Estados Unidos: 3 de noviembre de 2026

¿Qué tipo de país quieren ser…?

¿Qué tan importante es una elección intermedia en Estados Unidos, una en que se renueva la totalidad de la Cámara de Diputados (435 miembros, además de seis que no votan) y aproximadamente una tercera parte de la Cámara de Senadores (33 miembros, además de dos elecciones especiales)?

Estados Unidos. Tomado de Vaventura.com

Para algunos, posiblemente la mayoría, es muy importante, en especial en este ciclo electoral. Es una elección que es más que el referendo usual a las políticas del presidente en turno. En este caso, Donald J. Trump es un presidente atípico en demasiados aspectos, por lo que hay que considerar en comentario aparte sus políticas y acciones. Parece que la mayoría de los analistas y la opiniología esperan que al menos la cámara baja pase a estar bajo control de los demócratas (cuentan con 214 curules, por lo que necesitan ganar cuatro para obtener la mayoría). En un escenario un poco mejor, al menos para quienes ya no quieren que sigan los republicanos como mayoría, también el Senado pasaría a estar bajo control de los demócratas (necesitan cuatro curules para tener mayoría pues ahora tienen 45 curules y el apoyo de los dos independientes). En un escenario ideal podría darse un cambio significativo, por arriba del promedio, en el número de curules en las dos cámaras. Se sabe que en las elecciones intermedias el partido del presidente pierde curules. En promedio, el partido del presidente pierde 26 curules en la cámara baja y cuatro en la cámara alta. Existe la posibilidad que las pérdidas sean mayores. En 2010, por ejemplo, los demócratas perdieron 63 curules en la cámara baja y seis en la cámara alta. Estos datos y las expectativas han sido reportadas en diferentes medios (The New York Times, The Atlantic, Politico o The Hill, por ejemplo) y en páginas con datos históricos sobre las elecciones (como election.org, por ejemplo). Además, está la bibliografía académica especializada en estos temas, que incluye expertos en las universidades (ésos que trabajan en temas como lo que afecta la decisión para votar y por quién votar, identificación partidista o votantes independientes, estado de la economía, condiciones locales o estatales, popularidad presidencial, la diferencia entre curules seguros y competitivos, análisis comparativo de las elecciones, características y propuestas de los candidatos, forma en que fue dibujado el distrito electoral para las elecciones de la cámara baja, forma en que el candidato o el o la representante o senador se relaciona con los votantes —el “home style” que le llaman—, entre otros elementos) o en centros de investigación (Brookings o American Enterprise Institute, que presentan problemas que deberían considerar en el nuevo Congreso y posibles soluciones, por ejemplo).

En un escenario ideal podría darse un cambio significativo, por arriba del promedio, en el número de curules en las dos cámaras. Se sabe que en las elecciones intermedias el partido del presidente pierde curules. En promedio, el partido del presidente pierde 26 curules en la cámara baja y cuatro en la cámara alta. Existe la posibilidad que las pérdidas sean mayores.

Para bien o para mal, las elecciones son carreras de caballos. Lo importante es saber quién va adelante, qué partido puede obtener la mayoría en cada una de las cámaras o lo que ello dice sobre la salud de la democracia electoral. No son los únicos temas que interesan, pero son los que dominan. El riesgo de ello es que puede ganar el candidato que venda mejor su imagen o su agenda ante los electores (que sea un concurso de popularidad, como preocupaba a Sócrates), alguien que no tiene por qué ser el mejor candidato para hacer lo que se requiera ya en funciones, entre otros problemas.

Las encuestas de opinión ocupan un lugar privilegiado en la carrera de caballos. Dan una idea de los posibles resultados antes de las votaciones. Esto puede ser contraproducente si quienes creen que van a ganar se confían o puede ser favorable a quienes creen que van a perder si los incentiva a salir a votar. Parece que en Brasil ocurrió algo así en la segunda vuelta. Como sea, lo que puede ser problemático en estas elecciones es que los que piensan votar por los demócratas han sido vocales en ello de diferentes maneras, pero existe la duda de si quienes piensan votar por los republicanos están guardando el mismo silencio que guardaron en 2016 y que terminó dando una sorpresa. Que los mítines de Trump atraigan a menos gente, como se reporta, no quiere decir que sus votantes vayan a quedarse en sus casas el día de la elección o que vayan a aceptar sin más los resultados electorales si no les son favorables. En otras palabras, si bien es comprensible el entusiasmo por los posibles resultados si se es favorable a los demócratas o contrario a los republicanos, en especial de la variedad MAGA, ese entusiasmo puede estar basado más en un deseo que en evidencia empírica sólida. Eso se sabrá para la noche del martes, asumiendo no ocurra algo inesperado antes o durante las elecciones, incluso al cierre de éstas o en días posteriores.

Por si fuera poco, hay demasiadas ambigüedades en los resultados electorales como para decir “esto es lo que quiere la gente”. En parte, las organizaciones no gubernamentales pueden ayudar a dar esa claridad después de las elecciones, pero también es cierto que tienen sus propios intereses por promover, como lo hacen las empresas y los gobiernos de otros países. Los gobiernos mismos pueden recurrir a encuestas de opinión sobre diferentes temas más allá de la popularidad del titular del ejecutivo, además de otras soluciones, pero ese conocimiento no tiene por qué ser útil en los diferentes niveles de la burocracia, en especial si la ley no contempla aquello que se quisiera que hicieran. No es que sea imposible tener contacto con la población para conocer sus preocupaciones y preferencias, sólo que requiere recursos, interés y la posibilidad de poder hacer algo al respecto. Asimismo, hay demasiada ignorancia por parte de los electores sobre aquellos temas que los afectan como para esperar mucha claridad en cuanto a los alcances y los costos de lo que quieren que se resuelva. Saber qué me afecta no es lo mismo que saber cómo el gobierno o el mercado, entre otras soluciones, pueden ayudar a resolver esos problemas y saber que no va a ser gratuita esa solución. Además, la política es un tema sumamente abstracto y alejado de la experiencia de la gigantesca mayoría, incluso, en algunos casos, para aquellos con estudios en ciencia política. Como ejemplo de ello está la insistencia en que existe un agente llamado presidente que todo lo decide, como si ese agente no tuviera que delegar y como si en ese proceso no existieran problemas para verificar lo que hacen aquellos a quienes se les delegó la responsabilidad. En este caso se confunde reducir la complejidad del sistema político al agente más visible, al tiempo que se asume es el motor del sistema, con lo que de hecho hace y puede hacer ante otros agentes con sus propias bases de poder y que pueden actuar como “jugadores con poder de veto”, y eso sin considerar las limitaciones que impone la ley cuando es más que algo escrito en papel. Claro, ese agente puede tener recursos que hagan difícil o arriesgado oponerse, que no es lo mismo a tener control completo sobre todo un sistema de gobierno o todo un sistema político.

No es que sea imposible tener contacto con la población para conocer sus preocupaciones y preferencias, sólo que requiere recursos, interés y la posibilidad de poder hacer algo al respecto. Asimismo, hay demasiada ignorancia por parte de los electores sobre aquellos temas que los afectan como para esperar mucha claridad en cuanto a los alcances y los costos de lo que quieren que se resuelva.

A pesar de todos estos problemas, para los entusiastas y defensores de la democracia electoral el que los demócratas lograran controlar las dos cámaras sería un triunfo, incluso contundente si no es que aplastante (las categorías analíticas no son su fuerte), aunque difícilmente lo sería en el mismo grado para los defensores de la democracia. Asumiendo lograra ese control mayoritario el Partido Demócrata, es posible imaginar que se escucharán las mismas frases trilladas sobre “habló el pueblo” (vivan los mitos), “no al autoritarismo” (antes llamado dictadura, tan responsiva a las frases que la rechazan), “gana la pluralidad de perspectivas” (hasta en una dictadura existe esa pluralidad aunque no sea buena idea decir lo que realmente se piensa), “Hungría y Serbia, ahora Estados Unidos, muestran lo que la gente puede lograr cuando se une” (una casilla electoral o una o varias marchas hacen comunidad), “es un nuevo amanecer” (como si los amaneceres llegaran a ser viejos) y similares. Es posible que hasta se llegue a escuchar eso de “el pueblo unido jamás será vencido” (si es que logra unirse, claro está, y asumiendo esa unidad sea la respuesta necesaria y correcta). El entusiasmo por los resultados de las elecciones llega a ser confuso.

Tanto entusiasmo suena demasiado bueno para ser cierto, para ser tomado con tanta seriedad. Gana la oposición, reconocen la derrota los que ahora serán la oposición y, se asume, ocurre un cambio de rumbo, es decir, se espera que ya no se viva lo mismo, que no se sigan cometiendo los mismos errores o que se pueda regresar al status quo ante o algo cercano a ello. Se confunde el “ya no están” con “ya estamos mejor”. En Serbia ganaron los estudiantes y salió el amigo de Putin, Aleksandar Vucic, lo que resultó en el entusiasmo de los sospechosos de siempre. El problema es que no se puede decir que quienes ganaron las elecciones puedan o sepan hacer la transición de ganar elecciones a gobernar, que de hecho es la parte más difícil. Saber ganar elecciones no es lo mismo que saber gobernar, incluso cuando se pasa a formar parte de una burocracia en que hay experiencia acumulada sobre lo que es gobernar.

En teoría los representantes deberían saber resistir las peores tendencias o las malas ideas de los votantes (en lo que se asumía sería una de las funciones del Senado respecto a las pasiones que dominarían en la Cámara de Representantes con lo que es la actual Constitución de Estados Unidos), algo que no es muy frecuente ahora, y deberían saber qué curso de acción es el más adecuado para revertir lo que se considera ha sido perjudicial.

Regresando a la pregunta inicial, para algunos, seguramente la minoría —en la que me incluyo—, las elecciones no son tan importantes si lo que se espera es un cambio de rumbo necesario, más si es en el corto plazo. Esto no niega que deben existir mecanismos por medio de los cuales los electores den o quiten su apoyo a quienes dicen representarlos o que no deban existir mecanismos que dificulten el que un partido o un grupo busquen y puedan eternizarse en el poder. Con las elecciones queda claro si la mayoría que votó desea o no mantener su apoyo al partido en el poder. Lo que no queda claro es que esos votantes sepan qué cambio desean, si tienen claridad en ese cambio y que siquiera tenga sentido o sea realizable ese cambio, o si el cambio que sea realizable no los lleve a una situación peor. Sólo saben con claridad que quieren algo diferente y que, supuestamente, el partido ganador los llevará a esa mejor situación. Es, a final de cuentas, lo que prometieron durante la campaña electoral. En teoría los representantes deberían saber resistir las peores tendencias o las malas ideas de los votantes (en lo que se asumía sería una de las funciones del Senado respecto a las pasiones que dominarían en la Cámara de Representantes con lo que es la actual Constitución de Estados Unidos), algo que no es muy frecuente ahora, y deberían saber qué curso de acción es el más adecuado para revertir lo que se considera ha sido perjudicial. En muchos sentidos eso puede ser más una apuesta o un deseo que la capacidad o el interés para sentar un curso de acción clara y correctamente pensado. El problema es que los representantes (presidentes, primeros ministros, congresistas) no están lidiando con problemas sencillos, aunque tengan conocimiento y experiencia con esos problemas (algo que no garantiza que ese conocimiento y esa experiencia sea útil). Ideología, lealtades, puntos ciegos, fantasías, lugar en la jerarquía son elementos adicionales por considerar en esa toma de decisiones.

La duda que surge, entonces, es qué implicaría un triunfo del Partido Demócrata más allá del aspecto electoral. Hay varios elementos por considerar que pueden hacer que ese triunfo no logre todo lo que desearían quienes esperan correcciones y cambios en el rumbo que lleva ese país, en especial si es la victoria mayoritaria que se espera. Tal vez lo más importante después de las elecciones sea el problema del día después. Digamos que ganan el control del Congreso los demócratas. Quienes preferían ese resultado podrán estar felices, pero esa felicidad bien puede ser ese tipo de oraciones respondidas que hubiera sido mejor fueran ignoradas, por parafrasear esa frase de santa Teresa de Ávila. El nuevo Congreso, el 120, entra en funciones el 3 de enero de 2027. Trump y sus asociados estarán sin muchas restricciones por parte del Congreso entre el 4 de noviembre de 2026 y el 2 de enero de 2027. Son muchos días para cambios que no quisieran quienes votaron contra Trump y los republicanos MAGA, es decir, desde la Casa Blanca pueden hacer que el juego legislativo se complique mucho más.

En el Senado una tercera parte estará pensando, en el segundo año después de la elección de este año, que deben dedicar tiempo a su reelección. No se puede contar con todas las manos para los temas ante el Congreso durante el segundo año.

El poder legislativo es una burocracia descentralizada no precisamente diseñada para gobernar como lo puede hacer la burocracia más centralizada del poder ejecutivo. Con la primera Constitución (Articles of Confederation, 1781–1789) aprendieron que era mala idea no tener un poder ejecutivo y centralización en ese poder aunque el Congreso fuera el primer poder en el gobierno. Un problema adicional es que los miembros del Congreso tienen que pensar no sólo en el trabajo sustantivo (para eso reciben ayuda de sus propios asistentes y de asistentes del comité al que pertenecen) sino que su capacidad de llevar a cabo ese trabajo sustantivo depende de qué tanto tiempo han estado en el Congreso. Si son nuevos integrantes tendrán que aprender sobre esos temas del comité al que pertenecen y sobre los procesos legislativos. Su reto es que en el caso de la cámara baja tienen en teoría dos años para lograr algo. En realidad es un año si tienen experiencia, menos de uno si deben aprender, además de invertir tiempo en el segundo año para buscar la reelección. En el Senado una tercera parte estará pensando, en el segundo año después de la elección de este año, que deben dedicar tiempo a su reelección. No se puede contar con todas las manos para los temas ante el Congreso durante el segundo año.

Una vez electo al Congreso, será difícil para los electores saber bien a bien qué es lo que está haciendo su representante (hay mucha información fácilmente accesible sobre lo que hacen, pero, como en México, no es inusual que los votantes no sepan quiénes los representan en el Congreso), además de que, incluso con las mejores intenciones de cumplir lo que prometió, tendrá que aprender a negociar con otros agentes dentro y fuera del Congreso, algunos con mucho dinero. Estos elementos no le facilitarán hacer lo que debería o quisiera hacer incluso si supiera exactamente lo que desean quienes votaron por él o ella. Tendrá que conformarse con lo posible y trabajar con los aliados, entre quienes pueden estar republicanos MAGA. En otras palabras, los cambios deseados y esperados después de la elección pueden ser mucho menores a lo que termine ocurriendo. Las expectativas no cumplidas pueden ser un serio problema dentro de dos años para quienes no las cumplan. Aunque existe también la posibilidad de un Congreso completamente dividido entre los dos partidos y, dependiendo de la mayoría que tengan los demócratas y cuántas cámaras controlen, resulte en una parálisis del Congreso. Eso podría ser ideal para la Casa Blanca y costoso para el partido que tenga mayoría en una u otra cámara o en las dos.

Si bien es cierto que existe la posibilidad de un contrapeso por parte de los demócratas, en especial si controlan las dos cámaras, ante un presidente que va de salida aunque le queden dos años, el resultado principal no será un cambio inmediato en las políticas que ha impuesto la Casa Blanca o una corrección a todo aquello que han modificado desde el 20 de enero de 2025. Incluso es posible que no se logre cambio alguno. Ni siquiera queda claro que ese llamado “lame duck president” vaya a desistir en presionar con sus políticas internacionales, incluso las nacionales. Podrá quedarse sin el apoyo de los incondicionales en el Congreso, pero no por ello se puede o se debe asumir que habrá un cambio drástico. Quienes apoyan a Trump en el poder ejecutivo y en la Casa Blanca lo seguirán apoyando, haya o no una purga como se dice que habrá si en efecto los republicanos pierden el control del Congreso.

Hay temor de lo que pueda pasar en la elección, sea por medio de intimidación o incluso rechazar los resultados electorales en algunos distritos o estados o incluso no reconocer a los ganadores el 3 de enero de 2027 (algo que legalmente no puede hacer el Congreso). La violencia es una buena idea para quien desea abandonar restricciones legales e ignorar las normas del sistema político.

El reto que representa lo que ha logrado Trump puede exceder las capacidades del Congreso, uno que ha padecido diferentes modificaciones desde la época de los Republicanos de Newton L. Gingrich (1995–1999, el llamado Speaker of the House durante los Congresos 104 y 105) y en especial ya en el siglo XXI que lo hacen un contrapeso menos considerable ante la presidencia, en que además se ha recurrido a diferentes estrategias para actuar sin el apoyo del Congreso. Barack Obama (2009–2017) recurrió a las órdenes ejecutivas como medio para actuar sin apoyo del Congreso. Trump retomó la idea con venganza, además de las declaraciones de emergencia a las que ha recurrido con tanta frecuencia. No es que pueda evitar sin más al Congreso o que desde el poder judicial no lo hayan detenido en sus intentos, pero no queda claro que por perder el Congreso vaya a cambiar de estrategia o que incluso no vaya a intentar medidas más extremas para buscar imponerse. De hecho se habla, no sin fundamento, que podría recurrir a tácticas como las que usa ICE contra supuestos inmigrantes ilegales (supuestamente eran los peligrosos) contra los ciudadanos (algo que ya ha pasado). Hay temor de lo que pueda pasar en la elección, sea por medio de intimidación o incluso rechazar los resultados electorales en algunos distritos o estados o incluso no reconocer a los ganadores el 3 de enero de 2027 (algo que legalmente no puede hacer el Congreso). La violencia es una buena idea para quien desea abandonar restricciones legales e ignorar las normas del sistema político.

Respecto a lo que esperaban los llamados Padres Fundadores, y en especial respecto a lo que temían los críticos de la actual Constitución, los llamados Antifederalistas, la presidencia ha pasado a ser el principal poder del gobierno, sin que por ello se pueda decir que existe un sistema presidencial. Esa centralización empezó a ser más clara con Franklin D. Roosevelt (1933–1945), algo que fue en aumento lentamente, incluso con presidentes que se quejaban del poder del gobierno (la creación de Homeland Security en noviembre de 2002 como respuesta a los ataques del 9/11 en 2001 es un ejemplo de ello). No es que haya faltado la resistencia del Congreso cuando no había delegado esos poderes (la guerra es ejemplo de ello), pero de una manera u otra la presidencia se ha impuesto. Es un proceso que ha recibido apoyo teórico cortesía de la llamada teoría unificada de la presidencia (unitary executive theory) propuesta por la Heritage Foundation durante la presidencia de Ronald Reagan (1981–1989), pero sólo tomada en serio a partir de la segunda presidencia de Trump. A partir de esas ideas, o de las propias de Russ T. Vought (Office of Management and Budget) o de Stephen N. Miller (deputy chief of staff for policy and homeland security advisor), y con el apoyo de Elon Musk cuando estuvo al frente de DOGE (Department of Government Efficency), se ha logrado una burocracia debilitada, incluso en temas de seguridad nacional, y obediente o temerosa ante las órdenes desde la Casa Blanca. Asimismo, Peter B. Hegseth, secretario de la Defensa (ante MAGA de Guerra) ha llevado a cabo una purga notable en las fuerzas armadas (no siempre con éxito en el caso de los Marines), que también están más renuentes a oponerse a la Casa Blanca. Incluso los Joint Chiefs of Staff, militares de alto rango participantes como asesores en la toma de decisiones militares, han mostrado gran disposición a seguir al presidente. Se reporta que esto ocurrió con la decisión de ir a guerra contra Irán propuesta por Benjamin Netanyahu y apoyada por Trump —algo que no muestra que la política exterior o interior de Estados Unidos sea decidida desde Israel, como creen algunos—, básicamente negando lo que se sabía tenía alta probabilidad de ocurrir y que está ocurriendo.

No se puede olvidar que el apoyo al Kremlin es un apoyo contra la democracia en todos sus sentidos, por no mencionar al liberalismo. No deja de ser extraño que defensores del liberalismo en el sentido europeo vean con buenos ojos a Trump (o Netanyahu, Milei y similares) cuando queda claro que la democracia y el liberalismo no es algo que les importe mucho, aunque digan que el liberalismo sí les importa.

Desde la Casa Blanca se han propuesto políticas que han alejado a Europa y otros aliados, aunque los arreglos “invisibles” sean muy difíciles de cambiar rápidamente (el caso militar es fascinante), dejando confusión en cuanto a qué se desea lograr. Es notable que se haya recurrido a los aranceles, que indudablemente benefician a algunos agentes en Estados Unidos pero que no se basan en una lógica económica o política que tenga sentido. El pleito por Groenlandia era innecesario pues bastaba buscar extender y ampliar los acuerdos existentes. El buscar que Canadá fuera el estado 51 no tenía el menor sentido más allá de ser un insulto. Solicitar que en Europa aumentaran el gasto militar a 5% del PIB mientras al mismo tiempo se apoyaba y se apoya a partidos políticos o movimientos favorables al Kremlin da poca claridad sobre lo que realmente persiguen en la Casa Blanca. No se puede olvidar que el apoyo al Kremlin es un apoyo contra la democracia en todos sus sentidos, por no mencionar al liberalismo. No deja de ser extraño que defensores del liberalismo en el sentido europeo vean con buenos ojos a Trump (o Netanyahu, Milei y similares) cuando queda claro que la democracia y el liberalismo no es algo que les importe mucho, aunque digan que el liberalismo sí les importa. Es comprensible que se vea a Trump como alguien comprometido por los rusos, incluso como un traidor tanto por apoyar a Rusia contra Ucrania (una democracia) sino por lo que ha logrado en contra de los ideales y los arreglos institucionales en Estados Unidos.

Más allá de la notable corrupción del clan Trump y el apoyo a las políticas de Putin (incluso cuando ayudan a los ataques iraníes contra Estados Unidos), el poder ejecutivo dejó de ser un contrapeso a los secretarios, a los presidentes y a la presidencia para pasar a ser algo que todavía no está bajo el control completo de la presidencia pero que se mueve en esa dirección. La burocracia ya no es responsable ante el Congreso, como han dejado en claro los diferentes secretarios que han tenido que comparecer en audiencias públicas o que no informan a los comités respectivos sobre las acciones que llevan a cabo (o que si lo hacen no es para buscar apoyo del Congreso, queja principal contra el Departamento de Defensa).

Asumamos nuevamente que los demócratas ganan la mayoría en el Congreso. Ante todos estos problemas, ¿qué es lo que deben hacer? En teoría, debería trabajar en corregir el daño causado al gobierno y con los aliados y socios. Es difícil creer que sea aquello en lo que van a centrar su atención, en parte por lo que especifica la Constitución y en parte por limitaciones en lo que puede hacer por revertir esos cambios. Eso es más una responsabilidad de un ejecutivo que no controlan.

Es indudable que desde la Casa Blanca han causado mucho daño al país y a sus socios y aliados si el parámetro de referencia es la Constitución y su adecuación a los tiempos. Es indudable que ese daño existe. Lo que no queda claro es qué tan profundo y duradero sea ese daño, sea que se hable del gobierno, de las universidades, de la investigación o de la diplomacia. Queda claro que lo logrado por Trump y su gente no será sencillo de revertir, aunque en algunos casos se haya buscado eso desde la misma Casa Blanca. Asumamos nuevamente que los demócratas ganan la mayoría en el Congreso. Ante todos estos problemas, ¿qué es lo que deben hacer? En teoría, debería trabajar en corregir el daño causado al gobierno y con los aliados y socios. Es difícil creer que sea aquello en lo que van a centrar su atención, en parte por lo que especifica la Constitución y en parte por limitaciones en lo que puede hacer por revertir esos cambios. Eso es más una responsabilidad de un ejecutivo que no controlan. Así que preferirán ir, por lo que parece, por la cabeza de Trump, su familia y sus asociados. En parte tiene sentido ante esos niveles de corrupción, tomando en cuenta que ése no es un tema menor en ese país. Sin embargo, ante las promesas de cambio, que incluyen temas que no corresponden al Congreso (la inflación es un ejemplo), que exceden su capacidad de control (cambiar el clima de temor en las burocracias o mejorar las relaciones con los aliados, además de revertir la situación precaria en que se encuentran algunos grupos), lo que mejor pueden hacer es buscar el desafuero del presidente y, en caso que se le encontrara culpable y no renunciara, lograr que termine en la cárcel. Será un logro, pero simbólico, que seguramente dejará felices a muchos, pero un logro que en nada cambiará o detendrá el daño logrado, menos cuando parte de ese daño recibió el beneplácito de la Suprema Corte.

Regresando a la pregunta inicial, si se mira a la elección del martes meramente desde el punto electoral será un triunfo si lo que desea la mayoría es ver que gane el partido opuesto al que controla la Casa Blanca y el Congreso. Sin embargo, si se ve más allá de las elecciones y se toman en consideración los retos que van a enfrentar los congresistas y los problemas que deben enfrentar no se puede ver un triunfo demócrata como el inicio de la salida de lo creado desde el 20 de enero de 2025. No existen las condiciones para lograr un cambio que vaya más allá de enjuiciar al presidente, su familia y su gente (Hegseth es un preferido para ello). Y en medio de todo esto queda de lado la pregunta que más debería preocuparles. Dado que el experimento que inició con la independencia ha mostrado signos de estar fracasado, ¿qué deben hacer para retomar ese experimento y hacer que vuelva a funcionar? De hecho, la pregunta más fundamental es ¿qué tipo de país desean ser si regresan a los ideales con los que iniciaron su vida independiente? Al menos tienen la oportunidad de replantear lo que han logrado y no, a diferencia de otro país en que la obsesión sigue siendo lo que pasó en 1521. ®

Noviembre 1, 2026

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Publicado en: Política y sociedad

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