Elogio de la luz

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

Mi viejo proyecto de columna Desde el barril pretendía tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivado de mi inspiración, mundano y menor. El mes pasado se publicó aquí, en El otro monte, uno de sus números (Esconderse/Revelarse); este texto pertenece también a la misma colección.

© Li Wei

En el extraordinario mamotreto redactado a lo largo de catorce años para demostrar la impecable conducta de la Providencia cristiana¹ (dado que pequeños incidentes como la caída de Roma provocaban una cierta susceptibilidad entre los fieles), el polifacético obispo de Hipona, san Agustín, dijo así:

Por cuanto advertimos que los días ordinarios y conocidos no tienen tarde sino respecto del ocaso, ni mañana sino respecto del nacimiento del sol; sin embargo, los tres primeros (días) de la creación pasaron sin sol; el cual se dice en la Escritura que fue hecho el cuarto.

Nunca un estremecimiento tal había surcado mi cabeza sino hasta que leí el texto anterior, donde el inocente san Agustín, así, como al pasar (urgido seguramente por polémicas teológicas mucho más trascendentes) desliza la angustiosa idea de que en el principio de la creación existieron tres días durante los cuales la luz —en cualquiera de sus formas— era todavía asunto desconocido.

Tres días a lo largo de los cuales una aterciopelada oscuridad llenaba todos los espacios, desfigurando los extraños sonidos que se fundían con la amenaza de las formas, de lo nuevo. Tres días —tanto como la mitad del tiempo que Dios reservó en su agenda para culminar aquel último capricho creativo— durante los cuales el Divino Arquitecto caminó a tientas por las infinitas extensiones de su obra y, acaso propinando manotazos torpes a la materia, trabajó en las penumbras, inseguro, sin poder examinar de cerca la evolución de lo que antes fuera solo un diseño más de su mente interminable.

* * *

No puedo dejar de recordar el famoso poema de Borges y el rabí que, conmovido, miraba con cariño impotente a su fallida creación, el Golem. Tal vez hubo un error en la grafía. ¿Habrá tenido éxito Dios respecto de lo que antes planeaba, dado el caso de que efectivamente debiera modelar nuestro universo a ciegas? ¿Esculpiendo de memoria en el útero oscuro de tres días larguísimos, casi eternos; días de aquellos tiempos en que no existían ni soles ni estrellas ni nada que interrumpiese la monotonía irreductible de las tinieblas?

¿Por qué di en agregar a la infinita/ Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana/ Madeja que en lo eterno se devana/ Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

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¿Habrá tenido éxito Dios respecto de lo que antes planeaba, dado el caso de que efectivamente debiera modelar nuestro universo a ciegas? ¿Esculpiendo de memoria en el útero oscuro de tres días larguísimos, casi eternos; días de aquellos tiempos en que no existían ni soles ni estrellas ni nada que interrumpiese la monotonía irreductible de las tinieblas?

Cierto es que motivos tendríamos de sobra para sospechar que algo salió mal con toda esta creación que conocemos; más ahora, considerando la posibilidad de que Dios hubiera sido seriamente obstaculizado en su tarea por desconocer la utilidad que la previa invención de la luz pudo suponerle. Así, Él habría hecho todo lo posible por salir airoso con su proyecto original, pese a las incomodidades de la manufactura en aquellas condiciones. Pero súbitamente, a mitad de camino y ya próximo a la fecha del descanso, se llevó la mano a la frente diciéndose a sí mismo con fastidio:

—¡Caracoles! ¡Sí que la he hecho buena, siendo como soy el Dios Todopoderoso de este sitio! ¡Pudiendo hacer las cosas por la vía sencilla, uno siempre insiste en flagelarse e intentarlas por la vía del calvario! ¡Ea! ¡Hágase La Luz, y asunto solucionado!

* * *

Otra posibilidad estribaría en que Dios ni siquiera haya sentido las molestias propias de trabajar en lo oscuro debido a su condición de ciego y, como tal, estuviera habituado a desempeñarse eficazmente con otras herramientas diversas de la vista. He observado a ciegos con pasmosa habilidad manual y un sexto sentido capaz de reconocer personas con sólo tocarles las caras, descubriendo incluso edades verdaderas, estados de ánimo y otras sutilezas de las que los videntes no siempre nos percatamos. ¿Sería posible suponer que Dios, a pesar de no poder apreciarla con sus ojos, hubiese inventado la luz como regalo para sus criaturas? De ese modo (por la vía de la mamma italiana), sabía que nos sentiríamos culpables indirectamente y así obligados a hablarle siglo a siglo de todo tipo de fulgores, para su muy personal regocijo.

* * *

Sin embargo, me parece que Dios realmente vio muy bien aquello que estaba creando. Hay cosas que le salieron abrumadoramente sublimes. Todos los errores deben atribuirse a esos primeros tres días en lo oscuro, con corte de luz y no por falta de pago.

Tengo la impresión de que —a los efectos de disfrutar morbosamente el vértigo que provoca fantasear con aquel tiempo negro, intimidante y absoluto— creer o no creer en Dios como autor del universo importa muy poco. ¿En qué podría cambiar el hecho de que alguna comisión autorizada fallase en favor de Dios como inventor de la pieza original o que dictaminara, por el contrario, que el legítimo autor del universo fue el Big Bang, especie de estornudo por medio del cual la nada catapultó a la materia fuera de sí? Quizás hasta se trató de un dios maníaco que, harto de sus aburrimientos de eremita, nos lanzó irresponsablemente, en un instante de danza, al ruedo de la existencia. ¿Y cómo saberlo? ¿Y qué más da?

* * *

Creo que, a los efectos del ejercicio aeróbico del alma, me basta y me sobra para aterrorizarme con pensar en aquellos días de sombra absoluta, de materia negra y llena de ecos, que se esconden tras este enigmático fragmento de san Agustín. ®

Nota
1 Cita original tomada de La Ciudad de Dios (De Civitate Dei), san Agustín de Hipona, desde el año 412 hasta el 426.

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Publicado en: Diciembre 2011, El otro monte

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