Colombia: la violencia como forma de vida

Entre la guerrilla y los señores de la guerra

La guerrilla. Los paramilitares. Los cárteles del narcotráfico. El gatillo fácil. Los secuestros. Desde hace años, los colombianos transitan una realidad tan violenta como cotidiana. El autor de esta nota, reconocido periodista y defensor del lector del diario argentino Perfil, viajó a ese país a principios de 2008 y cuenta cómo se hacía para vivir y soñar en medio de semejante batalla social.

“No se puede escribir una historia social de Colombia sin la inclusión de la historia y la formación de las FARC y los paramilitares, y los efectos de la lucha de la droga… Ellos, la guerrilla, ‘los paras’ modernizaron el país”.

“La violentología hace que la única historia de Colombia sea la violencia… Se crea una memoria que no tiene otro ingrediente que violencia… Sin embargo, Colombia funciona bien como sociedad… Sorprende”.

Claro que sorprende. El país es muy bello. Las grandes ciudades funcionan. Bogotá, la capital, tiene elementos de la modernidad, del consumo, del diseño, que superan a una Buenos Aires o a un Río de Janeiro. Las rutas son transitables, antes no lo eran por los secuestros “lotería”: la guerrilla o los paramilitares se llevaban rehenes de la carretera al voleo, gente que salía a su casa de fin de semana. Eso ha decaído, el gobierno de Álvaro Uribe ha llevado al Estado donde antes no funcionaba, o no estaba. El Estado es un ejército semiprofesional, sin reclutas, de 140 mil uniformados. Igual sucede en ciudades del interior, Medellín, por ejemplo, sede de la mayor colección de la obra pictórica y escultórica de Fernando Botero, o los destinos turísticos de la costa del Caribe, Cartagena, Santa Marta, Barranquilla… Se presentan más cosmopolitas que muchos centros urbanos de la región.

El primer párrafo, arriba, es de Gustavo Duncan, “costeño” de Cartagena, descendiente de un pirata escocés, profesor en ciencia política en la Universidad de los Andes (privada), autor de Los señores de la guerra. De paramilitares, mafiosos y autodefensas en Colombia (Planeta), que alcanzó su tercera edición en dieciocho meses. El segundo párrafo de citas pertenece a Claudia Steiner, antropóloga, docente de la misma universidad y una de las directoras de Antípoda, una revista-libro de antropología.

Bogotá funciona, el barrio norte de la ciudad es bonito, se vive bien; el miedo de hace una década ha pasado. Tranquilo, era de esperar el fracaso de la reunión de cancilleres de la OEA el lunes pasado en Washington, al no haber voto de repudio por la acción militar colombiana en territorio ecuatoriano hace dos semanas. La OEA logró mantener en el primer plano hemisférico el éxito sin precedentes del ejército de Colombia contra las FARC al matar al jefe guerrillero Raúl Reyes (alias de Luis Edgar Devia, de sesenta años) el sábado 1 de marzo. La cumbre presidencial del Grupo de Río, en Santo Domingo, el 7 de marzo, donde se reconciliaron con Colombia los presidentes de Venezuela, Ecuador y Nicaragua, será recordada probablemente como parte del XI Festival Iberoamericano de Teatro, de Bogotá, un magno multiespectáculo urbano que coordina desde hace veinte años Fanny Mikey, abogada argentina residente en Colombia desde hace cuarenta. El presidente Álvaro Uribe obtuvo el 84 por ciento de opinión favorable, según un sondeo del matutino El Tiempo.

Hay historias de asesinatos célebres, de terribles dramas familiares causados por la violencia política, de capturas que terminaron en suicidios, de guerras entre las bandas, de masacres donde los jefes más temibles fueron asesinados por sus más leales servidores, o por sus hermanos.

Bogotá funciona, sus elegantes “shoppings” están bien concurridos, y también las grandes librerías, que son señal de buen nivel cultural. Pero siempre está la violencia, no solamente en la presencia de empleados de “seguridad”, personajes más bien frágiles apostados para disuadir rateros y ladronzuelos; o en las impresionantes rejas de todos los comercios. La violencia está en los libros, las historias de horror y de muerte en Colombia, como el best-seller de Gustavo Duncan; también en la carta de la cautiva de las FARC, Ingrid Betancourt, a su madre, fechada en octubre de 2007. Betancourt es rehén desde febrero de 2002 cuando fue capturada por, entre otros, el Mono Jojoy, alias de Jorge Briceño, miembro del secretariado de las FARC, notorio sadista. Betancourt no será canjeada, dicen: es un trofeo demasiado valioso que las FARC no van a entregar (Betancourt sería rescatada el 2 de julio de 2008). Pero su carta plañidera en delgada edición es best-seller. Hay historias de asesinatos célebres, de terribles dramas familiares causados por la violencia política, de capturas que terminaron en suicidios, de guerras entre las bandas, de masacres donde los jefes más temibles fueron asesinados por sus más leales servidores, o por sus hermanos. El libro de Duncan describe a los paramilitares en toda su magníficamente colorida crueldad. Los Señores de la Guerra se formaron como ejércitos privados para la protección de propietarios de fincas rurales, acosados por la guerrilla. La droga, la marihuana primero, luego la cocaína, contribuyeron a crear ejércitos privados de seis mil hombres. Ellos precipitaron la guerra entre narcos, entre los carteles, de Cali, de Medellín.

“El primer campanazo de alerta acerca del relevo del Cartel de Cali vino en mayo de 1996 (después de la muerte de Pablo Escobar, en diciembre de 1993)… Ante las sospechas y evidentes signos de que los hermanos Rodríguez Orejuela (presos) estaban delatando al resto de las organizaciones narcotraficantes (para lograr reducción de penas o evitar la extradición), Arcángel Henao Montoya, en una actuación digna de los estereotipos de las películas de mafiosos, aterrizó en un helicóptero a dos cuadras de la cárcel La Picota y luego de que los guardianes le abrieran las puertas de la prisión llegó hasta donde estaban los jefes del Cártel de Cali. Sin dejarles siquiera salir del asombro, los amenazó a gritos:

En este momento mis hombres tienen bajo su control a toda su familia, cercana y lejana, en cualquier parte del país que se encuentren. Si en media hora yo no doy muestras de supervivencia, todos ellos serán asesinados. Así que más les conviene dejarme hablar sin interrupciones, porque más pronto terminaré mi trabajo. Dejen de publicar sus hijueputas listas, déjennos trabajar tranquilos, que este mundo ya no es de ustedes. Un solo nombre, una pista que sepamos que ustedes están largando a cualquier juez, colombiano o americano, y por cada nombre habrá un muerto de ustedes [página 230].

La Colombia moderna, esa que viene desde el año 1980, se ha construido a base de cocaína. Los colombianos prefieren negarlo, o no conversarlo. Washington pretende convencer que la droga puede ser derrotada. No se puede. La gente recuerda que la capital, hace un cuarto de siglo, era un caserío. Ahora, Bogotá funciona, es moderna.

“El narco alienta el consumo, la expansión, gasta el dinero”, explicó Gustavo Duncan. “No son élites, los paramilitares no son élites, son los de abajo, pero tienen dinero, mucho dinero, lo reparten. Los paras llevaron la economía a los pueblos, son el Estado en el interior donde no hay Estado. En los pueblos son amados, son señores. En las ciudades se verían grotescos, brutos, sin comportamiento civilizado. Entre ellos se hacen chistes todo el tiempo, porque es la única forma de sobrellevar la sangre. Las masacres tienen rituales, gritos, se hacen con machetes, se decapitan, se viola, los asesinos se disfrazan de soldados, de mujeres, para no parecer ser lo que son. Pero mucha gente, su gente, los quiere porque son hombres ricos. En los pueblos con ríos tiraban los cadáveres por el río. En el interior, por ejemplo en la frontera con Venezuela, tiraban los cadáveres en suelo venezolano. Cuando hubo quejas en la frontera, los paras compraron picadoras, y molían a los muertos, o los incineraban. En el centro del país, tiraban los cuerpos molidos al río Magdalena. Los peces se alimentaban de humanos picados y no querían otra carnada”.

Gustavo Duncan cuenta que en una conferencia explicó que un extraño humor era la única forma de enfrentar estas situaciones. Contó que en un pueblo medio perdido los varones adolescentes tenían relaciones sexuales con las burras. Un día regresó al pueblo un joven que se había ido a la gran ciudad. Corrió el rumor que tenía sida, y que también usaba las burras. Un grupo de madres de los adolescentes fueron a los paras del lugar a pedir justicia y mataron al regresado. Duncan sonrió y su auditorio se lo reprochó. Duncan les dijo: “Señores, esto pasa”.

La antropóloga Claudia Steiner describió encuentros con guerrilleros y paras. Cuando hubo un serio intento del gobierno de desmilitarizar la guerrilla Steiner le preguntó a algunos jóvenes por qué habían ingresado a la guerrilla, “uno me dijo que le gustaban las artes marciales, le parecía muy elegante cargar un fusil sobre una camiseta. Tenían nombres de héroes de la guerrilla, Marcos, Raúl, Ernesto, Fidel. El cambio de bandos y bandas es muy fluido”.

Del gran número de títulos en librerías, y que se venden, quizás el más sorprendente es el de la historiadora, directora del Instituto Colombiano de Antropología, María Victoria Uribe Alarcón: Antropología de la inhumanidad, un ensayo interpretativo sobre el terror en Colombia (Grupo Norma). María Victoria Uribe tiene clase con sus títulos. En 1990 publicó su libro, Matar, rematar y contramatar: las masacres y la violencia en Colombia.

Cuando hubo un serio intento del gobierno de desmilitarizar la guerrilla Steiner le preguntó a algunos jóvenes por qué habían ingresado a la guerrilla, “uno me dijo que le gustaban las artes marciales, le parecía muy elegante cargar un fusil sobre una camiseta. Tenían nombres de héroes de la guerrilla, Marcos, Raúl, Ernesto, Fidel.

En Antropología de la inhumanidad Uribe instala el terror en etapas. Está “La violencia”, surgida del “Bogotazo”, protesta que siguió al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948. “La violencia” duró la década de 1950 y la primera mitad de la década de 1960. La cometían bandoleros y matones a sueldo que terminaron cuando los partidos liberal y conservador negociaron una alternancia en el gobierno que duró hasta 1974.

Uribe, junto a otros colegas, hicieron un estudio de 1,230 masacres, interpretando masacre como “el asesinato colectivo de personas desarmadas e indefensas a manos de grupos armados”. Las masacres, a partir de 1980, las cometían “narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, matones a sueldo, agentes estatales y delincuentes comunes”.

La investigación reveló instancias horrendas, ritos inhumanos (p. 128), “todo ello como si se tratara de una fiesta. Son groseros, criminales, sanguinarios. Saquearon el comercio (en un pueblo) y se llevaron todo. Usaban ponchos, cadenas, relojes, sombreros, todo robado. A los muertos los botaron al río porque el sistema de ellos es que la gente se desapareció, la imagen de ellos es que uno no se fuera a dar cuenta y los botaban al río y decían: ‘Ése se fue, se fue a viajar’”. ®

Publicado originalmente en el diario argentino Perfil.com el 6 de abril de 2008. Se reproduce con su permiso.

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Publicado en: Destacados, marzo 2011, Terrorismo

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