Cabinas de vuelo para todos

Diario de un espectador, II

El aire de abril, una evocación de Alberti, otra de Arvo Pärt, el número de una calle… y cabinas de vuelo para todos que deberían de llevar el nombre de Antoine de Saint–Exupéry.

Una cabina para todos…

Atmosféricas. Abre abril en la vuelta de los años y un aire alborotado juega con la polvareda de todas las obras en curso. El jazmín ya luce sus acostumbrados mechones dorados por la estación. Ante su vista, algo muy antiguo y muy hondo contrista el alma: la constancia de todo lo que el fuego del tiempo consume, la más inmediata, íntima urgencia de la lozanía que escapa. Con el gesto de los primeros agricultores, habrá que voltear al cielo, escrutar si alguna nube morena se adelanta a la crueldad del estío. Es por estas fechas que explotan en sus rojos de excepción las flores del granado imaginario, las flores del tan presente granado.

* * *

México. Una biblioteca cuidadosamente pensada para rodar por la casa. Libros que se diseminan por cuartos y entrepaños en espera del efecto planeado, de la coincidencia. Como minas sembradas para hacer saltar, como por casualidad, la costumbre y el adormecimiento, la rutina y el torpor de lo ya visto. Libros instalados en lugares largamente meditados, como en un jardín se plantan las especies por la mano de un jardinero avezado. O simplemente títulos lanzados al aire del azar, como los árboles suelen hacerlo con sus simientes. Más arriba el jardín prospera paciente y un silencio inusitado desciende sobre el cuarto en penumbras. La quietud se acentúa luego de que es interrumpida de cuando en vez por el estruendo de algún camión tardío que traerá, rumbo al mercado de San Juan, las legumbres de la última cosecha michoacana. Por ahora duermen las marchantas que mañana discutirán los precios de una mercancía que necesitó estos decibeles precisos para llegar a sus manos. Como así llega a las manos del que pasa el libro exacto, el reencuentro imantado con un título que marcó por siempre la memoria: Marinero en tierra. Las canciones de Rafael Alberti escapan de sus páginas como las flechas que siempre llevan en ellas el blanco donde habrán de clavarse. Una entre todas vibra en su mismo centro, trae el recuerdo, filial y fraterno, de José María Buendía, el arquitecto que mejor ha sabido cubrir y revelar, con las telas del misterio que fueron sus celosías, al milagro mismo de la vida.

Ribera

Ojos míos, ¿quién habría
detrás de la celosía?

¿Alguna niña bordando
amores de contrabando
para la marinería?

¡Ojitos que estáis mirando,
abrid vuestra celosía,
que estoy de amores penando!

Ojos míos, ¿quién habría
detrás de la celosía?

* * *

Esperando la última ola. Un solar está, entre todos, a la espera de que ciertos trazos le den sentido y proporción. Una brújula espera en la oscuridad para fijar por siempre el meridiano de sus cielos. El suave discurrir de las horas futuras pliega desde ahora el espacio, dispone rincones para la serenidad, el gozo, y el inevitable quebranto. Los árboles del fondo, maduros y esplendorosos, aguardan las miradas que completen misteriosamente su sentido.

* * *

Espejo en el espejo. Los dedos del pianista avanzan sobre el teclado como se camina sobre el hielo más delgado. Arvo Pärt dispuso un aparentemente sencillo laberinto por el que el insomnio deambula, por el que las tensas horas del desvelo devanan las posibilidades, agotan los caminos. Hasta que la iluminación sucede y una distinta claridad dice lo evidente: el laberinto y el hilo de Ariadna son uno y el mismo. Es entonces cuando una paz dulce e inmensa cubre al implacable fuego que guía a Teseo sobre los pasos del deseo. Sigue la delicada puntuación del piano, como un telégrafo que entrega siempre un mensaje idéntico y siempre diferente. Los reflejos del espejo se repiten y se bifurcan, forman otros laberintos, entregan con puntual sencillez la presencia del infinito.

* * *

111. Número entre todos escogido por un señor que ya no está, cifra del candor y la temprana dicha que en una calle entre tantas encontró domicilio. Un juguete cargado de futuro, una nostalgia implacable que no hace más que acometer los días que vienen. Las piezas eran las mismas, solamente las edades cambiaban: una biblioteca y un sótano, dos o tres terrazas para que mejor danzara la luz, un tapanco lleno de enigmas, el jardín de los primeros furores que después —con el avance de las espesuras— se volvió patio. Mero arriba, saludando al cielo protector, una torre para acoger a los pájaros siempre en fuga. Es curioso cómo la extrañeza puede volverse el combustible para atravesar los años. Cómo la evocación de la aguja de un tocadiscos, que repetía sobre el zumbido de un solo surco todas las posibles canciones, se las arregla para entregar a cada día el preciso sonido que levanta la sangre en rebelión. El candil de reflejos dorados dejaba pasar, a través de la celosía del biombo, un puñado de estrellas que lograron ser guardadas en las alforjas imbatibles del corazón. El eco de la pelota que rebotaba una y otra vez contra el gran cancel de madera devuelve el centro de una soledad que nunca fue abandonada.

* * *

Cabinas de vuelo para todos. Es sabido que una alta proporción de la población nacional jamás se ha subido a un avión, y que probablemente nunca lo hará. Resulta triste el asunto, no por el ansia sola de dejar atrás lo propio, sino por la devastadora experiencia del vuelo que a tantas gentes les resultará ajena. No el sofisticado ejercicio de los aficionados a los ingenios voladores de diversas layas. La simple experiencia de sentarse a la vera de una ventanilla de cualquier vuelo común y corriente.

Veamos. Traspuestos todos los enfadosísimos trámites y procedimientos de los puertos aéreos, el que pasa se dispone a abandonar por un más o menos largo rato la tierra. El avión rueda con mansedumbre por unos espacios inmensos, un paisaje siempre indeterminado y vago se puede ver a lo lejos: hangares en decadencia, aeroplanos abandonados, vecindarios fragorosos, cerros incógnitos. Pero de repente un rugido cuyo poderío sobrecoge comienza, y la fuerza de la aceleración hace que el cuerpo reconozca sensaciones largamente olvidadas, extrañamente reconocibles. La epifanía prosigue: se sabe indefectiblemente cuando la pesada estramancia deja de tocar el suelo, cuando su sombra se despega de sí misma.

Y es entonces el puro gozo. La ciudad que se extiende a la disposición de la mirada, los cerros que se emparejan en altura, las calles y los edificios que se entregan a la consideración de quien los mira, un tianguis colorderrosa que serpentea por cierto barrio. Y luego la orilla del campo, el centellear de ríos y presas, el fulgor lejano de algún volcán, los caminos que se internan en horizontes jamás vistos, las cordilleras que tantos secretos parecen encerrar… Se comprueba entonces, instantáneamente, la vastedad y el misterio del mundo. Cuando hay suerte, sobreviene aún otro milagro: la navegación entre las nubes. Nunca se hubiera pensado que tales luces pudieran ser vistas, que semejantes magnitudes de una materia inasible y poderosa estuvieran ante los ojos. La pedagogía de los cirrus y los cúmulos actúa entonces con escueta eficacia: mejor que cualquier discurso, hace entender la maravilla, el primigenio azoro de todo lo que es.

Es sabido que la miopía de las masas voladoras, para las que la rutina ha anulado cualquier placer en el vuelo, no verá en esta iniciativa más que una franca ingenuidad. Poco importa. Se trataría de —dadas las tan adelantadas tecnologías al uso— fabricar pequeñas cabinas individuales dotadas de un sillón, un cinturón de seguridad y una ventanilla.

Vienen los fuegos de la tarde en retirada, los rojos imposibles, los azules que ganan el firmamento. Y si la ventura es buena, comparecen las estrellas y ejecutan una lenta danza que hipnotiza por siempre a quien la atiende. Otra ciudad mantiene a sus centinelas a la espera, y un faro giratorio cumple sus funciones de derviche de la noche. Se acercan las hileras de destellos, los barrios de juguetería, el cuerpo percibe inexplicablemente un aumento gradual de la gravedad. El aparato toca tierra, y no importa cuánto gozo haya habido en el traslado, el ánima recibe una ola de tranquilidad terrena. La carrera disminuye, todo se va frenando, un hombre con dos lámparas hace señales.

Todo esto, esta experiencia de aprendizaje, de comprensión sensorial e intelectual, de puro placer, de suave vértigo, debería estar a la disposición de todo mundo. Es sabido que la miopía de las masas voladoras, para las que la rutina ha anulado cualquier placer en el vuelo, no verá en esta iniciativa más que una franca ingenuidad. Poco importa. Se trataría de —dadas las tan adelantadas tecnologías al uso— fabricar pequeñas cabinas individuales dotadas de un sillón, un cinturón de seguridad y una ventanilla. Toda la demás experiencia puede ser fácilmente replicada por tales tecnologías: la aceleración y el despegue, las vibraciones, el roce del aire, las cambiantes vistas sobre el vidrio de la cabina, el descenso y el aterrizaje, la final quietud. Quien desciende de la modesta cabina es otro: más sabio, más humilde. Dueño para siempre, tal vez, de dos o tres nubes majestuosas. La propuesta es que tal sistema de cabinas voladoras se llame Antoine de Saint–Exupéry. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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