apostólica. Habla, rechazándola, de “una nueva y fingida Historia en que asentó haberse estampado [obviamente la imagen] en la Capa de Santo Tomás Apóstol”, y declara “por falsa, apócrifa, impía é improbable la Historia de la Imágen de Nuestra Señora de Guadalupe que predicó el citado P. Mier”, precisamente por oponerse “a la recibida y autorizada tradición de dicha Santa Imagen”. (26)

El matiz implícito en la diferencia entre poner el acento bien en la predicación, bien en la estampación de la imagen, es decisivo. Es muy claro que ese matiz no ha sido percibido, y muy claro también en donde colocaron el énfasis las autoridades que enjuiciaron a Mier, precisamente el alternativo al que han preferido tomar los devotos de la “deslegitimación”.

El propio dictamen oficial contra Mier, elaborado por Uribe y firmado también por Omaña, tampoco ofrece siquiera un raído lienzo con el que cubrir la desnudez documental del tema de la deslegitimación.

Con mirada mucho más aguda que quienes antes y ahora han visto en fray Servando intenciones que nunca tuvo, Uribe descubre en Borunda (que fue quien le sopló al oído a fray Servando el asunto de la predicación del apóstol) una originalidad en cuanto a la “impresión y estampación Guadalupana, pero en todo lo demás que sirve de fundamento a esta exótica idea, es decir en la venida de Santo Tomás y su identidad con Quetzalcohuatl ha tenido autores que seguir”.

Vale la pena reproducir un relativamente extenso párrafo con el que el mismísimo censor principal de fray Servando deja en el aire a los fans de la deslegitimación:

No se nos oculta que aún cuando fuese cierta la venida de Santo Thomas a evangelizar a esta América, nada se concluía a favor de la aparición Guadalupana en su capa. Conocemos también que el arribo y predicación del apóstol a estos países es un problema histórico en el que no han faltado autores eruditos que sostengan la opinión que la afirma. A vista de esto nos creeríamos excusados de tratar este asunto, si una triste experiencia no nos enseñara las perniciosas consecuencias que personas aún eruditas han deducido de aquella venida, y cómo de siglo en siglo se ha ido desfigurando, pasando de grado en grado de una opinión probable, a un delirio improbable y aun pernicioso. Esto nos obliga a tratar con alguna extensión este punto, haciendo ver que el desnudo hecho de la venida de Santo Tomás a estos países, aunque no aparezca del todo falso, es poco probable; que su identidad con Quetzalcohuatl es una anécdota evidentemente falsa, dimanada de un torpísimo anacronismo; y últimamente, que aún cuando Santo Tomás hubiese venido a este reino y fuese el verdadero Quetzalcohuatl es un grande delirio creer que se estampó María Santísima de Guadalupe en su capa. (27)

Uribe ciertamente se muestra reacio a aceptar la venida de Santo Tomás, pero nunca la niega: “aun cuando fuese cierta”, “no aparece del todo falsa pero es poco probable”, “aun cuando hubiese venido”, “Santo Tomás apóstol vino y predicó en estos reinos. Esto es muy problemático, aunque no carece de probabilidad”. En una nota, la número 8 de su dictamen, la llama “incierta venida” y propone, para explicar las cruces y “semejanzas del rito cristiano” que según muchos autores antiguos habían sido encontradas en América, hipótesis alternativas tanto o más improbables que la predicación apostólica como “las transmigraciones de hunnos, de seitas, de turcos, de chinos y de otras muchas naciones que después de la venida de Jesucristo y con algunos conocimientos de su religión vinieron a esta América”.

II. La predicación en dos pilares de la tradición guadalupana

En el propio país y mucho antes que fray Servando, existen también los textos de al menos dos autores consagrados como cimientos de la tradición guadalupana que sostuvieron lo que en realidad, y contra los ignaros devaneos de los interpretadores actuales, era ya un tópico establecido; esto es: la multimencionada predicación apostólica en el Nuevo Mundo.

Luis Becerra Tanco (1603-1672), sacralizado por la parafernalia guadalupana y por los mismos persecutores de fray Servando como uno de los llamados evangelistas guadalupanos, precisamente en el libro que le ganó estos blasones también habló de la estancia del apóstol Santo Tomás ya no sólo en el sur del continente sino en la Nueva España, e invocó a algunos de los mismos autores que cita Mier. En una “advertencia acerca del día en que debe celebrarse la aparición de la Virgen Santísima” dice:

De que se infiere, que como la Natividad de la Virgen Santissima para ser Madre de Dios, precedió necessariamente á la Natividad del Señor en tiempo: assi la nueva y nunca vista Apparicion de su Madre, en este Reyno, se anticipasse tambien á la Natividad del Hijo […]. Avia començado á desterrar las tinieblas de la Idolatria, en que aquel demonio tenia cautivos estos miserables Indios. A que se llega ser el dia veinte y dos de Diziembre, subsequente á la festividad del Apostol Santo Thomas, que sin duda fue el que predicó el santo Evangelio á las Naciones de este Reyno, mucho antes de la fundacion de esta Ciudad, en la de Tula, ó como dizen los Naturales Tollan; de que ví pintura, y tradicion, que no puede aplicarse á otro del Apostolado, por averse conservado su apellido: Didimus. Esto es mellizo.
Y de que ayan quedado en las Indias Occidentales rastros deste Santo Apostol, y de su nombre, vease al señor D. Juan de Solorzano, en su Politica Indiana, lib. I, cap. 7 donde cita á Fr. Gregorio Garcia Religioso Dominico, en su libro Indiarum origine, y en otro tratado especial de la predicacion del santo Evangelio en el nuevo Orbe; y assi mismo á Fr. Alonso Ramos, en la historia de la Virgen de Copacavana, y otros Autores […]. (28)

Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) también nutre las filas de los innúmeros que afirmaron la predicación de Santo Tomás apóstol en el Nuevo Mundo. Aunque su Fénix de Occidente nunca fue publicado, Eguiara y Eguren en su Bibliotheca Mexicana (1755) da una muy resumida cuenta de esta tesis de la temprana predicación apostólica en el siglo I. No hubiese sido necesario pues el propio Sigüenza habló de su libro en al menos dos ocasiones. En el último párrafo del prólogo al lector del Paraíso Occidental dice:

Si huviera quien costeara en la Nueva España las impressiones (como lo ha hecho aora el Convento Real de Jesus Maria) no ay duda sino que sacara Yo á luz diferentes obras, á cuya composicion me ha estimulado el sumo amor que á mi Patria tengo […]. Cosas son estas, y otras sus semejantes que requieren mucho volumen, y assi probalmente morirán conmigo (pues jamas tendré con que poder imprimirlo por mi gran pobreza). Quiera Dios Nuestro Señor no sea assi lo que tengo averiguado de la predicacion de Santo Tomas Apostol en esta tierra, y de su Christiandad primitiva […]. (29)

Y en la Libra astronómica, también en un prólogo del propio Sigüenza, aunque éste lo escribe tanto en primera como en tercera persona, don Carlos habla del manuscrito con más detalle:

Si en mi concepto (lo mismo diran sin duda quantos lo leyeren) es sobradamente bueno este Libro, jusgo son mejores otros, que tiene ya perficionados el Autor de este. De todos ellos puedo dar razon como quien los ha leido con notable gusto […]. Feniz del Occidente S. Thomas Apostol hallado con el nombre de Quetzalcoatl entre las cenizas de antiguas tradiciones conservadas en piedras, en Teoamoxtles Tultecos, y en cantares Teochichimecos y Mexicanos. Demuestra en el haver predicado los Apostoles en todo el mundo, y por el consiguiente en la America, que no fue absolutamente incognita á los antiguos: demuestra tambien haver sido Quetzalcoatl el glorioso Apostol S. Thome, probandolo con la significación de uno y otro nombre, con su vestidura, con su doctrina, con sus profecias que expresa: dice los milagros que hizo, describe los lugares, y da las señas donde dexó el Santo Apostol vestigios suyos, quando ilustró estas partes donde tuvo por lo menos quatro dicipulos. (30)

No es poca cosa. Tampoco se podría ser más explícito, enfático y taxativo en tan escasas líneas. Y además dicho por uno de los principales integrantes del Panthĕon guadalupano y figura descollante en el mundo intelectual del siglo XVII novohispano.

Un aval más para mi tesis de que el pecado de Mier (a los ojos de las autoridades que lo punieron) no fue hablar de la predicación del apóstol Tomás sino adelantar la idea de que la imagen de la virgen se estampó en su capa y no en la tilma de Juan Diego. Y un escollo adicional para aquellos que, creyendo que fue lo primero, bordan sobre ese monumental fallo sus solemnes elucubraciones acerca del fray Servando deslegitimador y de esa manera amoldan el pasado a las necesidades y pretensiones de su presente.

Tenemos entonces una predicación temprana afirmada durante más de doscientos años por aquellos a quienes se solía llamar “autores graves”, en libros que fueron publicados no sólo sin que nadie tocara a rebato contra “la deslegitimación” de la conquista sino que además contaron, según el uso de la época, con la aprobación de las autoridades hispanas y coloniales.

También a un “evangelista guadalupano” colmado de loas por los sostenedores de la epifanía mariana bajo esta advocación mexicana y al cual, tampoco, a nadie se le ocurrió acusar de vulnerar los títulos evangelizadores de la metrópoli por afirmar llana, textual y abiertamente que Santo Tomás predicó en estas tierras.

Nos encontramos además con un autor guadalupano, no evangelista pero sí insospechable: Cayetano Cabrera y Quintero (1698-c.1775). En el Escudo de Armas publicado cuarenta y ocho años antes de que Mier pronunciara su sermón se admite explícitamente la posibilidad de la predicación apostólica, y ello no discurseado en un sermón sino afirmado y firmado por los integrantes del Ayuntamiento de la Ciudad de México en una dedicatoria al mismísimo rey:

No es solo de V. M. este Escudo, y Militar Copia, como su Auxiliar Conquistadora, eslo tambien como Pacificadora, y Conservadora de estos Reynos: á cuyos soberanos auspicios, y huellas (que parecieron de hombres) y estampó en el Mar Tezcucano, y cumbre del Tepeyac erguido, entre nubes, se precipitó el Cielo en Diluvios, y ondas del Sagrado Bautismo, que annegaron millones de Gentiles, en cuyas almas, al menos por catorce siglos (si en el primero tuvieron noticia de la Fee) bramaba fuego el infernal Cerbero, gimiendo en lamentable seca, y continuada esterilidad la preciosa mies del Evangelio. (31)

¿Por qué lo que es “deslegitimación de la conquista” en Mier no lo es en todos los anteriores y muchos más? Es un misterio insondable.

Ignorantia non est argumentum, eso sí lo sabemos, y quienes han explotado, que no explorado, esa veta inexistente, bien harían en reconocer la suya.

A este muy incompleto muestrario le faltaría aún el golpe mortal asestado a los deslegitimadores: el propinado por un rey —y no cualquier rey, sino todo un emperador— que admitió la predicación apostólica.

III. El rey que se deslegitimó a sí mismo

En un pasaje de las Memorias fray Servando, al mencionar los “monumentos y vestigios evidentes del cristianismo” que, dice, los misioneros hallaron en toda la América, afirma que entre ellos no hubo más diferencias

sino que algunos, temerosos de las opiniones del tiempo en que la predicación del Evangelio servía de título a la conquista de América, fingieron atribuirlos “a monerías del diablo, que tuvo, dicen, en América la extraña humorada de meterse a catequista de doctrina cristiana […] y de meterse también sin miedo a fabricante de cruces”. (32)

Hago notar de paso que Mier habla en tiempo pretérito de la evangelización como justificante y basamento político–moral de la conquista, sin imaginar que muchos decenios después de él —y siglos después de los tiempos de aquellos misioneros— algunos revivirían esa especie para inventarle blasones que él mismo, con su proverbial presunción y su egotismo, ni había soñado con atribuirse.

En aquella tesitura incluye fray Servando a Juan de Solórzano Pereira:

Por los mismos motivos políticos se había opuesto el Sr. Solórzano, De jure indiarum, a la predicación de Santo Tomás. Pero habiendo salido a luz La predicación del Evangelio en el Nuevo Mundo viviendo los Apóstoles, por el dominicano fray Gregorio García, y La predicación de Santo Tomás en América, por el agustiniano fray Antonio Calancha, retractó su oposición en la Política indiana, diciendo que no se atreve a negarla, aunque no se despide todavía enteramente de los demonios, recomienda la lectura de dichas obras por la mucha diligencia que testifican haber puesto sus autores, y asegura que esto nada perjudica a los derechos de S. M.; que el mismo emperador Carlos V escribió a los indios disyuntivamente, diciéndoles “el Evangelio que nunca habíais oído, o que habéis olvidado, etc.” Los vasallos, pues, no deberían querer ser más delicados que sus soberanos. (33)

Y sí. Tampoco los exégetas deberían querer ser más innovadores que sus interpretados; en este caso más mieristas que el propio Mier atribuyéndole intenciones —“ocultas” o no— que él jamás albergó.

La obra original fue publicada en dos tomos; el primero, De Indiarum iure sive de iusta Indiarum Occidentalium inquisitione, acquisitione et retentione, dedicado a Felipe IV, estudia precisamente el descubrimiento, la conquista y retención de las Indias. Fue publicado en Madrid en 1629. El segundo tomo, De Indiarum iure sive de iusta Indiarum occidentalium gubernatione, apareció en 1639.

El libro tercero de este segundo tomo, “De rebus ecclesiasticis et de regio circa eas Patronatu”, fue condenado por el pleno de cardenales de la Congregación del Índice. Otras partes de la obra fueron censuradas tibiamente, pero Felipe IV ordenó retener la censura de Roma y de ese modo la obra pudo circular y ser leída en toda América.

Sin embargo las condenas, censuras y reservas de la Iglesia fueron tomadas en cuenta al redactar la Política Indiana, que, aunque es en rigor una versión castellana, contra la difundida opinión que incluso un estudioso tan prolijo como O’Gorman retoma, (34) no es una simple traducción; es una reelaboración que no sólo modifica, sino que incluso amplía algunos puntos de la Indiarum Iure. (35)

Lo dicho por Mier sobre la postura de Solórzano encuentra su sustento en el libro primero, en los capítulos VI (“Si se tuvo alguna noticia de este Nuevo Orbe, antes que los Castellanos le descubriessen. Y si es probable, que fuesse el Ophir adonde la Sagrada Escritura dize, que Salomon solia embiar sus Armadas?”) y sobre todo el VII (“Si ay algun lugar en la Sagrada Escritura, que anuncie el descubrimiento, y conversion de este Nuevo Orbe, ó rastro, de que en el se huviesse predicado el Evangelio, antes de la entrada, y predicacion de los Castellanos”).

Como el propósito fundamental de Solórzano —particularmente en el primer tomo de los dos de que consta también la Política Indiana— es exponer las razones y los títulos que justifiquen la conquista, ocupación y retención de las Indias, se hace cruces con el tema de la predicación apostólica. Ello no obstante, como se verá, Solórzano oscila entre una opinión y otra, argumenta y contraargumenta pero nunca niega; y lo que es más significativo: termina apelando a la propia postura real para dejar abierta la posibilidad, casi la certeza, de que la evangelización primera hubiese estado a cargo de algún apóstol y no de los misioneros españoles.

Al inicio del capítulo VII Solórzano dice:

Aunque tengo por cierto lo que dexo dicho en el Capitulo passado, de la poca, ó ninguna noticia, que en el Orbe Antiguo se tuvo de este Nuevo, hasta que lo descubrieron los Castellanos. No puedo, ni quiero negar, que la sagrada Escritura, en la qual hallamos anunciadas, ó profetizadas cosas de mucho menor importancia […] dexasse de anunciar en alguna parte, un descubrimiento tan grande, y memorable como este, y que tanto conduce y pertenece á la razon de estado de la Iglesia, y á la historia de la predicacion, y propagacion del Santo Evangelio […] (36)

Y Solórzano se embarca enseguida, como tantos otros, en citas de David, Isaías, San Mateo, San Lucas, San Gerónimo, Abdías et alii. Pero no para dignificar y estatuir bíblica y patrísticamente la predicación apostólica en el Nuevo Orbe, sino para ubicar en ese remoto y sacratísimo pasado la profecía de los españoles como los evangelizadores de aquel: “Y he dicho, y buelvo á dezir, que esta predicacion, y conversion se reservó á nuestros tiempos, y nuestros Reyes, y sus Ministros, y vassallos”. (37)

Solórzano insiste en que el Evangelio no entró al Nuevo Mundo sino hasta la llegada de los españoles, puesto que “no aviendo sido por milagro (lo qual no es de nuestra disputa) obstan a esta entrada todas las dificultades, que para los demas de los siglos antiguos propuse en el Capitulo antecedente”, esto es, las enormes distancias del “mar océano”, la Atlántida como una fábula, etcétera.

El autor arguye incluso que, si bien de las citas que acababa de hacer podía desprenderse que la predicación de los apóstoles se extendió ya en su tiempo por todo el mundo, ello se explicaría por la habitual utilización en la Sagrada Escritura de la “hyperbole, o encarecimiento” y también de “la que llaman Synedoche, que es quando el todo se toma por la parte, ó la parte por el todo”.

Respecto a las versiones que afirmaban la existencia de rastros entre los infieles del Nuevo Mundo que indicarían que habían tenido noticia “de Christo, y de su Evangelio”, y los hallazgos de cruces “y vestigios de que por alli huviesse andado santo Tomas”, Solórzano dice que “yo no me atrevo á negarlo, especialmente viendo la gran asseveracion que dello hazen algunos modernos”. (38)

Sin embargo —vuelve a dar marcha atrás— “no será mucho excesso dar poco credito á tales relaciones de Indios”, y en caso de que todo ello fuese cierto (y aquí Solórzano presta carne a las burlas de Mier sobre el diablo como fabricante de cruces), “pudo el diablo sugerirlas á estos barbaros, para mas iludirlos, y hazerse adorar de ellos con mezcla de muchos errores y supersticiones”.

Finalmente Solórzano cierra el capítulo, y sus ires y venires, con esta declaración:

Contentandome con añadir por remate de este capitulo, que caso que se conceda, que en este barbaro Gentilismo huviesse en tiempos antiguos descubierto algunos rayos de la luz Evangelica; essa, ó por sus pecados, ó por sus guerras, y mudanças de Reyes, y Reynos, estaba ya del todo olvidada, como tambien lo apuntan otros Autores, y mejor que ellos la grave y elegante carta que el señor Emperador Carlos V de gloriosa memoria, mandó escribir á los mesmos Infieles, cuyo capitulo tocante á esto dize assi: Y porque hemos entendido, que entre otras partes del mundo, que carecen de este conocimiento, en essas vuestras Provincias, y tierras, hasta aora no ay noticia de nuestro Dios verdadero, ó porque él con sus secretos é incomprehensibles juizios, no ha querido hasta aora manifestarse en essas partes: ó por ventura, por la negligencia, y flaqueza de vuestros Antecessores, se ha perdido la memoria de la predicacion de su nombre y Fé, que en ellas se hizo en tiempos passados. (39)

De ese modo Solórzano no se comprometía ni con Dios ni con el diablo, con tirios ni troyanos y quedaba bien con la Iglesia pero sobre todo con el poder regio. De paso da el tiro de gracia a los hermeneutas que quieren convertir a Mier, contra toda sensatez y mesura, a la vez en el héroe y la víctima de la “deslegitimación”.

¿A qué poder real hispano iba fray Servando a deslegitimar, despojándolo-de-sus-títulos-evangelizadores y anulando-la-justificación-de-la-conquista, si alrededor de 250 años antes el propio Carlos V admitía la clara posibilidad de que se les hubiesen adelantado por siglos los apóstoles o sus inmediatos discípulos?

IV. Apunte final. Manuel da Nóbrega, el fundador

Para seguir estando a tono, siguiendo la pauta marcada por la sentencia bíblica de Mateo según la cual los últimos serán los primeros, de entre aquellos autores citados por Mier en abono de la predicación apostólica en el Nuevo Mundo he dejado al final justo a aquel que lo inició todo, el teólogo y misionero jesuita portugués Manuel da Nóbrega (1517-1570).

Primer Provincial de la Compañía de Jesús en Brasil, llegó a tierras americanas en 1549 junto con el también primer Gobernador general Tomé de Souza. Mantuvo una permanente preocupación por la relación entre los indios y los colonizadores, manifiesta en sus cartas a los gobernadores de la colonia portuguesa y al propio rey de Portugal; por ejemplo en el Diálogo da Conversão do gentio y en el parecer Se o pai pode vender a seu filho e se hum se pode vender a si mesmo. (40)

De Nóbrega existen sólo cartas, pareceres y anotaciones. En una de las primeras, enviada en 1549 desde San Salvador de Bahía de Todos los Santos al destacado integrante de la Escuela de Salamanca Martín de Azpilcueta, Nóbrega le informaba que en Brasil se conservaba el recuerdo de la predicación de Santo Tomás. Fray Manuel afirmaba haber descubierto huellas de los pies del apóstol grabadas en rocas y fue él quien lo bautizó como Pay Zumé.

Según Marcela Pezzuto hubo dos antecedentes: el más antiguo las noticias difundidas por tripulantes de embarcaciones portuguesas sobre la visita de apóstoles a la preAmérica, y después una carta de 1538 escrita por el Comisario franciscano Bernardo de Armentía al Oidor del Consejo de Indias Juan Bernal Díaz de Lugo, en la cual le mencionaba una tradición antigua que hablaba de Santo Tomás y de un indio de nombre Etiguará. (41)

Y aún podrían rastrearse más atrás las referencias al apóstol en el Nuevo Mundo; algunos las asignan a un texto alemán de 1514 titulado Copia der Newen Zeytung ausz Presillg Landt, que otros citan como neerlandés y fechado en 1508 y unos terceros lo dan como impreso en Augsburgo hacia 1514. Según Magasich y de Beer, se trataría de la crónica de un viaje efectuado en 1514 y su autor la habría escrito a un amigo en Amberes informándole de los recuerdos del apóstol entre los indígenas, de sus huellas y de cruces tierra adentro. (42)

El texto efectivamente existe y está disponible en alemán antiguo y, naturalmente por la época, en letra gótica. Se trata de un ejemplar de apenas cuatro paginitas que alguien fechó, en una anotación manuscrita, como “¿1520?”

Con todo, es Nóbrega quien ha pervivido como el precursor del tema apostólico y el que sería citado por buena parte de la multitud de autores que se ocuparon de él, y no deja de ser llamativo el que toda una corriente, que se convertiría en tradición en los siglos siguientes, haya empezado con una simple carta.

Y más llamativo aún resulta que los procustos contemporáneos, que le cuelgan esa presea a Mier, desconozcan toda esta luenga, abundante y añeja evidencia documental.

Pero es que aquel lecho mitológico, potenciado además con la ausencia de escrúpulo filológico, la abundancia de presuntuosidad y la penumbra de las escasas luces, da para esto y para mucho más.

Post scriptum

Tiene el defecto de no saber hacer versos, defecto que en sí no sería grave del todo. Pero el mal está en que no los sabe hacer y los hace.
—Antonio de Valbuena

Entre mis curiosidades conservo un texto (no en papel, más quisiera yo) muy difícil de conseguir. Yo mismo no recuerdo dónde lo encontré y mis búsquedas posteriores, de esas que ahora te ahorran las antiguas peregrinaciones a bibliotecas, han sido inútiles: ni información sobre el texto, ni siquiera alguna referencia.

Se trata de un librito —multum in parvo, si se lo sabe ver— de apenas nueve páginas de invenciones, desatinos y desvaríos históricos, cronológicos e incluso geográficos. La monumental diferencia es que todo ello fue escrito con deliberación, para reducir al absurdo y a lo cómico la estrafalaria manera de escribir la historia que aquí nos ha entretenido.

De autor anónimo, miente jocosamente desde la portada: “Discurso leído en la Imperial Academia de la Historia y de Cosmogonía de Filadelfia por el P. Juan de Mariana en el acto de su recepción. Con licencia. Valladolid: Impreso en casa de Ramón Berenguillo. 1793”.

Lo recordé al finalizar este ensayo y se me ocurrió dejar aquí una muestra de solamente tres párrafos como bonus para el eventual lector. Como es mi costumbre, conservo la ortografía y la puntuación de los textos originales.

Crónica de un hombre célebre, Celedonio Mitridates
Me ha cabido la inmerecida honra de ser por vosotros elegido, para formar parte de esta ilustrada corporación, y he de presentaros un estudio de la vida de Mitridates, acerca del cual con tanto error como mala fe se han escrito numerosos volúmenes. Pero fácilmente se distingue á primera vista el apasionamiento de Guizot, de Cromwell y de Homero, cuando del célebre yankee se empeñan en hacerle pasar por murciano y próximo a Pluton, insigne engaño en que, en sus Anales de Aragon, incurre tambien Zurita. En sentido opuesto falsean los hechos Anquetil, en su Historia de Francia, y Cantu en la Universal, al suponerlo oriundo de la Meca, y, por lo tanto, ruso, cuando á la vista se hallan los discursos de Ciceron, las inspiradas poesías de Virgilio, el libro de La democracia en América, de Tocqueville; La Ilustracion Española y Americana, las coplas de Mingo Revulgo, Prescott, con su Historia de los Reyes Católicos, que, convirtiéndose en eco unísono de la fama del gran Mitridates, convienen en que fue yankee, que nació en el año 213, en la ciudad de Atenas, capital por aquel entonces de los Estados-Unidos, que se halla asentada sobre las márgenes del Ganges.
Hay que apartar la vista con horror y el estómago con asco, como ya en su tiempo decía el guerrillero Sócrates, cuando se tropieza con hombres bastante rebajados para falsear la historia. Cíñome, pues, para narrar la del que fué guerrero, químico, político, filósofo, historiador y naturalista, y asombro de la Australia, de Europa y de las ocho partes del mundo, á fuentes que tanto crédito nos merecen, como la Gaceta de Madrid de aquel entonces, The Times, de Nueva-York, del siglo III, la Historia de las alteraciones de Aragon, de Pidal, la de Méjico, de Solís, y cronistas como Blancas, Castillo y otros tantos, y políticos como Gladstone, Albareda, Decazes, Temístocles, Xerjes, Atila y Faraon […].
Tomadas Lucerna y Quito poblaciones importantes de Tierra Santa asistió luciendo siempre sus grandes dotes á cuantas guerras asolaron el mundo por aquel entonces, que no fueron pocas, porque en guerra se hallaban con España los cochinchinos con Roma los Mejicanos con Rusia el Hindostan y la Nueva Caledonia y con Australia en los anchurosos campos Brasileños, los Cartagineses, donde á las orillas del Danubio tuvo lugar la nunca olvidada y asoladora batalla de Pavía, en que Francisco I de Rusia entrego su Espada al gran Tamerlan de Persia, viniendo en calidad de prisionero á Madrid […].

Cuánta razón tenía José Francisco de Isla cuando en su Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, escrita bajo el seudónimo de Francisco Lobón de Salazar, dijo:

(…) muchas veces, o las más, ha sido más poderoso para corregir las costumbres el medio festivo y chufletero de hacerlas ridículas, que el entonado y grave de convencerlas disonantes. (43)

Y sí, pues además de entre ellos mismos, ¿quién puede tomar en serio a quienes invierten el aforismo y convierten a su ignorancia, precisamente, en un argumento? Eso sí: en los casos más hilarantes, un argumento pomposo, salpimentado de trivialidades y con una rimbombancia que no logra disimular su oquedad.

Y así va el mundo… ®

Notas

[1] De muchos de esa legión cabe sospechar lo que constataba Mariano Pardo de Figueroa, en su encarnación del Doctor Thebussem, no sobre Mier y su obra sino sobre Cervantes y el Quijote: “el mayor número LEYÓ en su mocedad algunos capítulos del Quijote,y forma coro de ora pro nobisen las alabanzas tributadas al libro y a su autor, dejándose llevar por la blanda y suave corriente de la opinión pública, del mismo modo que encomian el mérito de Lope, Solís y Quevedo, o de Homero, Dante y Virgilio, sin haberlos visto jamás ni por el forro”. Véase Quinta (y última) ración de artículos, Madrid, 1907, p.252.

2 J. E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México, tomo III, 1879.

3 Así por ejemplo, en la solapa de un libro auspiciado por la Cámara de Diputados que recoge diversos escritos de Mier, publicado en 2012, se dice de él —confundiendo por mucho, además, las fechas y los motivos— que “fue juzgado y encarcelado en el castillo de San Juan de Ulúa por haber pronunciado un sermón en el que negó la aparición de la Virgen de Guadalupe”. Véase Fray Servando Teresa de Mier. Escritos sobre la joven nación, México, Biblioteca del pensamiento legislativo y político mexicano, Cámara de Diputados, 2012. El subrayado es mío.

4 “Bienaventurados los que creyeron sin haber visto”. Para estar a tono con el trasfondo de todo esto, frase que se supone que dijo Jesucristo al incrédulo apóstol Tomás, precisamente.

5 Sesión del 1 de diciembre de 1992 para inscribir en letras de oro el nombre del padre Mier en el muro que representa el panteón oficial de los héroes patrios.

6 “Fray Servando y el abate Grégoire. Dos ilustrados rebeldes”, Revista de la Universidad de México núm. 50, 1 de abril de 2008.

7 Esta divergencia ya la veía con claridad Sansón Carrasco (un poco rankiano, a decir verdad, pero certero en los trazos gruesos) cuando le dice a Don Quijote: “pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”.

8 “El subversivo sermón guadalupano de fray Servando Teresa de Mier”, Cuicuilco. Revista de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Nueva época volumen 7, número 20, septiembre-diciembre, 2000.

9 “El arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro y Peralta, astuto peninsular, descubrió, al fin, el sentido oculto del sermón”, en Adolfo Arrioja Vizcaíno, Fray Servando Teresa de Mier. Confesiones de un guadalupano federalista, Plaza y Janés, 2003, p. 22. “El hecho crucial de su vida, podemos decir el que desencadenó su destino, fue su famoso sermón […]. Tal vez hubiera pasado como uno de tantos pronunciados con motivo de esa festividad pero las circunstancias históricas que se vivían y el oculto sentido  que llevaba lo convirtieron, como dice Manuel Calvillo, en un precursor de su insurgencia…”, en María Cristina Gómez del Campo, Obra poética de fray Servando Teresa de Mier, Facultad de Filosofía y Letras, UANL, 2002, tesis de maestría en Letras Españolas.

10 Ensayos selectos, México, Fondo de Cultura Económica, 1970.

11 Benjamín Palacios Hernández, Días del futuro pasado. Las Memorias de fray Servando Teresa de Mier, Facultad de Filosofía y Letras, UANL, 2009, volumen I, p.202. En adelante todas las referencias a esta obra de Mier corresponderán, por comodidad, a esta edición.

12 Véase a Julio Luqui Lagleyze, “Fray Servando de Mier y su Sermón Guadalupano de 1794. La búsqueda de una justificación teológica a la independencia de América”, Temas de historia argentina y americana, 15 (julio-diciembre de 2009), pp. 137–158.

13 Fray Servando Teresa de Mier, México, Ediciones Cal y Arena, 2001, p. XVI. La primera edición es de 1997.

14 “La figura de Quetzalcoatl–Santo Tomás apóstol en el sermón de fray Servando Teresa de Mier”, en el número 39 de la revista de la UAM Fuentes Humanísticas, 2009.

15 “La persistencia de la reflexión crítica: Fray Servando Teresa de Mier y sus polémicos abordajes de la tradición guadalupana”, en la revista argentina Cuadernos del Sur-Historia, número 45, 2016.

16 Véase la Historia de la Revolución de Nueva España, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, tomo 2, apéndice de documentos, p.III.

17 Discurso pronunciado en el Primer Congreso Constituyente el 15 de julio de 1822, en Fray Servando. Biografía/Discursos/Cartas, Edición conmemorativa, Monterrey, Gobierno del estado de Nuevo León. Universidad Autónoma de Nuevo León, 1977, p.254.

18 Memorias, volumen I, p.315. Las cursivas son mías.

19 Ibid., p.286. También aquí las cursivas me pertenecen. Por lo demás, no es verdad que Uribe se diese por desentendido en cuanto al asunto de la imagen en la capa; efectivamente lo califica de “delirio” y le dedica una considerable porción de su censura del sermón.

20 Ibid., p.136.

21 Memorias, tomo I, p.298.

22 Información que el arzobispo de México D. Fray Alonso de Montúfar mandó practicar con motivo de un sermón que en la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora (8 de setiembre de 1556) predicó en la capilla de S. José de Naturales del Convento de S. Francisco de Méjico, su Provincial Fray Francisco de Bustamante acera de la devoción y culto de Nuestra Señora de Guadalupe, Madrid, 1888. El documento, conocido también como “Información de 1556”, es 110 años anterior a las más conocidas “Informaciones de 1666” que la Iglesia propició y organizó para documentar la verdad de las apariciones. Todas las cursivas me pertenecen.

23 En la homilía XXXI, § 8, núm. 24 contenida en Tomo tercero, de cinco que contienen las homilías sobre los Evangelios de la Cuaresma, Zaragoza, 1636.

24 Citado en Julio Caro Baroja, Las formas complejas de la vida religiosa (siglos XVI y XVII), SARPE, Madrid, 1985, p.132. Nacido en Madrigal de las Altas Torres e hijo de Alfonso Tostado e Isabel de Ribera, su nombre es referido también como Alonso Fernández de Madrigal y Alfonso Tostado Ribera. De obra extensa, su nombre ha quedado fijo al proverbio. Así desde el Quijote: “Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande, que el que pueden hacer todas las obras del Tostado” (en Don Quijote de la Mancha, II, edición, introducción y notas de Martín de Riquer, RBA Editores, Barcelona, 1994, p.651).

25 Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México.

26 Todas las cursivas son mías.

27 Todas las cursivas, también aquí, me pertenecen.

28 Felicidad de Mexico en el principio, y milagroso origen, que tubo el Santuario de la Virgen Maria N. Señora de Guadalupe, Extramuros: En la Apparicion admirable de esta Soberana Señora, y de su prodigiosa Imagen sacada á luz, y añadida por el Bachiller Luis Bezerra Tanco, Presbytero, difunto; para esta segunda impression, que ha procurado el Doctor D. Antonio de Gama… segunda edición 1675, folios 26 vta.-27. Las cursivas en la frase son mías.

29 “Prologo al letor”, sin paginación, de Parayso Occidental, plantado, y cultivado por la liberal benefica mano de los muy Catholicos, y poderosos Reyes de España Nuestros Señores en su magnifico Real Convento de Jesus Maria de Mexico… (México, 1684). Las cursivas en la frase también son mías.

30 “Prologo a quien leyere”, carente tambien de paginación, en Libra astronomica, y philosophica en que D. Carlos de Siguenza y Gongora Cosmographo, y Mathematico Regio en la Academia Mexicana, examina no solo lo que á su Manifiesto Philosophico contras los Cometas opuso el R. P. Eusebio Francisco Kino de la Compañia de Jesus; sino lo que el mismo R. P. opinó, y pretendio haver demostrado en su Exposicion Astronomica del Cometa del año de 1681… (México, 1690). De nuevo las cursivas me pertenecen.

31 En Escudo de Armas de México: celestial proteccion de esta nobilissima ciudad, de la Nueva–España, y de casi todo el Nuevo Mundo, Maria Santissima, en su portentosa imagen del Mexicano Guadalupe, milagrosamente apparecida en el palacio arzobispal el Año de 1531, y jurada su principal patrona el pasado de 1737. En la angustia que ocasionó la Pestilencia, que cebada con mayor rigor en los Indios, mitigó sus ardores al abrigo de tanta sombra… (México, 1746).

32 Memorias, volumen I, pp. 151–152.

33 Ibid., pp. 152–153.

34 Servando Teresa de Mier. Obras completas III. El heterodoxo guadalupano, nota 33, p.30.

35 Útil información adicional sobre Solórzano, de la cual he tomado algunos datos, puede obtenerse en José Antonio Álvarez y Baena, Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes. Diccionario histórico por el orden alfabético de sus nombres…, tomo tercero (Madrid, 1790), pp. 172–178, y mucho más recientemente en Carlos Baciero, “Juan de Solórzano Pereira y la defensa del indio en América”, Hispania Sacra, vol. 58, núm. 117, enero–junio 2006, pp. 263–327.

36 Política Indiana…, edición de 1703, p.15.

37 Ibid., p.16.

38 Las cursivas son mías.

39 Ibid., p.17. Aquí también las cursivas son de mi cosecha.

40 Véase para esto La fundación de Brasil. Testimonios 1500–1700, Caracas, Editorial Ayacucho, 1992, p.97, con prólogo de Darcy Ribeiro y notas introductorias de Carlos de Araujo Moreira Neto.

41 Marcela Pezzuto, “Desde el Titicaca hasta el Guayrá: el gran viaje de Santo Tomás según dos cronistas”, Cuadernos de Historia 44, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, junio de 2016, pp. 7–27.

42 Jorge Magasich/Jean–Marc de Beer, América mágica. Mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del nuevo mundo, Santiago de Chile, Editorial LOM, 2001, p.52.

43 Punto 38 del Prólogo con morrión, tomo I, Madrid, 1758.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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