La narrativa que ya no alcanza

La realidad ante el discurso

El gobierno anterior entendió perfectamente que en la política moderna la percepción es fundamental; mientras la conversación pública se mantuviera bajo control, los problemas podían contenerse políticamente. Ya no es así.

Discurso. Ilustración de tumiamiblog.com
El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades.
—George Orwell

No es ningún secreto que durante el sexenio pasado las conferencias matutinas no funcionaban solamente como un mecanismo de información gubernamental, eran una herramienta política capaz de marcar la agenda pública todos los días.

Desde ahí se definía cuál tema debía discutirse, quién tenía la razón y cuál era la interpretación oficial de los acontecimientos. La narrativa se mantenía firme incluso en medio de crisis de inseguridad, conflictos políticos o cuestionamientos públicos.

El gobierno anterior entendió perfectamente que en la política moderna la percepción es fundamental; mientras la conversación pública se mantuviera bajo control, los problemas podían contenerse políticamente.

A pesar de los señalamientos por violencia, homicidios o presencia del crimen organizado en distintas regiones del país, la narrativa oficial lograba sostenerse mediante una comunicación constante, confrontativa.

Así ocurrió durante varios años. A pesar de los señalamientos por violencia, homicidios o presencia del crimen organizado en distintas regiones del país, la narrativa oficial lograba sostenerse mediante una comunicación constante, confrontativa y dirigida directamente a la ciudadanía.

La situación actual parece distinta hoy. Las conferencias diarias ya no causan el mismo impacto ni consiguen controlar completamente la conversación pública.

Los temas relacionados con inseguridad, violencia y presuntos vínculos entre actores políticos y grupos del crimen organizado han comenzado a imponerse por encima del discurso gubernamental.

El problema no radica únicamente en los hechos, sino en la percepción social que existe alrededor de ellos.

Estudios recientes muestran que la percepción de inseguridad entre la población continúa siendo elevada y que una gran parte de los ciudadanos considera que la violencia sigue fuera de control en muchas zonas del país.

Esa percepción termina debilitando cualquier narrativa política, porque cuando la realidad cotidiana de las personas se impone el discurso pierde fuerza.

Durante el gobierno anterior, incluso frente a hechos graves, la narrativa lograba mantenerse porque existía una figura política con gran capacidad para conectar emocionalmente con su base social y convertir cualquier crítica en una confrontación política.

Todo terminaba girando alrededor del mensaje oficial. La oposición reaccionaba constantemente a los temas impuestos desde el poder.

Las discusiones sobre inseguridad, desapariciones, violencia regional o supuestos pactos con el narcotráfico colocan constantemente a las autoridades en una posición defensiva.

Actualmente eso no ocurre con la misma eficacia, pues el gobierno parece responder a los acontecimientos en lugar de conducirlos políticamente; las discusiones sobre inseguridad, desapariciones, violencia regional o supuestos pactos con el narcotráfico colocan constantemente a las autoridades en una posición defensiva.

Aunque muchos de esos señalamientos no han sido comprobados judicialmente, el desgaste político sí existe; en política muchas veces la percepción pública pesa más que los propios procesos legales, y cuando la ciudadanía comienza a sentir miedo, incertidumbre o desconfianza resulta mucho más difícil sostener una narrativa de estabilidad.

Otro factor importante es que las condiciones del país también han cambiado, la violencia provocada por grupos criminales ya no solamente se percibe en regiones históricamente conflictivas; ahora los episodios de inseguridad tienen mayor impacto mediático y circulan de forma inmediata en redes sociales y medios digitales, lo que provoca que cualquier intento de controlar la conversación pública dure cada vez menos tiempo.

La narrativa del sexenio pasado se construyó bajo una lógica de confrontación permanente en la que siempre existía un adversario político al cual responsabilizar, pero hoy la ciudadanía parece más enfocada en exigir resultados concretos que en mantener discusiones ideológicas o políticas.

Ahí es cuando aparece el principal reto del actual gobierno, la comunicación política por sí sola ya no parece suficiente para contener el desgaste provocado por la inseguridad, la violencia y la desconfianza institucional.

Llega un momento en que las conferencias, los discursos y las estrategias mediáticas dejan de marcar la realidad, y es la realidad la que termina imponiéndose sobre la narrativa. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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