El dedazo múltiple de AMLO

Presidencialismo, neopriismo y maximato

Fanáticos y propagandistas se desviven afirmando que López Obrador no es priista, no practicará el dedazo presidencial y tampoco intentará un maximato. Pero son refutados por las nuevas reglas andresmanuelistas, las reglas sobre la candidatura presidencial de Morena.

Corcholatas.
Combatir el servilismo que se ha apoderado del país y que se traduce en tratar a nuestros gobernantes como dioses intocables.
—Daniel Cosío Villegas

Fanáticos y propagandistas se desviven afirmando que López Obrador no es priista, no practicará el dedazo presidencial y tampoco intentará un maximato. Pero son refutados por las nuevas reglas andresmanuelistas, las reglas sobre la candidatura presidencial de Morena: son instrucciones de una persona, el jefe máximo del partido, dadas desde la presidencia de la república.

AMLO ha confirmado nuevamente lo que algunos decimos sobre él desde hace años y sobre su proyecto para el sexenio siguiente.

En un sistema presidencial o no parlamentario (i.e. en el que hay elecciones directas para el cargo de presidente, democráticas o no) ese paquete de reglas que AMLO ha entregado como mandamientos es un paquete presidencialista, del mal sentido de la palabra presidencialista, es decir, el sentido de buscar o aceptar que ese poder Ejecutivo sea el centro acentuado de la vida política nacional y hasta cumpla funciones que no están en la Constitución. Funciones como el liderazgo del partido del gobierno y los dedazos. Este presidencialismo es priista. El presidencialismo priista no era democrático sino un superpresidencialismo autoritario o hiperpresidencialismo. Es la línea de López Obrador, es eso que vio, vivió, conoce, le gusta e intenta. Es lo que está en sus recientes instrucciones a Morena: casi todo salió de la cabeza del Señor, pensado para él y su partido —para éste en relación con AMLO presidente—, partido al que simplemente comunica lo decidido, como nuevo Dios sin Moisés esperando obediencia absoluta, confundiendo y fusionando los papeles de presidente formal de la república y presidente informal de Morena —nadie en el obradorismo, empezando por López Obrador, hace ninguna distinción, de ningún tipo, entre esos dos papeles—, como demuestra además el uso de “la mañanera” en “Palacio Nacional” para tocar el tema. Es priismo, punto. Neopriismo. También por eso es falso y ridículo el texto “Una jugada maestra” de Jorge Zepeda Patterson —¿pero qué es un ridículo más para él?

Hay diferencias entre los dedazos de los presidentes priistas y el que intenta López Obrador. No son procesos idénticos. Pero son familiares. Por eso digo neopriismo. Priismo con “actualizaciones”. Una diferencia es que la candidatura de Morena no equivale en sí a la próxima presidencia de la república; la candidata no será automáticamente presidenta de la república “virtual” e informal al recibir la candidatura, como sí era el caso de los candidatos del PRI hegemónico, sino que tendrá que competir en una elección como la que no enfrentaban ellos; esto porque Morena no es aún partido hegemónico, con lo que se implica en cuanto a estructura electoral.

Otra diferencia es que los presidentes priistas clásicos no recurrían a las encuestas; no simulaban con encuestas como AMLO. Una tercera diferencia es una innovación autoritaria, un aumento al priismo: este presidente intenta que su dedazo sobre la candidatura presidencial de su partido sea una carambola que asegure tres dedazos más. El dedazo múltiple. ¡Pero dice Lorenzo Meyer que su líder no es priista!

Un presidente entre 1946 y 1982 escogía directamente a su sucesor y por tanto al candidato del PRI a sucederlo; AMLO escogerá a la candidata morenista a sucederlo, no directamente a su sucesora en el Ejecutivo federal. Es probable que gane esa elección la candidata morenista, no es seguro ni inevitable, como seguro e inevitable era que ganara cualquier candidato priista en esos años. Otra diferencia es que los presidentes priistas clásicos no recurrían a las encuestas; no simulaban con encuestas como AMLO. Una tercera diferencia es una innovación autoritaria, un aumento al priismo: este presidente intenta que su dedazo sobre la candidatura presidencial de su partido sea una carambola que asegure tres dedazos más. El dedazo múltiple. ¡Pero dice Lorenzo Meyer que su líder no es priista! Sólo tendría razón si dijera “no es priista, es neopriista, un priista con variantes y aumentado”. Sobre los demás dedazos hablaremos después…

Las similitudes ya se apuntaron pero se reiteran: el presidente de la república como presidente informal del partido, su líder máximo real, y ese presidente como gran elector de su candidato a sucederlo. También el uso del tapado, que no significa que, ya dentro del proceso sucesorio tal cual, no haya favorito presidencial conocido sino que hay un lapso en el que el presidente con poder de dedazo no confirma oficialmente quién es e incluso pretende que no existe ese favorito —que también podía cambiar de un momento a otro.

¿Hoy existe un juego de tapado? Sí, claro que existe. Es el teatro morenista que atestiguamos. Por eso se apresuró López Obrador a negar que eso fuera (en casos como éste las negaciones retóricas de AMLO son las confirmaciones, al negar que una decisión suya tenga X fondo confirma que es ése el fondo de la decisión; otro ejemplo es que cuando “pide” un INE imparcial en realidad está presionando para que el INE sea parcial obradorista). El proceso de la encuesta, por llamarlo así, comporta armar un proceso que legitime la decisión presidencial y al beneficiado de la decisión. Es, por lo mismo, una simulación. Sólo no hay tapado pejista en el sentido de que “todos” sabemos que su favorita es Claudia Sheinbaum; pero como no la ha destapado oficialmente como candidata, aún sería la “tapada”… Mientras tanto, los “precandidatos” se pueden mover y grillar dentro de los límites dictados por el presidente —eso implican las reglas dadas por El Señor—, pero el que decide y decidirá es él. ¿Cómo no va a decidir el que desde el poder Ejecutivo federal dice lo que tiene que hacer y va a hacer el partido, su partido? Son, pues, reglas que contienen al priismo en esencia, preparan un dedazo y anuncian un maximato o su real posibilidad.

Hay que ser muy ingenuo o muy obradorista —o mentiroso por interés— para decir que las encuestas ordenadas por López Obrador han sido y serán democráticas. Por ejemplo, si realmente se aplicaran los cuestionarios sobre una muestra representativa, ¿habría un representante de todas y cada una de las “corcholatas” en todos y cada uno de los ejercicios? No.

Por cierto: el juego de la encuesta es funcionalmente equivalente a “la pasarela” organizada por el presidente Miguel de la Madrid alrededor de su dedazo: que el proceso parezca lo que no es, precisamente que se pueda hacer de otro modo el juego del tapado, aparentando que no hay ni tapado ni simple dedazo. Simulación. Para eso existió la pasarela delamadridista: para que, con modificaciones simuladoras, se llevaran a cabo el juego y el dedazo presidencial que ignoraba la opinión de la gente/el pueblo/la mayoría sobre los aspirantes y el tapado. De la Madrid quiso que el proceso pareciera más transparente y con una mayor participación del partido. No fue así. Es racionalmente imposible concluir que la pasarela significaba apertura democrática o democratización del dedazo. Esto último no es lo que ocurrirá en el caso obradorista sino lo que AMLO puede intentar aparentar como segunda opción: si no se cree que no hay dedazo, que se crea que su dedo escogió a quien el pueblo —que ya sabemos que es suyo— dijo preferir en una encuesta.

Hay que ser muy ingenuo o muy obradorista —o mentiroso por interés— para decir que las encuestas ordenadas por López Obrador han sido y serán democráticas. Por ejemplo, si realmente se aplicaran los cuestionarios sobre una muestra representativa, ¿habría un representante de todas y cada una de las “corcholatas” en todos y cada uno de los ejercicios? No. Suponiendo que los precandidatos acordaran quién encuesta, es lo único que acordarían, y sobre todo seguiría un acuerdo del presidente con la encuestadora a partir de la ventaja protegida de Sheinbaum, es decir, para protegerla. También hay que ser ingenuo u obradorista para creer que no puede haber un maximato. Está en lo que el mismo Zepeda aceptó llamar “instrucciones presidenciales”: el maximato está implícito y trazado en la orden presidencial de que los lugares 2, 3 y 4 (o perdedores 1, 2 y 3) de la dizque encuesta sean coordinadores de Morena en el Congreso de la Unión unos y miembro del gabinete el otro; en palabras del torpe (¿o ya cínico?) Zepeda, “estarían allí por designios del fundador del movimiento”. Cuatro dedazos en uno. Mientras esté vivo, ¿cómo creer que López Obrador no gobernaría detrás del trono si Sheinbaum gana la presidencia? ¿Cómo si ella le debería la candidatura y no tiene la personalidad de Ebrard? ¿Cómo si los coordinadores de diputados y senadores y más de un secretario de Estado lo serían por designio del presidente López Obrador? Todo el punto 3 del texto de Zepeda es de significado pro–maximato. Sólo falta ver si Ebrard y en menor medida la nada de apellido Monreal cumplen a la letra con el guion… El guion del dedazo múltiple. Todavía pueden llevar a cabo una ruptura, no sólo porque en la política existen la hipocresía y los giros bruscos sino porque todavía falta formalizar dentro de Morena el resultado del dedazo —el momento en que la posibilidad rupturista está más madura es ése.

Zepeda escribió su columnita como si las instrucciones de su ídolo ya se hubieran concretado, como si ya se hubieran dado todos sus efectos o fuera imposible que no ocurrieran según la voluntad señorial–presidencial–divina. De hecho, que el plan se cumpla totalmente y tenga el éxito esperado depende de Ebrard.

Desde luego, lo dibujado por AMLO y por tanto los dichos zepedianos tienen mucho de deseo y suposición. Zepeda escribió su columnita como si las instrucciones de su ídolo ya se hubieran concretado, como si ya se hubieran dado todos sus efectos o fuera imposible que no ocurrieran según la voluntad señorial–presidencial–divina. De hecho, que el plan se cumpla totalmente y tenga el éxito esperado depende de Ebrard. Más específicamente, depende de que Ebrard se haya vuelto irracional. Lo sería si cree que ser el coordinador de senadores morenistas con Sheinbaum presidenta sería una gran posición para él y su gran oportunidad hacia el 2030. De eso quiere convencerlo el papá de una de sus colaboradoras, el periodista que elogia a López Obrador como adolescente a una “estrella pop”, el descompuesto Zepeda Patterson. En la realidad que seguiría a la obediencia de las instrucciones, Ebrard se convertiría en el nuevo Monreal; tendría menos probabilidades de ser presidente en 2030 que en 2024; porque se convertiría en el enemigo interno a vencer; sería el blanco principal de grilla interna y no sólo un político subordinado al binomio AMLO–Sheinbaum y atado a un acuerdo político muy limitante. Que acepte ser un servidor de Sheinbaum, designado como tal desde 2023, no sería racional. Salvo que estuviera apostando a que López Obrador no viviera mucho más después de 2024. Pero mientras esté vivo, él será el jefe máximo de Morena y del obradorismo, por lo que no se abstendría de influir en las decisiones presidenciales más relevantes, incluso condicionarlas hasta tomarlas de facto. Creer que no sería así tiene una base etérea: creer que AMLO es un demócrata. Y no es cierto que el maximato nunca haya funcionado, funcionó en México de 1928 a 1934; aunque no en el mismo grado que con Calles ni por identidad de circunstancias, puede funcionar a partir de 2024 con López Obrador porque no hay nada en Sheinbaum que indique que podría sacudirse al pegajoso peje —no es Claudia López Portillo y menos Cárdenas.

Si Ebrard fuera el elegido por AMLO se ve muy improbable que —una vez teniendo el poder presidencial— de veras acepte gobernar con Sheinbaum como coordinadora de senadores morenistas y Adán Augusto y Monreal metidos en la cámara de diputados o el gabinete. Podría desobedecer o romper el acuerdo, lo que no haría Sheinbaum. Eso lo sabe el presidente, ¿por qué le daría la candidatura a Ebrard? Si se la diera, ganara la presidencia y ya en ella impidiera el maximato a la manera de Lázaro Cárdenas contra Plutarco Elías Calles, se podría decir que el obradorismo presionaría con “el pueblo” en la calle y con Sheinbaum en el Congreso al presidente Ebrard, pero entonces éste podría aliarse con la oposición civil y la partidista, una oposición que no se sabe cuánto peso tendrá en la siguiente legislatura tal y como no se sabe cuánto tendrá el obradorismo. Zepeda le pinta a Ebrard un mundo fácil y pleno como coordinador senatorial morenista, pero no es más que expresión del obradorismo zepediano. Zepeda le está haciendo un servicio a López Obrador, no a Ebrard. ¿Éste se habrá transformado en un político tan tonto para creer que un fortalecimiento de AMLO y Claudia no es necesariamente un debilitamiento de Ebrard? Lo que más le conviene, si no es el beneficiado del dedazo presidencial–morenista de AMLO, es romper con él y su movimiento, debilitando a Morena y elevando sus probabilidades de derrotarlo compitiendo contra ella.

Queda nuevamente establecido que López Obrador es presidencialista, priista, priista “renovado”, innovador, sin dejar de ser ni priista ni personalista, que practicará el dedazo con su estilo político populista y que intentará —intenta desde ya— introducir un periodo de maximato en un proyecto presidencialista de hegemonía morenista–obradorista cuyo tótem y fetiche histórico sea AMLO. Si sucediera todo lo que en sus instrucciones suponen y quieren AMLO y Zepeda, entonces las conclusiones añadidas serían que a) Ebrard se volvió idiota, y b) que López Obrador no sólo sería autoritario a la PRI sino que su poder en Morena sería absoluto —por definición antidemocrático—, lo que diría cosas peores de los obradoristas. También el texto de Zepeda sobre la enésima “jugada maestra” del presidente habla peor del sobrevalorado columnista al que otros no se atreven a mencionar: es una obra maestra del falso análisis y del elogio gratuito y desproporcionado a un político. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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