Coro de madrugada

La frase quedó inconclusa. La ambulancia llegó momentos después, cuando el hombre ya había perdido la vida. Los paramédicos permitieron que Rubén se marchara…

Ilustración de Geraldine Dean.

Rubén pensaba en qué comería cuando llegara a casa mientras esperaba el autobús afuera de la catedral. Podía descongelar los frijoles y comerlos con el arroz que había hecho por la mañana. La pasta del martes recalentada en el microondas también era tentadora. Y, claro, siempre estaba la opción de comprarse unos tacos de adobada. Su salud alimentaria no era una prioridad desde hacía varias semanas, por lo que el agua y las galletas parecían la opción más razonable.

Cuando el vagabundo se desmayó a unos metros de él tardó en reaccionar. La caída del hombre fue rápida, como si su cuerpo llevara años esperando precipitarse. En su camino al piso se elevó una capa de polvo y un sonido seco, definitivo: la cabeza del indigente golpeó con fuerza el suelo. Rubén volteó a su alrededor, pero no había nadie más.

Su respuesta no fue rápida, sino algo parecida a un carro que avanza torpemente tras ponerlo en marcha sin calentarlo previamente. Su mente, ansiosa, en shock, giraba con desesperación, proponiendo y desechando ideas o acciones que demandaban una ejecución inmediata y que sólo hacían que el carro avanzara más despacio.

Lo primero que hizo fue llamar a la ambulancia.

—911, ¿cuál es su emergencia?

—Un hombre que no conozco se desmayó… y parece que se dio un fuerte golpe en la cabeza.

—Haga el favor de proporcionarnos su dirección. Mandaremos una ambulancia de inmediato.

El vagabundo, de cabello oscuro y grasoso, había caído de espaldas. Su cuerpo, tendido sobre la calle, estaba expuesto a ser atropellado por algún conductor incauto. Previendo un daño aún mayor, y sobrecogido por la sensación de hacer algo, Rubén pensó que lo menos que podía hacer era subir al hombre a la banqueta. Mientras lo arrastraba sintió un hedor a licor que emanaba de su boca. Pudo percibir también la sangre que emanaba de la cabeza del indigente. No era mucha, pero sí la suficiente para dejar un rastro grotesco en la ropa.

—Nunca me quisiste… —dijo el vagabundo en un susurro.

Rubén, sorprendido, respondió torpemente:

—¿Perdón? ¿Se encuentra bien?

—Siempre fui una carga para ti… —musitó el hombre, quien deliraba tras el fuerte golpe—, lo único que me enseñaste fue beber…

Convencido de que era mejor mantener despierto al hombre accidentado, Rubén decidió mantener el curso de la conversación que había comenzado el mendigo, a la espera de que llegaran los paramédicos.

—Yo no tuve la culpa de que mamá muriera, yo no tuve la culpa… —dijo el vagabundo con una voz apenas inteligible.

—Jamás te culpé por lo de tu madre… —respondió Rubén, improvisando. El vagabundo comenzó a sollozar. Temblaba.

—Ya es tarde para pedir perdón…

—Nunca es tarde para eso. Lo siento —dijo Rubén.

—Te acuerdas de ese día con la abuela, ese día… te quise mucho.

—Yo siempre te he querido mucho…

—Papá, dime que…

La frase quedó inconclusa. La ambulancia llegó momentos después, cuando el hombre ya había perdido la vida. Los paramédicos permitieron que Rubén se marchara una vez que le preguntaron por los detalles del incidente. Tomó entonces el autobús y al llegar a casa recalentó la pasta del martes, decidido a terminar la serie que había dejado inconclusa la madrugada anterior, antes de quedarse dormido en la silla. ®

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Publicado en: Narrativa

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