Disparar el cañón

La poesía de Yang Li

Yang Li se consolida como un autor fundamental de la milenaria poesía china gracias a su capacidad para elevar lo cotidiano —aquello que muchas veces se etiqueta como “insignificante”— a la categoría de lo prestigioso.

Yang Li, poeta. Cortesía de Manofalsa editores.

Leer a Yang Li es un ejercicio de desaprendizaje. Para quienes hemos crecido bajo la sombra de la tradición lírica latinoamericana, enfrentarnos al movimiento Feifei (No–No) de China supone un choque térmico de pasiones intercontinentales.

No existe en Yang Li la mística del “Reino del centro” ni de la delicadeza de la seda; lo que hay es el escape ensordecedor de un cañón que dispara desde la cotidianidad más cruda y transparente. Un espacio nebuloso, sin locación ni radar.

El poema que da título a esta selección de poemas, “Disparar el cañón”, es un artefacto de demolición masiva. En el hablar coloquial de Chengdu, su ciudad natal, la expresión dǎpào (打炮) es una referencia directa al acto sexual, pero Yang Li la expande, la succiona, hasta convertirla en una prefigurada ontología del deseo y del simulacro.

Desde aquel primer disparo hueco y solitario en agosto de 1980 el poeta nos conduce por una geografía que huele a burdeles, hoteles de paso, preservativos llenos de leche, prendas íntimas olvidadas, soledades compartidas, etcétera.

Estamos ante una poética del acto de vivir

¡El disparo es la vida misma! ¡Pummmm!

Disparar…

Lo que hace de Yang Li un autor fundamental de la milenaria poesía china es su capacidad para elevar al respeto común —o lo que se llama prestigioso—, lo “sin importancia” —ante los ojos capitalistas, que no descansan.

En piezas como “Madera” o “Cortina” el objeto se desprende de su inutilidad para existir en un mundo confuso. Ponemos un ejemplo: “Una cortina bermellón en un tercer piso no representa el fin del mundo; es, sencillamente, una cortina que ondea”.

Hay que celebrar la traducción de Isolda Morillo, quien ha captado desde el idioma originario y registrado en español esa “voz cristalina” de la que canta y dispara el poeta. Una voz que se permite la ironía —como en la lección de vida a Xiao Wang— y la melancolía más profunda, ésa que surge cuando recordamos que “por cada caída, te queda uno menos”.

Yang Li advierte: “No dispare si no sabe con claridad el motivo”. Este poemario es el motivo. Es la luz ámbar surcando el cielo nocturno de una China que ya no es de porcelana, sino de acero, cemento y deseo.

De Disparar el cañón (Manofalsa editores, 2026) presentamos cinco poemas del poeta nacido en Chengdu en 1962.

Aprendiendo inglés

Te llamas Mary,
eres de Estados Unidos,
tú no eres inglesa,
Brian él sí es inglés,
tú tan sólo eres su esposa,
los dos viven en Estados Unidos.

La esposa de Brian es Mary,
se conocieron en China
en 1983,
cuando estudiaban inglés
en una escuela de idiomas.
Mary sacaba mejores notas
que Brian

Mary y Brian
llevan casados siete años,
viven en Estados Unidos,
Brian es inglés.
Tengo en mi mano dos piezas de ajedrez
—una es negra, la otra blanca—
que quiero obsequiar
a Mary y a
Brian.

Madera

Se trata
indudablemente
de un trozo de madera.
Largo
al colocarlo sobre el suelo,
pesado
si se lo lleva al hombro,
poblado
estuvo alguna vez
de hojas
que musitaban
con el soplar del viento.
Todos en ese entonces
se acercaban a él
con cuidado,
levantando la mirada
para contemplarlo,
lanzando a veces:
“¡Oh, qué maravilla!
y alejándose después.
Otras veces
cuando la luz del sol
iluminaba
la totalidad
o una parte
del bosque
y cubría
su follaje con su albor,
estas parpadeaban
bajo el cielo.
Ahora,
derrumbado,
sin voz,
es sólo un tronco
que no emite sonido alguno.
Antes
se arrullaba con
una simple ráfaga de viento
o
lanzaba rugidos
que repercutían por doquier.
Mas ahora
ya no.
Ahora es
sólo
un trozo de madera,
con uno de sus
extremos
un tanto indefinido,
y el otro
—para mí—
también
indefinido.
Observo
de pie, en la oscuridad de la noche
este trozo de madera:
¡Oh!
Madera,
fuiste alguna vez agraciada
recia,
tus ramas se erizaban
hacia lo alto,
hacia el cielo, hacia el suelo,
hacia el dulce sueño de los niños,
hacia el tic-tac,
aquel sonido
lejano y quieto.
Pero sobretodo, hacia
todas las miradas
lejanas
que te veían
sin lograr describir tu forma.
Hoy
ya nada es igual,
has perdido tus colores de antaño
y a las aves
que estos anidaban;
sobretodo has perdido
aquellos días de
flor en retoño.
En conclusión,
de estos trozos de madera
se harán viviendas,
se harán lanchas que surcarán
hacia el mar lejano,
se hará leña para atizar
el fuego
que iluminará todas las penumbras.
Este trozo de madera
cilíndrico,
largo,
que se instala sobre el suelo,
que se transporta sobre el hombro;
este trozo de madera
nos recuerda
la estación del bosque
cuando cada hoja sosegada
reposaba
entre la brisa del viento
bajo la luz de la luna

Tres mujeres que cruzan el río y Ella

Al anochecer, señor,
ellas cruzaron al otro lado del río.
El río fluía con lentitud,
sin desvelar su cauce.
En la otra orilla
la hierba era densa
y no había viento,
ellas atravesaron
por el agua sin hacer ningún ruido.

Después de cierto tiempo,
el río seguía su recorrido,
y yo veía desde la otra orilla
a una de ellas
susurrar algo a la otra.
Sobre el largo camino de lodo
las huellas de los coches
eran borrosas,
cuando ellas terminaron de cruzar el río
ya casi había anochecido.

Estoy muy agotado, señor,
cuando ellas cruzaban el río
yo había trepado a esconderme
sobre la cima de un árbol.
Se hacía de noche, pensé,
pero estas tres mujeres
que habían cruzado el río
se movían sin prisa
como si no tuvieran la intención
de reanudar su viaje.

Por la ventana la veo,
Ella es tan hermosa,
parecía decir algo,
pero no alcanzaba a oír nada.
Claro que Ella ignoraba
mi esmerado relato
sobre la sorprendente aventura
de las tres mujeres que cruzan el rio.
Hace tiempo que anocheció,
bajo la luz
Ella resalta cada vez más
de entre ellas.

Vociferar

Desde una orilla del río
gritamos hacia la otra orilla.
Me pregunto si alguien nos habrá oído.
Sólo sé que él no volvió la cabeza,
se iba por la orilla
hacia lo lejos,
tan lejos que por más que
vociferásemos
no podría oír
nuestras voces.

Terreno elevado

A,
o B,
en conclusión, es leve
frágil
breve,
pero importante.
A o B,
retumban
desde mis oídos
hacia lo lejos,
y desde lo lejos
hacia al bosque,
y desde el bosque hacia
el cielo allá arriba.
A,
o B,
Cierren los ojos, por favor,
miren aquí,
miren a los gatos,
a los volcanes,
a un camino,
o a la noche,
o a los extraños,
como si fueran
B,
o A.
Lo que al final oí
fue sólo un sonido,
lo que al final sentí,
fue a ellos,
al final también
me vi a mi mismo
de pie frente
a la puerta
con un sombrero en la mano
detrás mío
yacía
el crepúsculo entero.
B, o A,
tan libre,
licencioso,
nebuloso,
nada ajeno,
nada agudo,
ciertamente, nada repentino.
Tranquilidad inusitada,
vacío insólito,
más disipado que nunca.
A,
o B,
ven conmigo,
acompáñame,
siéntate a mi lado.
Finalmente, sigue mi dedo
hacia un mismo lugar,
al mismo tiempo
abre un poema,
observa aquellos extraños
que se lanzan hacia adelante
con la bandera roja en alto.
B,
o A,
observa al sol
iluminando la tierra
iluminando los bosques de la tierra,
los ríos, los edificios,
iluminando a la gente,
a los errantes, a los de pie,
iluminándote a ti también.
Tú, sentada a la orilla del río,
la luz,
sublime,
brilla sobre mi cuerpo.
Levanto la cabeza, y
miro hacia más allá,
el sol ilumina también más allá.
B,
o A,
u otros,
aquí abundan cosas extrañas,
abundan. Por ejemplo:
los niños, ¿por qué crecen?
los adultos, ¿por qué envejecen?
y los viejos, ¿por qué tienen que morirse?
Al pensar en que la muerte es inevitable,
me quedo sin argumentos.
Al pensar en los extraños,
tampoco los conozco.
¡Ah, B!
o A.
Aquí abundan cosas extrañas,
Muy A,
o demasiado B.
No podemos aclarar nada.
¿Para qué aclarar nada?
Sólo podemos irnos,
irnos en silencio,
antes de que anochezca.
¡Ah, A!
o B.
Andamos en pareja,
por si nos extraviamos
cuando nos vamos demasiado lejos.
Cuando llegue el momento,
no quiero verte
sola
de pie
en el cruce
del camino.
A,
o B,
qué tranquila es esta noche,
qué ligera,
qué breve,
y cuán importante.
Sobre el bosque el cielo
es tan azul,
así como es oscuro
dentro del bosque,
allí no se ve nada,
allí no sucede nada.
Sólo es A,
o B,
aquello que oí,
o sentí,
es A
o es B. ®

Manofalsa Editores
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manofalsa.wordpress.com

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Publicado en: Poesía

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