Desencuentros con la historia

El caso de Pedro Montengón y Paret

¿Por qué si un personaje dice que algo es blanco no falta el historiador que afirma que ese personaje dijo negro? A nadie debiese extrañar que ocurran desencuentros entre la historia y los historiadores, entre el personaje y el investigador, entre el objeto y el observador. Veamos…

La expulsión de los jesuitas, «por orden de su magestad católica», el 2 de abril de 1787. París, Biblioteca Nacional.
(…) aquello no era oscuridad. Aquello era como tratar de ver con un codo o con la lengua.
—Theodore Sturgeon

Pedro Montengón y Paret nació en Alicante en 1745 y partió hacia la nada en Nápoles en 1824. En 1757 ingresa en Valencia, con su hermano José, en la Compañía de Jesús y dos años después empieza el noviciado, que concluye en 1761. Estando a punto de profesar y mientras ocupaba la cátedra de Gramática en el colegio de Onteniente sobreviene la expulsión de los jesuitas sustentada en la pragmática firmada por Carlos III el 2 de abril de 1767.[1]

Los jesuitas pertenecientes a la provincia de Aragón son reunidos en la casa convento de Tarragona y embarcados la noche del 30 de abril, desde Salou y vía Mallorca, rumbo a Civitavecchia en los Estados Pontificios de Clemente XIII; éste se niega a admitir cuatro mil nuevos jesuitas españoles que se sumarían a los portugueses que ya se encontraban ahí.

Al llegar se encuentran con los cañones apuntándoles y el convoy de embarcaciones pone rumbo a Córcega; detrás de ellos llegarán los jesuitas de Andalucía, después los de Toledo y La Coruña. En medio de conflictos entre Génova, Francia y los territorios papales, finalmente el viacrucis de los jesuitas concluye y son admitidos por los Estados Pontificios.[2]

La relación de Montengón con la Compañía es equívoca. Elena Catena, una de las principales estudiosas de don Pedro, la discute precisamente a propósito de la común interpretación de la salida de éste con los jesuitas —a pesar de que el decreto de expulsión no obligaba a los no profesos— como una “noble y voluntaria” decisión de seguir a sus maestros.[3]

Esta versión fue recogida entre otros por el no siempre exacto y perseverantemente parcial Marcelino Menéndez Pelayo: “Montengón había sido novicio jesuita, participó noble y voluntariamente del destierro de la Compañía, y la siguió en todas sus fortunas”.[4] Ya avanzado el siglo XX el jesuita M. Muguruza continuaba recogiendo la especie: “el hermano Montengón quiso seguir a sus hermanos en tan triste desgracia”.[5]

Catena, apoyada en documentación encontrada por ella en el Archivo General de Simancas, exhibe evidencias irrebatibles de que no fue así, que Montengón —en memoriales dirigidos al rey en 1800 y 1801— “explica con insistencia que linda en la desesperación” que su ingreso a la Compañía de Jesús obedeció al deseo de sus padres, y que si salió de España fue porque Lorieri, juez designado en Tarragona para la expulsión, se negó a atender sus súplicas.

Con independencia de todo ello, que a fin de cuentas no es un asunto que concierna a nuestro autor sino a sus apresurados o no bien informados intérpretes y biógrafos, Montengón es sobre todo un escritor: de odas, poemas épicos, novelas pedagógicas y pastoriles, pero no sólo.

La principal, o la más conocida de sus obras, es el Eusebio. Novela pedagógico–filosófica en la escuela del Emilio de Rousseau, defiende una nueva pedagogía y sostiene que la enseñanza de la moral no necesariamente está sujeta a la de la religión.

Eusebio. Grabado de Mariano Brandi por dibujo de José Ximeno, ilustración para la edición de Antonio Sancha, Madrid, 1786/1788. Biblioteca Nacional de España.

Entre otras novelas suyas cabe contabilizar Eudoxia, hija de Belisario, un volumen dividido en seis libros publicado en Madrid en 1793, y la antibelicista El Antenor publicada en dos partes en sendos volúmenes, ambos en 1788 en Madrid.

Las dos páginas que conforman el minúsculo prólogo de esta última son interesantes no tanto por las escasas líneas, casi un rasguño, en las que el autor apenas deja traslucir su visión de las relaciones entre historia y tradición, sino porque a pesar no solamente de esa brevedad extrema y de su no menos extrema claridad, ha podido dar lugar una vez más a otro de esos casos que parecerían increíbles de no ser tan frecuentes.

Manuel Cerezo Magán, doctor en Filología Clásica por la Universidad de Barcelona y profesor titular de Lengua y Literatura en la de Lleida, en un ensayo relativamente reciente[6] y en medio de los infaltables arabescos y arrequives propios tanto de esta clase de disquisiciones como de las frases precocinadas características de los jurados que premian obras literarias —“su lectura nos abre las puertas a una prosa narrativa plena de acentos épicos, especialmente virgilianos”, los “ecos iliádicos”, “la transposición a modo de tesis de la realidad consustancial del ‘epos’”, etc.— aventura una muy peregrina y absolutamente infundada interpretación cuya oquedad sería venial si no fuese porque le sirve para atribuir a Montengón precisamente lo contrario de lo que éste dice.

No existe explicación admisible, ninguna, que permita comprender cómo es posible que un estudioso diga que el estudiado afirma que algo es negro, cuando éste sostiene que es blanco. Menos aun cuando no se trata de exposiciones filosóficas ni teóricas, quizá sujetas a una cierta horadación analítica, sino de una oración simple compuesta por términos simples.

Cerezo Magán afirma que en el prólogo “aparecen las ideas del autor sobre la no pureza de los hechos históricos transmitidos frente a la tradición, que, en su opinión, es siempre verdadera”.[7] Téngase en cuenta, insisto, que el prólogo está compuesto por dos paginitas con cuatro párrafos que en realidad son tres, pues uno de ellos está ocupado por cinco líneas de Virgilio en latín que Montengón reproduce; evidentemente no alcanzan, por tanto, para exponer “las ideas” de nadie sobre nada.

Contra lo que suele ocurrir, no aceptemos sin más lo que alguien dice que dijo un tercero y cotejemos los textos. En este caso la tarea es muy sencilla y el resultado no deja lugar a interpretación alguna pues la frase con la que Montengón abre el prólogo es ésta, y la subrayo: “La tradición no es siempre verdadera”.

No existe explicación admisible, ninguna, que permita comprender cómo es posible que un estudioso diga que el estudiado afirma que algo es negro, cuando éste sostiene que es blanco. Menos aun cuando no se trata de exposiciones filosóficas ni teóricas, quizá sujetas a una cierta horadación analítica, sino de una oración simple compuesta por términos simples.

No puede tratarse de incomprensión, pues la frase de Montengón no posee ni un miligramo de hermetismo. Tampoco puede atribuirse a una eventual incompetencia historiográfica del literato, pues la frase es diáfana y no existe formación —o deformación— profesional que explique cómo un sí puede ser confundido con un no.

La posible y muy frecuente no lectura del texto que sin embargo se cita también debe descartarse. Démonos entonces por vencidos y dejemos la respuesta a escrutinios y a escrutiñadores más dispuestos y con más tiempo para incursionar en los anchurosos campos de la psicología y de la ética.

Montengón tampoco sostiene “la no pureza de los hechos históricos transmitidos frente a la tradición” ni que la historia sea manipulable y la tradición no, como afirma Cerezo, sino todo lo contrario. Veamos:

La tradicion no es siempre verdadera. Las noticias cundidas entre los pueblos sobre su origen, son comunmente partos de la rusticidad y supersticion de los tiempos en que fueron concebidas. Todos los pueblos quisieron sacar su origen de las nubes. La vanidad, exaltada por la ignorancia, afeó asi el principio de la mayor parte de las historias […]. Tales noticias son mas propias de la epopeya, que de la historia […].

Que estas cosas —que aunque sé que no son fallos ni gazapos no sé cómo motejarlas decorosamente— continúen ocurriendo y sean publicadas en revistas especializadas, con arbitraje incluido a cargo de sedicentes expertos, lejos de ser tomado como algo habitual y normalizado debería erigirse en una llamada de atención más acerca del estado y la conformación de los sistemas y estratos académicos actuales, cuya grandilocuencia y estudiada solemnidad difícilmente se compaginan con su calidad efectiva.

La incursión de Montengón en la historia la acredita un Compendio della Storia Romana ad uso delle Scuole (Roma, 1802), en dos volúmenes según Gonzalo Díaz Díaz[8] y en tres según Pedro Santonja, quien además la califica de obra “prácticamente ilocalizable”.[9] El Diccionario histórico de la Compañía de Jesús (Roma–Madrid, 2001), en su tomo III, lo da por publicado,[10] mientras que Rogelio Blanco Martínez afirma que está desaparecido.[11]

Suyas también son unas efectivamente muy curiosas Frioleras eruditas y curiosas para la pública instrucción (Madrid, 1801), en cuyo prólogo Montengón dice con mofa que se propone “halagar la natural curiosidad del hombre para instruir y divertir su entendimiento”, a la vez que ahorrarle el esfuerzo de adquirir por otra vía el conocimiento de “los asuntos curiosos, científicos, y eruditos”, de los cuales son “muy pocos los que tienen alguna idea”, de modo que con la lectura de sus frioleras conservarán la memoria de ellos más fácilmente “como noticias sueltas, que en la continuación enfadosa de leer muchos libros, para recoger entre ellos, y entre su mucha hojarasca, uno y otro grano de erudición”.

He aquí tan sólo algunas de esas microscópicas cápsulas de estrambótica erudición: “Si los antiguos se sirvieron de postas”, “Sobre el estornudo”, “Sobre la bota de Diógenes”, “Sobre la barba de los antiguos”, “Si los antiguos usáron pelucas”, “Transformacion del papel impreso en papel blanco”, “Método de enseñar á los niños á deletrear á obscuras” y “Caza de las abejas”.

Montengón tuvo en esta empresa un lejano antecesor en Polidoro Virgilio (1470–1555), que escribió no de burla sino con pretensiones de seriedad De rerum inventoribus libri octo, publicado en Venecia en 1499 y objeto de un buen número de ediciones; fue traducido al español por Francisco Thamara, “Cathedratico de Cadiz, Interprete y Recopilador desta obra”.[12]

Quizá ahora no serían pocos los estudiosos, doctores, académicos y políticos con ínfulas de intelectualidad que agradecerían un nuevo autor y una nueva obra que —como hicieron Montengón, Polidoro y el José Cadalso de Los eruditos a la violeta— les ahorrasen lecturas, cotejos, búsquedas y, en suma, “la continuación enfadosa de leer muchos libros”.

Post scriptum

A nadie debiese extrañar que ocurran desencuentros entre la historia y los historiadores, entre el personaje (o la época) y el investigador, entre el objeto y el observador. Después de todo la palabra “historia”, a decir de Pierre Vilar, designa al mismo tiempo tanto el conocimiento de una materia como la materia de ese conocimiento[13] y esto, ya de entrada, pone en aprietos a más de uno.

En cuanto a “los hechos”: ellos no existen como realidades inobjetables que el tiempo ha sepultado con mayor o menor profundidad en la arena de la historia, ni yacen ahí a la espera de que el historiador los descubra para presentarlos tal–cual–ellos–son.[14] Y lo que ocurre con “los hechos” sucede también con “los documentos”. Ellos, según la frase proverbial de Marc Bloch, sólo hablan cuando se sabe interrogarlos.[15]

A la manera de lo que sucede con ciertos productos como los vinos, también los historiadores deberían poseer una denominación de origen. Ello, ya que los milagros no existen, impediría por lo menos que se ostentaran como historiadores aquellos que cierran sus textos con un “¡Hasta la victoria siempre!”

Sin embargo, como hemos constatado, una cosa son las dificultades ínsitas en la historia y en el historiar y otra las deformaciones introducidas —conscientemente o no— por las filias o las fobias del historiador o por las limitaciones derivadas de su intelecto.

Por si fuese poco tenemos además la desprotección de la “marca” de historiador. A la manera de lo que sucede con ciertos productos como los vinos, también los historiadores deberían poseer una denominación de origen. Ello, ya que los milagros no existen, impediría por lo menos que se ostentaran como historiadores aquellos que cierran sus textos con un “¡Hasta la victoria siempre!”, como una tal Flor García Rufino en un artículo de La Jornada del 20 de octubre.

Todo esto es la historia que no hay que hacer, en primer lugar porque ni siquiera es historia. Ni la historia como simple relato, ajena a todo esfuerzo de interpretación sustentada y a toda hipótesis plausible, y mucho menos la historia orientada, escrita con propósitos e intereses externos a la propia historia, aunque no ciertamente a los intereses, prejuicios y limitaciones de los “historiadores”. ®


[1] Pragmatica sancion de su Magestad en fuerza de ley para el estrañamiento de estos Reynos á los Regulares de la Compañia, ocupacion de sus Temporalidades, y prohibicion de su restablecimiento en tiempo alguno, con las demás precauciones que expresa. Fue publicada en la Imprenta Real de la Gazeta en Madrid.
[2] Para estas últimas noticias véase Miguel Ángel Muñoz Romero e Inmaculada Fernández Arrillaga, “La extinción de la Compañia de Jesús”, citados por Carlos Sanhueza y Javier Pinedo (editores), La patria interrumpida. Latinoamericanos en el exilio. Siglos XVIII–XX, Santiago de Chile, LOM Ediciones/Universidad de Talca, 2010, pp. 42–43.
[3] “Don Pedro de Montengón y Paret: algunos documentos biográficos y una precisión bibilográfica”, en Actas del Cuarto Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, celebrado en Salamanca en agosto de 1971, pp. 297–304. Fueron publicadas en dos volúmenes bajo la coordinación de Eugenio de Bustos por la Universidad de Salamanca en 1982; el texto de Catena se encuentra en el primero de ellos.
[4] Historia de los heterodoxos españoles, tomo III (Madrid, 1881), p.262.
[5] En “Apuntes biográficos de Don Pedro Montengón”. Se trata de un artículo entonces inédito del padre Muguruza, recogido y citado por Ángel González Palencia en Pedro Montengón y su novela “El Eusebio” (Tirada aparte de la Revista de la Biblioteca Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid), Madrid, 1926,  p.3.
[6] “Pedro Montengón, jesuita y literato alicantino del siglo XVIII: su impronta clásica”, Nova tellus, vol. 29, no. 1, México, 2011, pp. 175–225.
[7] Ibid., p.209. Las cursivas con mías.
[8] En Hombres y documentos de la filosofía española, volumen V, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, p.603.
[9] El “Eusebio” de Montengón y el “Emilio” de Rousseau: el contexto histórico (Trabajo de literatura comparada), Alicante, Consejo Superior de Investigaciones Científicas/Instituto de Cultura “Juan Gil–Albert” (Diputación de Alicante), 1994, p.241.
[10] Véase la página 2731.
[11] “Pedro Montengón y Paret: un ilustrado exiliado. Reformador y utópico”, en Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 13, no. 26, segundo semestre de 2011, p.210.
[12] Libro de Polidoro Vergilio, que tracta de la invencion y principio de todas las cosas… (Amberes, 1550). Se trata de un texto mucho más extenso que el de Montengón y con una enorme cantidad de perlas de erudición inútil y de fantasías. Cervantes lo cita y lo utiliza para en parte hacerlo encarnar en el personaje de “el primo”, que junto con Sancho acompaña al Quijote en su viaje a la cueva de Montesinos. Antes de ésta se hicieron traducciones diversas: al francés, la primera, en 1521, alemana (1537), italiana (1543) e inglesa (1546).
[13] Pierre Vilar, “Marx y la historia”, en Historia del marxismo, tomo I, Editorial Bruguera, Barcelona, 1979, p.115; la edición original es de 1978. Dos años después lo repetiría casi textualmente, al tratar del vocablo “Historia” en su libro Iniciación al vocabulario del análisis histórico.
[14] Para lo anterior véase Lucien Febvre, Combates por la historia, Editorial Ariel, Barcelona, 1975, en particular el apartado “La historia historizante”, que contiene referencias al libro de Louis Halphen, Introduction à la histoire, de 1946.
[15] Marc Bloch, Apología de la historia o el oficio de historiador, Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, p.100. “En el principio —escribe ahí mismo Bloch— está la inteligencia. Nunca, en ninguna ciencia, la observación pasiva (…) ha producido nada fecundo”.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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