Algo que hace fuertes los nexos entre el boxeo y la literatura es que ambas son actividades, dice nuestro autor, que no sirven de mucho en nuestra sociedad moderna. Leer no es indispensable para la mayoría de los profesionistas y golpear a una persona es un delito.

Aprendí a escribir, después a boxear. Ahora, que han pasado unos años, no dejo de pensar que debió ser al revés. Un día decidí subir las escaleras de un gimnasio que veía de paso cuando iba camino a la facultad de periodismo. Cuando entré nadie me saludó ni me dirigió una palabra. Todo mundo miraba a los chicos que estaban sobre el ring. Un diestro hacía su mejor esfuerzo por golpear a Cuahutli (sic) Guerrero.
Se movían tan rápido que no podía ver a detalle todo lo que hacían, el cuero de los guantes le daba a todos los impactos el sonido de algo más fuerte que un puño. Zumbó una campana que indicaba que le quedaban treinta segundos para el final del asalto. El diestro se lanzó hacia el frente, quería golpear a su contrincante con la mano derecha con tanta fuerza que perdió el equilibrio cuando falló. Cuahutli sólo tuvo que flexionar un poco las piernas e inclinarse hacia su lado izquierdo para esquivar el impacto. Terminó con su hombro apoyado en el abdomen del otro chico. Enredó su brazo alrededor de su cintura y giró sobre su eje. Cuando lo soltó, la mano que usó para sostenerlo se estrelló en la careta del otro tipo. La campana volvió a sonar y se detuvieron.
Cuahutli fue el primero en bajar del ring, era un joven que aparentaba estar en sus veinte, un poco más joven que yo. Antes de salir, me saludó con una sonrisa grande, hospitalaria, en ese momento no sabía su nombre, ni que el Cuahutli’s Boxing Club era su gimnasio. Bajo la careta del diestro estaba el rostro de un adolescente, aún tenía los ojos de un niño que desentonaban con su musculatura de adulto, su expresión seria y una nariz que goteaba sangre.
A pesar de tener experiencia en otros deportes de contacto, aquella me pareció la prueba de que saber dar golpes no era lo mismo que saber boxear. Con el paso de los días recibí comentarios de cosas que yo creía dominar: tenía que mover la cintura, plantar mis pies en el suelo y cubrir mi mentón con mi hombro.
Estaba algo asustado, intimidado. A pesar de tener experiencia en otros deportes de contacto, aquella me pareció la prueba de que saber dar golpes no era lo mismo que saber boxear. Con el paso de los días recibí comentarios de cosas que yo creía dominar: tenía que mover la cintura, plantar mis pies en el suelo y cubrir mi mentón con mi hombro. Esas correcciones y las bofetadas que recibía de las manoplas de mi entrenador comenzaron a sentirse igual de necesarias que los regaños de mi maestra Vanesa Robles, quien insistía en que los textos debían comenzar con una F.P.A.: Feroz Putiza en el Acto.
El boxeo siempre me dio curiosidad por la capacidad que ha tenido para atraer a escritores. El ejemplo más popular es Ernest Hemingway, que llegó al extremo de poner un cuadrilátero en su casa para recibir a golpes a sus invitados, sobre todo si se trataba de otros autores. También usaba términos pugilísticos para hablar de literatura, como la ocasión en la que dijo que podría vencer a Anton Chejov por decisión unánime. En lo personal, creo que habría sido una pelea cerrada, en lo literario y en el ring. Ambos eran grandes escritores y Chejov, a pesar de nunca haber aprendido a pelear, era ruso, era probable que tuviera un talento nato para la violencia, además de tuberculosis.
Esas correcciones y las bofetadas que recibía de las manoplas de mi entrenador comenzaron a sentirse igual de necesarias que los regaños de mi maestra Vanesa Robles, quien insistía en que los textos debían comenzar con una F.P.A.: Feroz Putiza en el Acto.
Con el paso de los días ese deporte se metió en mis pensamientos de la misma forma en la que lo hicieron mis primeros escritos. Ideas que me seguían a la regadera, al volante del auto, a mis momentos de soledad. Empecé a soñar despierto con las combinaciones que aprendía, o en qué parte de mi mandíbula debía apoyar mi mano derecha para dar un contragolpe; de la misma forma, imaginaba las frases que redactaría cuando volviera a estar frente al teclado de mi computadora. Hasta la fecha no puedo ir al baño sin ponerme en guardia frente al espejo ni salir a caminar sin pensar en la historia en la que trabajo.
Hace treinta años el guionista Bud Schulberg también reflexionó sobre los parecidos entre estos dos oficios:
Uno tiene un promotor, el otro un editor. Uno tiene manager, el otro un agente literario. Uno tiene un entrenador, el otro un corrector de estilo. Pero cuando suena la campana todo es un escenario. Estás ahí afuera, bajo las lámparas, desnudo y solo. Y lo que hagas o dejes de hacer puede formarte una reputación o destruirla de por vida.
No concuerdo con él del todo, pero tiene razón al decir que personajes como los editores y entrenadores ven los detalles que los demás no. En 2021 Cuahutli Guerrero ganó el Campeonato Mundial Juvenil del Consejo Mundial de Boxeo. Esa noche dominó los primeros rounds de la pelea. Jamás se queda en un mismo lugar porque se mueve alrededor de sus oponentes y lanza seguidillas de al menos seis golpes. Es frustrante, por no decir desmoralizante, subir al ring con alguien así. Pensar en eso me hizo sentir empatía por su rival.
Terminó el tercer asalto y volvió a su esquina, ahí lo esperaba Ignacio Beristain, el entrenador de otros campeones mundiales como Juan Manuel Márquez y Ricardo “El Finito” López. “Es un señorón que ha vivido de todo en el boxeo. Lo ha estudiado, escuchado y sentido todo”, me contó Cuahutli. En los minutos de descanso Beristain le decía lo que iba a pasar como si ya lo hubiera visto. Llegó un momento cuando le avisó a Cuahutli que su rival intentaría noquearlo, porque ganar por puntos había dejado de ser una opción.
“Round por round pasaba todo lo que (Beristain) me decía. Podía preparar mi mente y mis músculos para todo”, recordó con esa clarividencia que tienen aquellos que desarrollan una mirada certera para guiar el trabajo de otros. Los buenos editores comparten ese talento, saben hacia dónde se dirigen las historias inconclusas y protegen a los escritores de los lugares comunes, de las estupideces y, sobre todo, de ellos mismos. Hasta ahí concuerdo con la perspectiva de Schullberg.
El guionista estadounidense sólo anotó los aspectos utilitarios, dejó fuera los más humanos. Olvidó mencionar a los que ven una pelea de la misma forma en la que un autor ojea una novela, como Mario Mendoza, el entrenador en jefe del gimnasio Decisión Unánime. Había algo de su estilo que no se parecía al de los demás, en momentos ponía sus antebrazos en posición horizontal frente a su cara; cambiaba entre guardias, a pesar de ser zurdo por naturaleza; con frecuencia bajaba la mano que tenía por delante. Había algo en su arsenal que era ajeno a lo que yo había aprendido hasta ese momento. Era como escuchar modismos extranjeros en una conversación mexicana.
De niño, Mario vivió en Los Ángeles. Su gusto por el estilo de los boxeadores negros comenzó cuando veía con su papá las peleas de “Sugar” Ray Leonard, Tommy Hearns y Marvin Hagler que transmitían por Telemundo. “Son peleadores agresivos que, a diferencia de los mexicanos, son atléticos en su defensa”, describió cómo se enamoró del deporte antes de practicarlo. A los lectores les pasa lo mismo, devoran páginas hasta toparse con algo, un cuento, una frase o sensación que los deja sin más opción que convertirse en escritores.
“Cuando veo una pelea en vivo, la disfruto y trato de predecir las cosas; luego me siento a estudiarla. Me enfoco en estilos o personajes específicos para mí o mis boxeadores. Qué hacen cuando les pegan y andan mareados; o qué hacen cuando están dominando.”
Se dedicó a analizar esas peleas, adueñarse de detalles de cada una hasta crear una forma de expresión propia. “Cuando veo una pelea en vivo, la disfruto y trato de predecir las cosas; luego me siento a estudiarla. Me enfoco en estilos o personajes específicos para mí o mis boxeadores. Qué hacen cuando les pegan y andan mareados; o qué hacen cuando están dominando”, continuó. No es ligero de pies, igual que Dwight Muhammad Kawai, uno de sus ídolos. Da pequeños pasos hacia el frente, corta el espacio antes de lanzar combinaciones violentas. Hace que un ring de cinco metros por cinco metros se sienta como una cabina telefónica.
Estoy seguro de que si este entrenador y el poeta chileno Alejandro Zambra se conocieran tendrían mucho de qué hablar sobre cómo, con la mirada correcta, uno puede recoger cosas en el camino de lo leído, de lo golpeado. “Dicen que nos convertimos en escritores cuando dejamos de identificarnos con el protagonista y empezamos a identificarnos con el autor. No con el narrador, sino con el autor: con la persona que fue capaz de multiplicarse en unos cuantos personajes, de diseñar meticulosamente el edificio novelesco.”, escribió Zambra en su libro de ensayos Tema Libre.
Algo que no ha dejado de llamar mi atención con los años es cómo el estilo de cada persona, en la página o en el cuadrilátero, tiene más que ver con su forma de ser que con otra cosa. Todos aprenden las mismas combinaciones y reglas gramaticales, pero no las ejecutan igual, las vuelven suyas. Tanto así, que hay quienes rompen bien los principios con su propia forma de expresión. Tengo en la misma estima a quienes logran hacer buenos párrafos de una línea y a los que empiezan las seguidillas con la mano de poder.
Cuahutli también considera al boxeo como una forma de lenguaje no hablado, en el que se notan las partes cotidianas de alguien: “Puedes aprender mucho de una persona con escuchar su risa, ver cómo actúa, cómo trata a los demás. Si su manera de ser es indisciplinada o si su plática es floja, es lo que reflejan arriba del ring”.
No se equivocó, pero creo que hay algo más. Estos dos oficios permiten mostrar unos rincones de la mente que no salen en la vida diaria. En un taller literario al que asisto cada martes veo cómo, a menudo, las personas con los rostros más dulces son quienes escriben historias de horror, mutilación y vómito en descripciones gráficas. Ocurre lo mismo en los días de sparring, por lo general los boxeadores de modales más suaves son los más violentos cuando suena la campana. Me maravilla pensar que al menos una vez por semana soy un testigo de primera fila de esa parte de ellos mismos que, a lo mejor, no ven ni sus madres.
Algo que hace fuertes los nexos entre el boxeo y la literatura es que ambas son actividades que no sirven de mucho en nuestra sociedad moderna. Leer no es indispensable para la mayoría de los profesionistas y golpear a una persona es un delito.
Los músculos, ya casi superfluos en la vida contemporánea, siguen siendo elementos vitales de la estructura del cuerpo masculino, pero su inutilidad práctica es evidente. Los músculos no son necesarios del mismo modo en que una educación clásica no es necesaria para la gran mayoría de las personas prácticas. Los músculos se habían vuelto progresivamente semejantes a la lengua griega antigua,
escribió Yukio Mishima en Sol y Acero. Sospecho que la cantidad de personas que jamás ha lanzado un golpe es similar a la que nunca ha abierto un libro por gusto.
Lo que hermana a estos oficios es que quienes los practican están conscientes de lo difícil, casi imposible, que es ser el mejor en ello. Ganar un campeonato mundial es tan poco probable como ser Premio Nobel de Literatura. Aun así, los boxeadores y los escritores tienen el valor de hacer lo que aman sin pensar todo el tiempo en esa alta probabilidad de fallar. No temen hacer eso, que es tan satisfactorio y tan mal remunerado al inicio; actúan contra todos los deseos de estabilidad de quienes los quieren. Porque ese viaje, muchas veces destinado al fracaso, le da sentido a nuestras vidas. ®
