Cuando no hay tiempo ni suelo firme, pregunta el poeta, ¿quién se atreve a sostenerse sin perderse en un grito que supera todo llanto? Pues el llanto es la semilla de un paraíso perdido, una cuna ingenua o una convicción dolida.

¿Habéis entrado alguna vez en lo abierto? El dulce silbido de un gorrión desaparece o, más bien, se confunde, sin suelo firme, con los gritos más horrendos, todo en medio de todo lo demás. No hay camino en medio, sólo un convulso arbusto en la inundación. Y la caída no cae, sólo se expande entre las piezas vivas de la naturaleza y de los rostros comunitarios. El estómago es débil, la razón se detiene y se retrasa detrás de una fuerza inmensa que la oprime. Pareciera que regresar a la cueva cerrada del primer animal remedia ese violento temporal. Sin suelo firme, las cosas no duran, se hunden con un peso no natural, sino sobrehumano; humano como lo que aún espera un poco para comprender mejor. Cuando no hay tiempo ni suelo firme, ¿quién se atreve a sostenerse sin perderse en un grito que supera todo llanto? Pues el llanto es la semilla de un paraíso perdido, una cuna ingenua o una convicción dolida. No hay llanto equiparable a la tierra de lodo masivo. Uh, encima se viene la noche, la noche profunda de las hormigas, cuyos millones caminan muy lento, pero seguro, sobre la superficie del aire detenido y de los ojos. Y todas muerden, y quién eres tú y quién soy yo y qué es esto que ha caído y aquello que se levanta con las hojas muertas de un árbol por manos. Encima se viene la noche, aunque el día no reduce el terror, sólo lo ilumina ardientemente. Encima se viene la noche y, sólo ahí, como un tazón vacío, quién ha recogido mi nombre, quién lo ha ahuyentado, quién desea junto a mí una oración conjunta que deslice su paño por la carne erizada; oración en las sombras, una mueca de auxilio, cuyo grito ha desaparecido. Oh, noche y día en lo abierto, quien se acerque a ustedes y haya conocido la pequeña miel en la garganta airada de la paloma, y quien se haya enterado de que el tiempo se mueve como plastilina en la medida del miedo y sus pocos, pero certeros, monstruos; quien se acerque a ustedes, día y noche en lo abierto, no hallará diferencia y conocerá de antemano lo frágil que es la respiración. Y, sin embargo, una esperanza: huir al cielo. ®
