“El regreso a casa”, de Mordecai Richler

La calle. Relatos y memorias de la calle St. Urban

Mordecai Richler (1931–2001) fue un destacado novelista, guionista y ensayista canadiense. La crítica lo calificó como “la gran estrella de su generación literaria canadiense” y una figura clave en la historia de su país.

Mordecai Richler. Fotografía del Sheldon Kirshner Journal.

Sus obras más conocidas son El aprendizaje de Duddy Kravitz (1959) y La versión de Barney (1997), que fue llevada al cine por el director Richard J. Lewis con Rosamund Pike y Paul Giamatti en los papeles principales. Su novela Solomon Gursky Was Here (1989) fue finalista del Premio Man Booker en 1990. También fue conocido por los cuentos infantiles de Jacob Two–Two.

Además de su obra de ficción, Richler escribió numerosos ensayos sobre la comunidad judía en Canadá y sobre el nacionalismo practicado por los canadienses anglófonos y los quebequenses francófonos. Al llegar a Canadá como inmigrantes cuando el inglés era el único idioma oficial del país (mucho antes de que el bilingüismo inglés–francés se convirtiera en política federal oficial), las comunidades judías de Montreal adquirieron mayoritariamente el inglés, no el francés, como segunda lengua después del yiddish, lo cual las enfrentó con el movimiento nacionalista quebequense, que abogaban por el francés como idioma oficial de Quebec en un primer momento, y después por la separación de Quebec de la confederación canadiense en dos históricos referéndums (1980 y 1995). Su libro ¡Oh, Canadá! ¡Oh, Quebec!: Réquiem por una nación dividida (1992), una colección de ensayos sobre nacionalismo y antisemitismo, generó una larga y compleja controversia, de la cual Richler no salió bien librado. La prueba es, por un lado, que se le sigue considerando un autor no quebequense y desdeñado por los francoparlantes, a pesar de haber nacido y vivido en Montreal y, por el otro, el triste y desolado kiosco que lleva su nombre en un parque del más francófono de los barrios de la ciudad, Mount Royal, ubicado en el extremo opuesto de la calle Saint Urbain, donde crecieron artistas judíos destacadísimos, como el poeta y cantante Leonard Cohen y el propio Mordecai Richler.

“El regreso a casa” (“Going home again”) fue publicado en The New York Times Book Review el 1 de septiembre de 1974 y posteriormente incluido en el libro The Street. Stories and Memoirs from St. Urbain Street, Penguin, 1997.

Nota y traducción de Bruno H. Piché.

El regreso a casa

—¿Por qué quieres ir a la universidad? —me preguntó el consejero vocacional.
Sin pensarlo, respondí: —Supongo que voy a ser médico.
Un médico.

Un día cualquiera, las cunas y los pañales eran cruelmente arrojados al rincón y, al siguiente, éramos limpiados como mejor fuera posible y enviados de regreso al jardín de niños. No lo sabíamos, pero a tan temprana edad ya estábamos enrolados en estudios preparatorios de la Escuela de Medicina. La edad para ingresar a la primaria era de seis años; sin embargo, nuestras furibundas y competitivas madres, con apenas cuatro añitos de edad nos arrastraban a la oficina de admisiones y declaraban: —El chico es de estatura baja para su edad.

—Acta de nacimiento, por favor.
—Se perdió en un incendio.

En la calle Saint Urbain, una ventaja inicial significaba todo. Nuestras madres leían artículos de Life acerca del acné astigmático de chicos que se habían graduado de Harvard o que no dejaban d confundir y poner de cabeza a sus profesores del Instituto Tecnológico de Massachussets. Ser sorprendido leyendo comics o El avispón verde equivalía a solicitar un fulminante sopetón en la cabeza, en ocasiones propinado con un ejemplar del Canadian Jewish Eagle, enrollado cual trozo de madera y como si el golpe en sí mismo fuera una especie de nutritivo para nuestros sesos. Se suponía que no debíamos memorizar promedios de bateo ni rimas obscenas. La expectativa residía en mejorar nuestro Poder de Lenguaje usando el Reader’s Digest y descubrir la inspiración vital en las biografías médicas de Paul de Kruif. Si no lográbamos graduarnos de médicos, al menos se espera que lográramos colarnos en odontología. Las calificaciones no contaban tanto como el estatus. Un día de invierno glacial me presenté en casa, con las fosas nasales pegadas y las orejas ardientes, orgulloso de mi boleta de calificaciones: Obtuve el segundo lugar más alto de la clase, má.

—Y quién demonios se llevó el primer lugar, ¿puedo preguntar?

La señorita Klinger, alas. El teléfono ya estaba sonando: Sí, sí, respondió mi madre al escuchar a la señorita Klinger, “felicitaciones, y qué opina el optometrista acerca de su hijo Riva, pobre chico”.

La expectativa residía en mejorar nuestro Poder de Lenguaje usando el Reader’s Digest y descubrir la inspiración vital en las biografías médicas de Paul de Kruif. Si no lográbamos graduarnos de médicos, al menos se espera que lográramos colarnos en odontología.

Las pequeñas academias yeshivá proveían una fuente de placeres combinados. Los viejos y mal pagados hombres que nos enseñaban hebreo jamás resultaban muy pacientes que digamos. Apretones de orejas y coscorrones. No les gustaban los niños: Sin embargo, las niñas que acertaban en los contenidos del curso de Inglés les resultaban encantadoras a estos retazos, vigorizantemente modernas, receptoras de su serio compromiso acerca del futuro de estas chicas. Nos explicaban El Campesino, cómo John Steinbeck había logrado escribir acerca de la verdad; nos leían en voz alta el discurso de Nicola Sacco ante el tribunal. Si era el caso que una de las maestras más jóvenes, todavía solteras, comenzaba la mañana mostrando cansancio y fatiga, dábamos por sentado qué había hecho la noche anterior. Tal vez con un soldado, a pelo, ni modo.

A la salida de la yeshivá me largaba corriendo a un sitio que en esta historia se llama la escuela secundaria Fletcher, que se hallaba bajo la jurisdicción de la Junta de Escuelas Protestantes de Montreal, escuela a la cual, sin embargo, asistían una gran mayoría de estudiantes judíos: estamos hablando de casi el cien por ciento. La Fletcher había alcanzado el rango de legendaria en el barrio. Todos los estudiantes parecían haberse liado, todo parecía indicarlo, con los jugadores más curtidos de la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad. Fletcher lo mismo podía alojar entre su estudiantado a un espía de la bomba atómica, chicos que habían incursionado en la Guerra Civil española, doctores egresados de la nada, abogados lengualarga, boxeadores, combatientes en defensa de Israel. Todos ellos eran instruidos, tal era el caso, a ser fuertes y osados, a ser viriles, pero, sobre todo, a

Esfuérzate y trabaja.
Aplica toda tu corpulencia.
Porque tu corazón está en Fletcher.

Año tras año, los judíos lidereábamos los resultados de la matrícula juvenil en toda la provincia de Quebec. Esto mortificaba a los estudiantes que profesaban el comunismo ente nosotros, quienes alegaban que éramos como todos los demás; empero, para el resto de chicos judíos que alcanzaban los primeros lugares a cada final del ciclo escolar, no existía nadie más admirado que un chamaco Yiddish, se trataba de un motivo anual para celebrar. Nuestro curso impartido por Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad, Salón 41, era una de las únicas clases en las que un gentil podía darse el lujo de fanfarronear: protestantes, yugoslavos y búlgaros, tan astutos como nosotros. Sus madres, lo más semejante a una papa rellena envuelta y apretujada en un corsé, acostumbraban sentarse con la misma rigidez que se sentaban sus hijitos, en los conciertos de la escuela; los padres muy dados, ellos, a mostrarse en los conciertos portando sus elegantes sombreros de paja y blasfemar en su lengua materna, en realidad no contaban. Nuestro miembro WASP del curso en la Sala 41 se llamaba Whelan, y no menos ducho que nosotros: rubio, ojos azules y una tendencia a sentarse manteniendo la jeta abierta todo el tiempo; un jugador con el hockey metido en los huesos y un tipo nacido para jugar la posición de primera base. Estudiantes envidiosos del WASP se fugaban de sus respectivas clases con el propósito de verlo y hacerle preguntas. Whelan, como era predecible, no era precisamente brillante, pero solía darle al Salón 41 cierto ambiente, digamos que un muy necesario glamur, de manera tal que uno se viera obligado a mantener el nivel mientras el resto de nosotros avanzábamos y pasábamos al siguiente grado escolar. Escribíamos sus ensayos y le soplábamos las respuestas en los exámenes. Todos estábamos muy orgullosos de Whelan.

Las debilidades de los maestros de mayor edad eran bien conocidas por todos nosotros, por la sencilla razón de que suficientes tías y tíos, primos y hermanos mayores nos habían antecedido en la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad, Salón 41.

Algunos de nuestros prefectos más jóvenes habían regresado de la guerra, había un número entre ellos verdaderamente dedicados, así como otros ariscos y brutos de renombre, como Shaw, quien, en una ocasión, un mediodía, ató a doce de nosotros, diez en cada mano porque nos negábamos a delatar al pedorro que se había ventoseado, orondo, a sus espaldas. Las debilidades de los maestros de mayor edad eran bien conocidas por todos nosotros, por la sencilla razón de que suficientes tías y tíos, primos y hermanos mayores nos habían antecedido en la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad, Salón 41. Había, por ejemplo, un prefecto que iniciaba, por así decirlo, a los estudiantes de primer año con un chiste recurrente.

¿Saben ustedes cómo escriben la letra ‘S’ los judíos?
—No, señor prefecto.
Entonces el tipo dibujaba una S en el pizarrón y le añadía dos líneas verticales encima. El signo de dólar.

Entre nosotros, en la clase de la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad, había futuros líderes de la comunidad. Padres progresistas. Consejeros reformistas, sin importar su provecta edad. Entusiastas a prueba de toda decepción y desencanto. Coleccionistas de muebles y antigüedades franco–canadienses. Chicos que, de hecho, crecerían para ser doctores e impartir cátedra entre los clubes de damas acerca de los avisos y alertas tempranas del cáncer. Mujeres que, más tarde, figurarían en las páginas sociales del Star de Montreal, en plan de patronas y patrocinadoras de conciertos en ayuda de niños con retraso mental (sin importar raza, color, credo) y shows de modas a la hora del almuerzo, actos de recaudación para la Universidad Hebrea. Abogados. Notarios, Profesores. Y maravillosamente ingeniosos rabinos, quienes podían citar no sólo al Rabi Akiba, sino también emocionarse con un partido de hockey. Sin embargo, en aquel tiempo del que hablo, quiénes hubieran imaginado que esas chicas desgarbadas, agresivas, con los brasieres rellenos de estopa, crecerían hasta serenarse, vaya primores, en busca de la apoteosis, en pleno Centro Cultural Saidye Bronfman, posando al pie de suntuosas y caracoleadas escaleras de mármol, luciendo sus peinados abultados y sus curvilíneos vestidos sin tirantes. O bien aquellos chicos nerviosos, cada uno un estafadorcillo, ya en estado de plena madurez, tan endiabladamente encantados con lo que este mundo les ofrecía: una epifánica y radiante confianza en sí mismos, en sus visitas al exclusivo club de campo, a gusto incluso con sus barriguitas desparramándose de sus Bermudas. ¿Quién lo hubiese creído?

Quiénes hubieran imaginado que esas chicas desgarbadas, agresivas, con los brasieres rellenos de estopa, crecerían hasta serenarse, vaya primores, en busca de la apoteosis, en pleno Centro Cultural Saidye Bronfman, posando al pie de suntuosas y caracoleadas escaleras de mármol, luciendo sus peinados abultados y sus curvilíneos vestidos sin tirantes.

Yo no.

Echando una mirada atrás, hacia esos crudos días formativos en la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad, debo reconocer que no éramos, precisamente, una camarilla nada prometedora ni atractiva. Éramos desaliñados y maliciosos, con el ojo puesto en la primera oportunidad que surgiera. Así que puedo perdonar a todos excepto al idiota, un absoluto desconocido para mí, que compiló nuestro vocabulario criminalmente aburrido, una antología en inglés que incluyó prosa y poesía. Nadie podría haber planeado hacernos odiar tanto la literatura, a menos que se tratara de una instrucción, un castigo, por ejemplo, escribir veinticinco veces consecutivas la “Oda al viento del oeste”. Y vaya que eso sí dolió.

Graduarse de la Federación de Juegos de Apuestas de Su Majestad se tradujo en trabajo para la mayoría de todos nosotros, la Universidad de McGill para los pocos ungidos, y un final contenido en un mundo ya existente y limítrofe con las cinco calles de siempre: Clark, Saint Urbain, Waverly, Esplanade y Jeanne Mance, con una frontera situada en la Principal y, del otro lado, Park Avenue.

Hacia 1948 dio inició, en serio, la deriva hacia los suburbios.

En vuelo con destino a Montreal, diecinueve años después, verano de 1967, en plena Expo Mundial, de regreso del desastrado Londres vía la decadente Nueva York, de inmediato me sorprendió positivamente la afluencia de mi ciudad. Mientras nuestro avión sobrevolaba el aeropuerto de Dorval antes de su descenso final, miré lo que parecía un infinito resplandor de lagos verdes con formas excéntricas. Albercas suburbanas. Todo eso que aparecía a mí vista iba en honor de Arty y Stan, Zelda, Nate, Fanny Loime y, cómo no, también al chico número uno de la clase de la señorita Klinger; todas los sabandijas que habían aprendido a nadar de muertito conmigo en el lodoso y borrascoso río Shabridge, condenados por la Junta de Salud, cada mes de agosto, a ser calificados como un riesgo de polio.

Entré en la ciudad rodando sobre autopistas de múltiples niveles que se enredaban aquí, subían por allá, desembocando en una cacerola de prosperidad, el centro de la ciudad sembrado de rascacielos y edificios de apartamentos y hoteles —los últimos con aspecto de tan nuevos que podía decirse que habían sido construidos la noche anterior.

La Plaza Ville Marie. El metro. La isla de Notre Dame. La locura arquitectónica ahí emplazada, de nombre Habitat. Esta cornocupia ciertamente no era la ciudad en la cual había crecido y de la que me había largado.

En medio de tanta agitación y extrañeza busqué desesperadamente la tranquilidad en lo conocido, en lo familiar, los diarios The Gazzette y el Star, y logrando recuperar el aliento de inmediato gracias a ese dúo trepidante e inofensivamente inanes. Fitz y Bruce Taylor, los columnistas que, después de tantos años de ser puestos a prueba, eran los actuales e incontestables Guardianes del Historial Social de Nuestra Ciudad. Bien podrían colisionar los planetas, estallar la guerra nuclear. Todavía podía confiar en esta incontenible pareja para actualizarme acerca de los destinos de mis antiguos compañeros de clase, enterarme cuál de ellos, ahora dueño de un fondo de inversiones, poseedor de una casona en Hampstead, Londres, acaba de lograr un hoyo en uno en un campo de golf en Miami; cuántos, tan rollizos como yo, corrían alrededor de la pista del YMCA, o si alguno de ellos había sido prematuramente atacado por una coronaria bloqueada, o quizá se hallaba recuperándose de una operación de extracción de pulmón.

Fitz y Taylor nunca me decepcionaban, pero de repente había sido lanzado al barranco por una nota que anunciaba un nuevo programa de radio, Mantente lejos de la Hierba, en el cual sabios y conocedores locales, guardias civiles de suburbio y maestritos de escuela se dedicarían a advertir a los chicos acerca del uso de la mota.

La mota.

Para que quede constancia, la mota, al igual que el Reader’s Digest, no necesariamente causa hábito, empero ambos bien pueden causar adicciones duras, muy duras: heroína, en un caso, malos libros resumidos, en el otro. Como sea que lo veas: el total abandono de una vida relevante, significativa.

Durante nuestra época de la calle Saint Germain los alimentos prohibidos eran el jamón o la langosta y las ocasiones en que habíamos objetado a nuestros abuelos, protestando que ni el jamón ni la langosta creaban hábito, con los rostros encendidos al rojo vivo.

No obstante, durante nuestra época de la calle Saint Germain los alimentos prohibidos eran el jamón o la langosta y las ocasiones en que habíamos objetado a nuestros abuelos, protestando que ni el jamón ni la langosta creaban hábito, con los rostros encendidos al rojo vivo, nos aseguraban que una vez que empezabas por ahí, te seguías con el cerdo, y una vez apartados de la tradición, preguntaban: ¿qué seguiría? ¿Dónde terminaría aquello? Ahora lo sabemos. Con los hijos de los hijos fumando mariguana, malviajándose, descubiertos bien colocados en cualquier colchón que estuviera disponible.

La Expo Mundial fue, desde luego, estimulante, así que mi esposa y yo decidimos regresar a vivir a Montreal y ofrecerle a la ciudad un año de oportunidad, no del todo como canadienses en estado renovado. Llegamos en septiembre de 1968 sin saber que elegíamos, como resultó ser el caso, el tipo de invierno que pone a prueba el alma de los hombres. El Dr. Johnson describió este país como “una región de desolada esterilidad… una fría, inconfortable, inhóspita región de la cual nada más que pescado y pieles de oso se podían obtener”. Más recientemente, W. H. Auden ha escrito que “los Dominios [canadienses]… son para mí tiefste Provinz, lugares que no producen arte y que son habitados por la clase de personas con las cuales no tengo nada en común”.

Un comentario injusto, a no dudarlo, pero sólo me tomó un mes de vuelta en la ciudad para enterarme, leyendo el periódico, que un “un jubilado suspende la prueba de la lotería de Montreal”, por lo tanto, perdiéndose la oportunidad de llevarse el premio gordo de cien mil dólares.

El día de ayer, un pensionado inhabilitado y medio ciego se convirtió en el primer competidor en reprobar la lotería no sujeta a impuestos por el Alcalde Jean Drapeau… cuando falló en nombrar a París como la ciudad con el mayor número de francoparlantes…

Esto, para un satírico de medio tiempo, resultaba carnita como material, sin duda. Me llevé una buena repasada cuando leí que nuestro hábil e infatigable alcalde, probablemente haciendo una generalización ante el Consejo de la Ciudad, comentó:

—Bueno, esto prueba que las preguntas no son fáciles, y que son en sí mismas un reto real de conocimientos y habilidades.

¡Ay dios! ¡Ay Montreal!, ahora designada por su alcalde, en reconocimiento de la metrópolis de París como la ciudad más grande del mundo y con más gente que habla francés, como una medida de falibilidad intelectual.

Y los hippies, acosados como portadores de la Plaga.

Quien avistara al Comisionado de Policía “Pax” Plante, el azote de las mujeres de vida alegre, el enemigo implacable de los apostadores y las casas de apuestas con algo caliente entre manos, atestiguaba el recorrido de “Pax” por calles depravadas a bordo de una limusina negra, una especie de Batman franco–canadiense.

Es posible que el problema sea que crecí y conocí la virilidad en una más peliaguda, más terrenal Montreal, el incomparable distrito electoral del Alcalde Camellien Houd, cuyos problemas eran básicamente antediluvianos, reducir el apetito del pueblo llano por mesas de apuestas y allanar casas de prostitución. En aquel tiempo, Montreal soportaba a el severo puritanismo de un justiciero, y a un periodista que defendía con su vida a una sociedad más permisiva. Quien avistara al Comisionado de Policía “Pax” Plante, el azote de las mujeres de vida alegre, el enemigo implacable de los apostadores y las casas de apuestas con algo caliente entre manos, atestiguaba el recorrido de “Pax” por calles depravadas a bordo de una limusina negra, una especie de Batman franco–canadiense. Por otro lado, Al Palmer, periodista del ahora difunto Herald, lideraba una intrépida campaña por nuestro derecho a comprar margarina colocada encima del mostrador —en ese entonces la margarina era igualmente ilícita en la Provincia de Quebec como lo es ahora la mariguana. El mismo Al Palmer que fue, en su tiempo, el Dr. Timothy Leary de los alimentos procesados.

En esos días, hay que recordarlo, ningún policía se habría aventurado a asistir, como lo hizo el Sargento–Detective Roger Lavigueur, en una reunión reciente del sindicato policiaco, para amenazar con dar un coup d’état con las siguientes palabras: “Nosotros, los policías, tendremos que encargarnos del gobierno”.

En los civilizados años cuarenta, antes de Marcuse, Fanon, el Ché y el Alcalde Daley de Chicago, nuestros policías, municipales y provinciales, nunca abollaban una cabeza a menos que fuera una roca —lo cual equivale a decir la cabeza de un huelguista. De lo contrario, eran lo suficientemente decentes de manera tal que antes de allanar una casa de apuestas o un burdel hacían una llamada telefónica para cerciorarse de que nadie de naturaleza placentera estuviera en el susodicho lugar y, una vez echado a andar el operativo, cancelaban las puertas del baño y se llevaban algo de valor al salir del tugurio en cuestión.

Durante los años de la posguerra no hubieran sido enjaulados por solicitar seguro de desempleo, bajo la indignación de los hombres que se superaban a sí mismos con cada nuevo éxito profesional o en los negocios, sino que habrían podido sobrevivir y cumplir con sus servicios comunitarios así como poder votar, tal como lo hacían los chicos de las esquinas y los callejones de la calle Saint Urbain, veinte o más veces en cualquier elección municipal, provincial o federal. Esos eran, recuérdenlo, los años color de rosa en que el traidor comunista Fred Rose, nuestro Miembro del Parlamento, pasó de la Cámara de los Comunes a la cárcel, siendo sustituido por Maurice Hartt, acerca de quien informó la revista Time: “El atractivo principal de la campaña de Hartt es su lengua filosa, la cual ha utilizado contra varios de sus oponentes”. En una ocasión, durante los trabajos de la legislatura, sacó de sus cabales al Primer Ministro de la Provincia, Maurice Duplessis, con un ataque que el lívido Duplessis reclamó al Líder de la bancada liberal: —¿Tiene usted otro judío en este recinto legislativo que pueda hablar por usted?—. A lo cual Hartt saltó de su escaño, señaló con la mano hacia el crucifijo colocado justo detrás del Presidente de la Cámara de Representantes y aulló: —¡Claro que lo tiene, su imagen le ha estado hablando los últimos dos mil años, pero todavía no logra entenderlo!

Tiempos en los cuales un joven y bien peinado notario era electo para servir en el Consejo de la Ciudad, a razón de un dólar por año, y he aquí que, luego de una o dos periodos en el Consejo, aparecía un millonario poseedor de bienes raíces, tan suertudo que resultaba ser propietario de los pedregosos campos de cultivo encima de los cuales se construirían nuevas autopistas o escuelas. Este Consejero arquetípico, devenido presidente de una iglesia o una sinagoga, orgulloso portador de la Medalla Centenaria, es, hoy en día, el tipo que muy probablemente lanza el mayor número de invectivas en contra de la inmoralidad de los jóvenes, chicos tan inservibles a la industria que lejos de votar veinte veces, prefieren no presentarse a las casillas, ni respetar a sus padres, quienes crecieron cuando un dólar valía un dólar, maldita sea, que te hacen trabajar duro, pues apenas usan los codos.

El regreso a casa en 1968 significó descubrir que ése no era el lugar del que había partido años antes —había sido demolido por excavadoras y tractores de oruga— o se había convertido, como en el caso de la calle Saint Urbain, en una reserva ocupada por griegos.

Muchas de las tiendas conocidas de toda la vida se habían esfumado. Hubo decesos y bancarrotas. La mayoría de los desterrados y sus clientes de toda la vida simplemente habían hecho las maletas para mudarse con destino a los nuevos centros comerciales de Van Homen…

Actualmente, la auténtica sinagoga Young Israel, donde solíamos recargar la barbilla, ha desaparecido. En el local en el que jugábamos al billar ahora se hallaba un banco. Muchas de las tiendas conocidas de toda la vida se habían esfumado. Hubo decesos y bancarrotas. La mayoría de los desterrados y sus clientes de toda la vida simplemente habían hecho las maletas para mudarse con destino a los nuevos centros comerciales de Van Homen, Rockland, Westmount y Ville Saint–Laurent.

Todavía era posible recorrer la Main y encontrar alguno de los viejos restaurantes y churrasquerías, apretujadas entre una fábrica de suéteres, billares, apartamentos desprovistos de agua caliente, tiendas de remate, así como “las más higiénicas” barberías. Los comercios donde acostumbrábamos trabajar como repartidores por 10 dólares a la semana siguen ahí, al igual que la escuela Fletcher, ocupando el mismo pedazo de tierra donde siempre había estado. Los estudiantes que se formaban para ser rabinos y chicos con sus largos rizos todavía circulaban en Saint Urbain. Son los más recientes arribados de Polonia y Rumanía, y pronto sus padres les aplicarían la suficiente presión para estudiar mucho, hacer lo debido y salir de ahí lo más pronto posible.

Sin embargo, muchos de nuestros abuelos, los mismos que aseguraban que la Main era solamente para fastidiosos y fracasados, jamás abandonarán la Main. Hoy día, cuando la mayoría de los niños y las niñas de entonces han salido adelante, ahora sus hijos e hijas poseen búngalos de dos pisos y abrigos de visón y cruceros por las Antillas y el Caribe reservados para el invierno, muchos de los abuelos todavía se mantenían apegados a la Main. Sus hijos no pueden, en la gran mayoría de los casos, convencerlos de irse. Así que uno los sigue encontrando ahí, acabados y exhaustos por tanto esfuerzo. Ahí están, junto a la mesa de la cocina, sentados en las sillas adyacentes al frigo de Cocas de la tienda de tabaco, cabeceando, capaces de sostener un matamoscas. Ahí los encuentras, todavía liando sus cigarrillos y estudiando la página de obituarios en el Star, parados al pie de las escalinatas de la Biblioteca Judía. Las mujeres todavía pelan patatas bajo la sombra del cobertizo que da a las escaleras del departamento. Los viejos se dedican a escrutar el ir y venir de los transeúntes desde el pequeño balcón, las piernecillas cubiertas con una cobija y una pequeña bolsa de papel estraza con semillas varias en el regazo. Al igual que los días de otra época, ahí está la casa hundiéndose, los pisos chuecos y desnivelados, encima del estanquillo o de la tienda del mayorista, o quizá al lado de la chatarrería. De hecho, el estanquillo y el tiradero de venta de chatarra han cerrado el negocio. Anuncios de cigarrillos de la marca Sweet Caporal o afiches de elecciones pasadas recubren las ventanas. Hay telarañas por todos lados. ®

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Publicado en: Narrativa

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