Sobre Steiner, Israel y el antisionismo

¿Es Israel un triste milagro?

Las críticas formuladas contra el Estado de Israel hacen pensar si no son una reminiscencia de un snob sentimental que lamenta amargamente la época en la que los judíos no hacían mal a nadie, sino que, al contrario, sufrían todas las miserias de la tierra.

Paracaidistas israelíes en el Muro de Jerusalén. Foto © David Rubinger

Al leer extractos del libro de entrevistas de George Steiner y Laure Adler, extractos que hacían referencia a los judíos, el judaísmo e Israel, publicados por Flammarion con el título de Un largo sábado (edición en español de Siruela, 2016; traducción de Julio Baquero) experimenté una cierta incomodidad. Inmediatamente me acordé de un coloquio en la abadía de Cluny donde tuve una larga conversación con este brillantísimo académico, a pesar de sus no demasiado amplios conocimientos filosóficos, sobre todo en la ciencia del judaísmo (la Biblia, la literatura talmúdica o midráshica, la historia judía, la filosofía judía, medieval y moderna, y mucho menos de la mística judía) me sorprendieron un tanto.

Y los pasajes que se pueden leer en el último número del Figaro Magazine no han disipado esa inquietud, ese malestar, sino que al contrario, lo han fortalecido. Por supuesto, están las circunstancias presentes, la vejez, una cierta forma de olvido en un universo que no se detiene, que avanza constantemente hacia adelante, mientras que el propio ardor, como dice Bossuet, se apaga. Pero ciertos juicios, que no deseo extraer de su contexto para no malinterpretarlos, son muy controvertidos.

Steiner dice francamente que Israel se ve obligado —y él hace hincapié en esta noción de necesidad—, para sobrevivir, a portarse mal con otras personas o pueblos, a torturar (sic), a dar la espalda a las doctrinas éticas que sus antiguos profetas legaron a toda la humanidad. (Al convertirse en un pueblo como cualquier otro, me han arrebatado ese título de nobleza).

Las críticas, algunas totalmente legítimas, formuladas contra el Estado de Israel (del cual Steiner ni imagina ni desea su caída, todo hay que decirlo), hacen pensar o son una reminiscencia de un snob sentimental que lamenta amargamente la época en la que los judíos no hacían mal a nadie, sino que, al contrario, sufrían todas las miserias de la tierra, y todo ello bajo la tierna mirada de algunas bellas almas cristianas cuyas lágrimas de circunstancia no tardaban mucho tiempo en secarse. Steiner dice francamente que Israel se ve obligado —y él hace hincapié en esta noción de necesidad—, para sobrevivir, a portarse mal con otras personas o pueblos, a torturar (sic), a dar la espalda a las doctrinas éticas que sus antiguos profetas legaron a toda la humanidad. (Al convertirse en un pueblo como cualquier otro, me han arrebatado ese título de nobleza).

Tales declaraciones me han hecho pensar en un viejo debate, que yo creía hoy obsoleto, entre Martin Buber, gran adepto del sionismo, y los escritores judíos alemanes de su época, como Arnold Zweig, que consideraban que el judío era la sal de la Tierra (Evangelios) y que debían arrastrar sus sandalias por todo el mundo sin tener derecho a un restablecimiento de su soberanía sobre la tierra de sus ancestros​​.

Básicamente, que el judaísmo es más importante que el Estado de Israel [N.P.: y esto dicho por algunos judíos que no eran observantes del judaísmo]. Realmente eso es verdad, y es incluso justo, pero es una triste utopía que opongo a la expresión de Steiner para definir al nuevo Estado judío, un “triste milagro”. Esta concepción es muy anticuada y no quiere ver en los judíos, y en el judaísmo, más que una secuela, un vestigio de una grandeza pasada que nunca volverá. Me hizo pensar en una frase de Ernest Renan en su Historia de Israel (“que se detenga tras la caída del Templo y que se niegue a ir más allá”), según la cual Israel tiene un pasado demasiado glorioso como para poder esperar un renacimiento de naturaleza similar… Ésta es una visión completamente obsoleta del siglo XIX.

Steiner dice que Israel no es la única solución posible… Eso no es falso, pero Israel permanece como el comienzo de la mejor solución posible. Incluso los rabinos ortodoxos se han sumado y han imaginado una oración en la que califican a ese Estado como el inicio de la floración de nuestra Redención (Reshit tsemihat guéoulaténou). Y los adeptos del sionismo político no se desalentaron o desmoralizaron por el terror árabe. Ellos fueron testarudos y se levantaron y construyeron un Estado fuerte que Steiner describe como un Estado armado hasta los dientes… Eso me recuerda las largas conversaciones que tuvimos en Macon y Cluny: si ese Estado judío no hubiera sido aguerrido, ¿habría resistido, habría sobrevivido a los ataques implacables de sus vecinos? Eso es poco probable.

Pero Steiner demuestra cierta honestidad intelectual al reconocer que, puesto que no comparte la vida de los israelíes, no puede juzgar la justicia o el carácter discutible de su causa; él se limita a explicar su propia concepción de la misión judía. Nosotros somos, dice, repitiendo una cita de Heidegger, unos huéspedes de la vida…

Hasta aquí Steiner se contenta con dejar que hable la subjetividad y esto es perfectamente normal, puesto que se le pregunta su opinión. En la siguiente pregunta, la que le inquiere sobre las raíces del antisemitismo, viejo y nuevo, nuestro autor desarrolla gran parte de sus ideas, aunque éstas no siempre concuerdan con los resultados de las investigaciones más recientes. Si miramos más de cerca, nos damos cuenta de que mezcla muy juiciosamente, hay que reconocerlo, muchas de las ideas de Nietzsche, Spengler y Hitler.

Los judíos serían odiosos para el resto de la humanidad, afirma en resumen, porque ejercen sobre ella un chantaje intolerable. Y este rechazo tiene tres puntos, más una nota al margen de la página:

—Está la ley de Moisés, la menos natural de las leyes (sic) y que dota a la humanidad de unas directivas o de una orientación que la humanidad no está dispuesta a aceptar.

—La segunda razón del desprecio a los judíos es haber dado a luz al cristianismo con esa figura de Jesús que, en el Sermón de la Montaña (donde imita a Moisés tomándolo a contrapié), retoma las predicas socializantes de los grandes profetas hebreos (Amós, Isaías), lo que revela la verdadera naturaleza judía o judeana del cristianismo.

—La tercera fuente de antisemitismo son las ideas marxistas que han reforzado esta impresión de mala conciencia, y donde se parece olvidar que Marx no tenía ningún vínculo concreto con las creencias judías puesto que su padre ya se había convertido al protestantismo. Pero eso no importa, para los antisemitas todo el mal proviene, por supuesto, de los judíos… Y por si acaso, Steiner no se olvida de Sigmund Freud, quien nos robado, incluso de nuestros sueños, el último rincón de nuestra intimidad.

Y es la combinación y conjunción de todos estos resentimientos lo que explicaría por qué este odio a los judíos ha tenido una vida tan larga y ha sobrevivido desde tiempos inmemoriales.

Cuando Steiner afirma que “se olvida todo excepto al judío” me recordó una frase del pobre poeta judío alemán, miembro del movimiento Jung–Deutschland, Ludwig Börne, que decía algo similar a esto: “Algunos se quejan de que soy judío, otros me felicitan, otros, en fin, se sorprenden de que lo sea, pero nadie quiere olvidarlo…”.

Finalmente, Steiner emite una idea que le es propia: el judío ha durado demasiado, dice, y dura ya desde demasiado tiempo, según la consideración de los que los detestan. El autor no quiere dar a entender de ninguna manera que sus deseos apelen a un cese de nuestra existencia, él sólo retoma una idea grata a los antisemitas, a la que hacía mención el propio Hitler en su Mein Kampf: que el pueblo judío era el que mostraba un inigualable instinto de conservación (der bisher stärkste Selbsterhaltungstrieb).

Admito mi vacilación ante estos enfoques o aproximaciones contradictorios a la hora de definir la actitud de mi amigo George Steiner sobre estos temas tan sensibles: ¿acaso sufre, en la hora de su vejez, de un retorno a la superficie de ese incontrolable auto–odio, o quizás nos ofrece aquí una especie de confesión judaica que no quiere decir su nombre? Yo me inclino por esto porque cita una broma judía que le restaura el coraje por cada mañana que Dios nos concede:

Se anuncia el fin del mundo, el diluvio en diez días. Los protestantes se organizan para arreglar sus cuentas bancarias, los católicos se ven exhortados al arrepentimiento por el Papa, y el rabino le dice lo siguiente a su comunidad: ¿Diez días antes del diluvio? Eso es suficiente para aprender a respirar bajo el agua…

Lo que menos me ha gustado es que Steiner diga, sin mala intención, que Israel es un triste milagro. Israel es un bello y gran milagro, es el renacimiento providencial de un pueblo que nunca olvidó la alianza con su Dios y que transmitió a la humanidad. Misión por la cual nunca ha sido perdonado…

Pero qué vamos hacer, la vida nunca ha sido fácil. Y para terminar, me referiré a un prominente historiador alemán del siglo XIX, Theodor Mommsen, un especialista en la Roma antigua, quien dijo esto como resumen: “Israel no apareció solo sobre el escenario de la historia mundial. Tenía un hermano gemelo… el antisemitismo”.

Todo está dicho. ®

Tomado del blog Safed Tzfat. Traducción de José Antonio.

Compartir:

Publicado en: Ensayo

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *